LAS RUEDAS SIN PRISA

Written by Libre Online

2 de enero de 2024

Por Miguel de Marcos (1943)

Estas imágenes que vienen del pasado remoto, cobran una vigorosa actualidad. La bicicleta vuelve. Pero ella misma pudiera penetrar en la órbita del racionamiento. Hay que remontar la corriente del río del Leteo oscuro y misterioso. Hay que ir en busca del velocípedo, ese abuelo de la beatitud y de la seguridad. Aquí está el velocípedo de antaño, con su aire de dios antiguo, de dios un poco cómico. Eso puede ocurrir. Pensad que Júpiter, catador excelente, trastornara el orden de su néctar mitológico, sustituyéndolo con un “mojito” sobre el que ensayara un discurso emitido con lengua saburral. Pensad en un Jehová que en la cima del Sinaí raspara saltapericos.

Los dibujos que ilustran este artículo tienen un valor superior a todas las palabras. Son viñetas que deben regresar, que ya están en regreso y que realizan lo que algunos espíritus de textura intelectual definen. Con esta frase, una nueva imagen del mundo. Son ruedas pantuflares sin ansias, sin delirios funestos, sin paroxismos; son ruedas que sonríen porque le quitan al hombre moderno el vértigo y la prisa. Mientras vuelven trufando con ilusiones sus circunferencias parsimoniosas. Y sobre ellas, la historia del Velocípedo.

Ahí tened en primer término en orden cronológico, el velocípedo de tres ruedas de Tremper. Es el velocípedo construido clásicamente. Ha llegado hasta nuestros días. Los Reyes Magos que no envejecen suelen introducirlo en sus alforjas para obsequiar con sus ruedas mesuradas a los niños buenos. Santa Claus, que, según una linda frase, tiene tres mil años y el corazón de paloma nunca se olvida de incluir en sus paquetes joviales un velocípedo de Tremper. Objeto prodigioso. Por así decirlo, ha llovido sobre su paraguas, sobre su cojinete en forma de esquife sobre su guion, que asume la gracia de un cuello de cisne, pero permanece. No es por su construcción clásica, un velocípedo es una tragedia de Racine: Fedra, Andrómaca, Atalía.

Pero hay lo que se ha llamado el romanticismo de los clásicos. Tremper, –honradamente, no sé quién fue Tremper, aunque deduzco la fertilidad y la gracia pacífica de su ingenio– construyó su velocípedo para una infancia que no conociera el acelerador. Pero luego vino Hemmings. Deteneos ante el velocípedo de una rueda de Hemmmigs. Positivamente la imaginación de Hemmmigs  monopolarizaba hacia las complicaciones, hacia el bariolaje, hacia la vida difícil. Deteneos ante ese dibujo porque vale la pena inmovilizarse. Mirad el hombre que se sienta ante la rueda única ante la rueda de un monocultivo. Uno se cubre de pesadillas, de incógnitas, de ecuaciones. ¿Cómo podría circular en el velocípedo de una rueda de Hemmmigs con aquella barba obscena, con aquel bombín sebáceo con aquellas botas de explorador? Pues bien, circulaba, impulsaba las ruedas solitarias, moviéndola con una especie de molinillo.

 Desde luego ver que en la ilustración del velocípedo de una rueda de Hemmmigs adjunto a la rueda, anexo al bombín, aledaño a la patilla, corre al galope un galgo de suficiente elasticidad. Ese perro no parece un mero motivo ornamental. Ese perro no es una cosa adjetiva. Es un ser que propicia el esfuerzo. Así estas líneas cayeran bajo los ojos de la horca, sería para estremecerse. Mediante una resolución, podría implantarse a los efectos del racionamiento de carburante, el velocípedo de una rueda de Hemmmigs. Situación difícil no bastaría con esa rueda inmensa. Sería preciso comprar un perro, un bombín y una patilla, cosas que también están escaseando.

Seguid un poco, mirad el velocípedo para hielo, seguramente este velocípedo, a pesar de todo, no se pondrá de moda en La Habana dentro de unas semanas. Examinando de cerca el velocípedo de una rueda de Hemmmigs con el velocípedo para el hielo se advierte fácilmente que el personaje que maniobra uno y otro es el mismo, pero al manipular el velocípedo para el hielo se ha quitado el bombín y se ha dejado crecer la barba.

He aquí otro modelo de los dulces tiempos de antaño, de los tiempos llamados a regresar, es el llamado velocípedo americano para manos y pies. Deteneos ante la viñeta no es el hombre que conduce el velocípedo de una rueda de Hemmmigs, no es el hombre que cruza con su velocípedo sobre el hielo, es otro hombre. Ha sustituido el bombín por un filtro, ha retirado las altas botas de explorador y se ha intercalado muy serio entre dos ruedas hiperbólicas. Zaydín, Primer Ministro, jugando al espartano, gusta de decir que él anda en guagua. Nadie lo duda. Se le ha visto muchas veces pagando el kilo para pasar el puente, pero si este velocípedo viniera a Cuba, sería un mérito verle entre esas dos ruedas impulsándolas con las manos y con los pies. No cabe duda de que después de esa proeza la unidad nacional sería una hermosa realidad y la conciencia de guerra estaría en todos los pies y en todas las manos. La cuestión, después de todo, no depende de Zaydín, sino del fabricante patriótico que se decide a construir ese velocípedo.

Aquí tenéis otro modelo de antaño de la edad de oro del velocípedo. Cuando la criatura humana andando despacio, llegaba a su hora a todos los bautizos, a todos los entierros, a todos los banquetes y a todas las ilusiones, se llama este modelo, iba a decir este hechizo velocípedo de dos vueltas de míster Donald. Ya nadie se acuerda de míster Donald, pero ahí lo tenéis sobre el artefacto, exponiéndose a todas las miradas, desafiando todos los peligros, la mano izquierda en el volante, un bombín en la cabeza, una barba que le come el rostro, artista prodigioso de la doble vuelta y míster Donald no se apresuraba. Era el sentido de la moderación, de la cautela, del buen juicio. No era cubano, desde luego. De serlo míster Donald no habría inventado el velocípedo de dos vueltas, sino los tres golpes y entre éstos, el golpe de bibijagua, que es, aunque no lo parezca, un velocípedo lento y malicioso.

Aquí tenéis en esta asamblea de imágenes del pasado –imágenes que se instalarán en el presente–, el velocípedo de tres ruedas de Mr. Samuel. Mr., Samuel no tiene barba como Mr. Donald, pero le ha dado al bombín burgués de Mr. Donald más enjundia, más dimensión, más caudal. En fin, míster Samuel, usa chistera. Es ciertamente una temeridad para pedalear sobre un velocípedo, pero míster Samuel, verlo en el dibujo es prudente. Una gran rueda en la vanguardia. Dos ruedas juniors en la retaguardia.

Llegamos a la última etapa en esta exploración del pasado que vuelve, del pasado que va a volver necesariamente por la falta de carburante. Es lo que se llama modelo de Podéspedo. Po-dés-pe-do. Nombre sonoro, gaseoso que no es lo que algunos podrían sospechar. Deteneos, amigos en esa lámina, dos damas tímidas, dos vírgenes prudentes que conducen sus polisones con una gracia novicia, pero mirad un poco más abajo, quiero decir, mirad los zapatos. Allí han sujetado pedéspedos. El pedéspedo de los deslizamientos y de los rigodones. Desde luego el pedéspedo no es un velocípedo, es el pionero de los patines. Mirad la estampa, las nobles damas giran sobre sus pedéspedos en un rincón de un parque encantado, que acaso, perteneciera a un planeta exhausto y abolido. De repente emerge entre las frondas, ligero, volátil, la mano en la cintura con un vago relente a sota de bastos, un caballero bien ataviado. Ha enraizado en las rótulas joviales las correas de los pedéspedos. Pedespediza, pedespedea. Usa gafas que adhiere al ojal de su levita bien cortada con un calabrote negro. Una mosca–y mientras pedespediza, mientras pedespedea para el saludo pálido y cortesano, para emitir su galantería levanta el bombín aplastinado con la mano. El caballero en la estampa que aquí aparece se sale del cuadro, cobra una vida inmortal, y se le oye decir:

–Zape con las lindas damas!… ¡Canastos son las encantadoras doncellas…! ¡Voto a bríos! Parece que llevan angelitos en sus pies. Recibid mi saludo matinal. Id con Dios doncellas pudorosas. Y mientras vosotras pedespedizáis yo pedespedeo.

¿En qué parque remoto y astral ocurrió esa escena? La viñeta, que es carga de pretérito, no permite sospecharlo. Pero eso no fue ayer por la tarde en La Habana, en marzo de 1943. De haber ocurrido en La Habana, la trompetilla estaría resonando ahora más allá de nuestras aguas jurisdiccionales.

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