LAS RELIGIONES Y LA AGRESIÓN RUSA A UCRANIA 

28 de febrero de 2023

Hemos llegado al primer aniversario de la agresión unilateral de Rusia a Ucrania, hito simbólico que la semana pasada quedó marcado por los discursos de Putin en Moscú y de Biden en Varsovia, de cuyos textos no es posible extraer conclusiones claras ni saber cuál de los dos perros ladradores va a morder y cuál va a escabullirse con el rabo metido entre las piernas. 

Por mi parte recordé otra fecha que anualmente han estado marcando con discreción los 12 de febrero quienes, ingenuamente a mi juicio, han tomado partido en el Vaticano por viabilizar un acercamiento entre la iglesia católica y la ortodoxa. El momento de referencia, lo que conmemoran, es el encuentro «histórico» que en una sala de protocolo del aeropuerto de Rancho Boyeros (La Habana, Cuba) protagonizaron en 2016 el Papa Francisco y el Patriarca Kirill. 

No vale la pena insistir mucho en que aquél coincidir inmortalizado en el abrazo que los enlazó a la manera de un pas de deux con amor y poesía incluidos, fue la resultante de muchos años de negociaciones durante las cuales ambos camajanes asumían que se estaban proyectando hacia una forma de inmortalidad.

Existe una tendencia que invita a esperar de todo papa intervenciones expresas en cuanto conflicto se presente. En esos contextos no ausentes de maniqueísmo, jamás estamos conformes de manera unánime con los pronunciamientos vaticanos, por muy santos que sean. 

En la iglesia católica, a cuya cabeza hay un hombre muy terrenal a pesar de ser el representante de Dios Nuestro Señor, su líder acumula conducción espiritual y jefatura de un estado. De su boca raramente emanarán frases mordaces y pondrá en práctica procedimientos estándar que malamente dan, en plata, un mínimo de compromisos efectivos. Para empeorar las cosas el actual es un hombre de izquierda y jesuita, binomio fatal.  

En la coyuntura que se está viviendo concurre en lo confesional la implicación desde la acera de enfrente de tres ramas ortodoxas cuyas existencias diferentes – rusa, ucraniana y griega – plantean a Roma un ejercicio ambiguo en el cual las fintas son de rigor. Solo que siendo irreconciliables hay que escoger una entre las tres. 

Para empeorar el tercio el enfrentamiento viene de lejos porque data del gran cismo que hubo en el cristianismo en el año 1054. De ahí a percibir hipocresía y lengua de trapo en aquel ballet presentado en Rancho Boyeros hace seis años no hay más que un paso.

Porque se trata de una realidad, antes y ahora, viciada por las personalidades respectivas de sus dos protagonistas, Francisco y Kirill, un par de camajanes de pronóstico reservado. En una esquina del ring ha estado el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos cuya retórica es «reconciliación y nueva evangelización». 

En la otra un personaje que aspira a encarnar un liderazgo único sobre el conjunto de las tres vertientes principales de la Ortodoxia. A este individuo, cuyo pasado de agente secreto al servicio de la URSS le ha garantizado ascender hasta el sitial que ocupa, la agresión rusa a Ucrania le ha servido para tratar de matar dos pájaros de un tiro. En efecto los dos países están no solamente radicalmente opuestos en lo político y en lo militar sino también en lo religioso. Kirill aspira a anexar la entidad vecina con su sede en Kiev. 

Para complicar más el tablero ambas naciones son tributarias de un pasado comunista común en el cual la represión y los órganos de espionaje fueron la columna vertebral de la sociedad. Como por casualidad a la cabeza del estado ruso y de su iglesia hay dos oficiales de la KGB soviética, mutada en FSB a partir de 1991. 

Todo lo anterior para decir que el papa argentino sabía perfectamente con quien iba a entrevistarse en 2016. Y como su interlocutor trataba ante todo de servirse del intercambio para provecho de la Rusia de Putin que ya llevaba en aquel momento diez años guerreando en territorio ucraniano, ante la indiferencia de Estados Unidos y de Europa. Del lado de la minúscula Cuba en la apuesta las ventajas eran evidentes y lo único que aportaron fue un terreno junto al puerto en el cual fue erigida la catedral ortodoxa rusa de Nuestra Señora de Kazán. 

Hasta el último tornillo del templo fue enviado desde Rusia y entre pitos y flautas Putin que observaba entre bambalinas canceló en ese período la deuda cubana con su país. Kirill efectuó en un período de quince años seis viajes a La Habana, el último de ellos para abrazar a Bergoglio.

Los dados jamás estuvieron cargados. Todo estuvo claro. A principios de 2012 Kirill, dirigiéndose a Putin en una ceremonia pública trasmitida por la televisión, le dijo que los doce años que llevaba ejerciendo el cargo de presidente habían sido «un verdadero milagro de Dios» para la Rusia eterna.

Meses antes había invitado a todos los fieles a no lanzarse a las calles y permanecer en sus casas, cuando las protestas callejeras de quienes se manifestaban contra la reelección de su protector y amigo. Y osó incluso, comentando las sentencias pronunciadas entonces contra miembros de la ONG feminista Pussy Riot, decir que las consideraba «un castigo correcto».

Más adelante, en 2015 por lo tanto antes del encuentro con Bergoglio de febrero de 2016, Kirill no vaciló en rehabilitar en un discurso pronunciado durante la inauguración de una gran exposición en Moscú, las figuras de Lenin y de Stalin, dos de los más grandes criminales que han existido en la Historia. 

Ni corto ni perezoso aprovechó ese día para arrimar brazas a su sardina y rendir un sentido homenaje a las fuerzas armadas y a los servicios represivos del ministerio del interior rusos, al tiempo que exhortaba a rechazar las pretensiones según él injerencistas, del patriarca Bartolomeo de Constantinopla. Para el jefe ortodoxo ruso no existía duda alguna: la autoridad sobre la ortodoxia planetaria recaía en él y solo en él.  Es imposible no admitir que cuando el Papa Francisco lo abrazó estaba impuesto de lo anterior y estaba abrazando simultáneamente tales pretensiones.

Durante los últimos doce meses, vale decir a partir del 24 de febrero del año pasado, Jorge Bergoglio ha hecho todas las cabriolas que ha podido para referirse a la invasión a Ucrania sin citar por sus nombres Rusia, Putin y Kirill. Desde luego, sí ha aludido la paz y los sufrimientos de las poblaciones, pero invariablemente de manera abstracta. 

El Vaticano sabe perfectamente de qué se trata y qué tipo de personajes e instituciones enfrenta nuestro Occidente, con abanderados como Kirill. Concurre probablemente aquí la socorrida excusa consistente en afirmar que no tomar partido los reserva para mejor servir un día como negociadores.

También en materia religiosa habrá pensado lo mismo, abrazando aquel día hace seis años al barbudo pope: las circunstancias los encumbraron, el Diablo sopló para hinchar sus velas y la legitimación de los crímenes se ha convertido lenta e inexorablemente en divisa tácita de apostolados que francamente dejan a mis ojos mucho que desear.  

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