LO QUE SE CUENTA A LOS NIÑOS

Written by Libre Online

5 de enero de 2022

Por Jorge Mañach (1955)

Para comenzar este artículo de festividades, he estado muy tentado de reproducir un lindo cuento titulado “Infancia de Jesús”, incluído en cierta colección de “Cuentos populares Infantiles”, que acaba de publicar la Editorial Libro Cubano.

Hubiera sido ése un modo de honrar con inocencia la Navidad y de sustraerse un tanto a la tentación profana del ambiente, lleno de frivolidades y de enconos. La Navidad pide más bien ese recogimiento candoroso e ilusionado de cuando, en el hogar, ponemos a un niño sobre las rodillas y le contamos un cuento.

Pero no he querido hacerme a mi mismo el aguinaldo de una prosa ajena. Prefiero que sea usted lector, quien vaya a buscar ese cuentecillo en el libro que acabo de mencionar, si es que le interesa lo que ahora voy a decirle de él. Yo lo he estado leyendo, en estos dias de preludio pascual, como quien se enjuaga el espíritu.

El librito en cuestión es menudo de tamaño. Y como cuadra también a un libro que es sobre todo-pero no exclusivamente-para niños, está muy mimado en su modestia. Lleva de entrada una viñeta de Maria Luisa Ríos, esa pintora nuestra que con tanta ternura de sentimiento y primor de arte especializa en pintar lo que el malogrado poeta venezolano Andrés Eloy Blanco llamaba “angelitos negros”. Otros dibujitos, de Otto Ramirez, más pequeños y más inocentes de factura, aunque no de espíritu, adornan el texto. La autora del libro es Conchita Alzola.

CONCHITA ALZOLA

Luego le diré quién es Conchita Alzola y cuál la empresa en que anda empeñanda. Pero antes, dos palabras sobre el contenido del libro. Se trata como, como el título lo indica, de pequeños y sencillos relatos recogidos de esa mágica tradición flotante de los consejos infantiles. La perduración de ella a través de todas las vicisitudes, a despecho de los vientos de desilusión que agitan a las sociedades modernas, parece cosa de milagro.

Sin embargo, la recopiladora de estos cuentos no está nada segura de que ese milagro se siga produciendo, y por eso justamente ha publicado ese librito. “Los cuentos que aquí se recogen -dice ella en su Nota Inicial-representan una parte reducida, pero muy generalizada de ese acervo (el de nuestros relatos infantiles). Tal y como va en sus propias palabras, se cuentan aún en nuestros hogares. ¿Nos asegura algo que mañana todavía va a contarse?”.

Hay quienes opinan que nada se perdería en caso de que así no fuese.

Debo confesar que tengo bastantes  dudas, no obstante lo muy autorizado y bien fundamentado de ese juicio. Me parece que hay dos etapas en la formación de la conciencia infantil : una primeriza que pudieramos llamar la etapa -Andersen, y otra posterior, preludio de la adolescencia, que llamaríamos la etapa-Julio Verne. No hay dudas que la segunda se satisface y estimula con las elaboraciones imaginativas de lo histórico y científico; pero la primera no necesita de una poesía distinta a la de los hechos, una poesía mágica, en que se conjuguen prodigiosamente lo familiar y lo absurdo. He aquí un bonito tema para nuestros pedadogos.

“LOS MUÑEQUITOS”

De lo que sí estoy seguro es de que muy poco se beneficiaría la conciencia infantil con las imágenes de hoy que suele obsequiársele, por ejemplo: esos “muñequitos” que la prensa norteamericana ha regado por casi todo el mundo.

Amenidad visual sin fantasía que “apela” a cierta comicidad un poco cruel y burda, cuando no a la pugnacidad y a otros instintos, les da a los niños, no la fragancia de lo poético, de lo ideal, sino la espina de la vida. Yo me quedo con nuestros viejos cuentos infantiles, mientras los pedagogos no dispongan otra cosa.

Pues bien: Conchita Alzola, que opina lo mismo, ha recogido este manojillo de flores silvestres de la cuentística infantil. Ya lo han oido ustedes: “tal y como se cuentan aún en nuestros hogares”. Más sobre todo caben, a la verdad, algunas dudas. En muchos de estos cuentos reconocemos, en efecto, los viejos temas mostrencos, los eternos y deliciosos personajes de la epopeya infantil, que, por cierto, entre nosotros tiende a ser más tierna y casera que disparada y heroica: el ratoncito Pérez, la cucarachita Martina. El relato se entreteje a veces con hilitos de la poesía folklórica:

Ratoncito Pérez, se cayó en la olla

por la gosolina de una cebolla.

La Cucarachita Martina lo canta y lo llora.

O bien, con un dejo casi de romance heroico, peninsular:

“MAMAÍTA”

Mamaíta,mamaíta,

no me entierres ni me saques,

mis hermanos me enterraron

por la flor del olivar.

Pero en otros de estos acontecimientos deliciosos, no hay que tomar demasiado al pie de la letra eso de que van “tal y como se cuentan aún en nuestros hogares”. Por ejemplo, cuando en “El Patico Feo” se dice:

“Era pleno verano, y hacia muchísimo calor. Habían empezado las aguas y al cesar el corte de caña, los trillos permanecían solitarios. Las noches eran húmedas y tranquilas. La luna salía primero, enorme, grandísima, anaranjada, y luego mientras subía, se ponía así de chiquitica y plateada”. O por dar otro ejemplo, en ese cuento “Infancia de Jesús”, que ya mencioné, donde se lee:

“Una mañana en que Jesús jugaba a hacer unos pajaritos, Judas también tomó arcilla, pero los pajaritos no salían sino contrahechos. Cuando vió que Jesús, teminados los primeros pajaritos, se dirigía a un charco cercano. El sol de la mañana llenaba el charco de reflejos ingenuos. De verdes, de dorados, de ese rojo viscoso y especial que deja en las heridas el mercuro cromo”.

En ese modo de decir no reconocemos el lenguaje de una madre común y corriente, sino, a lo sumo, de una mamá retórica. ¡Con qué discreción y buen gusto, sin embargo lo ha hecho la autora!.

Todo ello, la inocencia y esa fe en lo espiritual, tiene particular mérito en el caso de Conchita Alzola.

Hace algunos años ella fue alumna mia en la Universidad. No la recuerdo, a la verdad, muy interesada en la Historia de la Filosofía, aunque sacara buenas notas. Durante las explicaciones me miraba un poco displicentemente, Conchita debía pensar que eran meras “superestructuras”, productos de la hipocresía burguesa. Todo lo espiritual debía ponerlo en cuarentena. ¡Qué no le fueran a los niños con esos cuentecillos! ¡Ciencia y economía había que darles, y no fantaseos deformadores!.

De entonces acá ha rebasado aquellas ideas, y no tanto por el sego contrario que hacia ellas ha tomado el mundo oficial como por cierta decepción profunda y personal. Y porque ha madurado en ella la convicción de que hay ciertos valores elementales e imprescindibles, como la bondad, la lealtad, la dignidad, el candor, que las empresas feroces de “salvación” amenazan y que importa mucho preservar.

EL GUSTO DE LEER

Aquí ya la gente apenas lee libros en absoluto, y menos aún los pocos libros que en “el patio” se dan, el cubano ya casi ha perdido el hábito y el gusto de leer. Por consiguiente las librerías cada vez, importan menos, cada vez es más caro lo que importan, y cada día son menos los escritores cubanos a quienes les vale la pena producir, como no sea para los periódicos o para micrófonos y pantallas.

Si quiere usted, lector, enjuagarse un poco el alma de inocencias en estos días pascuales, lavársele de la mugre de iras y de ascos con que se la han ido manchando ciertos hechos ambientes, pida en alguna librería esos “Cuentos populares infantiles” y aniñese un poco leyéndolos. Esa felicidad, por lo menos, le deso de todo corazón; las demás, acaso fuera mucho pedir.

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