Todos sabemos que Jesús fue el gran maestro de las parábolas. Entre ellas hay una que muchos consideran la historia breve más hermosa jamás escrita. Nos referimos a la conocida parábola del “Hijo Pródigo”. Algunos la llaman “El padre amoroso”; otros, “El regreso de un arrepentido”; pero el título tradicional es el que todos conocemos.
Como aporte a la celebración del Día de los Padres, queremos compartir con nuestros lectores esta joya del Evangelio según San Lucas:
Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y él les repartió sus bienes. Poco después, el hijo menor reunió todo lo que tenía y partió hacia un país lejano, donde malgastó su fortuna viviendo desenfrenadamente.
Cuando ya lo había gastado todo, sobrevino una gran hambruna en aquella región y comenzó a padecer necesidad. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de aquel país, quien lo envió a cuidar cerdos. Deseaba saciarse con las algarrobas que comían los animales, pero nadie le daba nada.
Volviendo en sí, pensó: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; trátame como a uno de tus trabajadores”.
Y levantándose, regresó a la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Pero el padre ordenó a sus siervos: “Traigan la mejor túnica y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies. Traigan el becerro engordado, mátenlo y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”. Y comenzaron a celebrar.
La trama, como puede apreciarse, es sencilla. Se trata de un joven que, de pronto convertido en rico, abandona el hogar seducido por la ilusión de recorrer libremente los caminos del mundo.
Esta realidad continúa repitiéndose, especialmente en nuestros días. Son innumerables los padres que desconocen el paradero de sus hijos y viven con la angustia de no saber siquiera si están vivos.
Hace más de veinte años fui instrumento de Dios en una experiencia profundamente conmovedora. Recibí una carta de un joven recluido en una cárcel de Los Ángeles. Había abandonado su hogar para adentrarse en el mundo de la delincuencia. En la prisión había abrazado la fe cristiana y atravesaba un sincero proceso de transformación. Sin embargo, le atormentaba una pregunta: ¿lo aceptarían nuevamente sus padres?
Recuerdo todavía el rostro de su padre y el tono de su voz cuando logramos ponerlos en contacto. Entre lágrimas me dijo:
—Él se fue, pero nosotros nunca nos hemos separado de él. Por todo lo que ha sufrido y por todo lo que nos ha hecho sufrir, es el hijo al que más hemos querido.
Menos de dos semanas después, padre e hijo se abrazaron en el salón de visitas de la cárcel. Desde entonces no volvieron a separarse.
Una de las características más conmovedoras del corazón de un buen padre es la permanencia de su amor. Un verdadero padre ama más cuando menos parece merecerlo el hijo descarriado.
El joven de la parábola vivió alegre y desenfrenadamente, olvidado de la familia que había dejado atrás y confiado en la abundancia de su fortuna. Pero llegó el día en que el dinero se agotó y, con él, desaparecieron los amigos y las falsas compañías.
Solo, hambriento, sin techo, vestido con harapos y golpeado por las decepciones, recordó a su padre. Añoró tanto el hogar que decidió regresar, no como hijo, sino como un trabajador cualquiera que suplicaba una oportunidad.
Preparó cuidadosamente su discurso y emprendió el camino de regreso convencido de que volvería como un extraño, sin comprender que nunca había dejado de ser hijo.
No existe límite para el perdón en el corazón de un buen padre. En esta parábola no hubo reproches ni recriminaciones; no hubo acusaciones ni lamentos. Hubo reconciliación.
El verdadero padre ama y se entrega generosamente al hermoso acto de reconciliarse con aquellos hijos que alguna vez le fallaron.
Pero el amor y la reconciliación no son las únicas virtudes que destacan en esta historia. Estamos ante un padre que no solo perdonó, sino que también restituyó.
He conocido casos dolorosos en los que un padre afirma haber perdonado, pero es incapaz de restaurar la confianza en el hijo que se equivocó.
Un amigo nuestro, ya fallecido, tenía un hijo que, según sus propias palabras, “no dejaba de darle dolores de cabeza”. Una tarde el muchacho le robó el automóvil. Después de cometer varias infracciones, fue detenido por la policía y encarcelado.
El padre pagó la fianza y lo ayudó durante el proceso judicial. Sin embargo, cuando recuperó la libertad, le alquiló un pequeño apartamento lejos del hogar y le dijo que hiciera su vida, pero que no regresara a la casa porque temía que influyera negativamente en sus hermanos.
En varias ocasiones le pedí a aquel padre afligido que le concediera una nueva oportunidad. Él insistía en que lo ayudaba económicamente, que lo había perdonado, pero que no lo quería de vuelta en casa.
Una noche de febrero recibió la noticia de que su hijo había muerto en un inexplicable accidente de tránsito.
Desde entonces, aquella familia nunca volvió a conocer la felicidad.
La parábola nos enseña que el amor no puede ser incompleto ni el perdón reducirse a una simple declaración verbal. El amor verdadero exige restauración, acogida y entrega.
Observemos las palabras del padre: “Estaba muerto y ha vuelto a vivir”; “estaba perdido y ha sido hallado”.
Solo un padre de corazón grande es capaz de contemplar a un hijo extraviado con semejante generosidad.
Finalmente, me conmueve la sencillez con que San Lucas narra el encuentro. Dice que el padre corrió hacia su hijo, lo abrazó y lo besó.
Lo mandó a asearse y a cambiarse de ropa después de besarlo.
Lo abrazó tal como llegó: sucio, maloliente, harapiento, con la ropa hecha jirones, los pies heridos por el camino y los labios resecos por la sed.
El amor es así de espontáneo e impulsivo.
Hay padres que aman a sus hijos porque son buenos, y eso es admirable. Pero amar a un hijo antes de que vuelva a ser bueno, después de haber fallado, es elevar el amor al nivel del sacrificio e iluminarlo con la presencia misma de Dios.
El retrato que nos ofrece San Lucas, basado en las enseñanzas de Jesús, presenta al padre que todos deberían aspirar a ser.
Dichosos quienes han tenido o tienen un padre semejante al de esta parábola.
Un padre que no se ausenta de sus hijos, aunque ellos se alejen; que les brinda amor en los momentos difíciles; que los recibe con alegría cuando regresan; que los acepta tal como llegan; que los perdona, se reconcilia con ellos y les devuelve un lugar en el seno de la familia.
Y a los hijos, aprovechando la próxima celebración del Día de los Padres, les recordamos que nunca deben hacer sufrir a quienes tanto los aman.
A un buen padre hay que llenarlo de alegrías, hacerlo sentir orgulloso y corresponderle siempre con amor sincero y fecundo.
Porque, al final, cabe preguntarse: ¿Habría regresado el hijo pródigo si su padre no hubiera sido así?





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