La vida es un adiós

Written by Libre Online

10 de agosto de 2022

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Al recuerdo humano y musical de la pianista

 y compositora cubana Ela O’Farril, víctima de

envidias y crueles estupideces ideológicas que

reprimieron su creatividad y la alejaron del des-

canso en tierra propia.

El autor.

—Quiero volver a oír la canción —Yolanda pide en voz baja.

— ¡Otra vez…! —Joaquín sonríe y finge asombro. —Vamos a gastar el disco.

—Será la última vez. Ve y pon otra moneda en el traganíquel —ella insiste.

—No tengo suelto —dice con expresión traviesa. A continuación, del vaso de cristal grueso, blanco y sudado, toma un sorbo de bebida.

—Cambia un peso en la barra. ¡Anda chico…!

Joaquín acaricia el rostro femenino. Amplía la sonrisa y vuelve a paladear la mezcla de ron, hielo, Ginger ale y limón.

—Me gusta el sabor de este jaibol —interpone.

—Saben bien, pero son traicioneros. Uno me hace sentir agradable; con dos los pómulos se me entumecen y cuando termino el tercero pierdo la vergüenza —Yolanda confiesa riendo. — ¿Qué pasa con el dichoso disco…?

—Calma; ya voy. —Al tiempo que se incorpora llama al barman. —Nelson, dame un peso en menudo y dos tragos más.

— ¿De lo mismo que están tomando? —el aludido precisa.

—Exacto. Ron y Ginger ale.

Joaquín toma el cambio y camina hasta la vitrola que se yergue al final del local angosto; justo donde la barra de madera barnizada termina. Introduce varias monedas en la ranura del reproductor de música y selecciona la melodía.

— ¿Con bastante limón…? —el barman consulta.

—Correcto —Joaquín asiente y se aproxima al medio del mostrador de superficie pulida.

—Estos van más cargaditos que los primeros —Nelson anuncia con expresión  cómplice. Acto seguido se voltea hacia un recién llegado que se acoda al mueble.

— ¿Qué vas a tomar? —lo interpela con familiaridad.

—Eres todo un caballero —Joaquín lo halaga pero el barman, concentrado en atender al nuevo parroquiano, no responde.

Sosteniendo un vaso en cada mano emprende el regreso. En la terraza del bar-cafetería, Las brisas del Capiro, junto a la única mesa ocupada, Yolanda espera, envuelta en luz de mañana dominical. Un rayo de sol decembrino se filtra a través de las pencas verdes y arqueadas de una areca ornamental, enhiesta en un tinajón aledaño, y curioso, a capricho de la brisa que golpea las hojas de la planta, explora las facciones de la mujer.

Antes que Joaquín salga a la terraza y Nelson termine de escanciar una copa de vino rojo para el bebedor solitario, la vitrola disemina los acordes de un piano triste y, casi al unísono, la voz de giros antojadizos, apegada a la melancolía, de Bola de Nieve, más que cantar, desde el sentimiento, declama: Adiós felicidad/ casi no te conocí…

Coloca los vasos en medio de la mesa. Se sienta en el extremo contrario y suavemente, con la mano derecha, desliza uno en dirección a Yolanda. Alza el suyo y, previo al brindis, dice en broma intencional.

—El segundo; el de los pómulos entumecidos.

Ella ríe quedo. Imita el ademán y entrechocan los cristales.

¡Salud!; por la pasión eterna —exclaman al mismo tiempo.

…pasaste sin mirarme/ sin querer nada de mí…

 (Continuará la semana próxima)

En pausa momentánea paladean las bebidas.

—Es una canción rompe ilusiones —él observa.

— ¿No te gusta…?

—No digo eso. Solo que para el amor es un mal presagio. La mañana es preciosa; el lugar está vacío, como lo preferimos; a no ser por el tipo que toma vino y conversa con Nelson. No me agrada enturbiar estos instantes.

— Habla de realidades. En la vida siempre hay un adiós.

 —Eres muy pesimista. De hecho, lo llevas hasta el orgasmo —Joaquín, no carente de humor espontáneo, exclama.

— ¡Las barbaridades que se te ocurren! Nunca he oído de nadie que llegado al clímax verdadero se ponga melancólico. Aunque —ahora es ella la que, con gracia, asevera —un orgasmo bien logrado hasta llanto provoca.

—Pero de felicidad —él corrige.

—La felicidad puede ser tan letal como la desdicha.

Todo mi esfuerzo fue en vano/ no quisiste estar conmigo…

— Tu esfuerzo, el nuestro, no es en vano. Estamos unidos y siempre voy a querer estar contigo —Joaquín refuta lo que Bola de Nieve canta.

—Pero siempre hay un adiós —Yolanda repite y agrega. —Sobre todo, cuando los años pasan.

—Bueno; indiscutiblemente, lo hay cuando la muerte llega. ¿Por qué hoy, en esta bella y fresca mañana de domingo, muestras rasgos de desilusión…?

Yolanda no responde de inmediato. Gira el rostro a la derecha y posa los ojos en el asfalto de la Carretera Central, poco transitada por lo temprano del día, que cruza frente a la terraza. A ratos, el olor a combustible de algún automóvil o camión renqueante, inoportuna la escena y lastima el olfato. Luego, la mirada vuelve a Joaquín que, del otro lado de la mesa, la observa y con un dedo remueve los cubos de hielo del jaibol.

— ¿A qué viene tanto silencio y mira-mira…?

…y ahora me queda más honda/ esta sensación de vacío…

Ella destapa una expresión que aspira a risueña. Obvia los límites de la figura masculina y su visión salva la estrecha calle lateral, Celestina Quintero, para pegarse a la fachada lateral de la antigua clínica Santa Clara.

 —En ese edificio, que hoy es policlínico, nací —desgrana despacio.

Joaquín la observa curioso y habla con sonsonete fingido.

—No son pocas las veces que me lo has dicho; como también sabes que yo llegué al mundo, y a este pueblo, en la desaparecida clínica del médico Amador Rojas, situada en la que era avenida Carmen Bello, frente al antiguo edificio de Maternidad e Infancia, Lutgarda Morales. — ¿Acabarás de contarme qué te pasa…?

Yolanda ríe sinceramente. Con naturalidad coqueta se lleva el vaso a los labios.

—Tienes razón. Este trago sabe muy bien. Claro; el toque de limón es primordial —enjuicia. —Pasar, en particular, nada me pasa —comienza a responder —lo que sucede es que hoy temprano escuché, antes de salir de casa para encontrarnos, en una emisora de radio extranjera, que la compositora y pianista Ela O’Farril había fallecido en México. Ella es de esta ciudad; al igual que nosotros nació aquí.

— ¿Es de ella, la canción que tanto hemos repetido? —la interrumpe.

—Sí, es una, entre otras, de sus creaciones.

—No lo sabía. Ni siquiera estoy seguro de haber oído su nombre antes y menos que es pilonga*, aunque conozco esa música y letra. ¿Cómo sabes tanto…?

—Los viejos de mi familia mantuvieron amistad con la suya. En casa de los abuelos siempre admiraron sus composiciones. De niña recuerdo haber disfrutado de sus temas, en discos grabados por intérpretes populares de entonces.

Adiós felicidad/ casi no te conocí…

—Murió como todos tenemos que morir. ¿Cuál es el motivo de tu pesadumbre?

—Como la vida se tuerce y se escapa del cauce natural cuando otros, por fuerza, deciden quién eres y qué debes hacer.

—Creo que eso, casi siempre, es inevitable. Tú y yo somos ejemplo —Joaquín dice con seriedad inusitada y apura el trago.

—Llevamos años manteniendo una relación de noviazgo anacrónico que consumió la juventud y golpea en la adultez madura. Fingimos que nada ha cambiado, pero la vida se nos va en ritos de complacencia ajena.

— ¡Oye…!, mejor ordeno el tercer trago para que tires la vergüenza, tantas veces perdida, y disfrutemos. Dentro de un rato la habitación del Hotel Modelo estará disponible. Es nuestro momento semanal. No lo eches a perder  —trata de atajarla.

—Yo no malogro nada —se defiende. —El punto es que por airar pesares íntimos de amor y desamor le mutilaron su mejor ocasión en beneficio de un entorno, adulterado de consignas políticas, que engañosamente aspiraba a la dicha eterna y suprema. Quien la apartó y denigró resultó ser un dogmático resentido e hipócrita educador; auto proclamado dador de bondades inmediatas, que la conocía desde niña y terminó mofándose, a través de ella, del sentir humano. Ela es una congoja de la memoria descontenta que rebota en nosotros y en la  carencia presente de sueños reales.

—Entiendo tu sensibilidad, pero  no podemos cambiar los hechos sin exponernos a consecuencias. No sigas hablando porque vas hacerme sentir mal. Ya es tiempo del tercer trago. ¿Lo ordeno…? —insiste y disgrega.

—Como quieras, pero hoy no voy al hotel.

— ¿Qué dices…?

—Lo que acabas de oír.

—No es para tanto. Ya pagué el cuarto.

—Se perderá el dinero —manifiesta con llaneza.

—Hablas prematuramente. Primero, tómate el tercero y después decidimos —Joaquín argumenta.

Ella inclina la cabeza hacia atrás y ríe con ganas.

—No tengo necesidad de un trago extra, aunque voy a tomarlo, para querer estar juntos y sentirme ligera. De hecho, la verdad cruda de la canción me hace más libre que otras veces.

—Entonces, ¿dónde vamos a amarnos…?

—Quiero hacerlo en el campo, como cuando éramos jóvenes de verdad y no fingíamos tanto. Además, a la felicidad es imposible decirle adiós en medio de la naturaleza.

— ¡Las cosas que se te ocurren…! Me gusta la idea, aunque la ropa dominguera se estruje y llene de olor a monte o sabana. En fin, Paris bien vale una misa ¡Nelson!, repite aquí… sí, lo mismo.

El barman, esta vez, les sirve en la mesa. Cobra la consumición y recibe la propina habitual. Yolanda, al quedar solos, levanta el vaso y brinda.

—Por la pérdida de la vergüenza y la fugacidad de las ilusiones.

—Por el dramatismo cristiano que siempre te acompaña —Joaquín agrega.

…pasaste indiferente/ sin pensar en mi sufrir…

Abandonan la terraza y salen a la calle. En el mostrador del bar el hombre fuma, sigue tomando vino rojo y charla con Nelson. La pareja se aleja, pero Ela O’Farril, en la voz de Bola de Nieve, se obstina en prolongar la despedida… Adiós felicidad/ casi no te conocí…

*Pilonga, o: Se le llama a los nacidos en la ciudad cubana de Santa Clara, en alusión a la centenaria e histórica pila bautismal que por décadas estuvo situada en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen.

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