LAGOS Y CAMALEONES EN LOMBARDÍA, AL MARGEN DE UNA VISITA

25 de abril de 2023

Es una evidencia: no hemos podido restablecer aún los hábitos y la manera de vivir que teníamos antes de la pandemia del COVID 19. Es así que, tratando en mi caso de instalarlos nuevamente, vale decir yendo hacia una manera de vivir como la que acostumbrábamos, acabo de pasar doce días repartidos entre Milán y la región de los lagos que le quedan al norte, en abanico del Maggiori al oeste al di Garda al este. Señalo que esta región, industrialmente la más importante del país, fue en su momento la más golpeada por el virus chino. Los reflejos sanitarios que se crearon siguen estando presentes, cosa que resulta en un uso de las mascarillas bastante generalizado en contraste con lo poco que se portan desde hace meses aquí en París.

No hablando italiano puedo escribir las impresiones que siguen gracias a haber intercambiado, vaso de chianti en mano, con dos colegas de mi hija y con una cubana, asentados los tres en el área desde hace par de años. Profesores los primeros, dependienta de una tienda la segunda, ya están bien aplatanados y se desenvuelven correctamente en una metrópoli cuyo urbanismo y servicios son de gran calidad. Por mi parte lo aprecié igual, en particular en cuanto a transportes públicos, gastronomía, monumentos y museos.

Llegué interesado en tratar de comprender hasta donde fuese posible, la actualidad política italiana.  Desde mediados del año pasado en Francia y en media Europa las izquierdas observaron con la inquietud sectaria que las caracteriza, la progresión de Georgia Meloni que finalmente se convirtió en Jefa de Gobierno en Octubre. Los medios estaban casi en transe con eso y la han mantenido en la mirilla de sus críticas casi asesinas.  De presidenta de un partido, el Fratelli d’Italia, avanzó paso a paso hasta una posición nacional muy sólida, gracias a una envidiable habilidad a la hora de establecer alianzas.  Al final, con un indiscutible apoyo popular en las urnas, se hizo con una mayoría relativa que la condujo al puesto de Primer Ministro. Nueve meses más tarde la catástrofe que para el país anunciaron sus enemigos no ha tenido lugar y la mujer, apostrofada como neofascista ha ganado galones como estadista y aparentemente para el ave de paso que fui la semana pasada, los milaneses la aceptan por muy romano que sea el acento con el que se expresa la mujer.

Durante mi viaje se produjeron varias llegadas masivas de inmigrantes procedentes de África a las costas italianas. Antes, en febrero había naufragado una patera frente a Cutro, Calabria con el balance terrible de ochenta y ocho muertos, entre ellos treinta menores. La gestión del hecho unida a comentarios desafortunados que le atribuyeron a la Primer Ministro y la presión de los «humanitarios», hicieron pensar a algunos que había aparecido su Talón de Aquiles. Sin embargo, como en los últimos diez meses han llegado a las costas de Italia más de 35 000 clandestinos, cifra impresionante sobre todo sabiéndose que los demás países europeos no asumen la parte del pastel que les toca en la materia, la opinión pública no la sancionó. Sensibilizados con tal realidad, en las elecciones regionales parciales realizadas en febrero los candidatos que corrieron bajo los colores de Giorgia, consiguieron resultados casi de plebiscito, ayudados en ello por la debilidad y la división de sus opositores.

La radicalidad de esta mujer, a quien se le atribuyen simpatías pasadas por las ideas que otrora portó como programa Benito Mussolini, está más en su enfrentamiento al políticamente correcto que en sus actos. Parece ser que existen decenas de ejemplos en tal sentido, pero como no vivo allí, y no constándome me abstengo de enumerarlas. Cito comoquiera su proyecto de reforma al vetusto sistema judicial, así como los planteamientos efectivos esbozados para con una reforma constitucional que implicaría cambiar mutar a un sistema presidencial que reemplazaría al actual, que data del final de la Segunda Guerra Mundial.  En las regiones más importantes de la nación la popularidad de Meloni no ha cesado de incrementarse en los últimos seis meses.

En la acera de enfrente, incluyendo en el seno de los partidos integrantes de su coalición gobernante no hay nadie que pueda hacerle sombra al menos por el momento. En cuanto a la izquierda, la formación atraviesa una crisis de cierta manera similar a la que confronta aquí el histórico Partido Socialista francés. Meloni ha reafirmado que «nada la turba» y que si ha entrado al Palazzo Chigi -la sede gubernamental- es para permanecer en el puesto durante por lo menos cinco años, teniendo como estandartes principales la lucha contra la inmigración clandestina y una indispensable mejoría en materia de seguridad interior. 

En materia de política internacional Italia esta inequívocamente alineada con el resto de Europa en el apoyo que se le da a Ucrania para luchar contra la invasión rusa. Recientemente visitó a Volodymyr Zelensky, casi simultáneamente con Joe Biden. Durante la conferencia de prensa, dada al final de una estancia que duró 24 horas, ratificó su atlantismo y la voluntad de cooperar en todo lo que esté a su alcance en aras de obtener una victoria ante el criminal de Putin. Haciendo y diciendo así, su objetivo programático inicial sigue siendo «cambiar Europa desde adentro», me afirmaron mis interlocutores y en esto coinciden con Marc Lazar, un universitario francés especializado en Italia y su historia. Veremos qué ocurre de ahora a las elecciones europeas que en 2024 replantearán la composición del parlamento de la Unión y de paso el acontecer en Bruselas.

Para condimentar mis apreciaciones y tratar al mismo tiempo de encontrar algún resto tangible de lo que allí se vivió entre 1943 y 1945, me fui a Saló lugar en el cual se asentó la mini-república títere de los fascistas italianos, hasta ser liquidada por los guerrilleros apoyados por el ejército de Estados Unidos. Decepción porque la pequeña villa esta allí, testigo mudo, llena de turistas y tan ajena a las ideas del fascismo como lo es hoy la rubia gobernante que se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para todos los izquierdistas europeos quienes, viendo las barbas del vecino arder, están poniendo las propias en remojo: ¿quién puede pretender aún que la Meloni es un camaleón cambiacasacas?

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