LINCOLN Y SU ÉPOCA

Written by Libre Online

9 de febrero de 2022

El 12 de febrero se cumple el aniversario 213 de Abraham Lincoln. Pocos hombres han tenido la suerte de poder influir sobre la historia de la Humanidad de la manera que influyó este hombre severo y apesadumbrado; este hombre flaco, feo y desaseado a cuyo “rostro inson-dable” se asomaban unos ojos “benignos, soñadores y meditativos”. Pero el hombre es también hijo de su época -vive inmerso en ella- y es necesario conocer el momento en que ha vivido cada uno para poder juzgarlo adecuadamente y ser justos con él.

 Cuando Lincoln llega a la presidencia de Estados Unidos, los pe-riódicos en sus páginas de anuncios, publican aún noticias como éstas: “Se vende una negra criolla sana y sin tachas en seiscientos treinta y seis pesos libres para el vededor”; “Una negrita de catorce años, muy ágil para servir a la mano, se vende o se cambia por otra buena costurera”; “Se vende o se alquila por meses una negra lavandera, planchadora y cocinera, ágil para todo servicio”. 

Los Estados Unidos, durante la vida de Lincoln, -de 1809 a 1865- habían crecido prodigiosamente: de siete millones de habitantes a 35 millones. (Un siglo más tarde los EE.UU. Rebasarían los 150 mi-llones). Pero con ellos había crecido también una de las peores lacras de los hombres, la esclavitud. De 1801 a 1850 se había triplicado el número de esclavos.

Hacía ya tiempo que se incubaba la guerra civil. Intereses económicos estaban en juego entre el Norte y el Sur y distintas maneras de entender la vida, también. El Norte de origen puritano y plebeyo, tenía un espíritu filosófico y sus hombres eran activos, emprendedores y ambiciosos. El Sur presumía de su aristocracia, y sus habitantes eran personas instruidas, elegantes y menos codiciosas. En el Norte había prevalecido, por decirlo así, el espíritu sajón de sus primitivos pobladores europeos, que habían huido de la patria del otro lado del óceano a causa de las persecusiones religiosas. En el Sur prevalecía el espíritu latino de los conquistadores españoles y sus posteriores ocupantes franceses que habían ido allí a conquistar o a comerciar. Norte y Sur tenían organizada su vida de manera distinta y distinta era, por tanto su manera de entender la vida. La esclavitud era una de esas fundamentales causas de discrepancia.

De 1780 a 1786, los estados del Norte habían abolido la esclavitud de sus territorios. La vida de estos estados inminentemente industriales no precisaba de la mano de obra esclava. En 1820 habían forzado un compromiso con sus hermanos del Sur. Dos años antes de llegar Lincoln al poder, había unos estados con esclavitud y otros sin ella.

El año que es elegido Lincoln hay en toda la nación, que tiene entonces 31 millones de habitantes, cuatro  mi-llones de esclavos y las vías férreas en explotación son de miles de kilóme-tros. Pero el progreso no tolera ciertas situaciones de hecho.

En 1848 se descubre el oro en California, la quimera del oro ayuda a poblar aquellas lejanas zonas con millares de personas que más tarde desauciadas habrán de quedarse como agricultores. Años más tarde se descubren los pozos de petróleo en Pensilvania. Nuevas tierras son roturadas y puestas en cultivo. Para ello es preciso a veces, exterminar al indio, y para ello nada resulta más fácil que terminar con su medio básico de

alimentación: el bisonte.

Se levantan nuevas cuidades allí donde antes se alzaban barracones. Millares de inmigrantes, preferentemente de Europa llegan a las costas del Este. Se inventan nuevos métodos de cultivo de la tierra y McCormick fabrica la primera máquina segadora que realiza el trabajo que en el Sur hace la pobre negrada esclava. La tie-rra ya no se labra con el primitivo arado romano, sino que nuevas máquinas profundizan los terrenos de cultivo poniendo a disposición de las plantas los materiales nutritivos del suelo. Bessemer descubre un proce-dimiento para beneficiarse del mineral de hierro, que antes no se utilizaba, y esta es la base de una floreciente industria siderúrgica que ha de hacer de Estados Unidos la primera nación de la Tierra. Se inventa la máquina de coser.

Pero dos sucesos importantísimos habían de tener lugar en esta época: en 1861 se completa la primera línea telegráfica transcontinental y de 1862 a 1869 se construye el ferrocaril de Nueva York a San Francisco. Las noticias de la elección de Lincoln son impresas ya en rápidas prensas rotativas y las primeras fotografías aparecen en los periódicos. El Canal Erie había sido terminado en 1825 conectando los Grandes Lagos con el río Hudson y el puerto de Nueva York.

En noviembre de 1860 Lincoln es elegido presidente de Estados Unidos. El 9 de diciembre de este año, Carolina del Sur se separa de la Unión. El 4 de marzo de 1861, Lincoln toma po-sesión de la Presidencia. La guerra es inevitable, y la guerra comienza el 11 de abril con el ataque a Fuerte Sumter, frente a Charleston. ¿Quién va a presidir esta contienda? Es este hombre serio y desaseado, de rostro melancólico, de quien dice uno de sus contemporáneos que “andaba por la Casa Blanca como si hubiera entrado allí por equivocación”. Es este hombre reconcentrado y meditativo el que tiene la dura responsabi-lidad de resolver una querella entre hermanos. (Esto hace aún más tristes sus ojos). Duda y aparece irresoluto. Dice de él William H. Heradon: “Todo él (Lincoln), cuerpo y mente, trabajaba lentamente como si estuviera mal lubricado”.

Pero hay otros que confían en él, que saben que detrás de aquel aspecto desmañado, tras de aquel rostro feo, hay un hombre entero -cerebro ágil, corazón generoso- que está dispuesto a ganar una porfiada partida en la que sabe que la razón está de su parte. Este hombre que confiaba en él -Henry L. Dawes- escribió entonces: “Hay algo en su rostro que no puedo entender. Es grande. Podemos confiarle la Unión sin peligro”. Y en efecto, sacó adelante la Unión.

El 22 de septiembre de 1862 Abraham Lincoln anunció la emancipación de los esclavos. Cuatro millones de hombres y mujeres recobraron su libertad. Los Estados Unidos inciaron su marcha hacia el futuro.

Cuando terminaba la guerra Lincoln pronuncia su famosa oración para todos sus compatriotas, sin discriminar entre vencedores y vencidos, alguien que pesenció aquella escena escribió: “A veces parecía como si el alma de Lincoln acabara de ser hecha por el Creador”.

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