Las Doctoras

Written by Libre Online

13 de febrero de 2024

Por Eladio Secades ( 1951)

Que el animal macho es superior al animal hembra es creencia injusta y orgullosa que el hombre oculta en el noviazgo y que trata de imponer en el matrimonio. 

El 90 por ciento de los hombres sospecha que la mujer no puede mejorar otro caudal de cultura que no sea el de la cultura física. Es decir, la considera capaz de una coquetería. Pero incapaz de un diagnóstico. 

El feminismo ha luchado contra la incomprensión de las épocas. Y así ha ido abandonando el fogón. La mandolina. Y la aguja de tejer. Ya no es absolutamente necesario que la señorita que estudie degenere en farmacéutica de alquilar el título. O en comadrona de salir a medianoche porque ya está Juana con los dolores. El destino del delantal se ha cambiado en toga. Y han ido apareciendo las doctoras de un doctorado que casi nadie se lo quiere creer. 

Somos tan egoístas que sustentamos que el talento es un privilegio de varón. Y que las señoras han sido creadas para el amor y no para la conferencia. Una de las cosas que no se le puede perdonar a una esposa es que tenga más inteligencia que el marido. No es lo mismo ser por categoría social la esposa del doctor. Que ser por inferioridad intelectual el esposo de la doctora. Te presento a la doctora. La doctora está contrariada. No sé lo que pensará la doctora. Los amigos se imaginan a la víctima padeciendo en la intimidad a una terrible doctora de lentes de aumento y la preocupación de pronunciar la pe de psicología. Las personas verdaderamente educadas no pronuncian la pe de psicología. La silban. 

Hay mujeres que exhiben lo que han aprendido en la Universidad con el orgullo con que muestran las medallas la etiqueta del Agua de Carabaña. Ser el esposo de la doctora es vivir con la amenaza de encontrar en cualquier ángulo baladí de las rutinas caseras la bofeteada de una cita de Emerson. Existe el riesgo biológico de que muera la amante. Por aburrimiento. Y surja la doctora que tenga la voz blanca de sabiduría. Y la cultura en perenne estado de erupción. En lugar de dejar una mancha de rouge en la solapa, deja una teoría de segundo año en el alma. 

Y la tristeza de que cuando no se ha ido más allá de las cuatro reglas, debe aspirarse a una muchacha que ignore la historia. Mastique chicle. Y tenga más devoción a la alcoba que a la tribuna. Una de esas niñas que para saber lo que valen, echan una moneda en la báscula del Ten Cent. El Ten Cent es como esas verbenas benéficas que tienen una muchacha en cada mostrador. Y nos dan el vuelto con una sonrisa. La báscula es uno de los pocos sitios donde la mujer toma determinaciones firmes. Es muy difícil que al apearse de una báscula la mujer no haya hecho el propósito heroico de comer más, o de comer menos. Las flacas al pesarse piensan suprimir las penas. Y las gordas las salsas.

Todos los doctorados son difíciles en este país que produce tantos mártires de la vianda. Y que está constituido por patriotas con la inquietud de embellecer la capital a fuerza de construir edificios propios. El criollo elige carrera como quien elige corbata. 

Desde la cuna decimos: “este va a ser médico”. Y lo peor no es que lo digamos, sino que lo conseguimos. Sin tener la suerte de que, en vez de médico, nos salga banquero de terminales. Cuando hemos forjado una isla de doctores que ya se les ha olvidado, llegan las doctoras ofendidas porque vegetan sin ejercer. Faldas con capacidad jurídica para defender un juicio. O para impedir la peritonitis. 

Se proclama la igualdad de los sexos. Se habla de las injusticias sociales. Pero nosotros ante la amenaza de muerte, o ante la amenaza del presidio acudimos a las eminencias. Lo demás en medicina lo dejamos para el catarro. Y en derecho para no tener que esperar turno en el juzgado cuando pasamos sin ver la luz roja. Para eso queda la doctora de la familia. Que ha clavado el diploma en la pared. La placa en la fachada. Y pasen su erudición con un cerebro con corsé. Ya siempre razonará en doctora que tendrá un gesto de desdén para la mediocridad del prójimo. 

De pronto aparecerá esa señorita extraña. Que está viendo que las abogadas apenas van a la audiencia. Y que no pocas médicos andan en busca de clínicas. Y nos sorprende con el gran humorismo de querer estudiar ingeniería. No puede desconfiarse de la capacidad, pero sí del porvenir tropical de muchísimas mujeres profesionales. 

Lo que pasa es que el hombre por regla bastante general es tan materialista y dado al egoísmo necio, que espere a que la mujer pueda enviarlo a la cárcel, pero no que lo libre de ella. Y acepta que la mujer lo enferme. Pero no que lo cure.

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La independencia a la mujer muy rara vez le llega por el talento. Más bien por el dinero. Mientras él dinero esté el alcance del hombre, se seguirá dudando de la inteligencia de la mujer. Es difícil la existencia de la intelectual soltera que tenga un zorro legítimo. La capa de la señorita joven y honrada es la momia de un gato con forro de raso. Recibieron el alivio del invierno a través de un tejado. Que es cosa distinta de recibirlo a través de un viejo rico. Que tenga una ignorancia infinita del psicoanálisis. De los complejos. Y de las teorías cinematográficas del subconsciente. Pero que haga el resumen del día apagando la luz blanca. Y encendiendo la luz roja. Como una pequeña lengua que sacara el Toribio de la oscuridad. Cuando a la mujer le sobra lo que ha aprendido en los colegios. Y quedan cesantes aquellas que han llegado a la dignidad a fuerza de ser feas.

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Hay doctoras que hablan del dolor de los que no las comprenden. Pero no comprenden el dolor del hombre mediocre que se casa con una doctora. El tipo estándar. El empleado de Cuba limita al norte. ¿ Qué pueden importar los lagos de Europa cuando se acerca el fin de mes? Todavía peor que la doctora que ya lo es, resulta la muchacha que porque se enamoró dejó de serlo. Siempre nos culpan de que no terminó la carrera. Nos echará en cara las asignaturas que le faltaba aprobar. Y  frente a nuestra vulgaridad de tomar dos copas con el compañero de oficina, hará un discurso del abandono del hogar. 

En estos días modernos. En que la mujer llega a todos los doctorados. Y los calvos quieren curarse con vitamina. Sí es una tragedia económica ser la esposa del doctor que no encuentra trabajo.  Es una tragedia moral ser el esposo de la doctora que arremete contra los convencionalismos.  Sin acabar de exprimir un forúnculo.

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Cuando las mujeres pobres para independizarse no tenían más que dos caminos: casarse, o coser para afuera,  no existía el tipo que es mi amigo Pedro. 

Un Pedro era uno de esos apellidos que tienen numerosas páginas en la parte blanca de la guía de teléfonos. Personas sencillas que confiesa que nunca antes había oído los nombres de las aldeas que ha salido a relucir con esto de la guerra coreana. 

Empleado de semana inglesa y la posibilidad de un ascenso cuando el jefe renuncie o estire la pata. Para el domingo un traje que puede ser de mediana calidad, pero que de todos modos conserva en el pantalón la marca del perchero. Siempre hubiera sido un hombre insignificante si no se hubiese enamorado de una doctora. La amaba como mujer. Pero la respetaba como mentalidad superior.

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