Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

8 de septiembre de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

La china

Obsesionado por los fusilamientos diarios que el castrismo ejecutaba, a nivel nacional, contra los opositores activos y cuyos nombres, para amedrentar a la población, se publicaban, en estricto orden alfabético, en cada edición matutina del periódico oficialista Revolución, miré para el pedazo de pared; resto histórico, en Santa Clara, de un paredón de fusilamiento colonialista. Memoria pétrea de nuestra última guerra de independencia. La que José Martí llamó: “justa y necesaria”. 

 El “Paredón de la Audiencia”, como popularmente se le conoce, queda a un costado del  Palacio de Justicia. Allí, contra los ladrillos añejos que, en sus tiempos, formaron parte de un cuartel español, entre los años 1896 y 1897, fueron fusilados cinco independentistas cubanos. Una tarja de bronce, asegurada en lo alto del muro, recoge el nombre de las víctimas y fechas de ejecución.

Miré el reloj. Aún no eran las doce. Orlando y Octavio, sentados en el muro de la fuente, fumaban cigarrillos. Yo, cerca de ellos, daba paseítos cortos y sudaba. ¿Quién vendrá…? ¿Cómo sabrán que somos nosotros…?, me preguntaba.

El paredón volvió a mis ojos. Era una constante desde que a Pedro Corzo se le ocurrió la idea de realizar allí, a plena luz del día, fingiendo que haraganeábamos, algunas reuniones de nuestra célula conspirativa. En más de una ocasión, en  broma macabra había dicho: “Pronto nuestros nombres tendrán una segunda tarja”.

Entrando al parquecito por la avenida Paseo de la Paz la vi venir. Era la China. Caminaba sin prisa. La tela sencilla del vestido veraniego y los mocasines que calzaba le otorgaban  aires adolescentes.

Desenvuelta y sonriente, como si fuésemos amigos de siempre, saludó. Sin dejar de sonreír, reclamó atención.

—Ve esa máquina (taxi) que acaba de parar por la calle Juan Bruno Zayas. En ella me llevo a los muchachos.

Al unísono volvimos la mirada. Junto al borde de la acera que daba inicio a los escalones de acceso al parque se estacionaba un viejo automóvil Plymouth, color azul oscuro.

— ¡Andando! —urgió.

A propósito me aparté del grupo. Entonces la China dijo.

—Tú vienes hasta la máquina. Es una despedida normal.

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