LA VEJEZ

Written by Rev. Martin Añorga

6 de julio de 2022

“La vejez  no es tan mala cuando consideramos la alternativa”, dijo Maurice Chevalier, y tiene razón. Las personas de “de la tercera edad”  que  todavía andamos por las calles de la ciudad tenemos que agradecer a Dios su bondad al permitirnos ese privilegio. Es, sin embargo, algo interesante que no sepamos exactamente cuando empieza la vejez. Hasta días recientes consideramos que en la edad de la jubilación, los 65 años,  se inicia la vejez, pero debido al progreso de los recursos médicos de la actualidad, hoy día se trabaja hasta los 75 años. Mi punto de vista personal es que la vejez empieza cuando empezamos a sentirnos viejos. Me gusta la reflexión de Charles Augusto Sante cuando escribió estas palabras: “envejecer es todavía el único medio para vivir mucho más”.

El Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato de la Vejez se celebra el 15 de junio de cada Año, una fecha oficial de las Naciones Unidas (ONU) con el objetivo de concienciar y denunciar el maltrato, el abuso y sufrimiento a los cuales son sometidos muchos ancianos en distintas partes del mundo. Cada año se elige un tema para celebración de este día mundial. En 2022 el tema fue “Combatir el abuso hacia nuestros mayores”. Ciertamente las personas que han logrado llegar a una edad avanzada, en nuestra sociedad actual están sujetos a pruebas inesperadas. Las razones son variadas. Los tamaños de nuestras viviendas se han reducido por los altos precios de los alquileres, en la mayoría de los hogares todos los adultos trabajan y no cabe otra alternativa que dejar el cuidado de los  ancianos en  manos ajenas. Lamentablemente en muchos otros casos hay hijos y familiares que toman decisiones abusivas en medio de la obligación que tienen con las personas de avanzada edad que fueron sus proveedores, guías y respaldo moral. Gabriel García Marques dijo algo que debiéramos tener en cuenta: “Un hombre sabe que se está haciendo viejo porque empieza a parecerse a su padre”. Tal como fueron nuestros padres, si cumplieron con su sagrado deber paterno, así debemos ser nosotros. Las arrugas deben ser indicadores simplemente del sitio donde estuvieron todas las sonrisas. Yo no puedo ser como mi padre era, pero si puedo imitar sus atenciones y precauciones, sus ejemplos y su conducta.

Me preguntó alguien qué pienso yo de los asilos para ancianos y de las casas particulares en las que se abren las puertas para cuidar a los viejitos de nuestra familia. Mi repuesta es que hoy día, en muchas ocasiones, se hace necesario acudir a ese tipo de ayuda disponible. Eso sí, lo que es infame y amoral es dejarlos alejados y abandonados. Cumpliendo con mi labor pastoral he visitado asilos y casas particulares donde se albergan ancianos que por diferentes razones no pueden vivir bajo el mismo techo que sus familiares. Los he visto felices, habladores, sonrientes, limpios y comunicativos. Son los que reciben la visita diaria de familiares y amigos. Al orar con ellos se les ilumina el rostro y dicen un sólido y festivo amén. En otros casos los he visto cubiertos por frazadas, serios, mustios e indiferentes. Son los que tienen la soledad como el único amigo y la tristeza como su única compañía. Tal situación debe ser una de las prioridades en nuestra misión como seres humanos con el corazón dedicado a amar a los necesitados.

¿Tiene la vejez alguna característica de alegría y felicidad?, me preguntó una anciana que visitaba en el hospital. Confieso que no estaba preparado para contestar esa pregunta, pero se me ocurrió decirle que cuando llegamos a cierta edad nuestros recuerdos son la fuente de nuestra alegría. Al llegar a mi oficina se me ocurrió crear “el club de los recuerdos’. Nos reuníamos una vez a la semana el viernes por la tarde. Todos eran personas de más de sesenta años y pasábamos un rato delicioso. Recuerdo la ocasión en que se nos unió Narciso, un joven que nos trajo bombones de regalo. Preguntó por qué no había jóvenes en el grupo, y sonriente le citó Alfredo un pensamiento de cuyo autor no se acordaba: “los viejos desconfiamos de la juventud porque hemos sido jóvenes”.

Algo muy importante en la vida de personas de avanzada edad debiera ser la fe religiosa. Nos damos cuenta de que se nos acortan nuestros caminos y debemos estar preparados para saber a donde vamos. Generalmente decimos que nos vamos al cielo y lo afirmamos sin una fe definida. El que escribe este modesto artículo tiene 95 años de edad. Sé que escasean los espacios del futuro y que nos espera el encuentro con la eternidad; pero no veo el cielo como un montón de nubes y como un descanso personal como el que prometen en los cementerios. No he estado en la altura infinita más allá de las nubes, pero mi fe me conduce a la persona de Jesucristo, que en mi vida me brindó su amor, fue mi consuelo y mi esperanza. Los que lloren mi muerte deben pensar en mi vida renovada y eterna en la santa compañía de Jesús. Termino con estas palabras del salmo 61:4: “Anhelo habitar en tu casa para siempre y refugiarme debajo de tus alas.”

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