La Provincia de Matanzas y su evolución (1919)

Written by Libre Online

20 de octubre de 2021

Datos físico-geográficos sobre la provincia de Matanzas. El subsuelo. Una excursión a San Miguel de los Baños

Cultura Cubana. Adolfo Dollero

Las tierras de Matanzas son casi todas fértiles y muy a propósito para la agricultura.

La tierra es roja, negra o mulata. Según Herrera la mulata es la mejor, pero varían las opiniones de los agrónomos en apreciaciones de esta clase.

De acuerdo con la opinión del autor que acabamos de citar, cuando la palma es gruesa, la yagua grande, y abundante y verde la penca, la tierra es muy buena; y mala si la palma crece pobre y amarillenta.

Asimismo la hormiga brava y la iguana son propias de terrenos malos, y por el contrario la hormiga muerde-huye y el camaleón demuestran preferencia para los terrenos fértiles.

La caña de azúcar crece muy lozana en la Provincia de Matanzas, y para este cultivo es más apreciada la tierra vegetal, colorada; la que Humboldt consideraba preñada de capas superficiales de óxidos de hierro descompuestos, mezclados con sílice y arcilla.

En la Provincia de Matanzas el terreno está casi todo desmontado: sin embargo, Esteban Pichardo (que tantos servicios prestó a Cuba con su Geografía y su Historia sobre los Caminos de Cuba) habla del más espeso y elevado bosque de yabas, frijolillos y otros árboles gigantescos, visto por él en el Seborucal del Realengo Pendejeras, cerca de Cárdenas.

Pezuela habla de cómo varían los terrenos de Ceiba Mocha, alternados a veces los de más fondo con los arenosos, y los negros con los colorados.

El clima de Matanzas es aproximadamente el mismo de toda la parte occidental de la isla, aún cuando, hace algunos años, el Alcalde de Santa Ana me asegurara que la temperatura máxima de ese lugar no pasaba de 28 grados centígrados.

A veces los huracanes modifican las condiciones meteorológicas, pero no hacen ya los estragos de antaño, cuando la mayor parte de las casas eran de madera y guano. Los de Octubre de 1844 y 1846 perjudicaron muchísimo a Matanzas, dicen los historiadores, y sin embargo no se detuvo su progreso económico y cultural.

Detalles sobre cultivos y recursos de cada Término Municipal se encontrarán en los capítulos que tratan de las excursiones por la Provincia.

En 1792 Matanzas y su territorio habían aumentado al doble su población, la que sin embargo no pasaba de 6500 habitantes.

La mitad de ellos pertenecían a la raza de color.

En 1860, según  Pezuela la población de la jurisdicción de Matanzas alcanzaba 42152 habitantes y 64385 en 1907. Hoy no debe ser inferior a 70000 habitantes.

La población de toda la Provincia era de: 234524 habitantes en 1861; 259578 en 1877; 202444 en 1899  y 239812 en 1907.  Actualmente alcanzará 280000 habitantes, aproximadamente.

 * * *

Visité las famosas Cuevas de Bellamar.

Para dar de ellas una idea exacta a los que aún no conocen esa maravilla de la naturaleza y del tiempo, siguiendo el ejemplo del historiador madrileño D. Jacobo de la Pezuela,  extractaré los párrafos principales de la descripción que de ellas hace el matancero D Eusebio Guiteras :

“El día 17 de Abril de 1861, extrayendo unos trabajadores piedras para un horno de cal, a uno se le fue la barreta a una especie de pozo; y cuando se quiso conocer la causa de aquel fenómeno, se halló una inmensa cavidad, en que la naturaleza, en silencio y por espacio de siglos, había estado labrando un mundo de maravillas.

“Fortuna fue que tal lote tocara a un hombre como don Manuel Santos Parga, que inmediatamente supo medir la importancia de su tesoro…

“Unas pocas casas construidas para veranear en las playas que corren al Sur de la Bahía de Matanzas, han tomado de poco acá el nombre de Bellamar; y como quiera que en aquella dirección se halla la Cueva del Sr. Parga, ha venido a recibir la misma denominación.

“El Sr- Parga ha dado a la boca de su palacio subterráneo una forma regular, rodeándola de una baranda. (Y así está boy día, con ligeras modificaciones.—N. del A.)

“Penetrase en él  bajando inmediatamente y en dirección del N.E. por una escalera de 24 escalones, guarnecida de seguros pasamanos, y apoyada en un muro artificial. Va ésta a parar a una eminencia interior: que se ha arreglado y rodeado de una cómoda balaustrada para que los viajeros puedan despojarse de aquella parte del vestido que crean les sea molesta recorriendo las galerías, precaución que no es de todo punto necesaria.

“De codos en esta balaustrada ya da uno por bien empleado el viaje, porque desde ella domina el sorprendente espectáculo que presenta la primera cavidad.

“La longitud de este digno vestíbulo que lleva el nombre de “El Templo Gótico ‘’, es de 300 varas con una anchura de más de 80. La altura es asimismo considerable, pero difícil de medir, porque a causa de la eminencia que se alza en el centro, el piso es en extremo irregular. Por esta eminencia, que es de cascajo cubierto de una capa de cristalizaciones, se ha abierto un camino que va siempre serpenteando, hacia abajo.

“Ya por medio de cómodas escaleras, para salvar las pendientes demasiado rápidas, ya por medio de terraplenes o escalones abiertos a pico; ya en fin por un sólido puente provisto de balaustradas, que atraviesa una profundísima grieta, se recorre con comodidad y seguridad el Templo Gótico en toda su extensión”.

“A medida que va bajando el viajero no puede menos que detenerse a contemplar la variedad de objetos que le rodean, alumbrados con bastante profusión de luces fijas. Al frente ve dos oscuras entradas, por donde puede penetrar en lo interior de aquel recinto subterráneo A la derecha se alzan gruesos pilares que sirven de sostén a la alta bóveda, y que recuerdan las soberbias columnas de antiguas catedrales, que debió la arquitectura gótica a las elegantes palmeras o a los robustos troncos de la secular encina. Uno de estos pilares es particularmente digno de llamar la atención: tiene por nombre “El Manto de Colón”, y arranca desde lo más profundo del Templo Gótico. Forman sus estrías magníficos pliegues en que puede ocultarse un hombre, y que van abriéndose a medida que se acercan a la parte superior”.

(Continuará la semana próxima)

“Tiene 20 varas de altura y su ancho varía de 7 varas a dos y media. La piedra es de un blanco brillante con alguna tinta oscura que hace resaltar sus gigantescas proporciones. Al pie del Manto de Colón se ven numerosas piedras de formas caprichosas: algunas parecen hombres postrados en reverente adoración o echados en el suelo envueltos en sus mantas: otras fingen animales también echados, dando todas, en medio de su inmovilidad, vida y animación a la escena.

“En dirección opuesta al Manto de Colón, y a la izquierda del viajero que va bajando, se ve un gran nicho, que sin un gran esfuerzo de la imaginación, puede pasar por el altar de aquel templo; pues del fondo oscuro de la cavidad sale una como cornisa coronada de piedras que parecen imágenes, tales como las presenta en sus toscas proporciones una escultura primitiva. Más abajo del altar se ve también una de estas caprichosas esculturas, como sentada sobre una gran piedra: y por su posición aislada y prominente, así como por su actitud, puede bien caracterizarse como el Guardián de la Cueva.

“Las paredes del Templo Gótico corren en una forma ovalada. La parte opuesta a la que se ha descrito, aparece envuelta en negra oscuridad.

“Las estalactitas y las estalagmitas son el adorno de las cuevas. Las estalactitas son unos conos colgantes o cilíndricos de carbonato de cal, pegados a las bóvedas o paredes de las cavidades subterráneas.

Prodúcelas la filtración, al través de las rocas, de agua cargada de cal. El agua, al desprenderse de la roca primero, y después de la estalactita, va dejando pequeñísimas porciones de la cal que lleva en solución.

“Estas porciones van haciendo con su cristalización, crecer la estalactita: pero como el agua, al desprenderse de ellas gota a gota, conserva todavía alguna parte de cal, resulta naturalmente que cuando las gotas caen al suelo forman aquí otras cristalizaciones. Estas son las que llevan el nombre de estalagmitas.

“Las cuevas de la clase a que pertenece la de Bellamar, se encuentran en terrenos calcáreos. Son diversas las opiniones sobre su formación primitiva.

“Las estalactitas y las estalagmitas que presenta el Templo Gótico, son de dimensiones y formas colosales; y considerando el lento procedimiento de su formación, la primera idea que salta a la imaginación, es el largo espacio de años que la naturaleza ha tardado para poner en el estado actual su espléndida obra.

“Las estalactitas tienen formas más variadas que las estalagmitas. Ya se ha hablado del gran pilar que con el nombre de Manto de Colón, constituye el objeto prominente del Templo Gótico, y se conoce que otros del mismo género pueden formarse con el tiempo por la unión de la estalactita, que va progresando hacia abajo, y la estalagmita que va creciendo hacia arriba. Las estalactitas a veces se mezclan y se confunden de una manera caprichosa, mientras que la estalagmita es un cuerpo compacto y liso que o se eleva tomando la forma cónica o se derrama como cuerpo derretido que se ha dejado enfriar.

“El Manto de Colón es una estalactita ya completa, como otras que se ven en el Templo Gótico: pero la Cueva de Bellamar presenta en otros puntos estalactitas nacientes ya en forma de tubos de cristal, ya a manera de telas delgadas adheridas a las rocas, muy semejantes en el color y apariencia a la pulpa del coco tierno.

“En el Templo Gótico se ve una estalactita formada por una plancha transparente de más de dos varas de ancho y vara y media de alto, que parece una cascada de mármol blanco con el borde inferior simétricamente irregular. Está casi frente a la escalera de entrada: pero las hay todavía de la misma forma, más grandes y hermosas, en otros lugares de la misma Cueva. Fuera del material que las constituye, ningún otro punto hay de contacto entre esta última, y pilares como el Manto de Colón; de modo que el visitador desde luego observa el manantial de belleza que se encierra en tanta y tan grande variedad de formas.

‘’ Las estalactitas cuelgan a veces de las bóvedas en blanquísimas planchas tan delgadas que son transparentes y sonoras, e imitan en sus curvas las orejas de ciertos cuadrúpedos: otras veces sin perder la deslumbrante blancura, cristalizan formando cilindros que se cruzan en todas direcciones, y reflejan la luz como facetas talladas de piedras preciosas. Piezas estalactíticas hay en esta Cueva que asombran por su rareza y recrean por su hermosura: ya ve uno pequeños ángeles o pájaros sostenidos por delgadísimos hilos de cristal; ya menudas cabezas de animales extraños; ya delicadas plumas cuajadas de luciente filigrana, salpicadas de abrillantadas puntas teñidas con los suaves colores de la rosa y la violeta: ya cristales al través de los cuales aparecen dobles los objetos: ya en fin, transparentes dahalias brotando de magníficos cuernos color de oro.

‘’ He dicho que al fondo del Templo Gótico ve el viajero las dos entradas que conducen a otras cavernas interiores. Siguiendo el itinerario de los guías se pasa por la más central a una galería llamada de “la Fuente” por una de purísima agua que en ella se encuentra. Tiene de largo 800 varas, y corre como toda la parte descubierta de la Cueva de Bellamar de O.E. a E.

A la entrada de la Galería de la Fuente, se ven las paredes cubiertas de preciosas cristalizaciones, muchas de ellas de formación reciente.

“En algunos puntos cubren el tosco cascajo como cristales entre algodones: en otros cuelgan de la bóveda formando un cono cubierto de cilindros caprichosamente entrelazados, o se derraman como cascadas. Una de estas últimas, por la simetría de sus bordes, es conocida de los guías con el nombre de La Manteleta.

“A pocos pasos de estas cristalizaciones, se entra en una bóveda de cascajo con hondas cavidades a la izquierda, donde algún día aparecerán nuevas galerías. Los guías llaman esta parte de la galera El Cementerio.

“La fuente que da nombre a la galería está encerrada en una taza que parece del más puro mármol, y sus inmediaciones cuajadas de cristalizaciones, forman el compartimento llamado El Camarín de la India. Tal es la profusión y variedad de sus adornos, y tan menudos son en su mayor parte, que bien puede el Camarín de La India compararse a aquellos que ostenta en sus salones el encantado palacio de la Alhambra.

“Las estalactitas juegan por la bóveda con todo el bello desorden fantástico de los arabescos: ellas dibujan graciosos cortinajes, caen en delgadas columnas, forman bovedillas y guirnaldas y hasta ponen simétricas orlas de cristal a las pesadas moles de las estalagmitas.

“Como para hacer descansar la vista, deslumbrada con las bellezas del Camarín de la India, se presenta luego la naturaleza en toda su desnudez. Pero corto es el trecho: pues llegamos ya a las bellas cristalizaciones que forman el arco a que se ha dado el nombre de La Garganta del Diablo. Aquí por primera vez, y eso muy ligeramente, tiene el viajero que inclinarse: pero antes de hacerlo y pasar adelante, se detendrá a admirar la gran estalactita que está junto al arco de la Garganta del Diablo, y que baja desde la bóveda hasta el suelo, formando pliegues tan regulares que se le ha dado el nombre de El Organo. Cualquiera diría que es una cortina de luciente brocado que se acaba de descorrer para dar entrada al curioso viajero.

“A los pocos pasos que da éste, después de atravesar la Garganta del Diablo, llega a un punto en que las estalactitas son grandes y compactas, de tal manera que se confunden con las estalagmitas. Dos de ellas a la izquierda, y a sólo diez o doce pasos una de otra, son huecas y transparentes, de manera que se les hace producir un bello efecto por medio de luces colocadas en el interior. La primera es una gran plancha horizontal, un tanto convexa, que parece haber despertado tétricas memorias en alguno de los visitadores, que la ha bautizado con el nombre de El Sepulcro.

“La otra despierta menos lúgubres ideas, y es una de las pieza más bellas y raras que se hayan hasta ahora descubierto en la Cueva de Bellamar.

“Llámase La Saya Bordada por la semejanza que tiene con esta parte del traje femenil. Toda ella es lisa y perfectamente torneada: el color es algo amarillento; y la cerca en su base una bellísima orla de gruesas cristalizaciones blancas. La Saya Bordada mide más de una vara de altura, y la orla unas seis pulgadas de ancho.

“Junto al Sepulcro hay una columna pegada a la cual cuelga de la bóveda a modo de lámpara, una hermosa estalactita cónica cubierta de menudas cristalizaciones.

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