MARTÍ

Written by Libre Online

1 de noviembre de 2022

Por Emma Pérez (1957)

Durante mi última estancia en México, iba muchas veces pensando por las calles de su hermosísima capital: “México nos va a quitar a Martí.» Y es que en México se ve más a Martí que en Cuba. En los periódicos, revistas, librerías y pinturas de México, se ve más a Martí que en los de su isla. Y no sólo en las fechas de su nacimiento y de su muerte, sino un día tras otro. “¡México nos va a quitar a Martí!»…

El lector habrá comprendido que ésta no es una idea celosa, sino una forma de gratitud. Cuando en una edición de 

billetes de la lotería de México encontré la imagen de Martí, cuando vi aquel homenaje tan extravagante, casi me eché a llorar de alegría en la avenida Juárez.

Inesperadamente encontraba, prendidos en lo alto de los kioskos de venta de periódicos, magazines enteros dedicados a Martí. Desde las portadas de 

colores, los queridos ojos inconfundibles se me volcaban en el corazón, y no me quedaba ni la sombra de esa soledad que procura al viajero “el caminar errante por las grandes ciudades”.

Siembra y recogerás. Martí quiso a México lo quiere más cada día. Quiso a “nuestra América” -como él llamaba a América Latina- y ella, asimismo, lo quiere cada vez más. En ese intercambio amoroso, la sombra resplandeciente de Martí protege singularmente a México- el país que tanto lo acogió cuando la tiranía insolente lo echaba del suyo-y se extiende sobre “todos nuestros pueblos de América” -a los que tanto les pidió que crecieran, siendo, en la medida de lo heroicamente posible, obedecido-. Pero no temamos: la más concentrada presencia de Martí —ese tesoro— corresponde a Cuba, el alma de su alma, su corazón.

El padre pálido de ojos tristes y vestido de negro anda con pasos suaves, sin reposar ni dormir, entre nosotros. Se sienta en los hogares cubanos y pone su mano sobre las cabezas de sus hijos. Esta presencia fue descrita por Él en un cuaderno de apuntes, bajo la onda estremecedora de profecía que le pasaba frecuentemente por el pecho. Así se vio: pálido, de ojos tristes, vestido de negro, sin reposar ni dormir, entre sus hijos.

El patriotismo de Martí —un caso innegable de religión, de una nueva religión que estaba seguro de que brotaría en el mundo— explica que Él no se separe de los cubanos: «Patria —decía-es consolar al triste.» ¡Y cuántos recursos tiene para el consuelo de los tristes Martí!

¡Un hombre tan bueno un 

maestro -“Maestro, el que forma sin destruir”, que mira y besa el fondo de las almas, que habla dulcemente aunque no perciba algo implacable en su voz, que saluda levantando con ternura la mano, aunque pueda descubrirse en ese gesto una posibilidad de amenaza que desprecia la compraventa de la moral de los fariseos que, en su 

apariencia de melancolía oculta una terrible compasión hacia la humanidad! ¡Qué poder el de este compañero de ojos mansos pero fulgurante que, con su paso leve, que apenas toca las estrellas, va a un país muy lejano del que si se regresa y vuelve más dispuesto a servir que nunca!

Es pertinente insistir cada vez que se escriba sobre Martí en, su sentimiento de la muerte. Tenemos el deber de comprenderlo y ésta es quizás la primera llave para entrar en su alma. Por mucho que hablara de la muerte, tenía él una insaciable “sed de vivir”. Mientras más nombraba la muerte, más era la vida su ansiedad: «El que muere, si muere donde debe, sirve. Sirve y vivirás.» No se cansaba de prometerles vida a los hombres: «Vale y vivirás. Despídete de ti mismo y vivirás. Sirve y vivirás.»

Siempre recordaba a los grandes muertos, asegurando que vivían: «No reposan ¡se esparcen! Son fuerzas de la Naturaleza, se han vuelto, crecidos, al alma humana”. 

“Las grandes personalidades, luego que desaparecen de la tierra, se van acentuando y condensando, y, cuando se convoca a los escultores para alzarles estatuas, se ve que no es ya esto tan preciso. Como se han petrificado en el aire por la acción de sus méritos, los ve todo el mundo”.

Nunca dudó de que podría seguir sirviendo, después del “largo viaje hacia la luz”; de que regresaría para quedarse entre sus hijos, por infinita que fuera la distancia a cruzar. Y para detener la labor de zapa de los empeñados en que desapareciera de una vez para siempre, aclaraba las cosas: “Cuando los gozadores y egoístas, alegres de ya no ver en pie a quien con su pureza los ofendía, viene con la copa en alto del brazo sus mancebas, a regocijarse frente a la tumba de aquel testigo enojoso, hallan en pie, sobre esa tumba, a un hombre nuevo con el estandarte del que murió enhiesto en su mano”.

Martí, hombre nuevo, sale a combatir la idea infame de que ya no existe. Los poetas jóvenes de su América unen a la suya sus voces.

Mientras más necesitamos a Martí, más lo sentimos cerca, socorriéndonos. Más se inclina sobre nosotros su dulce y pálido rostro. Si con un árbol de Cuba lo quisiéramos comparar, tendría que ser con el que tanto lo impresionó en los campos de Oriente y al que nombra más que a ningún otro en su Diario: la yaguama, «de hoja fénica que estanca la sangre y con su sombra beneficia al herido».

 ¡Estáncale la sangre a Cuba, padre compasivo! Tenías el hábito de decir que no era hora de Jeremías sino de Sísifo, no de quejarse sino de subir la roca a la cima de la montaña. Lo mismo aún, adorado, lo mismo aún. Pero cuida las heridas de tu isla como curabas las de los cubanos en los campos de pelea, donde tú caíste. Impaciéntate como entonces: “¡El agua! ¿Por qué no llega el agua para las heridas, que al fin traen en un cubo turbio?”

Ahora no pasas con tu traje negro, sino con la chamarreta azul que usabas en la Guerra de Independencia. Pasas con tu rifle y tus cien cápsulas —que contabas como un niño—, tú, que confesabas en las páginas más personales de tus notas: “Y si mato una mosca, me pongo a discutir con mi conciencia si he tenido el derecho de matarla»… Tú, que ponías en el bolsillo donde llevabas «cincuenta cápsulas», un pequeño libro de Cicerón, del que no tuvo que enseñarte, porque lo supiste siempre, que «sólo lo honesto es útil»; tú, que no escribiste una cosa —como Cicerón— e hiciste la contraria.

¡MARTÍ!… M de mártir, A de amor, R de resplandor, T de ternura, I de ideal.

No sólo te contemplamos en la suave penumbra donde dicen los apasionados que se posan los muertos, sino que te vemos erguirte al sol: “Colt al costado, machete al cinto, espuela a la alpargata… ¡A caballo!» Con tu hermosura real y tu valor, invistes a otros.

Si queremos creer en la alegría, a pesar de la lluvia de octubre de gotas enormes que caen formando estrellas melancólicas sobre la 

tierra a que pertenecía «tu cuerpo como tu corazón», no tenemos más que precisar la casi delirante felicidad que te garantizaron aquel «Colt», aquel machete, aquel caballo… El júbilo tiene que existir, puesto que tú lo aseguraste.

El destierro había sido un puñal atravesándote de pecho a espalda —largo y agudo—. Ya no podías más. La misma Naturaleza —de la que fuiste uno de los amantes más puros— se te había vuelto adusta enemiga. Los árboles habían llegado a parecerte «esqueletos negros, proyectados contra cielos sombríos. La lluvia, azote». Repetías: «El único suelo firme en el mundo es el suelo en que se nació.» Y anhelabas «el tremendo júbilo, después de ese rastrear del alma y las miradas por el extranjero de sentir la tierra propia y decir: Aquí todo es mío, mío»

El largo y agudo destierro, comprendidos los dos años en el infierno del presidio político, había durado veintiséis años y Martí murió a los cuarenta y dos, acogiéndose al derecho, que había defendido toda su vida, de caer con la mirada en alto, clavados en el sol de Cuba los ojos de sus bandadas de águilas (las águilas son solitarias, pero no las suyas).

Sólo los primeros dieciséis años de esa vida, que hizo sagradas las paredes de la casa donde brotó —la casa de la calle de Paula, señalada con una estrella—. pasó Martí en su isla. Aunque hay que tener en cuenta los meses de 1877 pasados secretamente aquí, bajo el nombre de Julián Pérez, y otra estancia de poco tiempo, cumplida entre 1878 y 1879, en que fue otra vez desterrado, por preparar, con Juan Gualberto Gómez, un movimiento de lucha. Había hablado en el Liceo de Guanabacoa en honor del violinista Díaz Albertini y en presencia del representante de España, general Blanco. «Nunca creí —comentaba después el Gobernador General de la Isla— que ante mi propia persona pudiera decirse lo que se ha dicho esta noche. No quiero, a la verdad, ni recordarlo. Ese joven audaz, ese Martí, es un loco peligroso».

¡Aún no tiene patria José Martí! ¡Otra vez a errar por el mundo, como cuando te echaron de Cuba a los diecisiete años: de nuevo ladrado por los perros, visto partir, ¡sin que las caras se les ampollaran de vergüenza! Por los “gozadores y egoístas” Tienes veintiséis años. De vida sagrada te quedan dieciséis. Sólo un mes antes de que te encuentren muerto por tu patria, con «tu bella cabeza fría», que ni el sol incandescente de tu cielo podrá calentar, volverás a tu tierra.

Esos dieciséis años, menos unos meses en España y seis en Venezuela —de la que lo obligaron a salir, como antes de Guatemala y hasta de México, los malvados que no podían resistir su mirada— los pasó Martí en Nueva York, escribiendo para periódicos y revistas de América Latina y levantando con sus hombros, que parecían débiles, pero resistían como montañas, la Revolución del 95. Seguirlo es como subir montes. (“Subir lomas hermana hombres”, dijo él)

Pero lo que alegra el pecho, como si le entrara de golpe una enorme ráfaga del viento con olor a pomarrosas de las orillas del Cauto, es seguir a Martí -como ya hemos hecho en LIBRE, otras veces, pero para lo cual se encuentran cada vez nuevos motivos trastornadores-, seguirlos, a partir de su desembarco en su tierra. (“Aquí todo es mío, mío”), a las diez de la noche del 11 de abril de 1895, aún desde antes, desde Montecristi, desde Cabo Haitiano, desde la cubierta del vapor en que escribía: “Y por ahora he dejado de sufrir”.

El martirio -largo y agudo- quedaba atrás. Todos los espantos -hasta el de haberse estado a punto de vender a Cuba a los Estados Unidos por España – era pesadilla de la que ya se había salido. Ahora se trataba de «sacrificio, pero no de derrota». Estos días, en que culmina el destino más alto a que puede aspirar un hombre, son astros de la tierra. Y para que el milagro sea más querido, de la tierra cubana.

“En Cuba escribo, a la sombra de un rancho de yaguas. Ya se me secan las ampollas del remo con que halé a tierra el bote que me trajo —los párrafos son de una carta íntima—. Éramos seis. Llegamos a una playa de piedra y espinas y estamos a salvo, en un campamento, entre palmas, y plátanos, con las gentes por tierra y el rifle a su lado… Es muy grande mi felicidad, puedo decir que llegué al fin a mi plena naturaleza y que el honor que en mis paisanos veo, me embriaga de dicha, con dulce embriagues. Sólo la luz es comparable a mi felicidad. Si me vieran por esos caminos contento y bien cargado, con mi rifle al hombro, mi machete y revólver en la cintura, a un hombro una cartera con cien cápsulas, al otro, en un gran tubo, el mapa de Cuba y a la espalda mi mochila con medicina y ropa y hamaca y frazadas y libros”.

No puede parecer sino un premio, el más ansiado de los premios, el mejor obtenido. Ese premio es. 

Cruzaron por nuestras cabezas las primeras balas; momentos después, rechazado el enemigo, caíamos en brazos de nuestra gente, allí caballos, júbilo; seguimos la marcha admirable, a la luz de hachas del monte y árboles encendidos, la marcha de ocho horas a pie, después de dos de combate y de cuatro de camino, de la noche entera sin descansar para comer ni de día ni de noche. 

Yo me acosté a las tres de la mañana curando heridos. A las cinco en pie. Todos alegres. Me traen mi caballo y mi montura nueva, ¿pelearemos hoy? Organizamos y seguimos rumbo. El alma es una. Sentía anoche piedad en mis manos cuando ayudaba a curar a los heridos. Y no les he dicho que esta jornada valiente de ayer cerró una marcha a pie de trece días continuos por las montañas agrias o ricas de Baracoa, la marcha de los seis hombres que se echaron sin guía, por la tierra ignorada y por la noche, a encararse triunfantes con España… Un saludo de orgullo por nuestra patria, tan bella en sus hombres como en su naturaleza… No soy inútil ni me hallo desconocido en estos montes».

¡No soy inútil!… ¡Sentía piedad en mis manos cuando ayudaba a cuidar heridos!… ¡Todos alegres!… ¡El alma es una! Palabras de tanta felicidad no había leído nunca. Pero las hay más felices:

“Ya entró en mi la luz, y la salud que, fuera de este honor, buscaba en vano»… Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria toda mi vida.» 

(¡Dios mío, quién habla!) «La 

divina claridad del alma aligera el cuerpo: esto explica la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen sin sacrificio».

¡Era el premio discernido por el destino —un destino construido, gota a gota de sangre, por un hombre dentro de sus venas— para la vida de José Martí! Él no se acordaba de la muerte y de eso estoy ahora segura. Sólo entonces, cuando faltaba menos de un mes para que cayera en Dos Ríos, no menciona Martí la muerte —y Él no sabe callar sus sentimientos—. Antes siempre la muerte en la boca: «No debe emplearse el tiempo en sufrir, debe emplearse en cumplir con su deber. Yo siento que muero y alzo la cabeza. Tiemblo de un espantoso frío y sigo adelante. Moriré entero.» (¿Y qué promesa suya no se cumplió?) Ahora no. Ahora a reír: «A la derecha, por lo alto de la sierra, espesa la cosa de pinos, Gómez y yo vamos hablando hasta lo alto de los repechos. Caemos riendo.» (¡Pero esto es increíble!)

La felicidad también reía. La felicidad, que no es otra cosa que la conquista siempre recomenzada de la libertad, que es el aire de la libertad, le besaba, riendo los labios: «Nunca gocé de tanta paz y dicha”.

A unos insurrectos muy jóvenes que conoce al pasar por un campamento, les manda pronto un recado mágico: «A los jóvenes me los traje en el corazón por bravos y sensatos. (¡Triste yo si no he merecido quedar en el suyo!… Tomo estas palabras para que se observe cómo estaba allí desplegado el poder de encantar de Martí. Nótese además de qué modo encantaba Martí, a sabiendas de que era encantador. 

A los veintiséis años le escribió al padre de la que iba a tomar por esposa, Carmen Zayas Bazán, como si aquél le hubiera hecho la obligada pregunta: «¿Y usted con qué cuenta?» y él le diera —que se la daba— la más convincente contestación: «Tengo fe en la tenacidad de mi carácter téngala usted en mi palabra ardiente, en la sinceridad que me capta amigos, en la solidez de mi conducta, en esta fuerza con que suelo conmover y entusiasmar.»

Esa mágica fuerza la expandió como jamás antes bajo «el cielo libre» de su tierra, que escuchaba cantar. (“El río nos canta»), de día y de noche, sin descansar ni para comer ni para dormir. De su tierra que por fin sentía suya, suya. Un desierto dejado de la mano de Dios o un peñasco lúgubre hubiera sido Cuba y a él le hubiera parecido el paraíso. Pero era un sueño de preciosidad. 

Mediaba abril-mayo ¡qué lindo mes Martí, uno de los más grandes poetas de la Naturaleza —sobre todo en muchas de sus páginas en prosa— estaba transportado. Rompía la primavera y se sentía en todo al implacable y magnífico poder de las fuerzas que animan el seno de la tierra un mundo de seres nacientes, al borde la vida, agitándose en las tinieblas —como hemos visto en las maravillosas y terribles películas de Walt Disney—, cual si hasta el último instante el furor de morir quisiera imponerse al furor de nacer. Pero de aquella franja de luz, cada vez más ancha y más clara, que era la frente de Martí, la idea de la muerte se había borrado. 

Todo nacía entonces para Martí, sin sombra de peligro. Hay que repetirlo, que comprenderlo, 

tenemos la obligación de comprenderlo. Años antes había él escrito, con el poder de anticipación que le hacía describir momentos no nacidos cual si hubieran rodado ya por su vida: «La diosa primavera venía de Easter, que quiere decir palabra de júbilo, que quiere decir renacimiento. ¿En qué nido no hay alba en este abril piadoso? ¡Nido inmenso es la tierra!»

Ahora la vida unánime, lo que llamó Colette «la única gran bestia», y Martí llamaba «la fusión del hombre con el todo», seguro de que «todas las creencias vendrán a ser, en suma, en los días de las almas tranquilas, esta ciencia referente a la divinidad de la Naturaleza», lo aturdía de dicha. Sin perder su lucidez —más necesaria que nunca para cuidar “la unidad de alma» de la Revolución—, estaba trastornado. 

Después de dieciséis años bajo el cielo tantas veces sombrío de Nueva York, en casa estrecha y sin rayo de sol, lo enloquecían el aroma y la luz de Cuba. Cruzaba y recruzaba ríos «con bayas altos a la orilla». Subía «la altísima loma de yaya y hoja fina, majagua de Cuba y cupey de piña estrellada». Toda su filosofía de la vida la resumía fácilmente en la frase más simple: «Comemos naranja agria ¡qué dulce!»

Cuando, rendido de la «marcha admirable», se tendía de noche en los campamentos, no era a dormir. La noche bella no lo dejaba. Se ponía a oirla: «Silba el grillo, el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde; aún se ve entre la sombra que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinada; vuelan despacio en torno las animitas; entre los nidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta como de finísimos violines, la música ondea, se enlaza y desata, siempre sutil y mínima, ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto y oleadas de violines sacan son y alma de las hojas.?»

Pero lo que más cautiva a Martí son los hombres. ¡El sí que es una oleada de violines sacando son y alma de la humanidad! De todos pregunta los nombres y apellidos y los recuerda: «La mambisa se llama Caridad Pérez y Pino. Su hija Modesta, de dieciséis años, se puso zapatos y túnico nuevo para recibirnos y se sienta con nosotros, conversando sin zozobra, en los bancos de palma de la salita».

¡Sus diminutivos! ¡Qué Martí! Es tan delicado y brillante. Tiene la fineza de observación, la sensibilidad y la ternura del indeclinablemente atractivo corresponsal del Molino del Valle del Ródano en la Provenza («Cartas Desde mi Molino»). Y tiene la piedad de Dickens, sin su ironía. Si Martí hubiera sentido siempre su espíritu en paz, como en el bendito abril-mayo de 1895, ¡qué libros sutiles y profundos habría escrito, pensados por Cuba! (Porque son los países los que piensan a través de sus escritores, como nos descubre Valery.)

Mas, desde los bancos de la escuela, Martí se había hecho, por encima de todas las otras, una pregunta a la que había que contestar con una vida: «¿Cómo serviría yo mejor a Cuba?» ¡La pregunta que había que contestar con toda una vida!

Nuestra América apenas les ha permitido a sus mejores escritores —que han sido a su vez sus mejores hijos combatientes— otra literatura que la de pelea. Con su apretar los dientes para no quejarse, Martí, sin embargo, escribió una vez: «¡Cómo nos afligimos de vivir como vivimos, montados en nuestro caballo de batalla! Y qué bueno fuera dejar algún día los arreos de batallar y escribir en la mesa de pino del hogar cosas graves y ciertas, aprendidas en la experiencia provechosa de las horas reposadas! ¡Pero tenemos que irnos llenos de heridas con nuestros libros inescritos a la tumba!»

Esto no quiere decir que Martí pertenezca a aquella suerte de escritores fragmentarios a que se aplica el nombre de «luchadores». Su obra encierra tesoros completos. Él pidió que extrajeran su espíritu de «la selva'», que eran sus papeles. Muchas generaciones de cubanos y de latinoamericanos, muchas, sin fin, encontrarán joyas perfectas de pensamiento y de poesía en su generosa producción.

Pero la melancolía sentida por Martí a causa de sus libros no escritos también quedaba atrás. Era la primavera de 1895, la única feliz de su vida, la única en que la libertad de su patria le besó los ojos. Aunque la piedad por los heridos y los castigados lo iba estremeciendo cada vez más —esa pena dulce, que es la piedad—. Él conservaría su júbilo, sorprendiéndose del cariño de las estrellas y de los hombres: «¡Qué cariñosas las estrellas a las tres de la mañana!» «¡Qué cariño nos muestran!”

«De Altagracia a la travesía. Llegamos al Cauto.» El sentimiento de la muerte no surge de las aguas del «río solemne que refleja la corriente de la vida»… ¡Ah, de la vida!

La lluvia continúa y la yerba se espesa. «De la Travesía a la Jatía por los potreros ricos en reses. Hay que echar abajo las cercas de alambre y abrir el ganado al monte, o el enemigo se lo lleva”. «Con barrancas como las del Cauto, asoma el Contramaestre, más delgado y claro y luego lo cruzamos y bebemos.» ¡Sed de vivir! La vida es ideal y acción y un hombre debe participar en el ideal y la acción de su tiempo, o corre el riesgo de ser juzgado como si no hubiera vivido. Libertad es también lucha consigo mismo. La paz de un hombre, por dulce que sea, enfrenta a dos contrarios: «Estoy pensando con zozobra y angustia, ¿hasta qué punto sería útil a mi país mi desistimiento? Y yo debo desistir cuando llegue la hora para poder aconsejar con libertad. La revolución no perdería su unidad de alma».

La regla del juego de la vida de Martí —la regla del juego limpio— era dondequiera, difícil de aplicar. Pero ni esto hacía disminuir su felicidad de estar en Cuba, dentro de una guerra por libertarla. La felicidad no es idílica. Su secreto es el de la libertad. ¿Qué es la libertad? —le preguntaron un día a Martí. Contestó: «La esclavitud del deber.» Él había sido nombrado Mayor General del Ejército Libertador. ¿Era por ese grado por lo que se sentía impedido? Unidad de alma era democracia. No oligarquías. Y castas menos.

«La lluvia de la noche, el fango del Contramaestre» (el Diario es oscuro el 13 de mayo), pero «La caricia del agua, la seda del agua»… (Con estas dos sencillas líneas vuelve a darnos su profesión de fe.)

Y unidad de alma era amor al pueblo: «El cubano quiere cariño y no despotismo.» (¡Qué familiar puede ser Martí! Todo lo que puede serlo un padre.) Esta fue una de sus mayores advertencias. Cualquier país, si tan desdichado se vuelve, podrá hacer de la crueldad y la dureza instituciones nacionales y ser simplemente aborrecible. Cuba no. Porque, además de aborrecible, sería traidora. 

El General Gómez sale a molestar el convoy de Bayamo. Conmigo se quedan doce hombres.» El Contramaestre se desborda y, por lo tanto, se oscurece. Desde niño habían asombrado a Martí los ríos crecidos y turbios. En 1862, a los nueve años, le escribió a su madre desde una finca, y, dos veces, en la pequeña carta, se refirió al río Sabanilla y a «otro más chico, los dos sumamente crecidos, impidiéndonos el paso».

En el Campamento de Dos Ríos fechó Martí la última carta que escribiría a su amigo de México, Manuel Mercado. En ella no había despedidas sino proyectos. El fin de las largas páginas era una pregunta con respuesta, de menos de dos líneas: ¿No hallará México modo de auxiliar a tiempo a Cuba? «Sí, lo hallará o yo se lo hallaré.»

Y el mismo día, 19 de mayo, —¿pelearemos hoy? — mandó una nota a Máximo Gómez: «General: Como a las cuatro salimos para llegar a tiempo a La Vuelta, adonde pasó desde las diez la fuerza de Masó, a acampar y reponer su muy cansada caballería; desde anoche llegaron. No estaré tranquilo hasta no verlo llegar a usted.» A la una llegó Gómez (¡que no llueva hoy, que el sol de mayo envuelva a Cuba en un manto centelleante!) Lo perseguía —porque había tenido noticias de que andaba con pocos hombres— el jefe español Sandoval. Cuando Gómez se disponía a acampar, se oyeron tiros: «¡A caballo! —dije yo— cuenta el Diario de Gómez— y pedí al general Masó: «Sígame con toda su gente.» Antes de iniciarse la acometida —que fue terrible-indiqué a Martí que se retirara hacia atrás, que aquel no era su sitio.»

Pero la vida había sacado sigilosamente su almohada de debajo de la cabeza de Martí (y él la había sentido). Hasta la almohadita de hule que hacía con su saco de campaña, estaba de más. Para el que va a dormir bajo la yerba, sobran las mezquinas comodidades con las que engañan los hombres su terrible cansancio.

¿Era un soldado desobediente José Martí? ¿No acató deliberadamente la indicación de Máximo Gómez? ¿No lo oyó? ¿Desistió de seguir cuidando la unidad de alma de Cuba? Lo creería todo menos lo último. ¿No pudo dominar a su caballo? ¡Cayo —de su montura nueva -de cara al sol de rayos verticales, y todo quedó vacío de golpe! Pero si se llama tragedia al encuentro doloroso de un hombre con su destino, la muerte de Martí no fue trágica. Como todo lo que él nos dijo ha resultado cierto, creemos a pies juntillas que no sufrió. Porque había escrito: «Yo moriré sin dolor. Será un rompimiento interior, una caída suave y una sonrisa.»

Quizás la persona más desconocida se inclinó sobre Martí en su último momento y tuvo tiempo de preguntarle lo que él imaginó que podría haberle preguntado un amigo en su agonía al presidente Garfield de Norteamérica:—¿Ternura?

Acaso tuvo tiempo de contestar, sonriendo dulcemente:— ¡Sin medida!

Los ríos seguían fluyendo hacia el mar, como a la Eternidad las almas humanas. Pero el agua no dejaría de ser agua: aunque ascendiera a las nubes, volvería gota a gota a la tierra. Y la luz no dejaría de ser la luz. El ciclo del agua y el de las almas no pueden ser distintos.

La Naturaleza permanente y solemne recibió, el 19 de Mayo de 1895, aumentada por «la ansiedad de pureza y el deseo de bien'», la dádiva que le había hecho a la humanidad —que se había hecho a sí misma— en la persona de José Martí. La noble figura de Martí es la de un alto hombre de espíritu, martirizado por las paredes de la celda que era su patria y por la ignorancia en que la mantenían los esclavizadores de pueblos. Martí representa el humorismo más completo, puesto a la pelea. (No dispuesto, puesto a la pelea.)

Hay que insistir, cada vez que se escriba sobre Martí, en que fue un idealista y un hombre de acción. Además de organizar la Guerra de Independencia y de morir en ella, sus palabras tienen fuerza de actos. Creó la teoría política por medio de la cual «los países latinoamericanos llegarán a ser tan «grandes como Grecia». (Su boca no miente, sólo que habla para días sin nacer, incalculables). Esa política se resume así: conocimiento de sí mismos y unidad de alma.

Martí no vio a los hombres como no eran. Sabía que la condición humana es a la vez adorable y abominable. Sólo que él practicó lo que se llama el amor de Dios, única manera de dar batalla a los 

monstruosos genios maléficos —contó esos dantescos Luciferes que son «El Enano’ y «El Verdugo» de Par Lagerkvist— que desatan la ira de Dios. (Dios no puede ser otra cosa que un tremendo campo de guerra entre su amor y su ira.)

Martí tuvo el rigor de un polemista, la serenidad de un filósofo, el lirismo de un poeta y la gracia de un hombre de espíritu, pero, además, ¡como si se pudiera dejar para lo último!, el valor de un héroe y la disponibilidad de un mártir.

América Latina y Cuba tienen grandes cumbres humanas. Pero la sombra impura que cabe en el alma de los grandes —a la que se ha referido Rodó— y que se encuentra en muchas de nuestras más enorgullecedoras y ejemplares figuras, no aparece por ninguna parte en Martí. Por eso lo han llamado un santo, cuando es un hombre.

La Habana, octubre de 1957.

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