Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
La china
En medio de esa adversa realidad, el 20 de mayo de 1962, en horas de la noche, Julio Hernández Rojo y Luis Fernández Rocha, Luisiano, provenientes de los Estados Unidos desembarcan, subrepticiamente, no lejos de la playa de Varadero, provincia de Matanzas, con pertrechos e instrucciones para apuntalar el trabajo clandestino del Directorio. En los nuevos lineamientos el movimiento, que en sus orígenes fue una organización estudiantil, se ampliaba y ahora admitía en sus filas a obreros, profesionales, campesinos, amas de casa, etc.
Pronto, Las Villas reflejó el vigor de las nuevas directrices. José González Silva, el Puchy retomó, luego de la detención de Rafael Marqués Tavares y el exilio de Felipe Pérez Fernández, la coordinación provincial. Lo acompañaban los estudiantes de medicina Manuel Alzugaray y Laureano Pequeño.
Rafael Mariscal Sotés y yo pasamos a dirigir las células del D.R.E que funcionaban en los centros de enseñanza superior de la provincia. Institutos de segunda enseñanza, tecnológicos; escuelas normales de maestros y de comercio, incluyendo la Universidad Central Marta Abreu, recibieron un sustancial empuje organizativo. José Racines, Pepe, reforzó Sagua la Grande, Kemel Jamís, el Sirio, como le decía Pedro Corzo, se ocupó de Sancti Spíritus. Cienfuegos fue coordinada por Octavio Ceballos y Genaro Cortés; Santa Clara y Remedios recayeron en Pedro Corzo e Iván Pórtela.
Entusiasmados por el crecimiento renovador y tomando en cuenta que TRINCHERA, el periódico clandestino del Directorio, por inconvenientes lógicos no llegaba con regularidad a las ciudades del interior, decidimos editar un TRINCHERA provincial. Sergio Sánchez y Gualberto Aquilino fueron comisionados para conseguir un mimeógrafo manual y escondite adecuado.
Días después, Gualberto Aquilino me dijo:
—Esta noche imprimiremos el primer número. No será sencillo. El mimeógrafo es pequeño. — Acto seguido, verbalmente, facilitó dirección y contraseña.
En horas tempranas de la noche, Pedro Corzo y yo localizamos el lugar. Era una vivienda humilde en la calle Ciclón; barriada Condado. La iluminación callejera resultaba pobre. El primer llamado no obtuvo respuesta. Repetí el toque. La puerta se entreabrió. Un rostro en tinieblas y voz femenina, para mí no desconocida, preguntó qué deseábamos. Pronuncié la contraseña y la mujer, sin proferir palabras, nos franqueó la entrada.
No olvido la fecha de mi reencuentro. Sucedió a principios de julio de 1962. Y no la olvido porque en el mes de abril de ese año Fidel Castro, bajo el nombre de: “Operación tres P: proxenetas, prostitutas y pederastas”, de manera oficial, eliminó lo que de prostitución legal quedaba en Cuba. Desde la promulgación del decreto gubernamental hasta esa noche, de forma intermitente, había pensado en la China y, en ocasiones me pregunté: ¿Seguirá conspirando…? ¿Se habrá unido a las guerrillas…? ¿Estará presa o muerta…? ¿Si siguió en el oficio que habrá pasado con ella y la “ley de las tres P”.






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