Por Alberto Baeza Flores (1954)
Las estrellas y el destino. — Breve inicio de una empresa grandiosa. — Resolución y abnegación patriótica. — La guerra más larga y cruenta. — De aquellos 37 de Yara. — Servicio futuro de “La Demajagua”.
Las estrellas y el destino
Acaso el lector recuerde un libro de ese poeta y novelista, con tantos méritos también como crítico y biógrafo: Stefan Zweig. El libro se llama Momentos estelares de la humanidad y contribuyó a la fama del autor que retrataba con palabras los tonos del ambiente y los colores de la época.
Este escritor, que se esforzaba por indagar los secretos de la conducta humana, los porqués de las acciones y los resortes de los acontecimientos —aquellas como ruedecillas olvidadas en los hechos significativos—, llamó “momentos estelares” a esos instantes en que es posible, a través de una resolución de trascendental efecto futuro, adelantar o retrasar el ritmo de un acontecimiento o de una vida. A veces estas decisiones parecen, en el momento de producirse, muy leves, casi sin importancia; pero sucede que por una de ellas se pierde la batalla de Waterloo y se resuelve en un determinado sentido el destino de Europa, o por otro de esos momentos cambia de ecos y de temas humanos la vida de Goethe, el hombre epocal.
El libro no dejó de desvelarme y de hacerme cavilar. Zweig le da una simbología de estrellas, de influjo astral, a esos momentos; pero pudo decir también destino, con el énfasis con que lo pronunciaban algunos griegos. Pudiéramos llamar “momentos del destino” a esos instantes o a esas horas en que una resolución va a determinar todo un cambio en una vida o un viraje en los acontecimientos de un país.
Ahora, frente a un nuevo 10 de octubre, no dejo de pensar en esos momentos que rodearon la madrugada de La Demajagua, la jornada de Yara y la decisión de Céspedes; e incluso en aquellos días siguientes en que la empresa que hoy celebramos con tanto alborozo de corazón pudo caer abatida y convertirse en un intento, en un empeño fallido, en un salto inútil y en un gesto sin resonancia.
Vale la pena volver a esos instantes, volver páginas, llegar al clima que estaba determinando los acontecimientos. ¿Qué sucedía entre esos hombres que habían resuelto sacrificar sus vidas y haciendas para que Cuba sacudiera sus ataduras coloniales?
Breve inicio de una empresa grandiosa
Una breve comunicación, un papel celosamente doblado, decía simplemente:
“Mi querido Perucho: En virtud de tu aviso salgo en este momento para esa con el ganado, resuelto a venderlo a cualquier precio. El portador te dará pormenores. Hasta la vista. Tuyo, Carlos.”
Si el papel hubiera caído en poder de las autoridades españolas, muy poco habrían podido deducir de él. La zona, rica en ganados, veía cotidianamente el tránsito de caballos y vacas por los caminos; las transacciones entre los hacendados —compra y venta de animales— eran frecuentes. Los apremios económicos tampoco resultaban raros si se trataba de hombres de mediana fortuna. Bien poco significaba que ese ganadero, llamado Carlos, le comunicara a un amigo que iba a vender el ganado a cualquier precio en vista de urgencias y necesidades fáciles de imaginar.
Pero si ese mensaje, al parecer tan inocente, hubiera caído en manos de alguno de los jefes de los destacamentos militares españoles, y aquel Carlos hubiese quedado evidenciado como el licenciado Carlos Manuel de Céspedes, del ingenio “La Demajagua” —próximo a Manzanillo y a unas horas de Bayamo—, el papel habría adquirido el poder de los síntomas de una tempestad. Aquel abogado, hacendado, escritor y hombre de mundo era uno de los vigilados como posibles comprometidos en los conciliábulos contra el poder de la Metrópoli en la isla, uno de aquellos que se reunían secretamente para conspirar contra el dominio peninsular en Cuba.
En realidad, fue por ese mensaje en clave por lo que los revolucionarios de Bayamo, con Pedro Figueredo entre los principales, supieron que Carlos Manuel de Céspedes se había alzado.
Resolución y abnegación patriótica
Pero he aquí que la revolución, sin el apoyo de los amigos de Céspedes en Bayamo, podía fracasar. Carlos Manuel, empujado por las circunstancias de última hora, había tenido que adelantarse a la fecha convenida. ¿Responderían los otros, sintiéndose lastimados en la gloria que perdían al no ser los iniciadores? ¿Qué pensaría Aguilera, el hombre austero y generoso, previsor y que tanto había adelantado en la preparación de la hora de la libertad?
“No es hora de recriminaciones”, cuenta el poeta y cronista de Bayamo, José Maceo Verdecia, que exclamó Figueredo, este mismo romántico y patriota que escribiría más tarde la letra del himno usando la silla del caballo como mesa de apoyo.
Maceo Osorio, avisado del gesto de Céspedes, quería que este corriera solo la aventura por haberse anticipado cuatro días al levantamiento acordado. Donato Mármol consideraba también que la voz de Céspedes había sido prematura; pero cuando fueron convocados por las autoridades coloniales para sofocar la naciente revolución, los líderes locales se fueron sumando uno a uno al grito inicial, diciendo: “Mi vida pertenece a Cuba.”
¿Por qué estos hombres no vacilaron en el momento supremo? ¿Cómo pudieron olvidar ese reclamo de justa gloria, sabiendo que uno de ellos se les había anticipado y sería, en adelante, el iniciador y jefe del movimiento? ¿Cómo se unieron a la hora definitiva sin entrar en disputas por el laurel que extendía el futuro y el sitio que marcaría la historia?
He aquí una demostración elocuente de patriótica emoción encaminada hacia una sola fe y una sola felicidad: Cuba.
La guerra más larga y cruenta
Treinta y siete jinetes y una proclama —redactada con el fuego y la claridad vehemente de un alma noblemente rebelde, inspirada en los fines del decoro patrio y la grandeza de América— desencadenarían la guerra más larga y cruenta de cuantas había conocido el continente para su libertad política. Ninguna contienda de independencia americana exigiría tanta sangre derramada ni opondría fuerzas mayores. Y, sin embargo, la de Cuba no sería una guerra de grandes masas en los valles y llanos (aun con las importantes acciones que se librarían en las llanuras). No habría un determinante Boyacá, ni un definitivo Chacabuco, ni un Maipú, ni un Ayacucho, ni un Pichincha, ni un Carabobo, ni un Junín; y, sin embargo, los combates, los movimientos de las tropas y la historia de esta contienda significarían un ejemplo de aguda táctica y técnica guerrera en el más alto estilo militar.
La Noche Triste de Cortés, en México, sería ahora una noche extendida a lo largo de años de desesperado combatir. Las durísimas pruebas a que sometió el invierno a Washington cuando luchaba por la independencia de las colonias, y la retirada del general sobre el Hudson, serían aquí, para los criollos esforzados, la pelea epopéyica en la manigua bajo el sol tropical.
Tras una pausa de largo aliento, volvería a prender la llamarada: esta vez con toque de clarín en Baire y con la estrategia de la invasión hacia el occidente, de efectos militares tan sorprendentes como el paso de los Andes por San Martín en el Sur, e igual de hábil y valerosa en su sentido militar que las mejores acciones de Bolívar en el Norte.
Esa prolongación de la contienda encendida por Carlos Manuel de Céspedes, al reanudarse en el 95 —ya muertos Céspedes y Agramonte, pero todavía luchando en viva presencia Gómez y Maceo—, produciría aquel asombro militar conocido como la Invasión. Haría escribir al New York Herald que la marcha de Gómez a lo largo de Cuba era una de las más atrevidas de que se tenía noticia en los designios de forzar líneas enemigas; obligaría al Sun a confesar que aquellas proezas se acercaban más a los prodigios de la leyenda que a los anales auténticos de su tiempo; y el general Sickles, heroico veterano de la guerra de Secesión estadounidense, compararía la marcha de Gómez con la de su ídolo militar: el general Sherman.
Todo eso —el 95 prolongando al 68— nacería del gesto inicial de Céspedes, de aquel momento en que, frente al destino, dio el grito magno y se puso a la cabeza de unos pocos, marchando hacia una epopeya que a muchos les pareció entonces una locura.
De aquellos 37 de Yara
La resolución de Céspedes y el valor de los iniciadores darían el grito de libertad para los criollos y también para los esclavos. Sería el paso más firme para completar la obra de Bolívar y San Martín, precisamente en el baluarte del dominio europeo en las Antillas. Crearía, entre otras cosas, vocablos de sentido nuevo en la historia de América: la palabra “mambí”, que los criollos transformarían de un insulto despectivo (“vil”) en un símbolo de valor histórico.
Surgieron desterrados, conmociones y una política en Madrid que se movería al compás de los acontecimientos militares de la isla lejana: nuevos mandos, nuevas tropas, ríos de recursos y de sangre. Se reeditó la lucha de David contra Goliat, de la cual emergería el más grande guerrero de su estirpe en la figura de Antonio Maceo y confluiría
—más tarde— el genio singular de Martí, quien colocaría la razón de su obra y de su vida en la militancia de una causa heroica.
Servicio futuro de La Demajagua
Siempre valdrá la pena insistir en lo extraordinario y señalar el ejemplo de ese hombre alzado a cumbre humana en la mañana de La Demajagua. El conductor de aquella jornada, el padre del Octubre cubano, si bien se anticipó a la hora del levantamiento, jamás tuvo una estatura moral menor que la que la gran epopeya exigía. Solo Martí se le compara por su grandeza moral; solamente Gómez por su firmeza de mando y espíritu de servicio; y es civilmente tan valeroso como militarmente lo es Maceo. En cuanto a acciones ejemplares, tiene pocos paralelos en la historia de las luchas de independencia de América.
Cuando en lo más cruento de los primeros reveses Céspedes se quedó solo con doce de los suyos tras la primera derrota en Yara, en la hora peligrosa de la desbandada y el desconcierto, se levantó sobre la montura para decir a los siglos: “¡Aún quedan doce hombres! ¡Bastan para lograr la independencia de Cuba!”
Cuando su amado hijo Oscar fue capturado y utilizado por las autoridades españolas como “cebo valiosísimo” para obligarlo a capitular, Céspedes les dijo a los emisarios que lo hacían escoger entre la vida del hijo y la vida de la patria: “Oscar no es mi único hijo: soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la revolución”, y el joven fue ejecutado.
Y cuando en medio de la cruenta lucha todo era prueba de valor inaudito junto a quejas, sinsabores y angustias, el hombre grande se concretó a escribir en su Diario: “Todos me lloran sus cuitas, ¿a quién le lloraré yo las mías?”
Así eran estos hombres y así han entrado en la historia: alcanzando la abnegación y el desprendimiento de lo personal en favor de la patria, sacrificando inmensas fortunas materiales en beneficio de la libertad, como Aguilera; y sirviendo de ejemplo vivo de fe y valentía en los momentos de resolución suprema, como Céspedes. La historia de los años heroicos está llena de momentos estelares en que la voluntad doblega al destino.
Céspedes sigue, no obstante, esperando la mayor justicia. Los grandes ejemplos siempre salvan. Su resolución, su grandeza moral, su decoro y su sacrificio componen una estampa emocionante y eterna, de pie, bajo la madrugada de La Demajagua junto a la llama encendida en Yara.






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