LA NOVELA BREVE EN LIBRE

Written by Libre Online

29 de diciembre de 2021

LAS MACUQUINAS DE DON MAXIMINO

(Parte I de XX)

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

AL MISMO ASUNTO

y en fin sonarlas con deleite raro;   todo esto es describir en un soneto   la vida miserable del avaro. Manuel de Zequeira y Arango.

Don Maximino fundó y vivió, hasta su muerte, en un pequeño y remoto pueblo, de la región central, asentado en un valle, rodeado por las grandes y escarpadas elevaciones del Macizo de Guamuhaya. Puertas Abiertas, así se bautizó y nombra el fantasmagórico y abandonado villorrio, en el presente reconstruido con fines turísticos que, a causa de un deslizamiento imprevisto de agua, vegetación, lodo y rocas, por décadas quedó apartado del resto de la Isla y cuyas ruinas fueron localizadas gracias al intrépido aeronauta José Domingo Blineau que, bajo el mandato del gobernador y capitán general del territorio colonial Francisco Dionisio Vives, futuro Conde de Cuba, navegando en su globo aerostático, desde las alturas obtuvo la primera visión del sitio postergado. 

En los días posteriores al desastre, ocurrido durante el reinado español de Carlos II, apodado el Hechizado y siendo gobernador, de La Siempre Fiel Perla del Caribe Antillano, Manuel de Murgía y Mena, campesinos y autoridades de asentamientos distantes trataron, infructuosamente, de vencer los obstáculos naturales y llegar hasta el caserío. No obstante, la poca importancia poblacional; aparente pobreza económica de la comunidad y el temor al merodeo de algunas partidas insumisas de esclavos africanos e indios, taínos y siboneyes, sobrevivientes de tribus diezmadas por el trabajo esclavo de Las Encomiendas que, en territorios aledaños y periféricos, se refugiaban en palenques y cuevas terminaron, ante la perspectiva real de sufrir, a manos de estos grupos rebeldes, ataques súbitos y mortales, con los trabajos de búsqueda y rescate.

 La no concretización del esfuerzo auxiliador dio pábulo a un gran número de historias. Por un tiempo, hasta caer en transitorio olvido generacional, versiones atribuidas, sin sustentación auténtica, a pobladores que, por determinadas circunstancias, salvaron la vida y a negros cimarrones capturados a lo largo de años, narraban, entre otras habladurías, que un hechizo elaborado, entre africanos e indios, a causa del maltrato humano, la extracción exagerada y avariciosa de oro, del lecho de ríos, arroyos y minas, acarreó la calamidad material de Puertas Abiertas y condenó, al purgatorio eterno, a las almas lugareñas. También, se citaba a don Maximino del que se decía era, al momento del desastre, la autoridad suprema del pueblo y descendía del linaje de los conquistadores y colonizadores que, junto a don Diego Velázquez, habían fundado la villa de Baracoa.  

La noticia del avistamiento del aeronauta Blineau, alentó a investigadores, exploradores, aventureros y mercaderes avariciosos a proponer el envío de una expedición exploratoria, ya que Puertas Abiertas, con más de un siglo de sueño, pudiese en sus ruinas guardar algún tipo de fortuna, haciendo el mito real o aportando enseñanzas de índole humanas e históricas.

No obstante, el entusiasmo inicial y contribuciones de capital privado para sustentar el proyecto, los implicados tuvieron que aguardar algún tiempo, debido a que el gobernador, Francisco Dionisio Vives, centraba todo el interés de su mandato colonial en sofocar, sin derramamientos de sangre, la conspiración independentista bautizada con el nombre de: Soles y Rayos de Bolívar.

Y fue pasada la primavera del año 1825 que, siguiendo las indicaciones de Blineau, una expedición variopinta, compuesta por una escuadra de soldados al mando de un joven alférez de infantería, quince negros esclavos, una recua de mulos y burros, cargada con vituallas e instrumentos apropiados; nutrida por individuos de motivaciones e intereses variados, contando a un fraile franciscano, una monja de orden desconocida, físico indescifrable y rostro esquivo. A la postre, la suma total ascendía a cincuenta personas. Los expedicionarios, luego de más de un mes de andar por caminos de maleza enrevesada, cruzar desfiladeros inconvenientes, ríos turbulentos, soportar jornadas de sol implacable, plagas de insectos voraces, aguaceros imprevistos, frío nocturno y asistir al despeñamiento de dos acémilas y la muerte accidental de un viejo mercader, llegaron, un amanecer de niebla húmeda, a la hondonada, encajonada entre cumbres, donde dos construcciones de piedra, en ruinas, daban fe de que allí estuvo Puertas Abiertas. Todo lo demás, a los ojos de los expedicionarios, era desmemoria aparente y verde opresivo.

El agotamiento general era tal que, de cara a la meta, nadie mostró entusiasmo excesivo. Razón por la cual el alférez Gonzalo dispuso abrevar las bestias en un riachuelo cercano, montar campamento provisional, comer algo y distribuir, sin mucho rigor, los puntos de guardia requeridos para descansar hasta el atardecer.

— Mañana comenzaremos el trabajo formal de búsqueda —dijo el Alférez y se recogió bajo la carpa militar que dos esclavos habían dispuesto.

La modorra que se adueñó del vivac no contagió a fray Augusto, sor Eugenia ni al joven Evelio, truhán de agradable presencia y educación mundana que se presentaba como jurista diplomado en Madrid. Los tres, sumando al Alférez, durante las semanas de itinerario, por poseer una educación superior al resto de los expedicionarios, en los momentos de descanso, a la luz del día o junto a las llamas de una hoguera nocturna, compartieron anécdotas y retazos intrascendentes, verdaderos o falsos, de sus vidas. Claro está, sor Eugenia por su género femenino y condición religiosa invariablemente mantuvo seriedad y cuando, no con mucha frecuencia, participaba de las charlas lo hacía con la distancia impersonal y el recato que sus votos para con Dios imponían.

El cura Augusto, en busca de restos humanos insepultos, enterramientos o señales de ceremonias mortuorias, husmeó por los alrededores. La monja, a distancia, como había sucedido desde el inicio de la expedición, tratando de disimular, seguía y observaba a Evelio que, por desconfianza habitual e instinto aventurero, no era ajeno al interés y escrutinio astuto al que sor Eugenia lo sometía. En ocasiones, se le ocurrió pensar que era extraño ver a una religiosa católica acompañando a una empresa de esa magnitud: Por lo regular las monjas están en los conventos y, no siempre, asisten a enfermos en instituciones y hospitales dependientes de órdenes eclesiásticas, más de una vez el joven caviló, para terminar con una especulación sarcástica y arriesgada: Esta, en el fondo, tiene de monja lo que yo tengo de santo.

(Continuará la semana próxima)

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