La resignación

Written by Rev. Martin Añorga

9 de julio de 2024

Estaba sentado frente a mí, dubitativo y silencioso. De pronto me miró con tristeza y dijo despaciosamente: “¡Estoy resignado!”. No me dio tiempo a contestarle, y repitió con más fuerza: “¡Resignado a todo, a morirme; a romper con la sociedad y a tragarme la humillación de haber perdido cobardemente a Cuba!”.

Mi amigo, cuyo nombre omito por elemental cortesía, es un anciano que vive solo. Está físicamente impedido y sin familia que le auxilie. Las sombras son su compañía, y los recuerdos, algunos gratos y otros punzantes, son su manera de gastar el tiempo.

La palabra resignación tiene sabor amargo y color de luto. Me dio vueltas en la cabeza y me hizo ver la vida con palidez de  muerte. Ciertamente a muchos de los que salimos de Cuba hace más de medio siglo y vemos que se nos acerca el final, se nos doblega el espíritu con un hosco sentimiento de resignación.

El diccionario define la resignación como “la aceptación de lo inevitable con conformidad, paciencia y tolerancia”. Una mejor definición, cáustica y severa, la ofreció Honorato de Balzac cuando dijo que “la resignación es un suicidio cotidiano”.

Resignación es renunciar. Desde varios puntos de vista la renuncia es una deserción; pero también es  terminar una responsabilidad con la que  nos hemos sentido comprometidos; llegar a un tramo del camino y detener los pasos, porque la meta se ha cumplido y el descanso es el premio.

Esforzada es la tarea de desafiar a los resignados, los que ya no ven soluciones y carecen de motivaciones, los que creen que han cubierto su expediente y han clausurado sus entusiasmos. La vida de cada persona es un pequeño mundo, y  así como en el planeta en el que vivimos hay montañas y valles, en cada ser humano hay cumbres y hay abismos. 

Para los que han visto truncados sus sueños y opacado el horizonte la resignación es el reconocimiento doloroso de que ya no se puede hacer más. Mirar a Cuba desde estas costas después de medio siglo de ausencia y verla tan esclava como la dejamos es motivo de desaliento para los que saben que ya no tienen aporte para soluciones ni esperanzas de resurgimientos. La resignación, por mal que la entendamos, es razonable. No puede criticarse a los que se han cansado en la trayectoria y se sienten sin fuerzas para cambiar un destino que les amenaza. Un sillón en el que nos acomodamos, un libro que leemos a trozos, unos nietos que nos divierten y un silencio interior que se extiende sobre nuestras frustraciones, esa es la vejez. Sin embargo, creemos que para los optimistas y los fuertes de espíritu siempre hay posibilidades. “No permitas que lo que no puedes hacer, interfiera con lo que sí puedes hacer”. dijo J. Wooden, afamado humorista nacido en Indiana en el año 1910, y quien  más de un siglo después sigue teniendo razón.

Los resignados conformes son difíciles de disuadir; pero siempre hay oportunidad para intentar reavivarlos, y en ese esfuerzo voy a invertir el espacio que me queda para cerrar esta columna.

Lo primero es tratar de mirar a nuestra propia vida de manera analítica. Llegar a viejo no significa que todo está terminado. Vivimos en casas que otros hicieron en el pasado y disfrutamos de comodidades que otros, con sus inventos, nos propiciaron en años idos. Los planes y sacrificios de nuestra existencia no tienen que tener como límites nuestra propia vida. Lo que hemos dejado sin terminar es tarea para los que vienen después. Nuestro tiempo no fue perdido, sino invertido. Es una vana ilusión creer que el camino por el que hemos andado termina con nuestros pasos. Vendrán los que seguirán la ruta que ha quedado inconclusa; pero no clausurada. Cuba será libre, y en esa libertad, la veamos o no, van a quedar para siempre, copiando a Churchill, nuestras lágrimas, nuestro sudor y nuestra sangre.

Es bueno considerar que no somos nada más que un breve paréntesis en el largo recorrido de la historia. Cuba tiene su futuro y aunque estemos fuera del mismo, ese futuro es parte de la historia de la que hemos sido autores y testigos. No hemos vivido en vano ni en vano ha sido nuestra lucha. La resignación no cabe en el corazón de los que hemos actuado con limpieza, valentía y esperanza. No es una actitud imperial; pero debemos anidar nuestro orgullo. He estado en muchos funerales, en los que se ha empinado la bandera, se ha cantado el himno y se ha reconocido que con la muerte de los héroes no se extingue el heroísmo.

Yo me siento orgulloso de la amistad que me unió a los que han partido antes que yo, porque ellos han fortalecido con su ejemplo y sacrificio cada paso que he dado en favor de Cuba. Si me resignara al amparo de la abulia estaría cometiendo un acto de traición. Recordemos estas lapidarias palabras de nuestro Apóstol José Martí: “la montaña acaba en pico; en cresta la ola empinada que la tempestad arremolina y echa al cielo; en copa de árbol y en cumbre de montaña ha de acabar la vida humana”. 

Terencio, el novelista romano del primer siglo de nuestra era, dijo algo que es más que un juego de palabras: “cuando no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede”. Estamos de acuerdo en que llega el momento en la vida en que tenemos que ajustar nuestras habilidades ante las diferentes opciones que los tiempos nos traen. En nuestra madurez podemos irnos a la guerra y pelear frontalmente contra nuestros enemigos, cuando llega la ancianidad no tenemos que acogernos a la nostalgia o a la resignación, lo que tenemos que hacer es adoptar un nuevo estilo de rebeldía. Podemos seguir peleando con otro tipo de armas.

Los que somos ancianos tenemos un serio reto ante los que son jóvenes. Yo resiento que haya abuelos que jamás les hayan hablado de Cuba a sus nietos y que haya padres que se resignen ante el hecho de que sus hijos no hablen español ni conozcan elementales detalles de las vidas de sus antecesores. Resignarnos ante la pérdida de nuestra historia es una evasión imperdonable cuando estamos rodeados de personas a las que podemos orientar y enseñar.

Hoy se habla del supuesto final del exilio histórico, pero no enfatizamos el hecho de que es una profanación ser los sepultureros de una generación sin haber trasmitido nuestros valores a los que ocuparán los espacios que vamos dejando vacíos. Resignarse a morir asidos de una bandera sin haber enseñado a nuestros descendientes que la respeten y la defiendan, es deshonrar nuestra lealtad a la patria.

Tenemos que erradicar la resignación. Mientras seamos, estemos y pensemos, nuestro deber para con Cuba y su futuro es ineludible. Me fascina este pensamiento martiano con el que concluimos este trabajo: “es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciemos sin reparo y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra”.

Nuestra vida, que nos parece nuestra, ciertamente pertenece a los que detrás de nosotros vienen a explorar sus caminos. Si nos resignamos, al impedirles el paso, a nuestra vida le quitamos brillo y sentido. No permitamos jamás tal infamia.

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