Libre vio la luz en fecha que no pudo ser más honorable. Nació como “El Matancero Libre” el 4 de julio de 1966. ¡Qué mejor día! ¡Qué mejor fecha para el inicio de una cruzada que ya, en breves días, arriba a sus 60 años de existencia! Comenzó con el esfuerzo material e intelectual de Demetrio Pérez, Jr., desaparecido a deshora, siguiendo la guía y el ejemplo de su padre, Demetrio Pérez Arencibia, quien fue mi profesor de Ética en la escuela de periodismo “Fernando Llés Berdayes”, periodista de inmaculada conducta personal y profesional, la cual inculcó, sabiamente, a su progenitor. Fui, honrosamente, beneficiario, hasta el final de sus días, del tesoro de la amistad de ambos, la cual extraño a pesar del tiempo transcurrido. Estos son regalos para toda la vida. Privilegios a perpetuidad.
Como es de suponerse, los primeros tiempos no fueron fáciles. “El Matancero Libre” constaba de cuatro páginas. No había para más. Eran los primeros años del exilio. Los peores. Los exiliados vivíamos con la esperanza de un pronto regreso, y “El Matancero Libre” representaba, en esos días, un soporte psicológico, porque no existía otra publicación afín a nuestra causa que nos sirviera de muleta para andar el camino. ¡Qué días aquellos!
Años más tarde, “El Matancero Libre” cambió su nombre. Se llamaría LIBRE, una conceptualización más amplia que trascendería la limitación geográfica regional, para alcanzar, a un nivel más amplio, el concepto de que la libertad de opinión y de información es una de las más grandes conquistas de la humanidad, teniendo siempre como meta la difusión de la verdad. Ése ha sido, y es, hasta nuestros días, el afán supremo de LIBRE, que hoy, emancipado de las penurias de los años primeros, es la voz más impactante dentro de la comunidad hispana, especialmente de la cubana.
Se hace oportuno notar que el cambio de nombre del ya histórico semanario dejó intacto el adjetivo fundamental de su origen y fundación: ¡LIBRE! No hubo ni siquiera la sombra de una contradicción. Su fundador, heredero de un caudal libertario adquirido desde temprano en el hogar de sus mayores, defensor de la libertad política absoluta, dejó intocable la palabra, el adjetivo, que fue desde siempre la inspiración de la publicación que se convertiría en el escudo de la diáspora cubana. Ya LIBRE no sería solo el solaz de los matanceros, sino de todos los cubanos.
Demetrio Pérez Arencibia—mi maestro y amigo— legó a sus descendientes una tradición moral y patriótica de incalculable valor que se refleja en la publicación que ya alcanza su plena adultez en la gloriosa fecha del 4 de julio, Día de la Independencia de la nación americana, pero también, en erudita adición, en el patrimonio familiar, con su cadena de centros docentes que lleva el nombre de Lincoln-Martí, honrando la memoria de dos gigantes del pensamiento americano, luchadores incansables por el triunfo de la más elevada aspiración humana, que es la tradición que adoptó LIBRE desde su fundación, y que continúa en pie, inalterablemente, para las generaciones venideras.
Al arribar a sus 60 años de existencia en este Día de la Independencia de Estados Unidos, LIBRE ha triunfado en su perseverancia de mantener la misma línea de principios inquebrantables concebidos en aquel 4 de julio de 1966, rindiendo a la vez honor a su longevidad mediante la verticalidad de sus posturas contra viento y marea.
En su recorrido cronológico, que ya alcanza una venerable edad, LIBRE ha sido testigo de cambios trascendentales en el curso de la humanidad: la llegada del hombre a la luna, el surgimiento de la alta tecnología con la creación de las supercomputadoras, el derrumbe afortunado del bloque soviético y el advenimiento reciente de la inteligencia artificial como último reto del hombre a los misterios del futuro y sus posibles consecuencias para el conglomerado humano en general.
Estos acontecimientos son parte integral de la historia de LIBRE al cumplir sus 60 años de existencia este próximo 4 de julio.
En los notables anales de LIBRE, como vehículo de información y opinión independiente, permanecen las huellas de prestigiosos periodistas, ensayistas, analistas, como Agustín Tamargo, Carlos Alberto Montaner, Enrique Ros y periodistas del patio yumurino como Raúl Tápanes Estrella y Roberto Cazorla, sin olvidar, por supuesto, al cultísimo neopoblano Reverendo Martín Añorga, cuyos artículos seguimos disfrutando en el presente, aunque él haya transitado hacia la Eternidad.
Son muchos, muchos, los periodistas que han plasmado sus sabias opiniones en las páginas de LIBRE, y por ser tantos, resulta imposible su mención en espacio tan reducido. En cuanto al que escribe estas líneas, solo puedo decir que inicié mis sencillas colaboraciones en los años próximos al nacimiento de LIBRE como un desterrado muy joven que quería difundir la tragedia de Cuba, y que, desde el ocaso de mi horizonte, continúo brindando mis colaboraciones con la misma meta de aspiración ideológica que alcanzara seis décadas pasadas.
En el momento actual, las circunstancias que rodean a Cuba son, en realidad, impredecibles. No hay indicios claros en cuanto a su futuro. ¿Qué lejos o qué cerca se encuentra su liberación? Todo es cuestión de opiniones, rumores o ilusiones. Pero cualquiera que sea el resultado, ahí estará Libre para informar y orientar.
Queremos, necesitamos, como cubanos, algo concreto y a conciencia en el modo político. Creo interpretar con estas palabras el verdadero sentir de LIBRE. Algo que no sea una pugna loca contra lo que constituye la raíz misma de la vida.
Como colofón, en tan venerable ocasión, mi felicitación a todos los que hacen posible la vibrante vida de LIBRE, y en modo especial a su director, Demetrio José Pérez, por continuar la obra de su padre y de su abuelo.
Y de mi parte, mi enorme satisfacción por las seis décadas de un voyage que no pudo ser mejor correspondido.
Honor a quien honor merece.








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