Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

2 de junio de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

A mediados de año Alfredo Testar fue sustituido por el abogado y capitán del Ejército Rebelde Humberto Jorge que, hasta alzarse en armas en 1958 con el Directorio Revolucionario, vivió en la calle Estrada Palma, cerca de mi casa y del puente Americano. Los juicios, ya en declive, se dejaron de transmitir por la emisora local y fueron menos sonados.

Para inicios del año 1960 los comunistas, aliándose con el ambicioso Fidel Castro Ruz, de forma desembozada, comenzaron a posesionarse de importantes mandos políticos y militares. 

Alfredo Testar, que desde joven había sido un activo luchador contra la penetración marxista en el sistema judicial y sindicatos villaclareños, en un pase de cuenta, fue tildado de extremista de derecha y despojado, por los nuevos amos del país, de reconocimientos y privilegios.

Un mediodía, a la hora de almuerzo, cuando todos estábamos sentados a la mesa, abuelo dijo con tristeza.

—Hace un rato, cuando regresaba, en la calle, me encontré con Testar. Da pena verlo. Está hecho leña. 

— ¿De qué hablaron…? —se interesó, la abuela.

—Me dijo que dos mujeres, en poco tiempo, por venganza, han tratado de apuñalarlo —abuelo hizo una pausa y completó. —También, que mandó al paredón a 99 personas. 

— ¿Se arrepiente de lo que hizo…? —volvió a preguntar la abuela.

—Ni me lo dijo ni le pregunté, pero por lo que se ve está hecho leña —abuelo repitió la expresión.

Con el paso de los dos primeros años de la mal llamada Revolución Cubana, la oposición al régimen se incrementó en  la población cubana. No pocas tardes, ya involucrado, junto a otros compañeros de estudios en actividades conspirativas contra el castrismo, al salir del Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, de regreso a casa, tomaba la calle Colón y sus aceras estrechas. Y no pocas veces crucé junto a  un envejecido Alfredo Testar, sentado en el primer escalón de acceso a su vivienda, con las piernas recogidas; los codos apoyados sobre las rodillas y el rostro, de mirada vaga, entre las manos. Invariablemente vestía camiseta blanca y ajada, sin mangas, que descubría los vellos encanecidos del blando pecho. Pantalón maltrecho, ancho y oscuro; medias negras, caídas sobre los tobillos y chancletas, acordes con la vestimenta.

Y no pocas veces, al verlo en ese estado, me pregunté: ¿Pensará en todos y cada uno de los 99 hombres que se llamaban….?

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