MEA CULPA COLONIAL, MUSEOS Y ARTE AFRICANO

9 de febrero de 2022

Cuando hace cinco años Emmanuel Macron fue electo presidente en Francia declaró que los museos debían prepararse a restituir temporal o definitivamente a los africanos lo que entonces calificó como un patrimonio legal o ilegalmente en posesión del país.  Meses después lo ratificó en un discurso que pronunció a fines de noviembre de 2017 en la capital de Burkina Faso (ex Alto Volta). No era una novedad y estaba resurgiendo un asunto que venía dando vueltas hacía muchos años: la llamada recuperación de lo que aquí se conserva es un trapo rojo que con más mala leche que afán justiciero agitan muchos demagogos auto-erigidos en apóstoles de la negritud.

Lo cierto es que al fin, hace tres meses, fue rubricado un primer tratado de restitución de obras entre Francia y Benín (ex Dahomey). Como consecuencia de ese acuerdo 26 piezas «saqueadas» por tropas coloniales francesas en 1892, viajaron de vuelta a sus lugares de origen. Eran parte de un fondo colosal atesorado en el Museo Quai de Branly en París, institución situada en la ribera izquierda del Sena a escasamente 200 metros de la Torre Eiffel. Conviene decir que Francia posee un estimado de 90 mil objetos de arte africano de los cuales 70 mil están en los museos. No todos están expuestos ya que como se sabe lo que se ve visitando las salas representa cuando más el 15% del total patrimonial atesorado. La situación que se presenta en la materia no es una singularidad francesa: Alemania se dispone a restituir 530 alhajas y esculturas a Nigeria en el curso del año.

En Francia, ignoro si ocurre lo mismo en otros países más o menos embarcados en esta aventura «restitutoria», la acción inquieta a museísticos y a juristas. No son pocos quienes piensan que se está abriendo una Caja de Pandora, además de que con el «derecho divino» que se está subrogando el actual jefe del estado francés, se viola el principio legal que en Francia define como inalienables las colecciones públicas. Pero como los vientos soplan en ese sentido, hinchando las velas del navío de lo políticamente correcto, se puede afirmar que la misa esta dicha. Y amén. No obstante, el debate esta abierto con la discreción que aconseja a quienes no están de acuerdo caminar sobre arenas movedizas en los campos universitario y periodístico.

Si dejando a un lado la parte negra del continente africano  nos giramos hacia Egipto notamos que el Servicio de Antigüedades fue fundado allí en 1858.  A continuación fue regenteado durante décadas por franceses e ingleses a quienes se sumaron los alemanes en 1870 hasta que en 1918 quedaron fuera del juego como país derrotado en la Gran Guerra. Al observar como resultado de aquello el volumen gigantesco de las colecciones egipcias en los museos puede comprenderse de qué se esta hablando. Sin los recursos y el savoir faire aportado por los países citados, oso estimar que gran parte de lo que hoy es patrimonio de toda la humanidad estaría aún bajo tierra y arena.

El aplomo con el que muchos dirigentes políticos abordan las devoluciones no deja de plantear enfoques en materia de historia de la conservación del arte. Vivimos una época de arrepentimiento y de ajuste de cuentas cuyo análisis conduce generalmente a tendenciosas polémicas carentes de interés. Lo cierto es que lo que hoy se conoce como arte negro fue descubierto cuando el público de expertos y de profanos comenzó a contemplar las tallas y las esculturas africanas alineadas en los atelieres de Cezanne y de Picasso con una mirada que las apartaba de su condición de fetiches. Es por ello que hay que preguntarse qué se está devolviendo a los países africanos, ¿objetos dedicados al culto o a la admiración estética?.

Fuera de los países llamados occidentales las figuras  creadas para el culto no eran considerados obras de arte destinadas a ser admiradas por los visitantes de los museos o atesoradas por ricos coleccionistas en aras de invertir o de especular.  Sucede algo por el estilo en las iglesias con nuestras cruces y nuestras vírgenes en un principio veneradas como representación de creencias, antes de que papas visionarios comenzaran a encargar esculturas a genios como Miguel Angel en la Roma de Julio II y de Clemente VII. De su condición original queda muy poco cuando hoy las contemplamos por haberla suplantado los valores artísticos que nuestra cultura les ha atribuído para siempre.

Esto para decir que los exploradores europeos no descubrieron arte negro sino fetiches. Tampoco los conquistadores se plantearon en el Siglo XVI estar delante de arte maya o de arte inca en América. Todo aquello era percibido como cosas curiosas que para los autóctonos eran divinas representaciones materiales de sus creencias y de su intemporalidad. Cuando se ve, bajo la finalidad religiosa original de una obra otra,  secreta e invisible para sus creadores, accedemos  a ella por sensibilidad estética. Pero es preciso que antes nos hayamos hecho permeables a percibirlas como tales. Ante tal realidad se plantea tratar de definir qué tienen en común obras de arte de una u otra cultura vengan de donde vengan. La contemplación engendra admiración primero, deseos de reproducir lo que miramos a continuación y eso no ocurre cuando nos colocamos enfrente de algo que solo nos franquea en el instante acceso a creencias y a supersticiones. Son contextos totalmente diferentes y por así decirlo, opuestos.

Es en este punto que puede advertirse que un diálogo es indispensable para abordar la cuestión de las restituciones. Hay que comenzar por alejarnos de frases hechas y de lo políticamente correcto. Ver lo que está ahora teniendo lugar como una resurrección de obras que en gran parte no existirían a estas alturas si no hubieran sido saqueadas, palabra definitivamente admitida para definir su desplazamiento de un continente a otro.  Habrá que ver como serán recibidas en África. Recuerdo a la dueña de galería de arte que rehusaba comercializar objetos africanos por considerarlos como embrujados y portadores de hechizos. Les temía. Aunque nadie lo podía sospechar, Catherine una rubia con ojos azules,  era nieta de congolesa – ¿ y tu abuela dónde está? – y había crecido en Pointe Noire antes de retornar a Ginebra con su abuelo suizo.  Me permito pensar que en Burkina Faso los negros estarán observando lo que los franceses les han devuelto con circunspección.

Aplaudamos todos si estamos verdaderamente en una coyuntura que permitirá el engrandecimiento de las culturas a ambos lados del Mediterráneo.  Esperemos que a través de estos gestos, sospechosamente contaminados por razones politiqueras, se produzca la necesaria metamorfosis de la crisálida creada por el colonialismo a la mariposa que haga a la belleza estética sobrevolar los pueblos que la merezcan.

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