La “SIGNORA” y el “BEMBÉ”

Written by Libre Online

23 de mayo de 2023

(Una estampa de Cuba en una revista italiana)

Por Jorge Mañach (1954)

Un cubano nostálgico, que actualmente anda por Italia, ha hecho llegar a La Habana un ejemplar de la revista milanesa Epoca, correspondiente al número del 21 de febrero de 1954. Me dicen que lo ha enviado con indignación, porque el número contiene una crónica, escrita por la Sra. Alba de Céspedes que nuestro compatriota considera deprimente para Cuba, y en particular para los cubanos de color y para Guanabacoa.

Veamos la cosa con calma. Nos lo aconseja, ante todo, el hecho de que la Sra. de Céspedes, sobre ser una dama, es nada menos que nieta de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, e hija, por tanto, del otro cubano ilustre —aunque no glorioso- que pasó con notoria circunspección por embajadas varias y por la presidencia efímera de la República.

El artículo, como cuadra a una revista muy movida y amena, lleva un título captante y subepígrafes que despiertan aún más el apetito. He aquí la traducción:

«EL SEÑOR ES UN MULATO CON CABELLOS DE VIKINGO”

«Así ha representado a Dios un viejo pintor cubano. De este misticismo ingenuo y primitivo están animados los negros de La Habana que periódicamente se reúnen en torno a la estatua de Santa Bárbara para participar en el «bembé», extraña danza nocturna, a la vez religiosa y excitante».

Hasta aquí Ia cosa no es como para escandalizarse. Veamos de qué modo se sustancian esas anticipaciones del título. Por la data vemos que la Sra. de Céspedes escribió su crónica en La Habana y en febrero último. Recordamos, en efecto, haberla conocido aquí, en la Academia de la Historia -exquisita, distraída, ajena…  La crónica nos cuenta de cómo ella, un musicólogo inglés, de paso también por nuestra capital, y un abogado cubano, llamado Tomás y «muy amado de los negros, porque a menudo los defiende en los tribunales sin hacerse pagar», se las arreglaron —gracias a la influencia de este último con un «santero» de La Habana Vieja-para lograr acceso a un «bembé» en Guanabacoa.

Tomás insiste –evidentemente, sin mayor necesidad– en que los forasteros se hagan pasar por turistas, y al inglés le advierte que no hable en su idioma: «Podrían tomarte por un norteamericano. No los quieren…» Tras lo cual el grupo se traslada a La Habana Vieja a diligenciar la influencia del mediador.

No lo encuentran. Su mujer, «una negra vestida de fulgurante raso violeta, que llenaba con la gran mole de su cuerpo todo el espacio entre las hojas entreabiertas», les dice que su marido ha tenido que irse a un velorio. No podían dejar solos a los hermanos del muerto, un suicida, precisamente en la noche de Santa Bárbara: «porque las oraciones ayudan a las almas a desprenderle del cuerpo». Pero bastaba con que los señores se fuesen derechos a Guanabacoa y dijesen que iban de parte de Jesús. «Allí están los mejores tocadores de tambor. Hoy día, aquí en La Habana -añadió con severidad— los bembés caminan a fuerza de discos y de ron».

Mientras habla, los visitantes curiosean el interior de la casa de la santera, llena de clientela morena, incluyendo «una hermana que debe pedir la gracia de tener un hijo varón, como lo ha tenido la amante del marido». «Tenemos que ayudarla con nuestras oraciones», explicó.

Si en la descripción de La Habana Vieja en la alta noche la Sra. de Céspedes cargó la mano (por lo demás, una mano diestra en la nota de sordidez, la de Guanabacoa se le excedió en el primitivismo. Me explico que se hayan irritado algunos amigos de la ilustre villa que han leído el artículo «Guanabacoa –escribe la signora– es un villorrio desolado, a treinta kilómetros de la Habana, donde innúmeras casitas de madera rosadas, amarillas, celestes, habitadas por negros rumorosos, sobrellevan la tristeza que pesa en torno a un tétrico convento español, al edificio de la cárcel de mujeres, a los blancos patios coloniales, enjaulados de altas rejas»…

Ciertamente es de temer que ese apunte con rasgos de aguafuerte no les haya dado a los lectores italianos de Epoca ninguna idea de la Guanabacoa que nosotros amamos —de su vieja grada criolla, de su poética fragancia y sus dejos de noble señorío. Pero a lo mejor es que sólo los cubanos podemos ver eso, por ciertos coeficientes de cultura patria.

Ya estamos en el lugar del bembé. Aquí, naturalmente, es donde más se aguza la malicia literaria de la Sra. de Céspedes y donde se extrema su avidez «color local», de exotismo. Debo reconocer, sin embargo, que su descripción del ambiente y del rito (o lo que sea) no se aparta mucho de lo que solemos leer en nuestras propias revistas cubanas cuando les da por destacar esa nota clandestinamente tradicional… 

Allí están todos los ingredientes: la estancia baja, tenebrosa, cargada de misteriosos efluvios, y en un ángulo de ella, «en lo alto de unos peldaños semicirculares pintados de azul», la estatua (sic) de Santa Bárbara, «con su largo manto escarlata, la espada al cinto, rodeada de cirios y flanqueada por dos estatuitas de ángeles de rostro negro»… Ahí también, por supuesto, la utilería del rito, con caracoles y todo, los ex-votos, y «en la pared, un cromo del Corazón de Jesús y la efigie de la Virgen de la Caridad del Cobre»… Según entran los fieles, se van juntando a los demás, oscilando ya con ellos «en un ritmo lento, siempre igual, incesante».

Los visitantes se identifican (es un decir) al maestro de ceremonias, que los recibe un poco receloso. Tomás explica: «Acompaño a estos turistas italianos. El oficiante duda ante el Inglés rubicundo, y Tomás le asegura que «está aquí por amor a vuestra raza, que algún día veremos triunfar»… «El hombre de la cimitarra -cuenta la signora-agradeció con una inclinación y, volviéndose hacia el que parecía sacerdote, le tranquilizó: «No son blancos; son italianos»…

No cansaré a los lectores reproduciéndoles la versión que la articulista nos da del bembé y de sus crescendo mágico y sensual a la vez «religioso y excitante». Es la versión (escrita, eso sí, con animación y color) a que nos tiene ya muy habituados la mirada literaria ajena, ya se trate del voudou haitiano o de nuestros propios residuos afros. Sobre la exactitud en los detalles, sería don Fernando Ortiz y no yo, el llamado a opinar. La única variante respecto del cliché, en la narración de Alba de Céspedes, es la que se refiere a un mestizo que participa en la ceremonia y a quien describe como disputado por sus dos ancestros, en una tensión a la vez dramática y dionisiaca.

Por fin, entre las evocaciones de Changó, los estremecimientos, delirios y lasitudes consabidas, se agota el bembé. Los visitantes emprenden el regreso a la ciudad. Por el camino se topan con una «neófito» que viene mascullando oraciones, “mezclando el lucumí con el latín del Ave María». Siempre diligente para la explicación del abogado informa que aquello no tiene nada de extraño. Y aquí viene lo del subtítulo de la crónica:

«…  Son muchos los que, cuando el alba pone fin al bembé, asisten a misa antes de ir a su trabajo. Nadie podría convencerles de que eso no sea natural. Soy amigo —añade— de un negro viejo y pobre que pinta. Una vez me vino a ver con aire de triunfo y con un cuadro bajo el brazo: «He tenido una revelación», me dijo; «al fin he visto cómo es Dios». Lo había pintado mulato, con los ojos oblicuos, orientales, y los cabellos rubios de un vikingo. «Añora he comprendido —decía—; estoy en paz con todos y puedo morirme». 

¿Quién llevará la suspicacia al extremo de dudar que esa anécdota sea cierta, o que la signora la recoja con la mejor de las intenciones; pongamos: con una intención profundamente humana, integradora, pacificadora para aquellos espíritus que olvidan que el alma es una, aunque el color sea vario? Este es el sentido que la autora parece querer subrayarnos cuando, para terminar su crónica, pone en boca del cubano Tomás las siguientes palabras:

“Es un pecado que muchos cubanos no comprendan la profunda civilidad que le es natural a 

nuestro país. Si mañana usted cuenta que asistió a un bembé, se lo reprocharán escandalizados, protestando que eso no es Cuba. Le dirán que aquí jamás se han permitido las corridas de toros, que pronto serán prohibidas las peleas de gallos; que éste es un país civilizado, civilizadísimo. Y, para convencerla, le mostrarán orgullosamente los primeros rascacielos, asegurándole que pronto La Habana se parecerá mucho a una gran ciudad norteamericana”.

Con esa nota de sorna termina el artículo la señora de Céspedes.

Para completar la ligera versión que acabo de dar, hay que añadir que está profusamente ilustrado con fotografías. Sólo que las fotos tienen el pequeño inconveniente de que a simple vista se descubre (es decir, descubrimos nosotros) que no son de Cuba, sino de alguna otra Antilla, un poco más primitiva.

Quiero creer que de eso no sea responsable la autora, sino la revista, y lo precario de su archivo. Pero no deja de contrariarnos un poco el que se nos atribuyan esas mujeres con sombreros elementales de paja en un mercado cuya fisonomía no reconocemos, o esos otros “indígenas” (así dice el pie de grabado) que regresan del bembé por un camino selvático, llevando en la cabeza como unas canastas enormes que aquí jamás hemos visto.

Por lo que hace el artículo mismo, no le vamos a dar la razón a ese amigo cubano figurado de la señora de Céspedes; no nos vamos a indignar. Sin perder la serenidad ni el sentido del humor; sin ponernos aldeanos, que es mal modo de defenderse cuando lo presentan a uno como tal; sin rozar a la dama “ni con el pétalo de una rosa”, como pedía el poeta; sin poner tampoco en tela de juicio su patriotismo que hereditariamente puede quedarle a la signora de Céspedes por ser nieta de quien es; en fin sin olvidar que, al fin y al cabo, la literatura es siempre literatura y que las crónicas exóticas siempre tienen sus exigencias de simplificación colorista, sobre todo cuando se destinan a un  público popular y distante –sin desatender todo eso, podemos decirle a la autora unas cuantas cosas corteses y útiles.

Por ejemplo, estas: Que su amigo Tomás como cicerone y hasta como cubano anda un poco despistado. En lo primero es de los que muestran a los turistas lo más desusado para estos, dándoles la impresión de que es lo más familiar para nosotros. En lo segundo no vemos de qué “profunda civilitá” cubana pueden ser testimonio estos ritos afros interesantes, sin duda, desde un punto de vista antropológico, psicológico y hasta estético, pero residuos al cabo de un primitivismo social y religioso ya muy marginado y que la inmensa mayoría de nuestros cubanos cultos de color repudian. 

Que no tenemos nuestro orgullo cifrado en conatos de rascacielos, ni nuestra aspiración en parecernos a ninguna gran ciudad norteamericana, sino que más bien nos enorgullece la pujanza de ideas y de alma con que salimos de una colonia oscura (donde sí había corridas de toros) para crear por la superación de blancos y negros, una república briosa y ávida de progreso y de personalidad. Y que eso sería lo que más valdría la pena que la nieta de Céspedes le mostrase a su público italiano, para la cual no tendría dificultad en hallar fotografías verdaderamente documentales.

Dicho eso, nos ponemos muy cumplidamente a los pies de la signora.

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