Texto de B. Álvarez Ríos (1950)
Martí en Montecristi. – Nombrado Mayor General. Odisea de la expedición de Playitas. – Martí cura los heridos en Arroyo Hondo. – El regalo del general José Maceo. – Entrevista en “La Mejorana” con el Titán y el Generalísimo. – La carta profética a Henríquez Carvajal. – Martí arenga a las tropas de Masó y Maceo. – La caída en Dos Ríos.
Ya está Martí en Montecristi. Antes de salir de New York ha dado instrucciones y la orden del levantamiento a Juan Gualberto Gómez y ha dejado a Gonzalo de Quesada al frente de la Delegación. Se ultiman los preparativos para salir de Santo Domingo hacia Cuba. Gómez, Mayía y Collazo entienden que Martí debe regresar a los Estados Unidos, pero un cable ha traído la noticia del levantamiento del 24 de febrero. El grito de guerra ha sonado. El Maestro se dispone a pelear y morir, así lo había decidido: “al último tronco, al último peleador: morir callado”.
Mientras Maceo y Crombet se dirigen a Duaba, Martí, Gómez, el coronel Ángel Guerra, el brigadier Francisco Borrero, el joven César Salas y el negro dominicano Marcos del Rosario salen de Santo Domingo hacia Cuba. Peligrosa odisea. El capitán Bastián, de la goleta “Brothers” se niega en Inagua a continuar la marcha. De camino a Cabo Haitiano toman el “Nordstrand”, y por último un bote que es azotado por la tempestad en los belicosos mares del sur oriental. Martí rema esforzadamente. Todos se sorprenden de su resistencia física.
La revolución espera los toques finales. Hierve la sangre de los insurrectos. Manos femeninas tejen afanosamente banderas tricolores. Hay que fijar y divulgar los principios fundamentales del movimiento emancipador. Martí, atento a todo ello, redacta el histórico Manifiesto de Montecristi, en la humilde casa del Generalísimo, que éste aprueba y ambos firman. Su hermano espiritual, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, al recibir el original, lo publica en el periódico “Patria”.
El 11 de abril llegan a Playitas. Son como las 10:00 p.m. Destruyen el bote. De ahora en adelante han de atravesar caminos intrincados y espinosos. Una vez más, Martí asombra por su resistencia física. Con el jolongo al hombro, su equipo completo, va subiendo lomas y vadeando ríos. Se siente feliz, por sentirse plenamente hombre.
El Generalísimo Gómez conferencia con sus oficiales. Están cerca del río, el 11 de abril. Un solemne acuerdo se toma: ha designado a José Martí como Mayor General del Ejército Libertador. El Maestro se emociona. Los jefes militares están complacidos con la incorporación del Delegado, como militar, a la emancipación que se han propuesto. El Generalísimo y el Apóstol se abrazan sellando el nuevo nombramiento.
Guantánamo. Sangriento combate entablan contra los españoles. Algunos mambises han quedado heridos. Suena el melancólico eco en el crepúsculo. La estrella solitaria se alza en una bandera. Noche victoriosa, pero triste. Martí ayuda a curar a los heridos. “Sentía mucha piedad cuando ayudaba a curar a los heridos”, escribió después. Era un hombre útil en cualquiera de las posiciones que la guerra le confiara.
El valiente General José Maceo sintió gran simpatía y admiración por Martí, prendado de su excepcional patriotismo y abnegación por la generosa causa de la patria. José le regala un hermoso caballo de color bayo y crines rubias. Desde ese momento es el transporte de combate del Apóstol, que corresponde con honor al gesto del bravo cubano. En él avanza, sobre él ha de morir en la encrucijada de Dos Ríos, entre el Cauto y el Contramaestre, de ‘cara al sol’.
Mayo. Los tres grandes de la guerra celebran una entrevista en el ingenio “La Mejorana”. Maceo y Martí discrepan. Este último expone que debe formarse una asamblea de delegados de los cubanos revolucionarios. Maceo quiere que todos los asuntos estén bajo la dirección de una junta militar. Gómez bosqueja su plan de invasión a Occidente. El ideal de la patria los pone, al fin, de acuerdo. Maceo queda como jefe de las fuerzas de Oriente. Gómez y Martí se preparan para invadir las regiones occidentales.
Gómez regresa al campamento. Junto con Masó arenga a las fuerzas formadas. Tocándole entonces hablar al Apóstol. Los mambises reciben sus cálidas palabras con frenesí y entusiasmo. El Apóstol se dispone a morir o vencer. Estaba consciente de que iba al supremo sacrificio. “Yo evoqué la guerra; mi responsabilidad comienza con ella. Para mí ya es hora”, había escrito, profetizando su fin a don Federico Henríquez Carvajal el 25 de marzo.
Amanece el día 18. Se respira una atmósfera de ansiedad. El coronel español Jiménez de Sandoval viene de Baire y Bayamo con una fuerte columna de más de 60 hombres. Martí se ha hecho cargo del campamento de Dos Ríos, en Ventas de Casanova. Una carta que escribe a su amigo Manuel Mercado ha quedado truncada al hacer su entrada en el campamento el General Bartolomé Masó.
El combate se ha iniciado. Gómez y Masó, se lanzan al ataque contra Sandoval. El Generalísimo le ordena a Martí que permanezca en el campamento, pero el maestro hace caso omiso, tal vez lastimado por una carta hiriente del General Enrique Collazo, años atrás, y las palabras irónicas de sus detractores. Con el arrojado Ángel de la Guardia, se lanza contra el enemigo. Soldado inexperto, es víctima de una emboscada. Los tiros hacen blanco en la mandíbula, en el pecho y el muslo derecho. El alma de la guerra ha caído mortalmente abatida. Los cubanos intentan inútilmente rescatar su cadáver. Los españoles le tributaron los honores que merecía un adversario noble y patriota ejemplar.







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