Los Entierros

Written by Libre Online

20 de octubre de 2026

Por Eladio Secades (1956)

Existen los tipos que se consideran la persona indicada para despedir los duelos. Son espíritus construidos con una mezcla de tristeza de andén y del aceite que beben las lechuzas.

—“Señores”… —suspiran. Y se callan un instante. Enseguida aluden al deber penoso, sospechan que no tengan fuerzas para terminar, y lanzan una mirada a los que se han amontonado en las calles estrechas y sobre los mármoles de los panteones vecinos.
—“Señores”…

Al orador a quien no podemos soportar en la mesa de un café, ni en la junta directiva de un club, ni en una sesión-almuerzo de los Rotarios o de los Leones, tenemos que escucharlo cuando en una crisis de angustia se apodera de la voluntad de los familiares del extinto. Por eso yo no puedo ver los entierros sin notar la gran parte de hipocresía humana. Claro que esto no debe decirse, porque se molestan los parientes del muerto, que son precisamente contra los que no va la cosa.

Lo ridículo de los entierros estriba en que ya todos sabemos hasta dónde llega el dolor de los amigos. Los que tienen la medida honrada de la pena se van quedando atrás en los entierros. Pero están los atroces amigos que se adueñan de la pérdida como si fuera propia. Son los que regresan del cementerio diciéndole a todo el mundo: “Acabamos de enterrar a Juan”. Y se quedan tranquilos, porque se empolvaron los zapatos en la caminata, cargaron un pedazo de la caja con un pedazo de hombro y lloraron como un paraguas puesto a secar.

Los paraguas han caído en desuso, siendo tan importantes como son. Hay que culpar a los que cometieron la cursilería de ponerle las iniciales en el puño de nácar. El paraguas es un bastón con sotana. Ha sido porción del equipo del señor notario que iba a abrir el testamento y del padrino de duelo por una cuestión personal resuelta sin duelo: aquellos caballeros que resolvían al amanecer el encono del adulterio a veinte pasos y avanzando, para después reconciliarse con un abrazo. De viejos murieron sin saberlo, pero los duelistas son los precursores del triángulo amoroso. El estuche de las pistolas y el botiquín. ¡Que vuelvan los paraguas!, aunque parezca que el mundo se ha llenado de amantes de Luisa Fernanda.

Lo peor que tienen los entierros son esos amigos que aprovechan el duelo de la familia para demostrar que ellos tienen facilidad de palabra. Casi siempre son oradores sin oportunidad, tribunos en estado de veremos, gente que tiene de la elocuencia un concepto de tango arrabalero, rematadores de la virtud ajena en pública subasta. Y hablan del hijo que mantiene un hogar; del viejo que, en una sola pieza, es tronco secular y padre amantísimo; de la madre; de la patria. Si el cielo está azul, la naturaleza recibe el cadáver reciente con el espectáculo de su belleza majestuosa.

Si no ha salido el sol, entonces parece que también el firmamento se ha vestido de luto. De todos modos, el amigo señalado para despedir el duelo nos coloca una larga oración y termina con ganas de que olvidemos al muerto para felicitarlo a él. Los entierros más conmovedores, los más humanos, los más sinceros, son aquellos en que nadie interfiere con ridiculeces el llanto de los que de veras tienen ganas de llorar. No hay derecho a que sobre un montón de tierra removida por los sepultureros el amigo íntimo de la casa se abotone el saco, ahueque la voz y no pare hasta que haga llorar también a los que han acudido al camposanto a cumplir un deber social. Es decir, a que los vean. Y nada más.

El entierro empieza a la hora de sacar la caja, cuando aparece el amigo inteligente que quiere distraer a la viuda y el espíritu simple que le va diciendo a todo el mundo que llegó lo peor. El que viene solo en su automóvil busca al tipo inevitable que no tiene en qué ir. En el cementerio se ven pequeños grupos que no se separan; no los une la impresión del sepelio, son conocidos que han ido en el mismo automóvil y temen perderse y tener que regresar en guagua. Se les nota avanzar detrás de la carroza fúnebre como hermanitos que al salir del colegio se sujetan al cruzar la calle.

Los empleados de la funeraria quitan el tendido con la misma rapidez con que quita el mantel el camarero del restorán para sacudir los residuos de un table dhôte. Cuando nos damos cuenta, ya se están llevando la caja. Si el entierro empieza en la casa, la escena tiene mucho de trágico, pero bastante de aire complicado de mudada. Hay muertos de desdicha que no caben en el recodo de una escalera y es necesario bajarlos como a un piano: con sogas, expectación en el vecindario y gritos de “¡cuidado!”, porque amenazan arrancar una cornisa. Debe ser enorme ver cómo se llevan al compañero de toda la vida como si fuera un chiforrober. El chiforrober es un invento maravilloso que sirve para que la señora se coja el escaparate para ella sola.

El tiempo ha modernizado un poco los entierros, pero nada más que en la parte mecánica. Lo humano sigue siendo igual. Faltan los caballos con grandes penachos, que eran adornos de espantar moscas, y los zacatecas, que se uniformaban con incrustaciones de torero, pedacitos de domador de circo, aplicaciones de lacayo de guantes blancos y tajadas de Luis XV.

Las casas de pompas fúnebres se han puesto al ritmo de la época: exhiben ataúdes preciosos en sus vidrieras, tienen automóviles inmensos, llenos de brillo, con radio y micrófono para despedir el duelo. Que reconozcan los que tienen arteriosclerosis que no es posible pedir más. La expresión de acompañamiento no ha cambiado. Las caras de los que asisten son idénticas. En los dos primeros automóviles lloriquean; en el tercero asumen una expresión de contrariedad semejante a la que experimentamos cuando llamamos a información y la señorita nos dice que busquemos en la parte blanca de la guía.

En otros coches hablan de negocios, y en el último hacen chistes. El entierro es una culebra que lleva lágrimas en la cabeza y carcajadas en la cola. A su paso, las personas educadas se descubren como si saludaran a una señora todavía joven o como si estuviesen escuchando el himno. Cuando escuchan el himno, los soldados se cuadran, y entonces parecen tan militares como los botones de los cines.

Ahora casi todos los entierros salen de las funerarias modernas, que son casas de apartamento de pasar la última noche. Al llegar al cementerio, al que fue para cumplir le asaltan dos dudas: ¿Le cantarán responso? ¿Despedirán el duelo? El responso lo canta un barítono que, parado junto al órgano, todavía no ha podido reponerse de la pena de haber fracasado en el género chico. Él está allí oliendo a incienso y soplando un latín que no entiende, pero soñó con los aplausos y las exclamaciones de “¡bravo!” en el segundo acto de El puñao de rosas.

El discurso fúnebre está a cargo de uno de esos amigos que tienen facilidad de palabra. Empieza diciendo que es la persona menos indicada porque le asalta un gran dolor que no sabe describir. Conoció al extinto, que fue su compañero en las aulas. La vida los separó por distintos rumbos, pero siguió con amor sus triunfos y sus virtudes. Fue padre ejemplar, ciudadano modelo. No le sorprendió que se haya abierto paso. Extendiendo las mangas del saco sobre un montón de tierra, parece un espantapájaros que cuidara cosecha de huesos.

Arremete contra la Parca que deja sin apoyo un hogar, modelo de abnegación y de cariño. Una vieja que fue al entierro nadie sabe cómo, llora a lágrima viva. Los sepultureros, que esperan que se acabe el discurso, no lloran: sudan. El orador no sabe cómo continuar y hace una pausa que acompaña con un gesto que revela que la emoción lo embarga. Dice que talmente parece que la naturaleza ha querido sumarse al duelo. Sospecha lo incierto del destino de los grandes hombres y se da un puñetazo en el pecho para afirmar que no merece la pena. Va a ser breve. No caben expansiones líricas cuando la tierra va a tragarse un afecto, tronchando prematuramente una existencia forjada en los moldes de todas las virtudes.

El horizonte se destiñe de la tarde. Y en la casa queda una viuda que está perdida si no tiene una pensión, un capital… o menos de treinta años. Porque la aflicción de los amigos empieza en el velorio y termina en el entierro, con la última paletada de tierra, la última flor y la última cursilería sobre la tumba recién abierta:

—“Señores”…

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