Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

30 de junio de 2026

El orientalito

En fin de cuentas, Eutimio Guerra en su torpe desempeño y afán por hacerse notar, fue descubierto y ejecutado por orden directa de Fidel Castro el 17 de febrero de 1957.  Por cierto el oficial castrista designado para cumplir la sentencia fue Universo Sánchez, pero Ernesto (Che) Guevara, que estaba como simple observador, deseoso de respeto y reconocimiento en la guerrilla incipiente, donde algunos, despectivamente, le llamaban el “doctorcito” o el “asmático” se adelantó, para asombro de todos: “Acabé con el problema con una pistola del calibre 32, en el lado derecho de su cerebro…Sus pertenencias ahora son mías.” Así lo escribió, meses más tarde el propio Guevara. Lo que no relató el asesino  fue que, la única pertenencia que le interesaba del despojo humano era el  reloj, posible regalo del comandante  Joaquín Casillas Lumpuy: “Este reloj ahora es mío”, reafirmó, según consta en la biografía, titulada Ernesto Guevara, también conocido por el Che, escrita por el intelectual  y novelista mexicano Paco Ignacio Taibo II.

Luego de la digresión, retomo el relato y evoco que el viernes 2 de enero de 1959, entre dos y tres de la tarde mi hermano Cuquito† (Luis Salvador) y yo, todavía excitados por la repentina ola de acontecimientos, pasábamos el tiempo sentados en el Parquecito de la Audiencia, de espaldas a las escalinatas del Palacio de Justicia, cerca de la fuente en cuyo centro se yergue el monumento marmóreo dedicado al  general de las guerras de independencia  y segundo presidente de la República de Cuba José Miguel  Gómez. No lejos, al frente de la mirada, corre la Carretera Central y del otro lado se yergue el edificio colonial de la cárcel,  municipal y provincial, construida en el año 1862.

Una súbita aglomeración de personas vociferantes, a las puertas de la prisión, llamó nuestra atención.

La  pena de muerte por fusilamiento, decretada por los vencedores, y la rápida aceptación festiva  que encontró en la mayoría, hizo que mi hermano, a días de cumplir  14 años de edad, indagara como quien se interesa por un hecho cotidiano y baladí.

—  Ahora, ¿a quién sacarán  para fusilar…?  

—Vamos a ver —respondí.

Abandonamos el parquecito y cruzamos la Carretera Central. La muchedumbre, bajo el sol intolerante de un enero nada invernal, al ver aparecer, custodiado por cuatro soldados rebeldes, al condenado recrudecieron los gritos.

— ¡Casillas Lumpuy asesino…! ¡Paredón, paredón, paredón…! —La gritería se convirtió en voz unánime.

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