Las sociedades que fundaron los españoles (I de II)

Written by Libre Online

9 de marzo de 2022

Por César García Pons (1949)

La vida oficial que gira en torno a la Capitanía General  y a la milicia Cuba desde mediados del siglo era  forzosamente para la Metrópoli tierra urgida de soldados, se siente como  reforzada en muchos aspectos por la iniciativa privada, que aflora en grupos de la comunidad capaces de empresas creadoras.

Hay prensa, esto es, opinión y pugna de ideas. Y aun cuando el país, dividido en dos grandes corrientes que jamás podrán conciliarse, alienta en el subsuelo la discordia que en definitiva va a dirimir la guerra de independencia, la paz material permite a los que no viven de la ubre oficial y sí de su trabajo personalísimo.

Dentro de la población genuinamente española, dos mundos, prácticamente, comienzan a su vez a convivir. El uno se sustenta en el poder político y militar. Es el de los empleos y prebendas, el que se relaciona con Madrid y sigue los caminos que traza la Corte. El otro es el de los españoles que hicieron de la tierra nueva de América campo de faena y de trajín sin término; el de la riqueza privada y el trabajo en firme, el del hijo del pueblo venido en tercera sin más armas que la resistencia física y la voluntad de triunfo. Forman en él, a lo largo del tiempo, todos los hombres que como Cortés quemaron las naves.

Hemos visto en los artículos precedentes las primeras formas por los españoles utilizados para encontrar solución a las circunstancias que hieren su sensibilidad, y qué resultados alcanzaron. Veamos ahora de que se valieron para coronar las aspiraciones que tendían a una vida más culta y más alta. Si las “Beneficencias”, responden al bien que hay que hacer a los demás, las llamadas “sociedades regionales”, con  “Quinta” y “Centro”. Van derechamente dirigidas a proveer donde el poder colonial no provee sino en limitadísima medida. Los dos grandes móviles de los españoles que las crean están en la necesidad imperiosa de hacerse de letras, que en la tierra natal no aprendieron, y en la no menos imperiosa urgencia de salvar la salud combatiendo la enfermedad y la muerte.

No estorbó en este caso peculiarísimo de Cuba el individualismo tradicional de la raza española. El hombre de la península experimentaba –es lo cierto- una transformación real sobre este suelo. Quizás la segunda escuela formativa de su carácter que era el trabajo duro y la ausencia de amparo doméstico, completaban su personalidad, injertándole determinadas características. (Por algo cuando arribaba a España, le distinguían allí llamándole “americano). En última instancia, lo evidente es que ese hombre fue capaz de organizar solo y sin ejemplo alguno el esfuerzo solidario más grande, más poderosos y útil del mundo.

Y, como la suma de su voluntad rectora y de sus representación colectiva, funciona incluso un comité de Sociedades Españolas con Sanatorio, integrado por sus presidentes. Se nombran Centro Gallego, Asociación de Dependientes del Comercio, Centro Asturiano, Centro Castellano, Asociación Canaria y Sociedad Hijas de Galicia. Veamos su orígenes.

Nació la primera el 23 de noviembre de 1879, una tarde de domingo y en la sala de “Tacón”, donde se reúne un grupo reducido de gallegos animados del deseo de asociarse para fundar algo así como lo indicado recientemente por el director de “El Eco de Galicia”, Alvarez Insúa, en un artículo en que proponía a sus coterráneos la creación de un “Ateneo Gallego”. Por ahí tomaron enseguida los iniciadores, y la institución, que con local propio y todo abrirla sus puertas en Prado y Dragones el once de enero de 1880, se nombraría “Centro Gallego, sociedad de instrucción y recreo”. Conforme al enunciado cumplieron sin demora el fin de su constitución. A base de servicio gratuito por los que fungirían de maestros, se organizó una sección de  instrucción y un programa de clases de este corte: Religión y Moral, Gramática Castellana, Escritura, Aritmética, Teneduría y Cálculos Mercantiles, Historia Universal y de España. Inglés y Francés. No alcanzaba para mucho el dinero recaudado, pero los fundadores no eran remisos a ponerlo de su peculio. Asi como uno prestó fianza personal para garantizar el pago del alquiler del local (doce onzas oro cada mes), otros hacen ponina  y reúnen los 2 mil pesos que faltan para echar adelante la institución. Con esto arranca el Centro Gallego.

Le sigue la aparición de la Asociación de Dependientes del Comercio. Como su propio nombre expresa, ésta se separa del carácter regional de la anterior. Es de “dependientes” y los móviles de su fundación son otros. El que la concibe brinda a los que invita a asociarse casi un programa de reivindicaciones sociales; hay que lograr el cierre de los establecimientos a las ocho en lugar de las once de la noche, etc. En ese momento la iniciativa reviste los caracteres de una lucha de clases. Los dueños de almacenes y tiendas ponen la oreja atenta. En tanto, el iniciador logra adeptos. El once de abril de 1880 los reúne en “Payret” y se acuerda el establecimiento de la sociedad.

Cinco años después aparecen en el escenario de estas fundaciones, con parejos propósitos, los asturianos. La iniciativa de la fundación es fruto de una intensa borrasca en el seno de la colonia. Veamos como fue. “Despedíase el año 1885 – dice con buena información un comentarista de nuestros días- dejando en Asturias estela de desventuras. Cangas de Tinero, Tineo, Pola de Allande y otros municipios de la región occidental sufrían los rigores de spantosa miseria con sus cosechas agrícolas arrasadas por tempestades de nieve y granizado, con sus ganados famélicos, exhaustos, y sin reservas en los graneros, ofreciendo desolador conjunto de pobreza.

Las juntas de socorros creadas entre los asturianos de La Habana pusieron la visa en la Sociedad de Beneficencia que los propios asturianos sostenían. Y a ella acudieron. Empero sus directores entendieron que escapaba a los fines de la institución ir con sus fondos más allá del auxilio debido a los desamparados en La Habana, y de la negativa  surgió la discordia entre los hasta entonces buen llevados asturianos.

Cuando el siglo agoniza hay ya en torno a estas instituciones toda una vida de relación que forma en el seno de la ciudad un mundo aparte, pero tan  sólido, tan definido, tan firme en su camino, más breve, tan útil a la comunidad misma, que los más grandes sucesos –el cambio de soberanía en la Isla, por ejemplo- los respetan y reconocen. Así de igual modo que los Capitanes Generales saludaban los actos importantes de las sociedades con su presencia en ellos, la inauguración de un edificio, la creación de un servicio –el primer Presidente de la República, el día mismo en que los pueblos del mundo saludaban la bandera del nuevo Esstado, el veinte de mayo de 1902, penetraba con su gobierno en los salones del Centro Gallego. Ya la discordia había pasado y Cuba- entendió Don Tomás – requería el concurso fecundo de todos sus moradores.

En 1913 el Centro Gallego echó abajo el viejo teatro Tacón. En su lugar puso la soberbia construcción con que muestra, en el Parque Central de la ciudad, una propiedad suya que es un orgullo del país.

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(Continuará la próxima semana)

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