LA PATRIÓTICA MISIÓN DE LA IGLESIA EN CUBA

23 de noviembre de 2021

Por Néstor Carbonell Cortina

El 11 de julio pasado, se produjo a lo largo de nuestra isla caribeña el alzamiento cívico y espontáneo de miles de cubanos  demandando LIBERTAD. Este grito no fue un simple estallido de un solo día. Marcó el inicio de una nueva etapa de la lucha  contra el régimen opresor, que bien podría ser la final si todos los sectores del país  la apoyan resueltamente.

Uno de ellos, de suma importancia, representado por obispos, sacerdotes y Hermanas de la Caridad de la Iglesia Católica, fijó  su posición recientemente a favor de los derechos fundamentales de la ciudadanía y en contra de la violencia desatada por el  régimen contra los que pretendían desfilar pacíficamente en noviembre.

A fin de evaluar la trascendencia de esta postura de la Iglesia con perspectiva histórica, el tema central fue las relaciones de la Iglesia con el régimen de Castro y sus repercusiones.

El Dr. Carbonell recibió este comentario de Mons. Eduardo Boza Masvidal, quien asistió a la reunión de entonces: «Ojalá nuestra Iglesia,  dentro y fuera de Cuba, escuche sus recomendaciones finales. Fue un estudio magnífico que usted hizo de nuestra situación en  este doloroso período.»  Y Mons. Agustín Román, quien también estuvo presente, opinó: «Mucho agredecimos a Mons. Octavio  Cisneros que fuera usted quien hiciera la presentación. Gustó mucho a todos y nos sirvió de reflexión en la tarde.»

LIBRE

se honra al presentar a sus lectores esta perspectiva histórica del Dr. Néstor Carbonell Cortina, de gran valor para el momento actual.

El Ejemplo

de Varela

A fin de que la Iglesia emerja de esta lucha fuerte y prestigiosa, haría bien en seguir el ejemplo de valentía y grandeza que nos legó el Padre Félix Varela. Ante el silencio cómplice de muchos bajo los gobiernos absolutistas españoles, se irguió el ínclito presbítero diciendo:  “Debo a mi patria la manifestación de estas verdades, y acaso no es el menor sacrificio que puedo hacer por ella el hablar cuando todos callan, unos por temor y otros porque creen que el silencio puede, si no curar los males, por lo menos disminuirlos…”

Al defender incansablemente los derechos que por naturaleza tienen los seres humanos, Varela fustigó a “los auxiliaries de los déspotas y opresores de los pueblos” por ser “traidores a la patria, traidores a la humanidad, traidores a las luchas, traidores a su misma conciencia.”

La Dominación

Comunista de Cuba

Castro inició su revolución con el apoyo estusiasta de gran parte del pueblo y de la Iglesia.  En los primeros meses, los representantes del episcopado creyeron, en su mayoría, que las extralimitaciones o abusos de poder eran el producto de la improvización y no de un plan siniestro, y que el radicalismo que se manifestaba en los decretos revolucionarios no provenía de Castro, sino de algunos de sus asesores comunistas.  Con el tiempo se dieron cuenta de que estábamos en presencia de un régimen de corte totalitario que aplicaba sistemáticamente las medidas recomendadas por Marx y Lenin para apoderarse de un país.

En un entorno de histeria colectiva y terror difuso, se celebró el 28 de noviembre de 1959, en la Plaza Cívica de La Habana, el Primer Congreso Nacional Católico.  Los organizadores trataron de restarle matiz político al homenaje a la Virgen de la Caridad del Cobre, pero resultó imposible.  Cerca de un millón de personas de todas las capas sociales y regiones del país, ávidas de orientación y de fe, allí se congregaron para reafirmar sus tradiciones cristianas frente al avance comunista que ya se palpaba.  El grito a coro de ¡Caridad!  ¡Caridad!  no fue más que un repudio masivo a la consigna revolucionaria de !Paredón!  !Paredón!

Al día siguiente, en la Asamblea del Apostolado Seglar, el Obispo de Matanzas, Mons. Dr. Alberto Martín Villaverde, planteó la siguiente disyuntiva:

“Que escojan, pues, los pueblos: o el reino de Dios y ser hermanos en justicia y amor, o el reino del materialismo y unos contra otros en la ley del más fuerte. O con Dios en el amor, o contra Dios en el odio. No hay término medio…Hay que definirse totalmente.

 Así lo hizo la Iglesia a los pocos meses. No había otra alternativa digna. Para no ser molestada por el régimen, según la advertencia de Juan Marinello, la Iglesia tenía que “permanecer dentro de los templos adorando sus imágenes.” La humillante postración intramuros implacaba no oir, no ver, no sentir lo que afuera acontecía. Esto era moralmente inaceptable.

La Internacionalización

de la Lucha

Polarizado el país por la visita de Mikoyán a La Habana en febrero de 1960, la protesta de estudiantes católicos y la clausura posterior de la prensa independiente, el gobierno acelera el proceso de comunización e intensifica los actos de hostigamiento contra la Iglesia.   Mons. Pérez Serantes denuncia en una pastoral que el enemigo no está en las puertas, porque en realidad está dentro. Y le sigue el Episcopado con su circular colectiva de 6 de Agosto de 1960, en la que confirma el creciente avance del comunismo en Cuba y se sitúa al lado de la mayoría del pueblo “que es católico y que solo por el engaño o la coacción podría ser conducido a un regimen comunista.”

La suerte estaba echada. Comienza la llegada a Cuba de armas y de técnicos del bloque soviético. Jruschov anuncia que protegería a Cuba con sus misiles en caso de ataque. Estados Unidos, por su parte, alienta la resistencia interna, que va cobrando fuerza, y organiza una brigada de asalto de cubanos anti-comunistas en Guatemala.

Lo que ocurrió después, si no fue un crimen, fue una infamia.  La Casa Blanca decidió no respaldar la operación de Bahía de Cochinos con cobertura aérea, como estaba previsto, condenándola de antemano al fracaso.  Mueren en la contienda valerosos brigadistas, promesas esfumadas de un futuro brillante.  Los alzados en el Escambray son acorralados y exterminados.  Y líderes y activistas de la resistencia, muchos de ellos católicos militantes, son fusilados.  Con sus gritos de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva Cuba Libre!, murieron abrazados a los dos símbolos de la Cuba cristiana y eterna:  la cruz y la bandera.

Castro, envalentonado por los acontecimientos, se quita la careta.  Le restriega a los norteamericanos que está haciendo en sus narices una revolución socialista, y declara posteriormente que es, y será siempre, marxista-leninista.  Sólo quedaba, para consolidar su poder omnímodo, neutralizar y purgar a la única organización independiente que, aunque debilitada, quedaba en pie:  La Iglesia Católica.

 Incita el tirano a las turbas amaestradas para hostigar y agredir al clero y a los feligreses; fuerza el asilo del Cardenal Arteaga en la Embajada de la Argentina; provoca la violenta confrontación durante la procesión de la Caridad el 8 de septiembre de 1961, y ordena la expulsión de 131 sacerdotes en el “Covadonga.”

La Iglesia del Silencio y la Política

de Zacchi

La expansión galopante del imperialismo soviético en las décadas de los 60 y 70 le dió ímpetu y arraigo al mito de la inevitabilidad del triunfo comunista.  Washington y sus aliados trataron de aplacar a Moscú con una política de coexistencia pacífica, distensión y acomodo.  Y la Iglesia, después del Concilio Vaticano II, aconsejó insertarse en el contexto social de los pueblos en desarrollo, evitando la marginación y las divisiones dañinas. 

A raíz de las Conferencias Episcopales Latinoamericanas de Medellín y de Puebla, cobran auge los abanderados de la llamada teología de la liberación, así somo los partidarios de encontrar puntos de coincidencia con el marxismo. 

En Cuba, Mons. César Zacchi, Encargado de Negocios de la Nunciatura Apóstolica, auspicia y promueve el diálogo con el régimen, logrando varias concesiones:  liberación de algunos presos; permisos para que entrara en el país un grupo limitado de sacerdotes, e importación de biblias.  Pero estas exiguas concesiones tuvieron un alto precio:  la convergencia con el régimen, que a veces se tradujo en connivencia.

Mons. Zacchi, en una entrevista concedida al diario Excelsior de México y citada por el P. Ismael Testé en su libro Historia Eclesiástica de Cuba, declara que por su situación diplomática se había transformado “en una especie de voz de la Iglesia ante el gobierno.”  Después añade que, debido a “los gusanos que vivían en Cuba”, el clero tenía “una visión deformada de los procesos revolucionarios.” 

Asimismo, Zacchi puntualiza que el partido comunista en Cuba y sus cuadros “desempeñan una función importante en las tareas concretas del campo social.  No veo inconveniente en que un católico adopte la teoría económica marxista, a los efectos prácticos de una conducta, como cuadro de una revolución.”  Y con respecto a Castro, afirma que “ideológicamente se ha declarado marxista-leninista; pero yo lo considero éticamente cristiano.”

Esta política de contemporización que preconizó Zacchi no impidió que el régimen de Castro creara las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) – verdaderos campos de concentración en los que rindieron jornadas de trabajo forzoso un número considerable de homosexuales, intelectuales disidentes, Testigos de Jehová, y destacados sacerdotes.Tampoco el diálogo y la convergencia evitaron el éxodo conmovedor del Mariel y la intensificación de las actividades militares y subversivas del régimen de Castro, apoyado por Moscú – desde el Cuerno de Africa hasta la Cuenca del Caribe y Tierra del Fuego al sur de Argentina,

La ContraofensivA de Reagan y de

Juan Pablo II

En el campo de la geopolítica, el apaciguamiento del comunismo cesa con la llegada a Washington en 1981 de Ronald Reagan.  Este presidente revive la fe de su país, desmoralizado tras la derrota en Viet Nam, el escándalo de Nixon, y la ineptitud de Carter, e impulsa el rearme material y moral de Estados Unidos para hacerle frente a lo que él llamó “el imperio del mal.”

Convencido de la vulnerabilidad del sistema comunista, Reagan decide estimular las fuerzas latentes de cambio en los países satélites para que dieran al traste con la Cortina de Hierro.  A ese efecto, descarta la tradicional política de contención, que le dejaba la iniciativa a Moscú, y toma la ofensiva con una estrategia multidimensional respecto al bloque soviético, que incluía presiones económicas y comerciales, cese de ayuda tecnológica, guerra psicológica, carrera armamentista y, en el caso de Polonia, desestabilización del régimen y ayuda clandestina al movimiento de Solidaridad.

Coincide, en parte, esta estrategia con la cruzada de Su Santidad Juan Pablo II.  Tras recibir su sagrada investidura en 1978, hace suya la consigna de Cristo “No tengáis miedo”, y se apresta a inspirer la lucha cívica, no bélica, contra el comunismo en Europa del Este. 

Consciente de que el totalitarismo es un sistema brutal de vasallaje y que la libertad es consustancial a la dignidad humana, el Santo Padre decide emprender su jornada liberadora.  Se concentra inicialmente en Polonia, su país de origen y el eslabón más vulnerable de la cadena soviética.  Estremece al país durante su peregrinaje en junio de 1979.  A los gobernantes les advierte en el Palacio Belvedere que la paz sólo puede edificarse sobre la base del respeto a los derechos humanos fundamentales, que incluye el derecho de la nación a ser libre y a crear su propia cultura.

Cruzada en Polonia Contra el Conformismo

Sabía el Santo Padre que, sin una fuerte y sostenida presión popular, no se producirían los cambios necesarios.  Había, pues, que sacudir y vencer el conformismo reinante en el pueblo con la terapia de la verdad y el electroshock espiritual de la fe.

Los regímenes totalitarios, al controlarlo todo, crean en el pueblo un estado de dependencia absoluta. Este es el clima soporífero del conformismo, que es más nocivo que el miedo, porque el miedo es una reacción defensiva que paraliza temporalmente, pero no derrumba.  Mientras que el conformismo, que se traduce en inercia y profunda depressión, es la atonía del espíritu y el desplome de la voluntad.

Inyección de fe fue la que el Santo Padre le impartió a sus compatriotas.  A los jóvenes en Lublín les dijo:  “El mayor peligro…es el hombre que no toma un riesgo y no acepta un reto;  que no escucha sus más hondas convicciones, su verdad interior, sino que sólo desea acomodarse, flotar en el conformismo, moviéndose a la izquierda o a la derecha según sople el viento.”

Esa prédica vivificante, reafirmada y sostenida por el episcopado en Polonia, galvanizó el movimiento de Solidaridad y lo transformó en una fuerza catalizadora que sobrevivió las persecuciones e hizo posible la transición democrática en el país.  La prédica papal llegó también a los disidentes en los demás pueblos de Europa del Este.  Para Havel y otros en Praga, ella fue un acicate moral para deslindar los campos entre la mentira comunista y la verdad que engendró pasión de libertad.

La Intransigencia de Castro y la Reacción de la Iglesia

En Cuba las esperanzas de una apertura fueron prontamente tronchadas por Castro. A pesar de ello, los obispos cubanos rompieron su silencio y publicaron en septiembre de 1993 su carta pastoral “El Amor Todo Lo Espera”, pidiendo “caminos nuevos” para que Cuba pudiese “entrar al tercer milenio como una sociedad justa, libre, próspera y fraternal.”

Castro no sólo fustigó al episcopado y rechazó el diálogo propuesto, sino que desató una nueva ola de represión que culminó en el acoso y encarcelamiento de disidentes, incluyendo los autores de “La Patria es de Todos,” y en los crímenes atroces del remolcador “13 de marzo” y de los pilotos—mártires de Hermanos al Rescate.

El Peregrinaje del Papa a Cuba

El Santo Padre no desistió de su empeño de ir a Cuba. Durante el vuelo a La Habana, el Santo Padre señaló inequívocamente las hondas diferencias que lo separaban del régimen comunista de Castro.  Dijo a los periodistas que lo acompañaban: “La revolución de Cristo es la del amor.  La revolución marxista es la revolución del odio, las venganzas y las víctimas.”

A fin de precisar que la Iglesia estaba en contra de todos los embargos, tanto del interno como del externo, Su Santidad pidió que Cuba se abriera al mundo y que el mundo se abriera a Cuba.  Asimismo, abogó por la reunificación de la familia, la defensa de la vida, el derecho de los padres a la educación de los hijos, la conservación de las raíces cristianas, la solidaridad con los que sufren, y la reconciliación entre todos los cubanos.

Pero lo que tuvo mayor resonancia en su prédica, lo que más conmovió a las almas henchidas, fue su defensa, sin miedo, de la verdad, y su clamor ardiente de libertad. 

Secundando al Santo Padre, con vigorosa elocuencia, el Arzobispo de Santiago de Cuba, Pedro Meurice, condenó los “falsos mesianismos” que han “confundido la Patria con su partido,” y pidió la unión de los cubanos de la isla y del destierro, no como resultado de una regimentada uniformidad, sino como fruto de la más amplia y democrática diversidad. Lamentablemente, el Cardenal Ortega permaneció callado.

El recorrido apoteósico del Papa fue, para el pueblo cautivo y desesperanzado de Cuba, una epifanía de fe y un apostolado de dignidad.  Este apostolado quedó resumido en la vibrante exhortación del Santo Padre a los jóvenes en Camagüey: “…Fuertes por dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, [sean ustedes] valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor, invencibles en la esperanza.”

 Prioridades de la Iglesia

La situación en Cuba está madura para una terapia intensiva de aliento en pro de la libertad.  El régimen de Castro está hoy vacío de ideología, de mística y de credibilidad.  Pero todavía hay muchos cubanos que piensan que nada se puede hacer como no sea sobrevivir o escapar.

La Iglesia puede y debe contribuir a contrarrestar este fatalismo enervante para ir creando la conciencia de una sociedad civil que reclame sus derechos y no se someta abyectamente a los úkases del Estado.  Esta es una alta prioridad que podría canalizarse a través de pastorales, homilías, seminarios, revistas edificantes, como la de Dagoberto Valdés, y pronunciamientos vibrantes como los del Padre José Conrado Rodríguez.

De cara al mundo, la Iglesia haría bien en rebatir los mitos y falacias sobre la educación y la salud pública en Cuba. Y si se opone al supuesto bloqueo externo del embargo estadounidense, debería también condenar el verdadero bloqueo interno impuesto por el régimen totalitario, apoyado for Rusia y China.

El objetivo de la reconciliación y la paz es loable como noble aspiración cristiana, pero debe abordarse con precaución para no hacerle el juego a los que oprimen al país sin enmienda ni arrepentimiento. La verdadera y amplia reconciliación es la que surgirá en una patria libre, y debería afincarse en la justicia, templada por la caridad, a fin de evitar los extremos nefastos de la vendetta y de la impunidad.

Pero el anhelo de una solución pacífica, es decir, sin derramamiento de sangre, no debe llevarnos al pacifismo. Porque hoy en Cuba no hay paz, como no sea la paz del terror o del cementerio.  Lo que rige en la isla cautiva es la violencia institucionalizada.  Ejercer presiones o resistir para que cese ese régimen de oprobio y de fuerza no implica, pues, quebrantar la paz, sino restablecerla bajo un estado de derecho.

Como sentenciara Su Santidad Juan Pablo II en 1984, “la paz no es auténtica si no es fruto de la justicia…  Y una sociedad no es justa ni humana si no respeta los derechos fundamentales de la persona…” Y agrega el Santo Padre: “Por muy paradójico que parezca, el que desea profundamente la paz rechaza toda forma de pacifismo que se reduzca a cobardía o simple mantenimiento de la tranquilidad.  Efectivamente, los que están tentados de imponer su dominio, encontrarán siempre la resistencia de hombres y mujeres inteligentes y valientes, dispuestos a defender la libertad para promover la justicia.”

El Imperativo de la Solidaridad

Finalmente, precisa tocar el tema fundamental de la solidaridad con los que protestan y desafían las arbitrariedades del régimen, con los presos políticos que languidecen en las cárceles, y con todos los que padecen, por su oposición o disidencia, el hostigamiento del régimen.

Cuando la disyuntiva es tiranía o libertad, la Iglesia no puede mantenerse marginada ni adoptar una postura neutral.  Su misión en estos casos ha de ser ayudar a los desvalidos y alentar a los que se sacuden el conformismo y luchan en pro de los derechos humanos y de la democracia con valor y dignidad.

Además de su alta misión pastoral, educativa y humanitaria, la Iglesia tiene una responsalibidad histórica por ser la única organización independiente en la isla. Consiste en orientar y estimular, con el acicate de la fe, las reservas patrióticas del pueblo cubano para ponerle fin a la tiranía, instaurar un estado de derecho basado en la Constitución legítima de 1940, promover la reconciliación anclada en la justicia y la caridad, y emprender la gran tarea de la reconstrucción económica y la regeneración moral.

Romper el presente impasse es tarea ingente, pero no imposible.  La historia tiene sus imponderables, y los regímenes totalitarios, como el actual en Cuba, no son tan sólidos como parecen. 

Levantemos el ánimo, y evocando el recuerdo venerable de Félix Varela e impetrando la bendición de nuestra Virgen de la Caridad, cumplamos nuestro deber como lo quiso el Santo Padre:  “valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor, invencibles en la esperanza.”

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