LAS RELACIONES CUBA-SURCOREA SÓLO TIENEN UN VALOR SIMBÓLICO

Written by Adalberto Sardiñas

27 de febrero de 2024

N o se lo esperaban. Les cayó de sorpresa. La dinastía truculenta, sanguinaria y despótica de los Kim, tan orgullosa de la eficiencia de sus servicios de inteligencia, se estremeció con el repentino restablecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales, entre Cuba y Corea del Sur, que, aunque tienen sólo un valor simbólico, no por eso dejan de agraviar el inmenso ego del mofletudo Kim Jong Un.

El acuerdo se concertó en la sede de la ONU, en New York, para crear un sismo en la geopolítica asiática y latinoamericana, cuyo efecto se hará sentir en el futuro, por las implicaciones que encierra, especialmente, para esas dos naciones, Sur y Norte, de una misma raíz, que comparten la península; pero, asimismo, en escala menor, en la alineación de varios países satélites de Cuba, como Venezuela y Nicaragua, que profesan lealtad a sus camaradas de la Corea comunista del Norte, y que se hallan desconcertados ante el inesperado movimiento de La Habana. 

Independiente de otras consideraciones, que se podrían desarrollar en el futuro, estas nuevas relaciones diplomáticas, por el momento, significan, si no otra cosa, por lo menos, un rudo golpe político, diplomático y sicológico para Corea del Norte; y en lo personal, para Kim Jong Un, tan amante y acostumbrado al culto de la personalidad.

Al sexto día del anuncio, cuando se escribe este artículo, Pyongyang no se ha hecho eco del nuevo acuerdo Cuba-Sur Corea. Le rodea el silencio. Quizás esté recuperando el equilibrio para una respuesta aceptable a sus camaradas del Caribe y a sus vecinos protectores.

Con las tensiones en la península coreana en su más alto punto en los últimos años, con su líder comunista abrazando, amenazadoramente, la idea de una nueva Guerra Fría, Corea del Norte ha estado recientemente incrementando el tono de sus ataques vitriólicos contra su vecino del Sur, a la vez que aumenta, con exagerado énfasis, la fortaleza de sus lazos con Rusia y China, en un aparente esfuerzo por opacar, ante los ojos de sus vecinos, y del mundo, su evidente aislamiento, mientras que, a la vez, se une al frente de sus patrocinadores contra Estados Unidos. 

El shock que las nuevas relaciones Corea del Sur-Cuba ha causado en el régimen dictatorial de Kim Jong Un tiene que ser, por la naturaleza de las estrechas relaciones entre estos dos gobiernos despóticos, tremendamente impactante. Para Kim Jong, cuyo aislamiento de la sociedad de naciones es ampliamente conocido, la división de la lealtad de Cuba, al compartir las relaciones con su rival del Sur, significa un acto de traición. Cuba tenía para él (escribo en término pasado) lazos de hermandad. Así le llamaba: “una nación hermana”. Era el único país de América Latina que no mantenía relaciones con el Sur. Su lealtad era única, incuestionable, como la del perro manso con su amo. Pero todo se rompió. Todo se redujo a la mitad. Ya la lealtad no es total. Es, de pronto, amiga de mi enemigo. Ahora los intereses pesan más, mucho más, que la ideología. Para Kim Jong Un, es una frustración abominable.

Atando cabos, se llega a saber que el presidente de Corea del Sur, Yoon SukYeol, trataba activamente, con la aprobación de Estados Unidos, de establecer lazos diplomáticos con Cuba, pero ésta, presionada, tal vez, por sus protectores de Beijing y Moscú, mostraba indecisión y duda, hasta que las dos potencias, probablemente por el peso de sus serios problemas económicos, le soltaron la cadena para que aceptara la invitación, alimentando la esperanza de que, tal vez, Corea del Sur, país rico, en el futuro cercano, le tirara un salvavidas para mitigar su total miseria. No es concebible que Cuba, de por sí, independientemente, sin la aprobación de sus bienhechores, tomara la decisión de reanudar unas relaciones diplomáticas interrumpidas hace 60 años, con una nación profundamente anticomunista, alejada en extremo del círculo de su contorno político e ideológico.

No deja de ser interesante este repentino viraje que confronta Kim Jong Un. En un abrir y cerrar de ojos, se produce un cambio drástico. Kim Jong Un declara muerta la posibilidad de la reunificación con el Sur, y la califica de enemigo número uno de su gobierno, por encima de Washington. Casi al unísono, su amigo número uno, Cuba, comparte sus relaciones con la Península propinándole un knockout sicológico, diplomático y político.

Ante este abrupto acontecimiento político, con un pie en Asia, y otro en Latinoamérica, medio mundo se pregunta qué efecto tiene, o tendrá, en cada uno de los actores, este movimiento semi telúrico tripartito en la esfera global. ¿Quién gana, y quién pierde, en el tablero de ajedrez político con estas nuevas relaciones diplomáticas?

Referente a la pérdida, no hay dudas: Corea del Norte, y su dinástico líder, Kim Jong Un, son los incuestionables perdedores, aunque de índole intangible. El lado norte de la península, con su gobierno abusivo y despótico, notablemente aislado, sufre un revés diplomático, con su principal aliado en Occidente compartiendo sus relaciones diplomáticas con su rival del Sur. 

Para Corea del Sur, la adición de Cuba a los países con los que mantiene relaciones (193) conlleva un triunfo político-diplomático relativamente importante cuando se mide en términos de su repercusión, humillante, hasta cierto punto, para Corea del Norte. Más allá de este punto, no es más que una victoria simbólica.

Y para Cuba, no deja de ser una ilusión elusiva, basada solamente en cuestionables expectativas quiméricas, de alcanzar, de alguna manera, ayuda económica del pequeño gigante asiático, a través de posibles inversiones de los grandes conglomerados coreanos, que, en un fugaz ataque de exuberancia irracional, decidan correr el inmenso riesgo de invertir en la Isla, para, con seguridad, como ha pasado antes, perder sus inversiones.

Sin embargo, en un análisis objetivo, en un intento de conceptualizar las vibraciones del tema en cuestión, nos resulta razonable afirmar que una embajada de Seúl en La Habana expresa más una proyección simbólica, que un triunfo substantivo.

BALCÓN AL MUNDO

Dimitri Medvedev, quien fuera brevemente presidente de Rusia, poco después del desmantelamiento de la URSS, y ahora perro faldero obediente de Putin, no se cansa de amenazar al mundo occidental de un ataque nuclear ruso si su país, debido a la guerra en Ucrania, regresara a la depauperación vivida a raíz del colapso de 1991.

Pero este fanático ilusionista, en su obtusa imaginación, no acaba de entender que, en ese caso, Occidente sufriría grandemente, pero la población rusa, se reduciría a la mitad, incluyendo su atrofiado cerebrito.

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México ha suplantado a China como el primer exportador de sus productos a Estados Unidos, en un 5%, y se estima que ese trend continúe en los meses y años próximos para un substancial robustecimiento de su economía. Pero México, si quiere disfrutar de ese enorme beneficio, tiene que adoptar serias medidas, como el asunto de la energía, combatir la corrupción, controlar la influencia de los carteles del narcotráfico y garantizar el derecho a la propiedad bajo las reglas de derecho.

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El escatólogo Tucker Carlson se fue a Moscú a entrevistar a Putin y sólo le lanzó preguntas de softball que aun el mismo dictador las encontró ridículas. No hubo retos. Ni desafíos. Fueron tan aburridas, y estúpidas, que, a los dos días de abandonar Rusia, Vladimir Putin lo humilló al declarar la entrevista sonsa e inconsecuente. Lo puso por el suelo.

Después, como puntillazo final, asesina en la cárcel a su principal adversario político, Alex Navalny, despertando un repudio universal. 

Estos son los líderes a los que Carlson disfruta entrevistar como trompetero, alabardero adulón, de figuras repulsivas, aquí, allá y acullá. 

Los próximos serán Xi Jinping, Kim Jong Un y los ayatolas de Irán. 

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Maksym Kuziminov, el piloto ruso que desertó hace varios meses con su helicóptero a Ucrania, y que, posteriormente se trasladó a España con un pasaporte ucraniano bajo otro nombre, provisto para proteger su integridad física, fue asesinado a tiros cerca de Alicante. 

¿Quién cree usted que ordenó la muerte? ¡Adivinó! El mismo que dio la orden para eliminar a Yevgeny Prigozhin, a Alexei Navalny y, otros muchos, cuya lista se hace muy larga para mi memoria.

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