La Ortodoxia y el testamento político de Chibás

Written by Libre Online

4 de agosto de 2021

Por Francisco Ichaso † (1951)

La obra y el legadode Chibás

El Partido Ortodoxo  es la obra de Chibás, su legado histórico. No importa que otros tuviesen antes la idea ni tampoco la fecha en que el líder desaparecido se incorporó al movimiento. Su figura fue la que imprimió  a éste un sello distinto, una fuerza impar  de proselitismo y agitación.

Las alteraciones que la muerte de Chibás han de producir, están produciendo ya, en el panorama político, no son de las superficiales y transitorias a que siempre da lugar la retirada o el deceso de un guía. A este caso las diferencias no son de grado sino de sustancia. Ante la desaparición de Chibás se recuerdan aquellos versos de Federico García Lorca:

Viva moneda que nunca

Se volverá a repetir.

El jefe ortodoxo poseía virtudes y defectos que eran de él y solo de él y que le permitieron imprimir a los núcleos populares que lo seguían una fe dinámica, un férreo pensamiento dogmático, un estilo peculiar de lucha, un fanatismo político semejante al logrado por los más célebres conductores de masas que han protagonizado el drama histórico universal en los últimos años. A través de Chibás se adhirió una gran parte de Cuba a un modo de ser cívico que se aparta del estricto racionalismo democrático para entrar en el reino de lo intuitivo, de lo emocional, de lo carismático. Este hecho posee extraordinaria relevancia y significación en un pueblo como el nuestro, que es sentimental,  pero no pasional, y que tiende a contemplar con cierto escepticismo, entre irónico y burlón, todas las cuestiones relativas al pro común.

Chibás se propuso hacer una política distinta y lo consiguió. Nuestra política ha manejado tradicionalmente menudos intereses materiales. Sus instrumentos han sido la promesa y la dádiva, el servicio personal y el cargo burocrático. Chibás segregó todos estos elementos de “su” política. En vez de ofrecer recompensas individuales, creó una ilusión colectiva, encendió una fe, sembró una esperanza. Su táctica tuvo la eficacia de su propia sencillez dialéctica: los malos políticos le roban al pueblo para enriquecerse: todas las lacras nacionales tienen su origen en la falta de honradez; es indispensable, por lo tanto, poner las riendas de la República en manos limpias, en hombres que, administrando pulcramente los dineros de la nación, garanticen la prestación de todos aquellos servicios que constituyen la obligación  de un Estado moderno.

Junto al énfasis moral de su prédica, lo ideológico se destaca con menos vigor. Chibás, que no era un improvisador, sino un hombre que estudiaba y meditaba largamente sus actitudes, sabía muy bien que la eficacia de un movimiento estriba en concentrar sobre un solo objetivo muy claro, muy fácil, muy concreto, todas las energías, todos los entusiasmos capaces de ser liberados. Así hizo él con el imperativo moral, su formidable acicate. Y como era austero por temperamento y por convicción y podía presentarse ante sus parciales como el hombre que nada apetece, que nada necesita, como no sea el poder, palanca de Arquímedes para cambiar los rumbos éticos de la República, su palabra fue escuchada y tenida por artículo de fe en vastas zonas de opinión.

Y hubo más. El verbo chibasista traspasó las fronteras sectarias y se desbordó por el ámbito nacional. Su doctrina moral arraigó de tal modo que obligó a todos, incluso a sus propios adversarios, a acatarla en mayor o menor medida. El gran rebelde no llegó al poder; pero obtuvo una victoria que basa para acreditarlo como un reformador de proporciones históricas. Su fiscalización severa, infatigable de las costumbres públicas  sirvió de freno  a muchas demasías, produjo una saludable reacción en los diversos sectores políticos del país.

Los ortodoxos juraron ante su tumba preservarse fieles a esa memoria. Incluso se comprometieron de manera solemne a mantener inquebrantable la línea antipactista que el jefe ido había abrazado con tanto tesón.

La prisa que se dio el Consejo Director Nacional en buscarle sucesor al irremplazable, indica el deseo de evitar que se precipitasen las aspiraciones y comenzase a padecer la disciplina del partido. La persona escogida para precandidato presidencial revela ese mismo anhelo a la vez que implica un triunfo de la línea antipactista y de los núcleos intelectuales, universitarios, apolíticos o geopolíticos que con mayor denuedo la propugnaron.

El doctor Roberto Agramonte, profesor ilustre y un intachable ciudadano. Estaba además encantado con Eddy y últimamente su colaborador más asiduo y de mayor confianza. En su casa se reunía inveteradamente la plana mayor del partido y en ella vivió Chibás a raíz de aquella arriesgada operación quirúrgica a que fue sometido. Por su carácter y su representación, Agramonte es bienquieto en todas las ramas de la Ortodoxia. Su nombre no despierta recelos ni fricciones. Hay que atribuir a estas especiales condiciones la unanimidad con que el organismo antes referido aceptó la propuesta a su favor hecha por Luis Orlando Rodríguez.

El PPC tenía dos caminos seguir siendo un partido distinto un partido Chibasistas sin Chibás o convertirse en un partido como los demás que hoy se mueven en la arena política. La reiteración enfática, solemne, de la táctica antipactista y la selección de Agramonte como candidato presidencial dan a entender que se ha escogido el primero. La Ortodoxia se propone conservar el espíritu y el formato que le imprimió Chibás, su carácter de fuerza moral, de equipo de pelea para la reforma de las costumbres públicas, independiente de los resultados electorales y la conquista del poder.

Acabado de morir el líder, los miembros de su estado mayor consideraron donde debía ser tendido su cadáver. Unos opinaron que en el Capitolio, puesto que se trataba de un senador de la República.  Otros estimaron que en la Universidad, donde había librado sus primeras batallas cívicas. Triunfó esta tesis y el Aula Magna de nuestro primer centro docente albergó durante unas hora sus restos.

Este hecho tuvo una significación simbólica. En el Partido Ortodoxo la tendencia universitaria se sobreponía a la tendencia política. La Universidad es, para las nutridas legiones juveniles que militan en el PPC, un poder del estado más puro y de más jerarquía que los tres ya clásicos de Montesquieu.

Con la selección de Agramonte vuelve la colina universitaria a anotarse un triunfo. Profesores y estudiantes reconquistan a través del Partido del Pueblo Cubano la hegemonía que tuvieron durante una larga y estremecida etapa de la historia cubana.

Claro que las decisiones adoptadas tendrán que ser sometidas primero a la actual asamblea nacional y luego a la que se integre después de la reorganización. Pero el rumbo está trazado en principio. La efigie de Chibás pasará al emblema del partido y su recuerdo seguirá presidiendo a los ortodoxos. Faltar al solemne compromiso contraído ante la tumba del adalid significaría merecer el repudio de la conmovida multitud que acompañó el cadáver de Chibás hasta el cementerio y en cuya fervorosa actitud se reflejaba la adhesión plena a la doctrina y conducta del desaparecido. Faltan nueve meses largos para las elecciones. En ese tiempo pueden cambiar mucho las circunstancias.

Numerosos grupos presionarán a los cuadros dirigentes de la Ortodoxia para la constitución de un frente oposicionista capaz de dar batalla por la presidencia de la República y la mayoría senatorial. Pero nadie querrá vulnerar el juramento prestado. Las promesas a una tumba amarran más que cualesquiera otras. Cabe, pues, presumir que el PPC no cambiará su derrotero ni aún en el caso de que los surveys indiquen que la pérdida de Chibás ha debilitado electoralmente sus filas.

Los partidos que se arrogan una misión moral no pueden aceptar la tesis maquiavélica de que “el fin justifica los medios”. El antipactismo, el triunfo de la línea académica, pone tal vez en riesgo el poder, pero cumple al pie de la letra el testamento político del líder inmolado.

Esbozo para una biografía

Tránsito y permanencia de Chibás

Edificado a golpes de sacrificio  y conmovido sin cesar por la frustración, el pueblo cubano es todavía, en gran medida, un pueblo sin forma propia; una sociedad en busca de su destino; una nación en proyecto.

Eduardo René Chibás, nació al pie del primer tropiezo histórico – 26 de agosto de 1907 – sufrido por la República en su camino de improvisaciones de intentos renovados, de caídas y levantamientos. Acababa de cesar la segunda intervención norteamericana, porque los criollos no podían vivir en paz, ni estando tan fresco el legado de sus héroes. El gobierno inicial de Cuba fue también el primero en dejar a sus sucesores la semilla de la intolerancia, de la terca ambición de perpetuarse en el poder.

Cuando el joven oriental llegó a la Universidad, en 1925, una larga cosecha de decepción nacional había sido la consecuencia de la primera siembra:  3 gobernantes sucesivos habían sido infieles al testamento de Martí, alternando el atropello con el saqueo de los fondos públicos y convirtiendo la Isla en una feria donde los caudillos arrebataban lo que no podían comprar. Y ahora llegaba al poder el general Gerardo Machado, prometiendo liquidar, implacablemente, la traición de los políticos. “Regeneración” era su lema,  si pueblo creyó en él, como se cree siempre lo que más se necesita.

A los veinte años, descubrió su verdadera vocación, la reforma pública, y emprendió el camino que pocos siguen hasta el final; porque al final suele haber abierta una tumba. Pero él no se volvería atrás. Había protestado con anterioridad frente al Palacio Presidencial con otros muchos –estudiantes, obreros y pueblo se unían por primera vez–, porque la histórica huelga de hambre podía matar a Julio Antonio Mella. Más tarde, cuando el Directorio Estudiantil fue expulsado en masa. Chibás se hallaba en París. Al regresar se enteró de que lo habían excluido del ostracismo universitario debido a su ausencia. Exigió ser erradicado como los demás, y lo consiguió.

La lucha contra el machadato solo estaba empezando. Dispersos entre un pueblo aún apático, pequeños círculos rebeldes se agitaban. Poco conocían a la sazón a los dirigentes obreros Enrique Varona y Alfredo López, al intelectual Rubén Martínez Villena. Los nacionalistas Mendieta, Méndez Peñate, Alejandro Vergara… insurgían. Con el último estuvo  cuatro meses preso Chibás en 1929, en la histórica galera trece, del Castillo del Príncipe. Seguidamente, el exilio en Nueva York. Asomaba una nueva generación de expatriados y perseguidos, leal a los fundadores de la República.

En los tres años restantes, basta la caída del déspota, la vida de Chibás osciló –  como la de toda la vanguardia revolucionaria de Cuba –  entre el destierro, la prisión y la conjura cívica. Vuelto a suelo patrio en 1930, para participar en el asalto a los cuarteles, fijado para el 24 de diciembre y fallido, siguió bregando en la clandestinidad, hasta que lo capturó la policía junto con sus padre y el actual Presidente de la República, acusados todos de incubar un atentado terrorista. Juzgados por un tribunal militar, fueron absueltos de la imputación, pero permanecieron encarcelados. Y luego volvió a la emigración forzosa.

De aquella época –tenía 23 años– en una carta procedente de Nueva York, dirigida a su padre, en la que se ve este párrafo profético: “El ser útil es todo mi deseo, no importa a qué sacrificio. Ninguno sería demasiado caro. Si para ser útil hay que sacrificar la vida, el cambio es siempre ventajoso”.

Nada revela mejor la trayectoria rectilínea, abnegada, de Chibás que aplicar estas palabras, como piedra de toque, al curso de su vida. Apena las estampa, retorna a la Isla en una lancha con armas, acompañado de amigos fieles: Justo Carrillo, “Polo” Alvarez, Reinaldo Jordán Morell Romero. “El Inglesito”, escapando por milagro a la vigilancia policial. Y dos décadas más tarde, creyendo que su sacrificio es necesario, se despoja de la vida con la misma decisión que en su juventud.

El poder es la gran prueba para los revolucionarios. Y siempre – la historia en eso no se contradice–  los adalides rebeldes se dividen en dos grupos: uno de ellos mantiene su contacto con el pueblo, prefiriendo seguir el tránsito común; el otro, sigue el atajo de la política inferior, las fórmulas de bufete y camarilla.

Quien conociera íntimamente a Chibás sabía por anticipado que él apoyaría a todo gobierno de raíz popular y lo combatiría apenas se desprendiera del suelo nutricio nacional. Una singularísima indiferencia por los gajes del poder, por las vanidades del mando y la preeminencia   lo  distinguía de la mayoría de sus compañeros. Daba la impresión de sentirse solo entre ellos, de no estar a gusto en las minorías. En cambio, como a todos los que han nacido para líderes, le atraía el magnetismo de las muchedumbres.

Estas dos inclinaciones de su carácter –la repulsión de la política codiciosa y la fidelidad a las mayorías– se fueron acentuando al correr de los años, coincidiendo con las sucesivas crisis de la revolución. Puede asegurarse que todas las conquistas sociales y políticas posteriores a la caída de Machado fueron arrancadas a los gobiernos por la presión popular. Un doble fenómeno se manifiesta a partir del doce de agosto de 1933; casi todos los gobernantes son impopulares, y casi todos ellos tienen que dar su aporte mayor o menor–  a la magna transformación, al surgimiento de la nueva Cuba.

De ahí que el combate a los usufructuarios del poder y las sucesivas campañas por los objetivos pendientes de la revolución fueron paralelos en los últimos años de Chibás, desde que el ambicioso coronel septembrista  reeditara las estampas del machadato: obreros, estudiantes y políticos hacinados en las cárceles, la tortura y la muerte aplicadas a sus opositores, el palmacristi administrado en dosis masivas a los periodistas independientes, los derechos secuestrados, la Universidad mediatizada.

La nueva frustración política halló  a Chibás en su puesto invariable de combate. Volvieron para él los temores de la persecución y las grandes campañas populares. Apenas salió de una prisión de seis meses, con motivo de la huelga de marzo de 1935, fue figura central en el comité pro amnistía de presos políticos y en la gestión de los sectores revolucionarios exigiendo una asamblea constituyente libre y soberana. Por entonces, fundó la Izquierda Revolucionaria en cooperación con Justo Carrillo, “Mongo” Miyar, Ramiro Valdés Daussá, Rafael García Bárcena, Manuel Menéndez Massana, etc. y, posteriormente, la fusionó  con el PRC, interviniendo en la redacción del programa auténtico.

La Convención Constituyente de 1940 fue su primera gran oportunidad parlamentaria. En ella fue el paladín de la autonomía  universitaria, de la libertad de Puerto Rico y de la defensa de Finlandia, invadida por el ejército soviético. La batalla del autenticismo por la consagración de los derechos individuales y la erradicación del militarismo tuvo en él a uno de los más empecinados líderes. De allí salió para la Cámara como representante y líder parlamentario de su partido.

Hasta 1944 se desarrolló la gran comedia demagógica batistiana, donde se mezclaban de modo extravagante las medidas radicales y las reaccionarias: se aupaba a Lázaro Peña, pero se ultimaba a Guieras; se aumentaban los salarios, pero se encarecían los víveres; se pactaba con los amos de los sindicatos, pero se atropellaba a la oposición; se estaba con las democracias, pero se saqueaba el tesoro público. Nadie puso tanto empeño en discutir al batistato como Chibás; y cuando el doctor Grau San Martín retornó al poder, nadie discutía entre sus íntimos que la prédica de Chibás había sido  un factor primordial de la “jornada gloriosa”.

Más no habían terminado las decepciones políticas del pueblo cubano. El tortuoso profesor de Fisiología –secundado brillantemente por algunos de sus discípulos– hizo naufragar la revolución en el pillaje administrativo y el pandillerismo. En las figuras cimeras del gobierno había rencillas políticas.

Fácil le hubiera sido a Chibás acomodarse al desenfreno grausista, participar en el orgía de millones, mendigar al precio del sometimiento el derecho a la sucesión; pero eso no estaba en su carácter. Riqueza, la había tenido y desdeñado; sumisión, nadie podía suponerla en el eterno rebelde; complacencia con la inmoralidad, jamás la sintió. Ni siquiera el poder le interesaba por si  mismo.

Y comenzó la nueva etapa, la última cruzada de su vida. Casi en vísperas de la elección de 1948, los factores más honestos del PRC se desprendieron capitaneados por Chibás. Y cuando la surgente farsa política, consecuencia prevista de la anterior, se puso en escena estaba forjado ya el instrumento para combatirla. El partido debía ser el pueblo; el pueblo debía ser el partido. La esencia de toda su vida la exprimió Chibás íntegramente, por primera vez, en un vehículo bajo su mando.

Luchar contra los males actuales era luchar contra todos los de la República desde sus inicios. Había que volver a empezar. Una docena de épocas frustradas podía resumirse en una. Para cumplir su misión, contaba con tres cosas: un micrófono insobornable, el lema Vergüenza contra Dinero y el Partido del Pueblo.

Hasta ese minuto, las organizaciones políticas de Cuba se habían desarrollado conjugando la hermosura de los programas con la malicia de los procedimientos. Lo que no aparecía en sus plataformas con la malicia de los procedimientos, lo que de daba por supuesto, era lo que, precisamente, faltaba a la hora de la prueba: la moral cívica. Y sobre este punto exclusivo cargó Chibás el acento de su prédica y el sentido de su ejecutoria. Jamás había surgido en la historia de Cuba un partido que bregara en la arena pública repudiando los pactos que no tuvieran por base una común idealidad ciudadana; por primera vez, en el ambiente creado por la cruzada de Chibás, emergía una causa como la 82: un proceso de sanciones judiciales contra políticos enriquecidos en el poder, por primera vez, el jefe de un partido político iba a presidio por combatir los monopolios que esquilman al pueblo.

Y el pueblo, que descubrió en esta acción lo que siempre había echado de menos en las otras, nutrió confiado las filas del PPC, escuchó exclusivamente, los domingo por la noche, la emisión de Chibás; lo premió con montañas de votos en sucesivas elecciones: en 1948, en el ticket nacional en que aparecía su nombre junto al de su compañero Roberto Agramonte y en 1950, llevándolo al Senado en una campaña manejada desde su lecho de enfermo;  y le otorgó en repetidos surveys el lugar cimero entre los presidenciables, a mucha distancia de los demás. Y no solo la democracia cubana lo contaba como su más caracterizado campeón: también los españoles agradecían sus esfuerzos a favor de la república agredida por los bárbaros; y los puertorriqueños sus iniciativas de 25 años por la liberación de la isla mártir; y los peruanos su identificación con Haya de la Torre; y los dominicanos su oposición a Trujillo y los venezolanos su solidaridad bolivariana con Rómulo Gallegos.

Motivo tenía el gobierno para considerarlo su adversario más peligroso. La creciente popularidad de Chibás era el flagrante testimonio de la impopularidad oficial. El régimen lo sabía, y no pocas veces descendió de la misma mansión presidencial el ejemplo de ataque directo al jefe ortodoxo, con desprecio de las obligaciones constitucionales que exigen imparcialidad al Jefe del Estado. Obedientes al índice supremo, una jauría de voceros radiales y articulistas pagados daba al país la sensación de que Chibás  ¡un solo hombre frente a todo un gobierno!

Chibás era el fiscal implacable de la ejecutoria oficial y la amenaza máxima de ruina para todos los planes políticos del régimen, por que la voz del pueblo hablaba por su boca y la plaza pública era una gigantesca caja de resonancia para sus acusaciones.

Ahora – ¡caso milagroso! –  esa voz no existe, pero todas las voces le sirven de eco. Lo que Chibás calla hoy, lo repiten millones. Los cubanos en masa, que lo acompañaron siempre en vida, cerraron filas en torno a su féretro, en la más formidable manifestación fúnebre de su historia; Cuba estuvo unida ese día en torno al símbolo de la vergüenza nacional. Latía en esa identificación popular con el líder desaparecido, pero vivo en las conciencias, el sentido máximo del sacrificio. Tuvo que morir un día el Hombre para ser adorado como Dios. Tuvo que inmolarse Chibás, en un gesto de magnífico desprendimiento, para que todo un pueblo reconociera en él el modelo de lo que deber ser su porvenir.

Eduardo René Chibás y Ribas nació en Santiago de Cuba, en la calle de San Félix esquina Marina, después Hartmann número 656 donde hoy se encuentra un edificio de tres pisos, en el que radica la Escuela del Hogar y otras oficinas, el lunes 26 de agosto de 1907 y fue inscripto en el Juzgado Municipal del Norte, de esta ciudad, el viernes, 27 de septiembre del propio año.

Consta su inscripción en el Acta número 360 folio 476 del Libro 32 de Nacimiento donde aparece inscripto con los nombres de Eduardo René (no Renato, como afirman).

Padres: Eduardo Justo Chibás y Guerra y Gloria de Ribas y Agramonte.

Abuelos paternos: Eduardo Chibás y Noblet y Mercedes Guerra y Giro.

Abuelos maternos: Cayetano de Ribas y Primelles y Luisa Agramonte y Piña.

Testigos de Inscripción: Luis Felipe Ibarra Ortiz y Ricardo Sócrates Perú Esteva.

EDITORIAL DEL 19 DE AGOSTO DE 1951, 2 DIAS DESPUÉS DE SU MUERTE

DUELO NACIONAL  POR LA MUERTE DE EDUARDO R. CHIBÁS

Para el pueblo que había depositado en él sus mayores ilusiones de superación política, la caída súbita de Eduardo Chibás era un duelo nacional.

Al cabo de una batalla tenaz de 10 días, la ciencia médica arriaba sus banderas. Se había hecho cuánto fue posible. Los recursos técnicos de un insuperable equipo de facultativos no habían fallado, tampoco faltó un solo momento de fervor popular en torno al líder ortodoxo. La negación de las multitudes circulaba sin cesar las clínica, daban su sangre, llegaban en masa.

Ante esa ofrenda del cuerpo y el espíritu — una prueba más de la profunda generosidad cubana — la miseria moral, la mezquina ambición, el odio rastrero quedaban superados por el magnánimo sentimiento popular.

Una angustia largamente contenida estalló en la madrugada del jueves 16 cuando se supo, primero en la clínica y luego en el resto del país que Chibás había sucumbido. Varios días antes, otra crisis    había amenazado la vida del paciente, pero los médicos lograron superarla. Ahora, todos los esfuerzos y previsiones habían sido vanos.

Durante los últimos tres días, aunque internado en cámara de oxígeno, el jefe ortodoxo había permanecido relativamente bien. Los médicos, sin embargo, sabían que no había de cursado aún el plazo crítico, — generalmente de 10 a 15 días — dentro del cual puede siempre fallar irreparable mente un organismo afectado por esas heridas.

–Estoy dispuesto a todo: a operar los pulmones hasta el corazón. Este hombre no se me puede morir, dijo el doctor Rodríguez Díaz, pocas horas antes del suceso, a la secretaría de Chibás.

Pero la muerte seguía siendo el gran imponderable, la barrera imprevisible opuesta al paso de la ciencia. Y así llegó la madrugada fatal. Casi a las 12:00 el enfermo llamó a sus médicos. Allí estaban José Bisbé y Pedro Iglesias Betancourt.

–Me duele el vientre, les dijo.

Era un síntoma alarmante. Localizado urgentemente Rodríguez Díaz, se decidió a la intervención quirúrgica. Aunque había en la clínica plasma sanguíneo en abundancia, se requirieron donantes para mayor seguridad. Eran cerca de las dos de la madrugada, pero había como de costumbre público estacionado ante el edificio. Mientras los enfermeros cumplían esa función, los cirujanos rodeaban al herido. Su experiencia le revelaba que existía hemorragia interna y que debía abrirse el abdomen.

Apenas lo hicieron, descubrieron que el derrame superaba a todos sus temores: la sangre fluía inconteniblemente toda cavidad abdominal. Chibás estaba lúcido cuando le administraron el primer litro de plasma. Hablaba serenamente con los médicos: — Ahora me siento mejor…

Pero no era nada el líquido aportado en comparación con el que se perdía. Y otro litro entró en las venas del senador que esta vez dijo:

— Me siento muy débil…

Rodríguez Díaz lo tocó, estaba frío. Segundos después vino el colapso. Era la 1:55 a.m. Todos los dirigentes ortodoxos estaban en la clínica. Algunos trataron de consolar su pena recordando los últimos dichos de Chibás. Horas antes de su última crisis había llamado a Rodríguez Díaz:

— Doctor, quiero que me diga si voy a morir, porque si es así, quiero dar las últimas instrucciones a los jefes ortodoxos…

Todo eso fue dicho con perfecta serenidad, con la presencia de ánimo que jamás le faltó a Eddy en todo el curso de su dolencia; pero el cirujano, entonces confiado, o acaso evitando impresión moral que esa escena pudiera causarle al herido, se mostró optimista. Sin embargo Chibás no perdía de vista la posibilidad de su muerte, y la encaraba con plena conciencia. Prueba de ello era que había dicho a su secretaria “Conchita” Fernández:

— Si me ocurre algo dile a “Millo” que el segundo lunes de septiembre celebren un gran acto de masas en la escuela del Cafetal Los Naranjos, la que tiene el nombre de mi padre. Que se vea que mientras el gobierno tiene abandonadas las escuelas nosotros fundamos una en beneficio de los campesinos…

Otras veces trataba de penetrar hábilmente la cortina de discreción política que lo separaba de la calle:

— ¿Qué dijo la Prensa?

¿Como enfocó el gesto?

Hasta el último instante, el infatigable gladiador había permanecido en tensión. Su mismo atentado era una un combate más; la misma muerte, una lección de desinterés, ejemplo abnegado. Ahora sobraba su más genuino perfil la frase que tantas veces pronunciara: “No soy un ambicioso vulgar de la presidencia”.

Frente a la clínica, la multitud recibió la dolorosa noticia. Hubo un silencio impresionante, consternado. Luego se escucharon lamentos, sollozos, exclamaciones patéticas de hombres y mujeres. Nadie se movió de allí. Por el contrario, afluían — pese a la hora avanzada de la noche — nuevos ciudadanos. Dentro del establecimiento, los familiares y correligionarios de Chibás estuvieron un momento de indecisión. ¿Dónde sería tendido al cadáver? Y de la calle, del pueblo allí congregados, vino el mandato decisivo. Nadie sabe quién lo articuló pero hubo que obedecerlo:       — Que se le tienda en la universidad…

Todos comprendieron su sentido. No, no podría admitirse la farsa de un velorio. El Alma Mater, de dónde partiera 25 años atrás la prodigiosa parábola de Rebeldía y honestidad y que era la vida de Eduardo Chibás, recibiría en su seno, por última vez, a uno de sus mejores hijos. Y allí fue conducido…

Al salir el féretro de la clínica en hombro de los principales dirigentes ortodoxos la multitud pretendió hacerse cargo del transporte. Se impuso la formalidad común y el cadáver fue depositado en el carro fúnebre, pero no cabía dudarlo, el pueblo reclamaba lo que era suyo; pedía el último contacto con quién jamás le había faltado, con quién tantas veces se había lanzado al regazo de las masas, único elemento en el que se sentía a sus anchas.

Luego en la colina histórica — vuelta a sus grandes momentos de gloria y sana rebelión — había una cita unánime, silenciosa, para todo ciudadano. A ella eran fieles los interminables visitantes espontáneos que ascendían la empinada de escalinata Universitaria. Ni la salud, ni la edad, ni la flaqueza física, eran obstáculos para rendir el último tributo al héroe caído. El Alma Mater recibía al pueblo. A nadie se le preguntaba su filiación, su origen, su condición.

Todos iban contemplando uno a uno, en fila inacabable el último semblante de Chibás, ya revestido de esa serenidad ultraterrenal que da la muerte. Allí estába inalterable, sonriente por encima de las pasiones. ¡Pero todavía asomaba una eterna voluntad de lucha en cada ángulo del rostro!

Sólo una clase de hombre no tenía cabida en el Aula Magna, donde la solemne ceremonia tenía lugar: los políticos manchados de uno u otro pelaje, ya fuera en la libra gubernamental  u ostentando un ficticio oposicionismo. Espontáneamente la muchedumbre repelía sin equivocarse –con su soberbio olfato– a todo visitante indeseable.

 Algunas coronas, hipócritamente remitidas por elementos que en vida negaron a Chibás el agua y la sal, fueron destrozadas. Era un bloque humano, transido de fervor idealista, el que aislaba al cadáver de todo roce insincero.

Entretanto, de todos los rincones de la Isla, miles de ciudadanos separaban pasaje para la Capital. Llegaban los telegramas, los teléfonemas, demandando que le aplazaran el enterramiento, porque muchos no llegarían a tiempo al último deber con el Gran Jefe popular. Las provincias orientales querían estar presentes en el supremo instante. Y el sepelio fue aplazado hasta la tarde del viernes.

La Habana ofrecía un impresionante espectáculo a lo largo del jueves. Las estaciones de radio sólo transmitían música sacra. El pensamiento de todos estaba en el Alma Máter. Jamás se había visto una reacción semejante en Cuba. Y era que Chibás había muerto por vergüenza en una época cada vez más necesitada de ella.

ALDABONAZO DE CHIBÁS

A 70 años  de aquella fecha histórica

El domingo día 5 de agosto de 1951, al terminar su semanal transmisión radial por CMQ el líder del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo, Eduardo R. Chibás) cuando nadie podía esperarlo, se hizo un disparo en el epigastrio. La bala pasó casi rozándole la aorta, saliéndole por la espalda tras lesionar superficialmente una vértebra lumbar.

Por fortuna ningún órgano importante fue herido y sólo una porción del intestino delgado y cierta parte del cólon transverso resultaron afectados por el proyectil. El disparo había sido hecho a matar, el estado del líder ortodoxo ha sido y es muy grave.

Segundos antes de tomar la dramática determinación, Chibás había terminado su transmisión radial diciendo que «daría un último aldabonazo, el aldabonazo más fuerte, a la conciencia del pueblo para que despierte». El estampido del disparo, como un lúgubre aldabonazo, puso fin a sus palabras.

Eddy Chibás se dobló sobre la mesa ante la cual se hallaba sentado y su traje blanco comenzó a teñirse de sangre. Un grupo de amigos se apresuró a trasladarle a una clínica. Durante el trayecto aun tuvo conciencia para inclinarse sobre su enorme herida, por la cual se le escapaba la vida, y exclamar: «—¡Qué lástima que no haya sido en el mismo corazón!» Porque él quería que hubiera sido en el mismo corazón; en aquel corazón suyo tan apasionado y vehemente, pero también tan henchido de nobles entusiasmos y de patrióticas preocupaciones.

En un hombre de la personalidad impar de Chibás era de esperar una reacción como la suya del pasado domingo, que lo tiene al borde de la muerte. Persona sin dobleces, entregada a la política con una devoción apasionada, brutalmente sincero en lo de poner al dedo en la llaga de las dolencias nacionales; valiente, entero y honrado a carta cabal, no es de extrañar que un hombre de su temple no vacilara en acudir al supremo sacrificio —al de la propia vida— con tal de sacudir, de estremecer la conciencia de sus compatriotas. El gesto del líder ortodoxo podrá parecernos excesivo a muchos; pero merece nuestro más emocionado respeto. En un medio político como el nuestro, en al que sólo medra el arribista y el audaz; el tahúr, el defalcador y el logrero; donde las más nobles cualidades humanas —la honradez, la caballerosidad, el respeto— son calificados con uno de los más soeces y despectivos calificativos de nuestro léxico popular; en un medio en el que el dinero es todo, y es listo solo el que triunfa, y triunfa aquel que se hace rico de cualquier modo, y cualquier modo resulta válido para hacer fortuna; un hombre de la contextura moral de Eduardo R. Chibás tenía realmente que pegar un aldabonazo fuerte, bien fuerte, para despertar la conciencia no de su pueblo —que ahí está, alerta, siguiendo sus pasos—, sino para sacudir el medio chato, ruin y espeso donde chapotea nuestra política actual.

Y es entonces cuando decide sacrificarse, cuando comprende que es necesario hacer algo excesivo, fuera de toda razón, desmesurado y terrible, para que las conciencias ganadas por la comodidad, por lo desilusión o por el desgano, vibren de nuevo y se aceren para la lucha; para rescatar a Cuba de su molicie desencantada, adobada de burla, y para levantar una patria mejor, más digna y más justa. No vacila un instante, puesto que estima al sacrificio necesario. Son veinticinco años de pelea ininterrumpida las que están detrás de ese último disparo que el domingo retumbó siniestramente en el estudio número tres do CMQ. Son veinticinco años de lucha sin descanso, sin desmayos, sin claudicaciones fundamentales… No son solamente sus estridencias de un momento — a los pícaros hay que hablarles crudamente para que comprendan —, ni sus demagogias circunstancia— donde no hay justicia es necesario crear la fe en ella—, las que han dado a Eduardo Chibás su autoridad indiscutible, su puesto cimera en la política nacional. Sino también  su conducta a lo largo de esos veinticinco años de pelea tenaz, en la que se destaca su honradez, su carácter indomable y su entereza y valor para denunciar virilmente todas las lacras y miserias de nuestro medio político.

Merecedor de la confianza de sus compatriotas, se creyó con suficiente autoridad para denunciar, bajo su palabra, una de tantas nuevas inmoralidades de la actual administración pública, y se enzarzó con noble coraje en esta disputa estéril en lo que era muy difícil, si no imposible, aportar pruebas a sus acusaciones. Su convicción moral — que en otras ocasiones confirmó el tiempo con pruebas materiales — no fue suficiente paro convencer a la opinión pública, desmoralizada por tantos desengaños y extraviada en su sentido moral por tantas concupiscencias.

Sus enemigos aprovecharon la oportunidad para redoblar sus enconados ataques contra él, que se batió solo, casi sin armas. ¿Hubo un momento de vacilación, de desilusión, de cansancio en el vehemente corazón de Chibás? Tal vez él quiso responderse a esta pregunta y darse ánimo para la respuesta, cuando al mirarse la tremenda herida que se había inferido dijo, a uno de los amigos que lo llevaban al Centro Médico Quirúrgico: “—¡Qué lástima que no baya sido en el mismo corazón!”

Ante su cuerpo herido que se debate entre la vida y la muerte cabe preguntarnos qué hubiera sido de la política cubana de estos últimos tiempos de no haber existido una oposición como la  encabezada por el limpio, batallador y honesto líder ortodoxo. Si pese a la esforzada conducta cívica de este hombre, los últimos gobiernos que ha padecido Cuba han hecho lo que hicieron, ¿qué no hubieran hecho de haber faltado en la palestra pública la voz insobornable, acusadora y valiente de Eduardo R. Chibás?

Aún sus propios enemigos irreconciliables — y hay que reconocer que los tiene— se han inclinado con respeto ante el líder caído, si se exceptúan las opiniones de dos señores cuyos nombres no vale la pena citar siquiera. Su conducta se ha hecho merecedora de este respeto general. Porque Chibás podrá ser para unos un loco, para otros un demagogo, para los demás allá un estridente… Pero nadie se ha atrevido hasta la fecha a poner en duda su hombría de bien, su honestidad y su amor a Cuba.

No queremos, en estos momentos de dolor, inferir al líder ortodoxo la ofensa de especular, con fines políticos, con la sangre que él mismo se produjo generosamente. Respeta-mos su gesto y nos emocionamos ante su abnegación. Aunque no nos parezca plausible su dramática determinación que quiso ser definitiva. Porque Cuba necesita a Chibás. Porque su muerte sólo aprovecharía a los pícaros y a los traficantes de nuestra política. Porque Cuba lo quiere vivo, lleno de los arrestos y energías de antes; combativo, impulsivo, implacable, insobornable, estridente…Con todo su corazón vehemente y atormentado, que no le pertenece íntegramente — como para decidir rompérselo de un seco y frío pistoletazo—,  sino que es también de millares y millares de cubanos que en él confían y qué esperan ansiosamente su restablecimiento, para que pueda reanudar aquella transmisión de CMQ que le cortaron por falta de tiempo y que terminó diciendo “daré un último aldabonazo en la conciencia del pueblo para que despierte”.

Y el pueblo estará otra vez allí, despierto, bien despierto, con los ojos húmedos como si acabará de despertar. O como si hubiera llorado mucho. O como si sus ojos, los ojos de todo el pueblo se hubieran cansado de mirar a lo lejos para luego sonreír a la esperanza.

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