LAS DEMOCRACIAS FRENTE A LA BARBARIE ISLAMISTA

15 de septiembre de 2021

El sábado pasado cuando medio mundo recordó con espanto los atroces atentados en New York hace veinte años,  acá en Francia acababa de comenzar el juicio por los del 13 de noviembre de 2015 en París. Aquella tarde-noche con un saldo de 130 muertos y más de 350 heridos este país recibió una estocada asesina que sacudió la nación hasta lo más íntimo de sus cimientos. Un sentimiento aquél potenciado por haber tenido lugar solo diez meses después de los asesinatos islamistas perpretados en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo y en una bodeguita kosher del este capitalino. Como en América, en Francia fuímos ganados por el sentimiento de encontrarnos a la merced de los peores crímines venidos, por así decirlo, de nuestros mejores y más implacables enemigos.

Reacio como soy a mirar la televisión no tengo el espíritu marcado con las horas de incesante contaminación memorial que las ondas propusieron a las masas el sábado 11. Me bastan mis propias reminiscencias de aquellas tres jornadas que convierto en un todo: en definitiva fue lo mismo. Me han quedado sin embargo una gran cantidad de preguntas que hoy siguen sin respuesta. La más importante entre ellas: ¿cómo fueron posible atentados tan sofisticadamente organizados?.  Porque si por una parte el homenaje a las víctimas jamás será suficiente pocos son los que reflexionan respecto al logro extraordinario que obtuvieron para su causa impía los victimarios ejecutores y quienes diseñaron sus proyectos asesinos.  En la trastienda planea la sucesión de disfuncionamientos que hicieron a numerosos responsables descartar decenas de indicios que debieron alertar a quienes entonces comandaban los órganos de policía y de inteligencia.  La reflexión anterior vale tanto para Estados Unidos como para Francia, Bélgica y España. Y es un poco como cuando Joe Biden se hace el nuevo exponiendo que en Afganistán por el vertedero de la corrupción se iban los millones de dólares americanos y el sacrificio de los soldados allí desplegados.

Queda la certeza de que el mundo dejó de ser lo que era con los atentados. Viniendo a los de París cuando los primeros tiros de AK47 sonaron en las calles de la capital después del intento fallido delante de una de las puertas del Stade de France yo estaba en Pontevedra,  sentado en un restaurancito frente al puerto de Bayona. Con vista al puerto, desde la sala se veía la réplica de La Pinta que había visitado a media tarde.  En un ángulo una pantalla plasma pasaba el inevitable partido de fútbol del campeonato español cuando vi pasar en rojo en banda de teletexto el aviso de lo que estaba sucediendo, señalándose con precisión el lugar de los hechos.

La que siguió fue una hora muy difícil porque rápidamente comprendí que la primera balacera asesina había tenido lugar a pocos metros del domicilio de mi hija que en el apogeo de su juventud yo sabía asidua a lugares como los que habían sido atacados.  De hecho no me equivocaba: desde las siete estaba en un bar pero afortunadamente no en su barrio sino en el de la amiga con la que tenía una cita profesional. Con su teléfono apagado tardé casi una hora en saberla fuera de peligro. Ni ella ni el marido pudieron ganar aquella noche su apartamento y cada uno por su lado durmió donde amistades.  No tadaron en mudarse: les parecía al caminar cotidianamente por el entorno estar desfilando ante una permanente capilla ardiente.

El maratón judicial que esta empezando en la Corte del Palacio de Justicia de París va a durar 9 meses. Todos los debates serán filmados para integrarlos posteriormente a los archivos de la institución judicial.  Veinte individuos figuran como acusados, de ellos seis «fantasmas» ausentes y en rebeldía puesto que están en fuga. El único sobreviviente de los atacantes, Salah Abdeslam, no ha hablado después de su captura en Bruselas: esta preso no lejos de donde yo vivo desde el 27 de abril de 2016. No se sabe a ciencia cierta si deliberadamente no activó el cinturón con explosivos que tenía alrededor de la cintura, artefacto que de todos modos se sabe estaba defectuoso. Es entre los miembros del comando el único que no había ido a entrenarse a Siria, así que no estaba fichado como sus cómplices. Fue de esa manera que pudo alquilar autos y hasta  adquirir componentes de explosivos a cara descubierta y sin ser detectado.

En cuanto a «los seis fantasmas», uno esta preso en Turquía, otro no aparece hasta hoy en los radares de los investigadores habiéndose literalmente esfumado, mientras que se suponen muertos en Siria los cuatro restantes. Entre ellos un tal Oussala Atar aparentemente eliminado por un dron hace cuatro años, es considerado el organizador en jefe de lo ocurrido. Era él quien, casi adolescente después de haberse destacado combatiendo a los americanos en Iraq, seleccionó y entrenó al comando pensando la ejecución y la logística. ¿Respaldado entre bambalinas por quién?, la pregunta esta sin respuesta. A sus fanatizados y disciplinados ejecutores, meros peones, los envió a Bruselas vía Turquía. En la capital belga se consignó lo que vino después.

El denominador común de todos estos asesinos y cómplices de asesinos un exacerbado fanatismo islamista. ¡Alá es grande!.  Nacidos o no fuera de los países de origen de sus antepasados son de nacionalidad francesa, belga, argelina, sueca y paquistaní: un cóctel impresionante.

Si por una parte este juicio tan complicado va a hacer reabrise en Francia heridas materiales y mentales no cicatrizadas aún, al mismo tiempo que la lucha contra el terrorismo esta llamada a crear un sentimiento de unidad nacional no es imposible que despierte simultáneamente divisiones internas estimuladas por extremistas, deseosos de traer al debate de una campaña para elecciones presidenciales que esta comenzando en Francia, los temas del racismo y del rencor como justificación a lo injustificable. Instrumentalizar los odios, tentaran en resumen algunos malintecionados.

Una situación que también se ve florecer ahora en Estados Unidos donde tanto los actos por el aniversario del 9-11 como el justificado debate por la retirada militar de Afganistán están en la mirilla de todos los políticos prioritariamente girados hacia las elecciones de mitad de mandato a celebrarse dentro de 14 meses. La imperfección de nuestras democracias es a no dudarlo la principal debilidad que encarnamos ante los terroristas que, agazapados,  no cesan de amenazarnos. Contribuir a modificar esos parámetros sin afectar nuestra libertad ciudadana debe ser tarea permanente de todos.

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