En nuestro idioma hay una interesante palabra que nos conduce por dos caminos: “sueño”.
Hablamos de sueño en relación con el acto de dormir, pero también en relación con esa habilidad involuntaria de soltar las riendas de nuestra imaginación y abrir las puertas de nuestras fantasías mientras dormimos.
Soñar es irnos de viaje de la mano del corazón, arropar los recuerdos y mecerlos en los brazos del alma. Para nosotros, los cubanos, soñar es vencer el imperio del pasado y disfrutar del regreso a las nobles aventuras del ayer.
En latín hay dos palabras casi gemelas, pero a una sideral distancia la una de la otra: el vocablo “somnus” y el vocablo “somnium”. El esfuerzo más destacado para definir la diferencia entre ambas expresiones lo encontramos en la traducción al español de las obras de Sigmund Freud, en las que su traductor, el escritor Luis López-Ballesteros, utilizó “sueño” en alusión a la necesidad de dormir y “ensueño” para referirse a los pensamientos que nos visitan mientras dormimos.
Con los sueños se han edificado estructuras de vicio, explotación de la ingenuidad popular y engaños a granel. Es verdaderamente una indignidad pervertir algo tan íntimo y apreciado como un sueño. Es torcerles el destino a los viajes del corazón, manchar la blancura de una ilusión y quebrar una sana fantasía, plena de encantos y santos recuerdos.
Por supuesto, los sueños existen y están ligados a premoniciones y revelaciones. Desde los tiempos más antiguos, las diferentes culturas les han atribuido significados. En la Biblia, por ejemplo, los sueños suelen adoptar el sentido de revelaciones divinas, aunque se recomienda discernimiento en su interpretación, pues pudieran ser utilizados por el maligno para llevar a cabo sus propósitos perversos.
Algunos ejemplos de sueños en la Biblia son:
(a) En Génesis 28:12 se narra el sueño de Jacob con una escalera por la cual suben y bajan los ángeles, y recibe una revelación sobre su descendencia;
(b) En I Reyes 3, el rey Salomón, recién coronado, tiene un sueño en el que Dios se le aparece y le ofrece concederle un deseo. Salomón le pide ser sabio y justo para dirigir a su pueblo, y le es concedido;
(c) En el libro del profeta Daniel, el rey Nabucodonosor tiene un sueño que lo perturba, pero lo olvida y amenaza con matar a todos los sabios, magos y adivinos si nadie se lo recuerda y lo interpreta. Solamente Daniel es capaz de hacerlo.
En el Nuevo Testamento son famosos los sueños de:
(a) José, quien estuvo a punto de creer que María le era infiel, pero por medio de un sueño fue advertido del milagro del nacimiento de Jesús y aceptó la voluntad de Dios.
(b) Los sabios de Oriente, quienes son avisados por medio de un sueño de que no indiquen a Herodes el lugar donde estaba Jesús; y
(c) José, quien es ordenado en sueños que lleve a su familia a Egipto y, pasado el tiempo de la persecución, es nuevamente avisado de que regrese a su tierra.
No solamente en el contexto bíblico se produce el milagro de los sueños que revelan la voluntad de Dios. Hoy día, en muchas congregaciones religiosas, cristianas y no cristianas, se practica la interpretación de los sueños, aunque insistimos en la posibilidad de que estos sean manejados de forma impropia y dolosa.
En el campo de la psicoterapia, los profesionales médicos analizan los sueños de sus pacientes para llegar a conclusiones sobre sus estados mentales. Freud expuso la tesis de que los sueños son producto del inconsciente, donde se almacenan las frustraciones, problemas e inquietudes del ser humano, que posteriormente se reflejan en el mundo personal e ilimitado de los sueños. Actualmente es fácil encontrar libros escritos por científicos que tratan de esclarecer el misterio de los sueños y su significación.
Y tenemos a los astrólogos, los llamados adivinos y profetas, los cartománticos y espiritistas, brujos y un singular listado de supuestos conocedores que se consideran aptos para penetrar en la intimidad de sueños ajenos y arribar a conclusiones drásticas. Incluso existen, dentro de la variedad del Tarot, diferentes formas de interpretar las cartas de una baraja con imágenes diversas para descifrar los sueños de personas que solicitan ese servicio por medio de la televisión, centros de lectura de manos y entrevistas personales con supuestos místicos.
Las primeras referencias al Tarot aparecen en el siglo XV, en Italia. La baraja más antigua es el Tarot de Filippo María Visconti (1412-1447), que hoy se encuentra en la Biblioteca de la Universidad de Yale. Hay quienes sostienen que el Tarot logró sobrevivir a la Inquisición y a las persecuciones religiosas debido a que los gitanos lo utilizaban en sus tretas adivinatorias y no eran considerados religiosos. La adivinación con el Tarot se propagó por varias regiones europeas, preferentemente Francia, Suiza, Bélgica, Alemania y Austria. En el siglo XVIII se extendió a Italia y España, y de ahí al resto del mundo.
Una incursión por la llamada cultura popular nos lleva a la consideración de los juegos de azar y, entre estos, las charadas que explotan el infundado significado de los sueños, asignándoles números. Existen numerosas charadas y cada una contiene diferentes asignaciones para los mismos números. Probablemente, la tonta aspiración de enriquecernos en un certamen de adivinación numérica nos lleva a invertir dinero para enriquecer a manipuladores del engaño.
¿Qué hacer, pues, con los sueños?
Desatendiendo la posibilidad de que tengamos problemas digestivos y conflictos mentales, o que nos vayamos a la cama intoxicados por el alcohol, las drogas o medicamentos sedantes —factores que convierten la placidez del sueño en una desoladora pesadilla—, de nuestros sueños debemos disfrutar.
Soñar con personas que han muerto y que se han llevado a la tumba retazos de nuestros corazones, si no es algo placentero, es al menos el reencuentro con seres amados a quienes veneramos con nuestro recuerdo.
Recorrer en sueños los encantadores paisajes de nuestra patria que nos fueron propicios, volver a andar por nuestras calles, visitar nuestros hogares, adorar en nuestras iglesias y reunirnos con preciados amigos del ayer es un regalo de Dios que debemos gozar agradecidamente.
Recuerda con ternura estos versos:
“Dale vida a los sueños que
alimentan el alma,
no los confundas nunca con
realidades vanas.
Y aunque tu mente sienta necesidad
humana
de conseguir las metas y de escalar
montañas,
nunca rompas tus sueños, porque matas
el alma”.
Los sueños son un paseo feliz sobre la mágica alfombra que nos lleva a sitios en los que nunca hemos estado y a aquellos que fueron escenario de nuestro desarrollo como personas felices y bendecidas.
Termino con una bella frase del poeta venezolano Laab Akaakad: “Piensa, busca y encontrarás. Y aunque los sueños, sueños son, ellos nos llevarán a la eternidad”.






0 comentarios