Las decepciones

Written by Rev. Martin Añorga

27 de octubre de 2021

Hace algún tiempo una persona me confesaba “estar decepcionada de la humanidad”.

Las razones que adujo pudieran ser las mismas para cualquier otro ser humano; pero lo que me llamó la atención fue la tendencia a universalizar un sentimiento que era estrictamente personal y circunstancial.

Todos hemos oído generalizaciones como éstas: “todos los hombres son iguales”; “ya no puede creerse en nadie”; “los políticos son todos corruptos”, y como ejemplos, ya es suficiente. En cada una de las anteriores expresiones tenemos el denominador común de que una decepción determinada nos lleva a alentar una concepción negativa que hacemos injustamente colectiva.

¿Por qué nos decepcionamos de otros?. La palabra decepción la define el diccionario como “la desilusión o tristeza motivada por algo que es lo contrario de lo que esperábamos”. Sus orígenes etimológicos la emparientan con la noción de “engaño”. Nos decepcionamos de las personas que nos tratan de forma hipócrita, que nos engañan, que nos hacen creer en sus valores o virtudes y que después actúan con nosotros de forma opuesta a aquello en lo que habíamos depositado nuestra confianza.

Voy a referirme en este sencillo trabajo a mi sesión de consejería con la persona que me confesó su “decepción absoluta”. Lo primero que hicimos fue solicitar que  nos explicara qué se siente cuando uno está decepcionado. Su respuesta básica incluyó estos tres elementos: “me sentí traicionada”; “fui víctima de una burla desconsiderada”; “se me desbarataron las ilusiones y caí en un abatimiento emocional muy nocivo”. El caso que nos ocupa, evidentemente,  trata de una dama que creyó recibir un rechazo de carácter amoroso. Nuestra segunda sugerencia fue pedirle que explicara en qué basaba su afirmación de que había sido víctima de un engaño o una burla.

Después de prestar la debida atención descubrí que la decepción no se relacionaba con una infidelidad, lo que la hubiera hecho mucho más justificable, sino a meros cambios de opinión relacionados con planes matrimoniales.

Hay personas que, en efecto, no son capaces de negociar diferencias y en cuanto entre ellas y otros se plantean polémicas, la actitud defensiva es la de declararse engañado o decepcionado. De esta manera, se rompen los probables puentes y se cierran las oportunas puertas que pudieran aparecer abiertas. Uno tiene que disponer de la habilidad para disentir, discutir y hasta la de aceptar posiciones antagónicas con las propias para que se logre una reconciliación en lugar de una separación hostil.

Voy a exponerlos cinco pasos para evitar las decepciones. Aclaro que generalmente los terapeutas evitan dar consejos a sus pacientes, pues prefieren que sean éstos los que descubran por sí mismos la línea de conducta a seguir.

Estos cinco puntos no son consejos porque escapan a una ubicación específica relacionada con un problema determinado. Son sencillamente puntos de reflexión que pudieran ser de ayuda en nuestras propias relaciones humanas.

Primero, determine hasta qué extensión puede usted confiar en la otra persona. Muy a menudo las decepciones provienen del hecho de que entregamos una excesiva dosis de confianza a los demás. Crea en otros, pero no entregue a todos la intimidad de sus sentimientos ni la totalidad de sus pensamientos. Hay, sin embargo, personas en su vida en las que usted debe creer y en las que debe confiar. Si alguna traiciona su confianza, siéntase decepcionado; pero al mismo tiempo liberado. Es mucho mejor descubrir una relación falsa que vivir de manera continuada en la madeja de la simulación.

En segundo lugar, tenga en cuenta que no siempre lo que usted llama decepción es exactamente eso. Hay ocasiones en que nos disgustamos con otra persona simplemente porque esperábamos una respuesta diferente a la que se nos dio. Optar por declararnos decepcionados hasta el extremo de adjudicar una injusta hilera de insultos a la persona con la que sencillamente no coincidimos, es echar por la borda una relación que pudo haber tenido frutos y oportunidades. No reaccione de forma anticipadamente violenta; dele siempre tiempo y espacio a sus reacciones. Actúe tanto por la razón como por el sentimiento.

En tercer lugar, evite ser la víctima. Hay personas que se acomodan a la idea de que son víctimas, pensando que si promueven compasión, van a ser tratadas de manera más paliativa por la persona de la que hubieran querido una actitud diferente a la expresada. Siempre diga lo que piensa, defienda sus sentimientos y no se escape por el camino expedito del silencio acobardado. Una buena discusión, un tiempo de exposición abierta y madura, suelen ser elementos que evitan que nos decepcionemos de aquellos con quienes convivimos o pretendemos convivir.

En cuarto lugar, no haga de una decepción determinada una regla universal. No mida a los que vienen después con la misma regla que usó para determinar la ausencia de valores de los que estuvieron antes. Una decepción amorosa no es el final del amor, ni una decepción económica es la tumba de la honradez.

 Y finalmente, si tiene razones para sufrir una decepción, úsela como un elemento de aprendizaje y crecimiento en su propia vida. Como alguien dijo: “si le tiran un limón, hágase una limonada”.

¿Quién no ha sido, en efecto, víctima de una que otra decepción?. Lo acostumbrado en estos casos, para muchos, es emprender la oscura ruta de un odio irracional. No lo recomendamos. Tome la decepción como una forma de entender con más claridad los resortes del comportamiento humano; reflexione acerca de la nociva intensidad de sus sentimientos negativos, y decida seguir al frente, pensando en que “cuando el diablo cierra un postigo, Dios abre un portón”.

En La Biblia San Pablo hablaba de la decepción que sufrió ante la inesperada traición de Demas, un compañero de milicias que según el Apóstol “prefirió las obras de este mundo”, abandonándolo nada menos que cuando estaba en la cárcel. Jesús expresó su decepción ante el beso traidor de Judas y Marta se quejaba decepcionada de que su hermana no la ayudaba en sus labores domésticas; pero fijémonos en que la decepción de Pablo no mutiló su concepción del apostolado; la traición de que fue víctima Jesús no quebrantó su fe en la humanidad y que la desavenencia entre Marta y María no clausuró la convivencia doméstica.

¿Cuál es la moraleja? Pues que donde hay amor abundante las decepciones se desvanecen. En la vida tenemos muchas mejores cosas que hacer que echarle carbón a un corazón que fue hecho por Dios para que alojara diamantes.

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