Por J. A. Albertini
Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa puede ser las más feliz o la más amarga de tus horas.
Pablo Neruda.
En el año 2021, el escritor, poeta y periodista Luis Felipe Rojas, bajo el sello editorial “Casa Vacía”, dio a la luz el libro de relatos Artefactos, obra, no extensa, que recoge un puñado de historias vertiginosas que califico de alucinantes con ribetes surrealistas y críptico mensaje distópico que demuestran la garra narrativa del autor y profundo conocimiento del idioma. No todo escritor cubano ha podido desarrollar temas tan íntimos y subjetivos como los que atrapa esta obra, muy diferente a otras que han marcado la reciente narrativa cubana. Artefactos universaliza la degradación y el miedo; siempre el terror ocasionado por factores externos de índole humana, donde víctimas y victimarios danzan al mismo repetitivo y agobiante ritmo. Nadie escapa del baile agotador.
Luis Felipe Rojas, nació en 1971 en el poblado de San Germán, actual provincia de Holguín, cerca de una laboriosa comunidad haitiana que, por su proceder bondadoso y humano, influyó positivamente, en la sensibilidad del futuro poeta y escritor Sus progenitores fueron trabajadores de clase humilde, pero lectores voraces que inculcaron en el hijo el amor por los libros y la cultura, cuyos frutos lógicos son el amor a la libertad y el rechazo a las doctrinas y prácticas filosóficas que pretenden masificar sociedades y opiniones.
Siendo aún adolescente, y tomando en cuenta lo antes expuesto, comprendió que el sistema castro comunista desarrollaba un discurso de justicia e igualdad social que nada tenía que ver con la realidad y sí con una especie de religión inferior que mucho prometía y nada cumplía, en la cual, al jefe de gobierno, de manera alegórica, se le rendían honores de “Caballo Supremo” (zoolatría), en detrimento del lógico progreso del país.
Cumple con el Servicio Militar Obligatorio y estudia filología y teatro. Necesitado de libertad y verdad se involucra con la prensa independiente cubana. Sufre hostigamiento, acoso y represalias, situaciones que lo conducen a un exilio involuntario en los Estados Unidos, donde ha proseguido, su labor informativa y creativa.
Retomado el inicio de la crónica aclaro que los textos que se agrupan en Artefactos, fueron escritos, en su gran mayoría, a lo largo de varios años. El libro se inicia y culmina con un relato, a nivel de memoria martirizada y cuerpo, de mil maneras ultrajado, durante el cual se van intercalando las demás historias: mañana pudiera ser la cuarta vez que vengan por mí, anteayer se llevaron la pierna derecha… Así comienza este monólogo que finaliza con un concluyente mensaje de celosa libertad personal que devela la fortaleza del trascendente espíritu humano: no pudieron llevarse mis palabras…
Artefactos es el título que sigue al inicio del monólogo fragmentado en momentos de horror e impiedad. Artefactos es la cámara oculta, en forma de ojo, que sigue a la joven mujer, hasta los lugares más íntimos de su vivienda. Ella no escapa al escrutinio; nadie escapa al ojo —recordando la novela 1984, del escritor inglés George Orwell— del “Gran hermano”.
Y no es que Luis Felipe Rojas transite pisadas ajenas como las del propio Orwell, Franz Kafka, Aldous Huxley o Peter Handke, etc. El autor viene de experimentar y sentir, desde adolescente, la garra implacable del “Gran Caballo Antillano” y de sus adalides menores de granja. Viene de saborear la injusticia de la llamada “Primavera negra”, de beber en fuentes de poetas y luchadores como Jorge Valls Arango†, Ángel Cuadra Landrove†, Ernesto Díaz Rodríguez y, por encima de todos, del cubano universal que, ante la historia, responde al nombre de José Martí.
Luis Felipe Rojas, más allá de sus intenciones, parafraseando al filósofo español José Ortega y Gasset, en esta obra demuestra que “es él y sus circunstancias”. Sueños que se prolongan en desvelos fantásticos que pugnan por buscar un escape virtual que repite y repite el rostro del narrador, atado a una cámara cinematográfica con cadencia de saxofón envolvente que, en Jazzmanecer o devuélveme la perla, muestra a Omar, el perlado, entregado a un frenético lance amatorio que destila reminiscencias de la Cómala fúnebre de Juan Rulfo, con una segura conclusión de vuelo nupcial y reclamo de: “¡Oh mar! Oh mar! ¡Devuélveme mi perla!”.
Reflexiones de carácter fantástico que escapan al razonamiento cotidiano, pero que, gracias al dominio del lenguaje del autor de Artefactos, acuden a la mente de quien o quienes nos sumergimos en la lectura. En Domingo, diez pe eme pululan personajes de libreto contenidos, siempre, en un espacio limitado, carente de autonomía, donde hasta se autoriza copular en el escenario y: “Se estrujan las caras en un beso como si fuera un bolero”.
Historia de Juan dormido lo concibo como una versión —dentro de un mundo, siempre de espacio cautivo— de La Bella durmiente, que en este caso protagoniza Juan, joven traficante de estupefacientes, que se mueve en una barriada de pobreza marginal y brisa macondiana. Juan, tal vez por miedo y sobre todo por carencia de afecto real, cae en un sueño profundo. Solo el beso de diez mil mujeres lo despertará. Y más allá de su novia fue “una negrita flaca y esmirriada a la que llamaban Lulú” la que lo espabiló y prosiguió haciéndolo durante las frecuentes recaídas de Juan. ¿Acaso Lulú —contradiciendo la interrogante del humorista español Enrique Jardiel Poncela— era sexualmente inmaculada, a pesar de la duda sobre la pureza púbica de las “once mil vírgenes?”
Cuento, desde mi punto de vista, impactante es Nené traviesa. Maltrato verbal y golpes a una niña a manos de un padre alcoholizado. Víctima pequeña que recurre al sueño para escapar de lo injustificado y el contrasentido de la existencia. Miseria humana, cerrar los ojos y rogar: “PAPÁ NO ME DES CON EL PALO EN LA CABEZA, PAPÁ NO…” Ambiente cerrado; no hay escape. Únicamente encuentra alivio en el largo sueño que aquieta la materia corpórea, aleja el dolor y libera el alma: “Al parecer han pasado unos cuantos años. Ya mi papá no está en ningún lugar…”
Y, desconociendo el orden de los textos, me detengo en un parque de la ciudad de Nueva York. Una violinista, acomodada en un banco, es testigo mudo del diálogo entre una abogada y una arquitecta. El perro de la arquitecta huele a la perra de la abogada. Ambas profesionales están interesadas en lograr crías de los canes. Los perros sienten, tal vez necesiten apurar el momento. Un detalle retarda el proyecto comercial. La arquitecta fuma. Los perros se separan. “Los perros se iban a extrañar”. En la urbe de acero y concreto es otoño. La extrañeza se impone. Pronto llegará el invierno, pero el frio ya está en las mujeres. En definitiva todo ha sido una simple Cuestión de perros.
Píntame los labios, María… azuza en la mente una sala de proyección en un viejo cine de barrio. En el cubículo emisor de fantasías se amontonan cintas de celuloides que atrapan imágenes de galanes y mujeres bellas que no envejecen. El operador colecciona revistas del corazón de tiempos mejores. Recorta figuras, siempre hembras, que despiden olor de olvido: Los fetiches secuestrados de las publicaciones “vigilan todo el tiempo”. El proyeccionista, allí en el espacio reducido de su imperio, con ojo mudo que mira a la pantalla vacía, le rinde tributo, frecuente, al bíblico Onán.
Artefactos es lectura que inquieta; sacude la inteligencia e indefectiblemente conduce a Jorge Luis Borges: “La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”.
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