El perdón es un sentimiento sobre el cual no puede legislarse. Sin embargo, en estos tiempos, cuando en el exilio se debate el restablecimiento de las relaciones diplomáticos entre Estados Unidos y Cuba, hay quienes presentan el perdón como una condición necesaria para que dichas relaciones conduzcan a una convivencia armónica entre ambos países.
Conviene aclarar algunas nociones relacionadas con el perdón que consideramos oportunas. Pero antes, permítasenos analizar brevemente el tema de las relaciones entre ambas naciones.
Creemos que el presidente de Estados Unidos, al igual que lo ha hecho el gobernante cubano Raúl Castro, tiene derecho a plantear sus exigencias y demandas. Sin embargo, nuestro mandatario no lo ha hecho, quizás porque mantiene una agenda oculta o porque no desea interrumpir su proyecto político. Castro, por su parte, ha reiterado que el régimen bajo su control no está sujeto a modificación alguna. Las posiciones, por tanto, no coinciden ideológicamente, lo que mantiene a Cuba en una confrontación irreconciliable con el exilio militante y a Estados Unidos con más expectativas que resultados.
El exilio no constituye una entidad monolítica. Muchos cubanos consideran que es momento de esperar los resultados de los profundos cambios que se han incorporado al escenario histórico tras más de medio siglo. Quienes confían en el desgaste de la tiranía castrista y en la eventual autodesintegración del régimen, impulsada por una presencia pacífica de Estados Unidos en la Isla, estiman que los exiliados debemos contribuir a un proceso de reconciliación en el que la práctica del perdón desempeñe un papel esencial.
Volvamos, pues, al tema central. ¿Qué derecho tenemos a pedirles a las víctimas del régimen cubano que extiendan sus brazos en nombre de una amistad imposible, proclamando un perdón que no puede echar raíces en sus corazones?
Los familiares de los fusilados, los torturados y los presos políticos a quienes les fueron arrebatados los mejores años de sus vidas; las familias divididas; los millones de exiliados obligados a abrirse camino en tierras ajenas, no pueden otorgar el perdón por decreto, ni nadie puede hacerlo en su nombre. El perdón no se ejerce en tercera persona.
Quisiera creer en un futuro de paz y armonía para mi patria. Pero también creo que, mientras no se aplique el veredicto de la justicia a los responsables de los innumerables crímenes cometidos, no podrá alcanzarse una paz verdadera. Perdón y justicia son dos conceptos inseparables.
No proponemos la revancha sangrienta, la guerra estéril ni el linchamiento público. Lo que deseamos enfatizar es que al pueblo cubano deben ofrecérsele garantías de que la justicia no será burlada y de que quienes merecen responder por sus actos no quedarán exonerados de responsabilidad.
El perdón sirve para restaurar relaciones rotas, corregir conductas dañinas y abrir nuevas rutas de convivencia respetuosa y constructiva. No para repartirlo indiscriminadamente ni para exigirlo de manera imprudente a quienes llevan para siempre el corazón quebrantado por las ignominias sufridas.
Habrá quienes sostengan que el cristianismo promueve el perdón y que Dios no admite ni la venganza ni el resentimiento. Para profundizar en estos conceptos habría que adentrarse en el terreno de la teología. Jesús perdonó desde la cruz a quienes, por ignorancia, cometían el crimen de asesinarlo, y extendió también su perdón al ladrón que compartía su suplicio porque este tuvo la humildad de reconocerse pecador.
En el perdón divino prevalecen tres elementos fundamentales: la confesión de la culpa, la experiencia del arrepentimiento y el deber de la reparación. No podemos ignorar ese principio. Para que el perdón sea plenamente efectivo debe existir una relación entre quien lo concede y quien lo recibe. Cuando esa relación no existe, por la razón que sea, quien perdona experimenta el alivio de liberarse de una carga, pero no la satisfacción de contemplar la transformación del perdonado.
Con frecuencia escuchamos la expresión: “Yo perdono, pero no olvido”. El perdón no implica amnesia; conserva siempre la memoria de la causa que le dio origen. Una madre podría, movida por una profunda convicción cristiana, perdonar al criminal que asesinó a su hijo, pero jamás olvidará ese hecho doloroso que marcó su vida para siempre.
En casos como este, cuando el responsable goza de impunidad, el perdón queda limitado a una dimensión personal. Honra a quien perdona, pero no elimina la culpa del culpable. Esa es tarea de la justicia, que unas veces resulta esquiva y otras se muestra firme y determinante.
Estoy seguro de que a muchos clérigos les han formulado la misma pregunta: “¿Está usted dispuesto a perdonar a Fidel Castro?”. Mi respuesta siempre ha sido la misma: si con humildad solicitara mi perdón, no sería capaz de negárselo. Pero ese improbable escenario no pasaría de ser un ejercicio teórico.
La razón es sencilla: puedo perdonar el daño que me han causado a mí; pero el daño causado a otros corresponde únicamente a esos otros perdonarlo. El perdón no opera mediante la intercesión ni puede ejercerse en nombre ajeno.
He escuchado decir que el exilio histórico está envejeciendo y que cada vez quedan menos personas para reclamar justicia y reparaciones. “El paredón ya es obsoleto; hablar de ello es exprimir la historia”, afirmaba alguien cuyo nombre prefiero no recordar.
Pensar que el crimen pierde gravedad con el paso de los años constituye una afrenta a la justicia. Quizás las generaciones más jóvenes no hayan experimentado el rigor de los primeros años de la Revolución y, por ello, no comprendan plenamente el dolor de quienes no pudieron acompañar a sus padres en la hora de la muerte, ni el sufrimiento causado por los cientos de hombres y mujeres que fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento.
No tienen autoridad moral para exigir armonía ni perdón quienes no cargan en el alma las cicatrices imborrables de esos dolores. El perdón tiene límites y no puede convertirse en el absurdo lema del “borrón y cuenta nueva”. Esa noción equivale a la complicidad con el mal y a la sumisión ante quienes destruyeron buena parte de la historia nacional y deformaron su presente.
Cuba ha entrado en una nueva etapa política que algunos consideran una traición y una silenciosa declaración de derrota. Los estrategas de la dictadura cubana pretenden evitar el colapso del sistema y esperan de los cubanos rebeldes e indoblegables el gesto generoso del olvido y la práctica caritativa del perdón.
Sin embargo, para muchos patriotas convencidos, esa no es la solución. Para Cuba, ni el perdón ni el olvido pueden sustituir a la justicia. La justicia constituye el reclamo supremo.
Sin justicia no habrá un futuro del que podamos sentirnos orgullosos. Tampoco se habrá honrado debidamente a quienes entregaron su tiempo, sus recursos y, lo más valioso de todo, sus vidas.
Estemos todos dispuestos a cumplir con el deber de perdonar cuando llegue la hora en que la justicia resplandezca plenamente y pueda celebrarse con legítimo júbilo.





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