MATRIMONIO INVERNAL

Written by Libre Online

12 de octubre de 2022

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Silencio

Los pájaros se han dormido

y un quedo rumor de hojas

anuncia un viento vencido.

Sylvia Landa.

Del poemario Mar de adentro.

Él, sin dejar de comentar las incidencias de la jornada la imita y en breve sale del baño ataviado con pijama de corte varonil, pero con las mismas características púdicas del femenino.

Artemisa, sentada en el borde izquierdo del lecho le sonríe con rostro cansado. No obstante, comenta satisfecha.

—Ha sido un día bien ajetreado. Cómo estarían disfrutando Ulises y Florinda si pudiesen vernos.

—Nos ven; no dudes de eso —Jacinto afirma.

La anciana con mirada pensativa contempla el entorno. Al fin dice.

—Yo también lo creo. La fuerza espiritual de ellos es la causante que estemos unidos  para acompañarnos y recordarlos, en tanto tengamos vida.

—Estamos juntos; como anteriormente lo estuvimos los cuatro. Claro, con más proximidad  y cariño, pero con respeto a la memoria de los difuntos y a nuestros cuerpos. El amor carnal, el tuyo y el mío, pertenece a ellos. Está latente en el recuerdo.

Artemisa se sonroja  y apunta con expresión cómplice.

—Si nuestros hijos y nietos supieran que después del matrimonio, aunque compartimos lecho, nunca nos hemos tocado con otra intención que no sea la de los amigos.

—Y así deben seguir creyéndolo.

—Sabes —ella reflexiona —cuando estábamos en la iglesia y el cura nos declaró marido y mujer, sentí que Florinda estaba a mi lado y era feliz; muy feliz.

—Y yo pensaba que Florinda y Ulises eran nuestros testigos de boda  —Jacinto exclama y los ojos le brillaron con lustre de lágrimas.

—Hemos cumplido —Artemisa asevera.

Jacinto se asoma al vidrio empañado de la ventana. 

—Afuera está muy frío y la lluvia fina no para. Creo que amanecerá con escarcha. 

—Eso sería un inconveniente.  Mañana debemos regresar a La Coruña y tomar el barco para viajar de vuelta —ella señala.

—Eso no me inquieta. Aquí el transporte es bueno y seguro hasta el puerto. Lo que me preocupa es que al llegar a América no encontremos la Isla Prodigiosa —Jacinto responde con ironía.

— ¿Tienes ganas de bromear…? Pensé que estabas cansado…. 

—Cansado estoy, pero hablo en serio. En el Mar Caribe hay tantos piratas y aventureros que no sería la primera ni la última vez que secuestrasen la Isla Prodigiosa, para pedir rescate. ¡Imagínate!; tú y yo extorsionados y sin tierra propia donde desembarcar.

—Deja la jarana y ven a dormir.

Jacinto, guardando distancia prudencial, ocupa su lugar en el lecho. Toma la mano derecha de Artemisa y la oprime.

—Ha sido un día feliz —murmura.

Ella voltea el rostro. Lo mira con expresión risueña e insiste blandamente.

—Es hora de dormir…

Y por coincidencias inexplicables de la existencia al unísono quedan dormidos. Y por coincidencias inexplicables de la memoria comparten el mismo ensueño que, partiendo de la cartulina de una vieja fotografía, en blanco y negro, con bordes amarillentos, se adueña del recuerdo y resucita el día de playa lejano, disfrutado por las dos parejas, en el que Ulises al ser lastimado por la falsa medusa se alarma mucho, al no saber lo que le ocasiona molestia semejante. Y pasado el susto los cuatro ríen con el desenfado de la juventud pujante… Y sobre la cama de sábanas blancas, protegidos del frío por un grueso edredón, los ancianos, al ritmo quedo de las respiraciones hermanas, sonríen y se identifican con las imágenes que, en parpadeo fugaz, el tiempo les obsequia.

Y en el vidrio de la ventana nocturna, pronóstico de un invierno duro, la llovizna gélida se hace escarcha silenciosa y tenaz.

FIN

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