LAS MACUQUINAS DE DON MAXIMINO

Written by Libre Online

12 de enero de 2022

(Parte III de XX)

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

AL MISMO ASUNTO

y en fin sonarlas con deleite raro;   todo esto es describir en un soneto   la vida miserable del avaro. Manuel de Zequeira y Arango.

Evelio y Emelinda, en su niñez y adolescencia temprana, bajo la supervisión de preceptores calificados, recibieron los primeros años de educación y la joven hasta piano aprendió a tocar. Pero llegado el momento de proseguir estudios superiores Emelinda, por decisión de los progenitores, con miras a lograr un matrimonio ventajoso, fue orientada a cooperar en las obras piadosas de la iglesia, cultivar la amistad de la juventud pudiente de la Villa y aprender todo lo relativo a la conducción cristiana del hogar. Doña Asunción, orgullosa de la hermosura y seriedad de Emelinda, frecuentemente destacaba: ¡Quien se case con mi hija, al margen de la dote, se lleva un cofre lleno de belleza y virtudes!

Evelio que desde pequeño no demostró mucho interés en el aprendizaje de las letras y sí entusiasmo por la vida al aire libre; las peleas de gallos finos, juegos de azar, jolgorios y escuchar, en boca de esclavos, relatos y leyendas que exacerbaban su mente inquieta, fue escogido por don Paco para que estudiase abogacía. Desde que tuvo uso de razón se acostumbró a que las manos toscas del padre, de vez en vez, le revolviesen el cabello lacio y negro al tiempo que pronosticaba: Tú serás abogado para que no pases los trabajos que padecí. Todo el mundo te respete; sepas defender y ampliar lo que con mi sudor, gota a gota, para la familia he construido.

Evelio a medida que fue creciendo, comenzó a preocuparse por el destino que, contra su secreta voluntad, el padre le preparaba. El mestizo Falcón, hombre libre que sabía leer y escribir; solterón y mujeriego empedernido de edad indefinida, al que se le atribuían varias paternidades, mezcla de indio, español y negro, mano derecha de don Paco, fungía como capataz de la hacienda, el trapiche y la dotación, no muy numerosa y bien tratada, de esclavos, era la única persona que, por haberlo visto nacer, conocía la congoja que el joven experimentaba al acercarse la fecha en que, completados estudios capitalinos, partiría hacia Europa.

Falcón, por afinidad y cariño cómplice de las, por entonces, primeras y no peligrosas correrías de Evelio, una noche en que en las afueras del barracón los esclavos celebraban, al ritmo de tambores, tragos de aguardiente y sacrificio de chivos, un rito religioso y festín posterior, ante las quejas del joven dijo en tono analítico.

—Niño Evelio, está muy bien que no quiera estudiar, pero eso de montar a caballo, bañarse en el rio, cazar y disfrutar todo el tiempo, sin mostrar seriedad ni responsabilidades, no conduce a nada. Algo ha de hacer.

Evelio tomó un poco de aguardiente y  Falcón apuntó.

—A su edad el alcohol no es saludable. ¿Qué le parece si le digo a don Paco…?

— ¿Serías capaz…?  — con rostro inocente, inquirió.

Falcón rio; movió la cabeza y afirmó.

—Bien sabe que no lo haré. Pero debe ir pensando en el porvenir.

—El porvenir está en que mi hermana haga un buen enlace y yo, con tu ayuda, cuide de mis padres, los negocios y goce de lo que tenga.

—Así no es posible. Un estilo de vida como el que piensa llevar no aguantaría, por mucho tiempo, lo que de sus padres heredaría. ¡Ni las macuquinas de don Maximino dan para tanto!

—Hace más de medio siglo que en la Isla no se acuñan macuquinas —Evelio recordó. — ¿Quién es don Maximino…?

El mulato, entre sus manos, jugó con el recipiente de jícara. Despacio lo llevó a los labios e ingirió un sorbo de aguardiente.

— ¿Ha oído hablar del poblado de Puertas Abiertas?

— ¿No es el caserío que se dice fue tragado, hace más de un siglo,  por una creciente de agua fangosa y nadie ha podido dar con el lugar…?

—El mismo —Falcón asintió.

—Alguna vez escuché a mi padre comentar que lo de Puertas Abiertas tiene mucho de cuento de esclavos.

—Don Paco es del otro lado del mar; llegó a estas tierras mucho después de la desgracia. Además, su padre es un hombre práctico. Cree en lo que ve y puede tocar. Lo demás, para él, es engaño y fantasía.

— ¿Qué sabes tú de Puertas Abiertas?

Hombres y mujeres, ahítos de aguardiente y religiosidad, al toque del cuero de los tambores, sudorosos y embadurnados con la sangre de los animales ofertados a sus dioses, danzaban alrededor de la hoguera sobre la cual, en un gran caldero de hierro, renegrido a fuerza de tizne, hervían los pedazos de chivos. A distancia, el bamboleo de las llamas, por momentos, sombreaba el rostro mestizo de Falcón.

—Más que cualquier otro —respondió inexpresivo.

— ¡Nunca me has contado!

—Para qué contar. Son hechos de un pasado lejano que a nadie le importa.

— Sabes y te interesas… ¡Cuéntame!

Falcón no respondió. Tomó la botella de aguardiente que una niña esclava le ofreció y rellenó la jícara. En respeto a las deidades derramó algunas gotas en la tierra. Bebió un trago largo y, parsimonioso, encendió un tabaco.

Y fijando la mirada en los cuerpos que se contorsionaban en torno al fuego, Falcón permitió que la escena y el golpeteo de los tambores lo retrotrajera a lo que la madre, de adolescente y joven, le contaba y repetía, haciéndole prometer que, mientras ella viviese y aún después de muerta, a nadie le dijese.

Don Maximino, de cuerpo robusto, estatura mediana y edad impenetrable, la voz de la difunta habla a través del hijo, según los más viejos dejaron  testimonio, había llegado, nadie supo nunca de donde, ni fecha exacta, en barco de traficantes a un lugar de la costa sur cercano a las montañas. Pisó tierra acompañado por una veintena de hombres y mujeres. Eran esclavos africanos e indios, sobrevivientes del exterminio de las encomiendas. El único blanco era él. Del velero bajaron comestibles, algunas bestias de carga y tiro; instrumentos de construcción, semillas, aperos de labranza e implementos para trabajos de minería y fundición de metales; cinco arcabuces, cinco mosquetes, pólvora, municiones y variadas armas blancas. Igualmente, cuatro baúles llenos con macuquinas de oro y plata acuñadas, durante diferentes reinados españoles, en los virreinatos de México y Perú.

(Continuará la semana Próxima)

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