LOS TOPOS ESPÍAN Y DUERMEN BIEN

2 de abril de 2024

Aquellos que se sintieron invadidos de colérica frustración al enterarse de los casos de espionaje castrista protagonizados por Ana Belén Montes y Víctor Manuel Rocha recuperarán un poco de ecuanimidad leyendo un libro (1) que acaba de publicar aquí en París el periodista Vincent Jauvert. Haciendo bueno el refrán, “en todas partes cuecen habas”, sus páginas desgranan un rosario de “políticos, periodistas y funcionarios de alto rango” que a lo largo de medio siglo ejercieron en Francia a las órdenes de los servicios ad hoc de la URSS y sus satélites.

Ilustrado con el análisis de diez ejemplos profusamente documentados se observa en él como pasaron al enemigo secretos de estado, con otros infiltrando todo tipo de medios de edición y prensa captando datos y generando desinformación. Medió como remuneración dinero, beneficios diversos, cuando no la ideología. A veces los tres. En esta investigación singular que ocupó a Jauvert durante cuatro años la fuente fue el archivo central de la Seguridad del Estado checa (la StB) en el período 1960-1989. Cientos de miles de documentos clasificados como “secretos” están disponibles para consulta en Praga. Así aparecieron alrededor de treinta franceses, desenmascarados ahora para siempre. La KGB era la casa madre de tales operaciones y se sumaban los órganos de los otros países “socialistas”, incluida Cuba. 

Entre las personalidades citadas había, fue una sorpresa, tres conocidos. A uno lo encontré en 1971 pastoreando un grupo de recién graduados que fueron a La Habana invitados por la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana. Vivieron a toda leche en el Hotel Nacional, donde fui porque entre ellos se encontraba una nieta de mi maestra de idiomas. Paul-Marie de La Gorce, que así se llamaba el trásfuga, fue durante decenios en esta plaza parisina un respetado consejero, editorialista y autor. Le escuché durante aquellas semanas comentarios muy críticos respecto al comunismo, sin sospechar desde la ignorancia que en la materia era entonces la mía, que tenía frente a mí al “Agente Argus”, a través de los checos tributario venal del “oro de Moscú”.

Aparece igualmente otro periodista, Gérard Carreyrou, muy conocido aquí por haber desempeñado puestos importantísimos a lo largo de seis décadas. El hombre, azar de circunstancias caprichosas, es desde su adolescencia amigo íntimo de otra nieta de la misma maestra antes citada, es decir coincidencia por vertientes distintas. Gérard, para quien todas las puertas estaban abiertas operó durante veinte años gasta 1989 con el pseudónimo de “Frank”. 

El caso más significativo a mis ojos es el de Claude Estier cuya foto ilustra esta página: de pie entre Fidel Castro y el entonces embajador de Francia en Cuba Pierre Rénard, mira extasiado al Máximo Líder durante una recepción ofrecida en noviembre de 1981 por la embajada gala en La Habana. Estier, para los checos y los soviéticos “Robert”, fue un amigo íntimo del entonces recién electo François Mitterrand. Habían conspirado contra los alemanes en la misma célula clandestina durante la Ocupación (1941-1944). Después de la guerra, además de ejercer el periodismo fue diputado, senador y ministro. En ese viaje a La Habana llevó mi nombre en una short list de solicitantes de salida bloqueados por la inmigración castrista. ¿Cómo imaginar cuando me recibió durante aquellos días en el consulado que estaba frente a un “hombre de Moscú”? Que conste, su gestión para nada sirvió y no lograría expatriarme sino ocho meses más tarde.

La historia es pletórica en personajes como estos energúmenos. Si, al calor de las modernas tecnologías, un arqueólogo ofreciere a la ciencia fragmentos de los restos de Judas Iscariote y de Mata Hari podrían conseguirse, mediante algoritmos e inteligencia artificial, especímenes clonados de la catadura de estos hombres y mujeres para quienes la traición y la doblez han sido razón de ser. No hay desde luego novedades significativas en la materia. Solo que los países que viven bajo un estado de derecho acorde con la democracia no aplican correctamente sus leyes: exhumar, imitándola, la Foreing Agents Registration Act promulgada en 1938 por Estados Unidos para combatir al nazismo no sería una mala idea. Cuando la seguridad nacional está en juego no se deben ceder ventajas al enemigo. Véase lo que ha estado ocurriendo en la materia con Cuba desde principios de los años 1960.

En este tipo de asunto concurren leyendas y realidades. A principios del año 1962 una vecina se me acercó preguntando si sabía de alguien que pudiera instalarle en nuestra azotea una antena para su radio de onda corta. No podía yo imaginar que la mujer estaba conspirando contra el gobierno y mucho menos adivinar que el Telefunken que confió una noche a mi padre, junto con una libretica llena de anotaciones y de cifras, era el útil con el que comunicaba con un Centro que ordenaba un quehacer deshecho por la Seguridad del Estado. Pasó once años presa como parte de lo que pasó a nuestra historia reciente como “el atentado (a Fidel Castro) de la Biblioteca Nacional”. De lo anterior nos enteramos en la familia cuando fue puesta en libertad y se presentó para recuperar sus pertenencias antes de poner proa a New York. Igual que Montes y Rocha aquella mujer recibía instrucciones emitidas en Estados Unidos, mediante una “emisora de números”, sistema aún vigente hoy día.

En este submundo que finalmente no lo es tanto también aparece en la página 76 Albert-Paul Lentin, un periodista que trabajó para los checos durante dos décadas con el alias de “Herman”. Los informes lo presentan entregando información a su oficial intermediario durante un cóctel que tuvo lugar en la embajada de Cuba en París “a principios de 1970 durante una recepción”. Puede suponerse que la contrainteligencia francesa no estaba prestando mucha atención. 

En las cajas de archivo, “cartones” les decimos en Francia, conservados en los diferentes departamentos policiacos de los países socialistas constan las identidades, las acciones y los informes que circularon hacia Moscú desde todos los países del Occidente no comunista. En lo que respecta a Cuba puede suponerse que sus agentes siguen sembrados entre la emigración cubana escuchando los bip bip que describió en su momento el mítico investigador “Havana Moon”, y así continúan sonando y comunicando enigmáticamente a través de las ondas hertzianas.

1.             À la solde de Moscou, de Vincent Jauvert. Éditions du Seuil, mars 2024.  €19

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