Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

20 de octubre de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

La China

Luego de la entrega, para aminorar la tensión, regresamos a pie. En el Parque de los Mártires, frente a la estación de trenes, hicimos un receso. Sin cruzar palabras nos sentamos, a la sombra de un árbol, en uno de los bancos de granito. Sebastián, liberado de la  mano materna, se entretuvo siguiendo el trajinar de unas hormigas. 

—Esto se pone malo —rompí el silencio—. ¿Has pensado reunirte con tu familia en La Habana…?

—¿Tienes miedo…? 

—No es para menos. Todos los días cogen gente presa. No sabemos hasta dónde llegarán las chivaterías. Lo dije por ti y por Sebastián.   

—Cuando pude, no lo hice. Mi hermana, su marido, sus dos hijos y mamá están por irse del país.

—¿Por qué no lo hiciste cuando enviudaste?

—Mi marido era precavido. Dejó bastante  dinero escondido. Los dos sabíamos dónde estaba. Además como esposa legítima, tenía derecho a su pensión de retiro y a heredar los negocios. Nada logré. Una cosa piensa el borracho y otra el  bodeguero —remató con un dicho popular.

—¿En qué paró el asunto…?

—Lo primero, como disponía de suficiente dinero, fue mudarme con el niño para un apartamento pequeño y cómodo. Después, empezó la tragedia. Acusé, ante los tribunales, al Isleño de robo y asesinato. Fuimos a juicio. Un juicio que, tarde me di cuenta, estaba arreglado  para quitarme el derecho a heredar la valla de pelea y gallería. El Isleño de acusado pasó a acusador. Dijo que él no lo asesinó. Que a mi marido se le aplicó la justicia revolucionaria porque además de militar corrupto y comprometido con la tiranía había sido delator de revolucionarios; jugador y garrotero. ¡Para colmo!, hasta testigos falsos presentó. Poco faltó para que me prendieran. Cuando el juicio terminó y salí de la sala del tribunal, hubo quienes gritaron: ¡Esbirra, esbirra, paredón, paredón…! ¡Ahora, las leyes son para proteger a los revolucionarios…! 

—Fue una locura denunciar al Isleño. Ellos habían ganado y eran implacables con todo lo que oliera a Batista y sus seguidores. 

—Me dejé engañar por la propaganda. Antes de vencer, y en los primeros días del triunfo, se llenaban la boca para gritar que la revolución representaba honradez y justicia. Dijeron que policías y militares que no estaban comprometidos con abusos y asesinatos nada tenían que temer. Incluso pedían que se quedaran sirviendo a los cuerpos armados de la revolución. ¡Así mismo decían!

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