Los libertadores

Written by Libre Online

28 de marzo de 2023

Por Herminio Portell Vilá (1950)

Cuando terminaba de leer la edición definitiva de la «Historia verdadera de la Conquista, de la Nueva España» (México, Robredo, ed.  1944, 3 vols.), que el culto y excelente amigo Dr. Teodoro Johnson me había traído de México, de regalo, fue que me llegó el ejemplar de “con el rifle al hombro” Horacio Ferrer (La Habana, “el Siglo XX” 1950, 403 pg.), que también acabo de leer, y no he podido menos de cavilar sobre la cualidad de ruda franqueza que en común tienen el libro del hidalgo español y del hidalgo cubano, separados por siglos de la historia de Cuba y por el hecho fundamental de que uno relata hechos de la conquista, es decir, de la imposición violenta de una dominación extraña, mientras que el otro los describe en cuanto a la liberación de la tierra de donde salió Bernal Díaz del Castillo en el siglo XVI para ir a conquistar a México. 

El conquistador y el libertador escribe sus memorias al cabo de muchos años de la realización de las hazañas de que participaron: el lector les ve como si se hubiesen colocado en un punto de ventaja para derramar la vista hasta alcanzar una gran distancia, y que desde allí, serenos en la perspectiva que dan los años, satisfechos con la obra hecha y deseosos de que las nuevas generaciones que hoy disfrutan de lo que ellos hicieron, lleguen a saber cómo fue que se fundaron esas nuevas situaciones que sustituyeron en él un caso al imperio azteca y en el otro al imperio español, y hacen su relato. 

La ruda franqueza del estilo y de la expresión en ambos libros no oculta, sino que destaca aún más, la sinceridad con que se hace la narración, el orgullo de haber participado de una gran empresa histórica y la noble preocupación de estimular sentimientos de patriotismo, de libertad y de progreso en sus lectores.

Bernal Díaz del Castillo completó su famosa obra ya octogenaria y Horacio Ferrer publica la de él cuando es septuagenario pero ambos  a dos escogen de sus vidas el periodo de los hechos relevantes en los que pueden encontrar ejemplos estimulantes y detienen el relato en el momento en que no los hay, cuando la confusión entre el ideal y la realidad parece llevarles a la conclusión de que ya no hay historia digna sino para criticarla y que, por lo tanto, conveniente es que haya mejores hombres que hagan mejores cosas.

No creo que sea necesario presentar al lector al doctor Horacio Ferrer, oftalmólogo ilustre,  comandante del Ejército Libertador coronel del Ejército Nacional, secretario de la guerra en 1933 y cubano de limpia ejecutoria que figura en los cuadros de la Academia de Ciencias y de otras sociedades profesionales y culturales de Cuba y del extranjero. Sí vale la pena,  sin embargo, que destaquemos en él las virtudes de aquella legión de hombres heroicos que un día,  ya hace más de medio siglo, ante la indiferencia de la mayor parte de sus compatriotas y a pesar de la hostilidad más o menos encubierta de todas las naciones, decidieron lanzar el reto final a la dominación española sobre Cuba, arriesgándolo todo para dejar sentada la gran verdad que hoy afectan ignorar los cubanos nacidos en la época republicana sobre que a ellos debemos la independencia de que disfrutamos y de la que a ratos tan mal uso hacemos.

Hay encanto singular, sencillo y espontáneo en el relato que hace Horacio Ferrer de sus primeros años en el pueblo matancero de Unión de Reyes, cuando ya terminaba la Guerra Grande y comenzaba el periodo autonomista; pero cuando los niños que después serán los soldados del 95 recitaban entre ellos él «Himno del Desterrado», de Heredia. «El Juramento», de Teurbe Tolón y otras composiciones de la poesía revolucionaria cubana,  que prometían la libertad y la independencia. La madre de Horacio y de Virgilio Ferrer,  quien les dice en los albores de la revolución de Martí a sus hijos: “Ustedes tienen dos madres: la patria y yo; pero es Cuba la que los necesita”, es de la estirpe internacional de la madre de los Graco y de nuestros Maceo, mujeres extraordinarias, fundadoras de naciones más que de familias.

Mi condición de profesor me ha puesto en contacto durante los últimos 25 años con dos generaciones de cubanos de la era republicana, las dos surgidas después de la mía, que fue la primera nacida en Cuba libre. Había en mi niñez una actitud reverente para los forjadores de la independencia que nos electrizaba a los niños de entonces. 

Allá en Cárdenas,  mi ciudad natal, los muchachos veíamos con respeto y admiración al macheteado comandante Cazimajou, un mutilado de marcial talante, o el famoso capitán “Pelón” o al comandante Miquelini, o al general Carlos M. de Rojas y a otros quienes eran los héroes locales de la independencia. En las fiestas nacionales íbamos con una flor hasta el mausoleo de los mártires y en la cripta donde estaban enterrados los patriotas muertos en la jurisdicción de Cárdenas, leíamos y re leíamos los nombres que figuraban en las lápidas sepulcrales y los contábamos para tener una idea de cuántos habían sido los cardenenses que habían dado sus vidas por la independencia.

Mi generación, por lo menos entonces,  porque después ha habido lamentables defecciones, estaba dominada por un sentimiento de emulación y veía con orgullo que entre los libertadores había habido un buen número de nuestros coterráneos y que allí teníamos a los supervivientes, como reliquias de un pasado heroico.

Esos sentimientos no están de igual modo vivos y firmes en las generaciones más jóvenes y a cada rato tengo oportunidad de comprobarlo en conversaciones y en lecturas. Horacio Ferrer destaca un caso bien concreto por su cuenta al comentar el manifiesto de aquella sociedad revolucionaria que fue el «ABC», publicado en 1932, cinco años después de que Cuba se agitaba contra la dictadura machadista y en el que se culpaba a los libertadores por no haber gobernado mejor a Cuba. Yo puedo agregar que a veces en la Universidad de La Habana he escuchado y rebatido parecidas manifestaciones en bocas juveniles que viven de espaldas a la historia de Cuba, presas de un complejo de admiración por figuras  extrañas a nuestro pasado o en situación de críticos implacables de las lamentables realidades de hoy sin parar mienten en que mucho de lo que ahora padecemos es la colonia rediviva porque a la revolución cubana, única y verdadera, se le arrebató su triunfo para apuntalar el antiguo régimen. 

No hace mucho que una estudiante y de los dirigentes, en una explosión de ira ante  los escándalos del “K” del Ministerio de Educación,  en tiempos de Batista y de Grau San Martín; pero más aún en la época de las máximas desvergüenzas del Ministro Alemán, llegó a decirme que «¡Estábamos mejor en tiempos de España!» naturalmente que no me callé ante el  despropósito y que con toda energía le destaqué la realidad del casi increíble abandono de la educación pública entre nosotros durante la época colonial, del que Cuba se ha redimido mucho, pero la conclusión que saqué fue la de que aquel estudiante no sabía una palabra de historia de Cuba salvo unos cuántos nombres asociados con monumentos nacionales; pero que no le decían la tremenda verdad de un pueblo sometido a terrible tiranía,  a explotación desapoderada,  a permanente atraso y a la más condenable corrupción administrativa por un siglo más que todos los otros que habían formado el imperio colonial español en América, durante los tiempos en que todas esas lacras habían sido peores en España como fue bajo Fernando VI, Isabel II, Alfonso XII la Regencia de María Cristina.

Los que descargaron y descargan tales condenaciones contra un veterano que fue inferior a sus responsabilidades como gobernante,  tal en los casos de Estrada Palma, Gómez, García Menocal,  Sayas o Machado, y sin rubor después sí corresponsabilizan con un Batista o con un Grau San Martín en nombre de una novedosa «revolución» que ha hecho más millonarios políticos en 20 años que todos los que ha habido en Cuba después que Bernal Díaz del Castillo salió en 1517 para su primera expedición a México. Pero aún, después de que esos personajes corrompidos dejaron el poder,  mantienen con ellos relaciones de amistad y de militancia política y están siempre dispuestos a colaborar en la vuelta al poder de quienes superaron ineptitud y aprovechamiento a los peores de entre los malos gobernantes de extracción veteranita.

En cambio, los veteranos dignos capaces, íntegros y que en la paz han seguido viviendo la vida virtuosa de los libertadores, que son los más y,  por cierto, los verdaderamente representativos de la generación de los libertadores, aunque se trate de simples soldados, esos han sido dejados a un lado por esas mismas nuevas generaciones de críticos implacables.

El libro de Horacio Ferrer no exculpa al que fue «majá» durante la guerra de independencia; por el contrario, en sus páginas hay fundamentales revelaciones en cuanto al “majaseo” que despertaba la cólera del general Máximo Gómez y la hacía prorrumpir en denuestas y amenazas que,  conocidos en época reciente por la publicación de su “Diario de Campaña”, ha hecho que algunos individuos que en la manigua nunca se atrevieron a enfrentarse con las iras de él “chino viejo», ahora a saludable distancia en el tiempo dispara en contra de gran caudillo los dardos de su desprecio.

Hay por otra parte en este libro páginas que son relatos de pasmosa temeridad, cuando no de esa imprudencia que a veces despierta la simpatía de los dioses de la guerra y los lleva a perdonar y proteger la vida de un loco heroico, quizás para que sirva de estímulo y de ejemplo para otras hazañas de valor y de patriotismo. 

En el combate de Coja de Tana, Camagüey en 1895, cerca del paraje que había sido teatro de la dura acción de las minas de Tana, en 1869. Horacio y Virgilio Ferrer tuvieron uno de sus primeros combates con los españoles. El propósito era de interceptar un convoy militar que iba de Camagüey hacia Guáimaro, con buena escolta veterana. Virgilio Ferrer tenía por toda arma un revólver calibre 32, sin municiones de repuesto, y a  Horacio Ferrer le «prestaron» otro revólver, propiedad de un barbero camagüeyano,  lo que era una extraña arma de combate  pues le faltaba el pasador encargado de sostener el cilindro en el que van las balas,  y para dispararlo había que sujetar el cilindro con las manos. Los españoles, sabedores de la emboscada preparada,  la hicieron fracasar y dispersaron a los cubanos después de causarles no pocas bajas. Corrieron los mambises en todas direcciones,  y tanto que  el coronel Ferrer anota que “… El soldado correo de Maratón no corrió más veloz que nosotros” juntos el comentario final, y sin embargo,  a más de 50 años de la fecha,  que hace coronel Ferrer,  es muy interesante. Si el jefe mambí tan improvisado como sus bisoños soldados, hubiese construido una trinchera para la emboscada,  el resultado habría sido otro, “… pero nuestros jefes, dignos sucesores de Hatuey; tenían a menos pelear resguardados por trincheras…”.

En otra observación que anotó el coronel Ferrer destaca que el coronel español Pablo Landa Arrieta era particularmente cruel en Camagüey donde realizó fechorías de la peor clase, fusilando y torturando prisioneros,  y maltratando a la población civil, etc.; pero que al llegar la independencia se quedó a vivir en Cuba y aquí estuvo hasta el fin de sus días sin que nadie le llamase a responder por sus crímenes. Así ocurrió en todo el país y los más siniestros guerrilleros y traidores disfrutaron de la independencia y hasta alguno pretendió y quizás sí lo consiguió, cobrar pensión de veterano. 

En realidad la mejor demostración de que los cubanos como pueblo, tenemos poco de las taras de los españoles, como pueblo está en la actitud de tolerancia y hasta la indiferencia con que al cesar la dominación española contemplamos a los peores enemigos de Cuba en el disfrute de las libertades que tan sañudamente nos habían negado. La persecución es de los «afrancesados», de los « carlistas», de los «republicanos», de los «constitucionalistas», etc.,  al terminarse las crisis revolucionarias españolas, y son la mejor prueba de esa diferencia fundamental entre cubanos y españoles y de nuestra característica de pueblo que no sabe odiar por mucho tiempo.

Relata el coronel Ferrer la forma en que fue herido en el combate de El Bagá,  junto a Nuevitas, herida que le dejó esa indeleble cicatriz en la cara, que todos le conocemos. Hecho prisionero el jefe de la guarnición española por las tropas cubanas del general Avelino Rosas, colombiano que luchaba por nuestra independencia, el militar apresado se negó a ordenar a sus hombres que rindieran los fortines del pueblo y que fue preciso asaltarlos. 

Ferrer era alférez de caballería y se había librado por fin del destino que se le había dado en la precaria sanidad militar por el hecho de que había sido estudiante de Medicina. El general Rosas le confió ocho acidados de infantería y a las diez de la noche avanzó el pequeño grupo sobre uno de los fortines con el propósito de introducir los cañones de los fusiles por las aspilleras y disparar hacia el interior,  y que era la única manera de alcanzar a los parapetados detrás de las paredes. 

Tan pronto como estuvieron al descubierto la fusilería española mató a uno de los cubanos y derribó heridos a los otros dos.  

El alférez Ferrer apenas sí había terminado de ordenar a los supervivientes de la descarga que se echasen al suelo cuando recibió los balazos en el maxilar inferior. Era el día 12 de agosto de 1896, treinta y siete años antes de otro 13 de agosto en que Horacio Ferrer figuraría de manera prominente en el movimiento civiles destinado a derribar la dictadura de Machado. 

Los médicos sin instrumental ni medicinas con que contaba el Ejército Libertador no pudieron operar ni curar al alférez Ferrer, trasladado de uno a otro de los llamados hospitales de sangre que las guerrillas españolas buscaban con cruel fracción para asesinar a los heridos y enfermos. 

Al cabo de varios meses con una terrible infección en la boca y en el cuello el joven oficial tuvo que ser enviado a los Estados Unidos en un bote de vela que fue de Camagüey a las Bahamas, dónde lo dejaron sus compañeros para que siguiese viaje a los Estados Unidos. 

Una operación quirúrgica en debida forma y las curas indispensables que resultaban imposibles para los mambises en la manigua,  y devolvieron la salud al joven herido y en marzo de 1897 estaba de nuevo en Cuba, y llegando a bordo de la expedición de el «Laureada» y dueño por primera vez después de más de dos años como soldado y como oficial del Ejército Libertador,  de un rifle. Hasta entonces había peleado con armas prestadas porque nuestros libertadores o tenían que arrancar sus armas a los españoles o esperar a las pobres expediciones perseguidas por norteamericanos y por españoles, que de tiempo en tiempo no llegaban, y mientras que España compraba y recibía libremente de Estados Unidos, de México, de Argentina y de otros países todo el material de guerra que necesitaba, comprado y hasta regalado por mexicanos y argentinos.

De nuevo en la lucha Horacio Ferrer recorrió peleando toda Cuba desde oriente hasta Matanzas,  a pesar de las trochas,  los fortines y las famosas pacificación  de Weyler.

Y a la fortaleza de La Cabaña,  como se hacía en tiempos de Weyler, fue el viejo mambí que había derramado su sangre por la independencia de Cuba, y combatiendo contra España y que ese día por poco hubiese derramado la que quedaba. Los libertadores y los libertados podemos estar orgullosos de estos veteranos que en la paz vivieron con la austeridad y el patriotismo con que la hicieron en la manigua y que nunca mintieron su condición de libertadores para hacer fortuna y defraudar las esperanzas de su pueblo. 

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