Los libros son puentes de sabiduría que nos unen y nos hermanan. La lectura es ciertamente un grato encuentro con personas distantes que nos alcanzan con la esplendidez de sus mensajes. Desde hace años he venido disfrutando los libros escritos por la Dra. Matilde L. Álvarez y me dedico a comentar su obra, titulada “Pedazos de mi Corazón”, en la que encadena de forma magistral una sugestiva variedad de poesía y prosa.
Empieza la autora hablándonos de los secretos del mar y nos lleva con su pluma a Cuba, su patria y la nuestra. Sus palabras nos emocionan: “vuelvo a soñar con mi tierra sin cesar, huelo a jazmines y a gardenias, oigo a canarios cantar, camino descalzo por una guardarraya y llego ante un bohío a esconderme para nunca más volver a irme”.… “cierro mis ojos y estoy en mi patria, escucho a los sinsontes cantando… cuando sueño estoy allí en mi patria, y se inunda de alegría mi alma. Voy acariciando su horizonte, oliendo a azahares y gardenias oyendo a los sinsontes felices, cantando sin parar en la mañana”.
Matilde es una mujer cristiana que se ha enfrentado a duras pruebas en la vida y ha sabido mantener erguida su plena confianza en Dios, quien nunca está ausente de sus floridos versos. Citamos, escogido al azar, este cántico de fe: “sería tan fácil el vivir con alegría en el corazón, mirando hacia el cielo en la noche tan llena de estrellas, mirando ese mar azul y acariciando sus cálidas arenas, aspirando el aroma de las flores que tanto nos alegran, mirando las obras del gran amor de Dios que nos rodea. ¡Sería tan fácil!”
Matilde Álvarez nació en La Habana, obtuvo el título de Filosofía y Letras en la Universidad capitalina y en su ya largo exilio ha logrado conquistar varios títulos académicos adicionales. Ha sobresalido de forma impresionante en el campo de la enseñanza. Posteriormente trabajó por 30 años en el Departamento de Salud y Servicios de Rehabilitación, donde llegó a desempeñarse como directora de la División de Entrenamiento. Traicionando su proverbial modestia podemos informar que durante su carrera profesional obtuvo 35 certificados de reconocimiento por sus apreciables logros, y fue honrada con 40 placas de honor por su excepcional desempeño. Todavía la recuerdan con agradecimiento y admiración sus compañeros y alumnos de la Florida International University, St. Thomas, Universidad de Miami, Miami Dade College y otras instituciones donde ejerció su liderazgo.
Otro mérito de Matilde ha sido su encomiable habilidad como conferencista en numerosos campos culturales. A pesar de sus constantes, diversas y numerosas actividades, publicó su primer libro en el mes de junio del año 2012 y éste del que hablamos hoy es el sexto. Confiamos en que desista de sus planes de guardar silencio de hoy en adelante. Tiene todavía mucho que dar y sería una decepción que nos dejara esperando.
Es muy interesante mencionar, aunque no sea totalmente, las diferentes instituciones de las cuales forma parte Matilde. Es miembro sobresaliente de Herencia Cultural Cubana, Comité Ejecutivo de la NACAE (National Association of Cultural American Education), Comité Ejecutivo de la Asociación de Escritores (PEN), Club de Escritores Cubanos en el Exilio y Fundación Padre Valera. Es además, participante y líder de las diferentes Peñas Patrióticas que funcionan en el Exilio.
Nos gusta la forma en que se define Matilde a sí misma: “¿Quién en realidad soy yo? La soñadora de las nubes, y entre los vientos, la que tonta cree en las hadas y en los cuentos, la que quiere ser muy buena siempre, aunque las lágrimas que vierte por ello saben a hiel y traspasan amargos tormentos”. Más trágicamente se confiesa en estos versos: “Soy triste canción, soy triste roca, soy la que llora en la noche negra y pretende sonreír al llegar la aurora. Tengo una infinita carga que me ahoga, necesito valor, ilusión y vida, pero hoy sólo puedo desgarrar en sollozos mi alma”.
En otro capítulo del libro que comentamos, Matilde expresa su estado de ánimo de dramática manera y escribe estas imponentes líneas: “tengo alas para escaparme al cielo, para conversar con las nubes, pues sé que ellas me escuchan cuando les cuento mis penas. Tengo alas en mi corazón, y corren ilusiones por mis venas, y sin embargo tengo mi corazón de tristezas lleno”. Cincuenta y ocho años de feliz matrimonio disfrutó Matilde con su esposo Alberto, quien murió tras una larga y penosa enfermedad. No se ha repuesto Matilde del dolor que la atormenta, pero se sostiene, atadas sus manos a las de Dios. Alberto y ella nunca tuvieron hijos, siempre unidos recorrieron el mundo y disfrutaron de una bendita felicidad. Estos versos siempre me han impresionado: “tengo mi corazón lleno de hermosos recuerdos, de las flores que recogí por infinitos senderos, de las nubes con las que compartí todos mis secretos, de las rocas y las arenas donde escondí mis sueños y aunque nadie me entienda creo ser feliz, aunque solo y sé, que solo yo pretendo”.
Expresando su más íntimo sentimiento Matilde escribe estos versos, secretamente empapados en lágrimas: “me dicen ahora que es una pena estar sola, y mis labios callan y no contesto, porque no me siento así, porque no estoy sola. A lo mejor bajo los ojos y al callar solo pienso que sé que están conmigo aquí, los que ya se fueron. Siento a Dios también siempre al lado de ellos. Siento a mis padres y a mi esposo, aquí a mi lado, que no me abandonas jamás para seguir en el sendero que me lleve a mí, junto a Dios y al lado de ellos”.
A lo largo de este extenso exilio que se ha robado los años mejores de nuestra vida siento sobre mis hombros el triste peso de la soledad. Semanalmente, en la página dedicada en nuestro semanario LIBRE para mencionar las defunciones, encuentro la nota luctuosa que me señala la permanente ausencia de alguien que se lleva un tramo importante de nuestra propia vida. Gracias a Dios nunca me falta el consuelo de los que quedan para darme bellas expresiones de amor.
Matilde Álvarez, dama admirable, ha quedado apresada en una dolorosa soledad, y en mi caso ha contribuido a reafirmar mi seguridad en que la muerte no puede separarnos de las personas amadas. Titulé este trabajo La Voz de las Flores pensando en que mis seres amados que han partido al cielo viven perpetuamente en un espléndido jardín que les ha preparado Dios.






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