LA NOVELA BREVE EN LIBRE. “La China” (III de III) Final

Written by Libre Online

15 de diciembre de 2021

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Al amigo escritor Rollando Morelli, por su

insistencia para que yo escribiera esta historia real.

Después, me ligué con un grupo que desde el llano ayudaba a las guerrillas del Escambray. No me gustaba el trabajo, pero resultaba bueno para servir a la causa. Así me conociste y así ayudé con los muchachos que se alzaron. No me agrada esa vida —comentó por lo bajo—. Enriqueta —retomó —la dueña del bar, tal vez alertada por Félix Torres o Rolando Cubela, antes de que el gobierno lanzara la Operación 3 P, liquidó el negocio; le vendió el edificio al gobierno y desapareció. Hubo quienes dijeron que se fue para La Habana, otros que para Venezuela. Enriqueta no es el tema —rectificó—.

Dejé la prostitución y gracias a Aquilino conseguí trabajo, aunque mal pagado, como fregadora de botellas en la licorería Cuadrado. Pero, cuando aplicaron la ley de las 3 P, me detuvieron. En los registros policiales estaba registrada como prostituta. Me amenazaron con quitarme a Sebastián y enviarme a trabajar, como reclusa, en plan de reeducación social y política, para la agricultura. Gracias a Dios, pude avisarle a Aquilino. Acompañado por el administrador de la licorería se presentó en la estación de policía. Ellos demostraron que voluntariamente yo había dejado la actividad y era empleada de la fábrica de licores. Es más, Aquilino dijo que teníamos planes para casarnos. Aquilino me salvó —el tono de voz iba más allá del agradecimiento—. Por cierto— acotó—, eliminar de un golpe la prostitución controlada, sanitariamente, trajo por consecuencia el desparramo total. Muchas de las que fueron encarceladas y las que no lo fueron, cuando la efervescencia de las 3 P, comenzaron a putear por la libre, o bajo la tutela oculta de un chulo sobreviviente. ¡No quieras tú saber la epidemia de sífilis y gonorrea que se destapó!

Sebastián seguía con las hormigas y la incertidumbre del momento atropellaba mis ideas.

— ¿Qué piensas hacer? —cesé de mirar a Sebastián y sus hormigas.

—Quedarme en mi casa. Seguir trabajando en la fábrica. Pensar que Aquilino se encuentra bien… son muchas cosas a la vez. ¿Y tú…?

—Es lo mejor que puedes hacer. El Mongo nunca te conoció ni supo de la ubicación del mimeógrafo.

— ¿Y tú…? —insistió.

—El Mongo sí me conoce. Me conoce muy bien.

— ¿Te esconderás, como hizo Aquilino…?

—Es muy probable.

—Quién sabe cuándo volveremos a vernos —dijo sin mirarme—. Cuánto diera por saber de Aquilino. No se me quita de la cabeza.

—Aquilino volverá. Volverá, cuando todo esto sea historia para contar —dije a manera de consuelo.

 Entonces me miró.

— ¿Volverá… volverán todos…? —la pregunta se cargó de angustia.

—Volveremos, aunque sea de una u otra forma —afirmé, carente de convicción.

— ¡Me asustas…!

LA ZAFRA DE 1969

En la primavera de 1969, en preparación de la llamada “zafra de los diez millones de toneladas de azúcar“, el país, en función de la consigna gubernamental: “Todos a la agricultura. Que no quede caña sin limpiar ni caña sin tumbar”, quedó semiparalizado. En aras del objetivo, profesionales, estudiantes, obreros industriales y artesanales, junto a elementos de las fuerzas armadas y reclusos penitenciarios  trabajaron forzados, a lo largo y ancho de la isla. Había que asegurar el éxito de la molienda de 1970. Había que cumplir con el Comandante en Jefe y su contundente aseveración: “¡Los diez millones van; de que van van!”.

Por entonces, acusado de delitos “contrarrevolucionarios“ yo guardaba prisión en la provincia de Las Villas. A inicios de aquel año un nutrido grupo de reclusos políticos fuimos trasladados a un lugar, no lejos de Santa Clara, llamado Cardoso. Allí, a principios del siglo XX se encontraba en pleno auge productivo el ingenio San Cristóbal, propiedad del terrateniente Juan Cardoso. Sin embargo, entre 1922-1925, arrastrado por el derrumbe del precio mundial del azúcar, Cuba sufrió una severa crisis económica bautizada, popularmente, como: “La época de las vacas flacas”. La debacle azucarero silenció las maquinarias del San Cristóbal y el batey, del esplendor azucarero solo conservaba, aún conserva erguida, para orgullo de los vecinos, “La Torre de Cardoso“, visible desde la carretera que, partiendo de Santa Clara, une a los poblados de Seibabo y  Matagua con  Manicaragua.

Cuentan los ancianos lugareños que en junio de 1920, entre los días 13 y 19, el tenor italiano Enrico Caruso, de gira artística en Cuba, cantó el sábado 17 en el teatro Marta Abreu de Santa Clara. Juan Cardoso en compañía de la esposa asistió al costoso espectáculo. Terminada la función e impresionado por la interpretación logró que le presentasen al tenor. Se comenta que el terrateniente y empresario le cursó una invitación, acompañada por una irresistible suma de dinero, contante y sonante,  para que al día siguiente le visitara en su propiedad.

CARUSO EN SANTA CLARA

 Caruso se sintió tan halagado y recompensado que pospuso su partida para la ciudad de Cienfuegos. Honrando la invitación, el domingo 17 de julio de 1920, luego de disfrutar de un almuerzo espléndido y un poco avispado por unas copas de vino, en horas de la tarde, fumando un puro torcido en Manicaragua, salió al portal de la casona y cantó a capela, a pleno pulmón, O sole mio para regocijo de la familia Cardoso y los vecinos del batey que afuera se aglomeraban.

Bueno, dejando de lado la digresión sobre las historias de Cardoso, su Torre y Caruso, en honor a la verdad, debo decir que la estancia en Cardoso resultó una etapa de hambre, represión y trabajo esclavo.

Los meses de abril y mayo llegaron a Cardoso, y zonas aledañas al macizo montañoso del Escambray, con ímpetu de tormentas diarias. Las madrugadas cuando, en carretas tiradas por tractores, después de un desayuno de agua con azúcar prieta y una rebanada de pan, del espesor de un dedo, partíamos, custodiados por guardias armados, a guataquear los campos de caña para limpiarlos de plantas parasitarias, resultaban de clima fresco y húmedo. Pero, a medida que el sol escalaba, el agua encharcada en los surcos de caña, producto de los aguaceros del día anterior, se calentaba y despedía un vapor que ponía los cuerpos a sudar y  dificultaba la respiración.

Al mediodía, coincidiendo con el raquítico almuerzo, que llegaba en una de las carretas que en la mañana nos había traído el sol, tragado por las nubes, iba desapareciendo. Era la hora en la cual los campesinos asalariados que laboraban para la cooperativa cañera, rehuyendo la lluvia que se avecinaba deponían el trabajo para tomar el almuerzo en sus viviendas y no, a causa de los aguaceros diarios, regresar hasta el día siguiente. Sin embargo, nosotros, los presos políticos, muchas veces terminábamos la magra comida bajo rachas de viento, agua y truenos para enseguida volver, guataca en mano, a entrar al campo de caña, que del calor de la mañana pasaba a ser frío y donde el sudor de la mañana se lavaba en la lluvia que nos ponía a tiritar.

AGOTAMIENTO GENERALIZADO

Imposible olvidar aquella primavera de 1969, por las carencias, malos tratos agudizados y sucesos como la bronquitis que pescó mi compañero de infortunio y guataqueo Orestes Castillo Báez. Castillo, le llamábamos por el apellido, estuvo muy enfermo pero no logró que lo rebajaran del trabajo. Pena causaba verle llegar, un día y otro, a los campos de caña, flaco, demacrado, falto de aliento y debilidad corporal que se acentuaba con los aguaceros puntuales. Por las noches, en el barracón-prisión, su tos cavernosa y jipío respiratorio, a pesar del agotamiento generalizado, causaba desvelos y nos hacía maldecir al régimen, a su “Máximo Líder”, a la “Zafra de los 10 millones” y a la malhadada “Revolución Socialista”.

También, la estación y el año, a despecho de los años transcurridos, me resultan inolvidables ya que, en esa temporada, conocí a Cándido y más tarde a su mujer. Candito, para todos, no recuerdo el apellido, llegó a la granja-reclusorio de Cardoso para ayudar al jefe de la guarnición en las tareas de administración. Candito, contador de una empresa gubernamental, había sido condenado a cinco años de prisión por apropiación y malversación de recursos económicos del estado. Él se proclamaba partidario del régimen y en su defensa, alegaba que purgar su error lo convertía en mejor revolucionario.

Pronto los presos políticos descubrimos que era un oportunista, no del todo dañino, que buscaba el acomodo. La relación de Candito con la guarnición se adecuaba a la fachada de revolucionario  en vías de regeneración. Sin embargo, con los presos políticos, se mostraba afable y dispuesto a resolver cualquier situación, de índole menor, en la cual alguno o varios,  pudiésemos resultar perjudicados. Candito despedía el tufo del clásico habilidoso. Espejo de la frase: “Vive y déjame vivir“.

Amistoso y amante de los deportes, al anochecer, poco antes del recuento nocturno y del toque de silencio, solía relacionarse con los que fumábamos el último cigarro del día, sentados en los bancos rústicos del rancho-cocina-comedor, e intercambiábamos recuerdos y anécdotas. Derivación de las charlas y narraciones, en voz del Mocho, de viejas películas hollywoodenses  resultó que Candito, muy enamorado de su esposa y padre de dos niñas jimaguas, una de esas noches, contó que al ser condenado, por el fraude cometido, llevaba dos años de matrimonio. Dijo que al ser detenido las jimaguas tenían menos de un año de nacidas. Recuerdo que la confesión espontánea, bajo una luz fatigada, puso brillo en sus ojos. Sobrevino un silencio que rompí cuando, también sensibilizado, manifesté que al caer preso, a pocos meses de casado, mi esposa estaba embarazada y que parió una hembra que aún yo no conocía.

Antes de esa noche mi trato con Candito había sido correcto y superficial. No obstante, pienso que por la coincidencia de ser padres que padecían la separación familiar, de manera más frecuente, buscó mi compañía. Él era algunos años mayor que yo. Con familiaridad, de mi parte no concedida, obvió mi nombre y comenzó a llamarme el Estudiante.

Candito, monopolizando las conversaciones que invariablemente desembocaban en lo arrepentido que estaba por la metedura de pata y lo mucho que amaba a su familia, llegaba a ser patético. Siendo justo, admito que había momentos, los menos, que resultaba ocurrente, ingenioso y dicharachero.

¡Claro…! cómo olvidar, cincuenta y tantos años después, el 25 de mayo de 1969. Último domingo del mes y fecha en la que las autoridades penitenciarias concedieron el primer permiso, desde nuestra estadía en Cardoso, para que de ocho de la mañana a dos de la tarde pudiésemos recibir la visita de familiares y la  jaba salvadora con alimentos no perecederos.

Me alegró, luego de meses, reencontrarme con mi esposa aunque sufrí la desilusión, una vez más, de no poder conocer a mi hija. Gabriela me consoló con argumentos contundes: El viaje es incómodo y cargo la jaba. Además la niña es delicada y todas las tardes llueve. No es bueno exponerla a que la caiga un aguacero. Ya la tendrás por el resto de la vida.

INFUSIONES DE ÁNIMO

Comprendí el razonamiento y ávido de información le pregunté por familiares y amistades cercanas. Debo reconocer que regla primordial era, en madres y esposas, infundirnos ánimos y mostrar optimismo, a pesar de sufrimientos y carencias de todo tipo que la existencia diaria, bajo un régimen totalitario e ideológicamente discriminatorio, les imponía.

Gabriela, al tiempo que respondía, señaló lo flaco que estaba e hizo que tragara un pan con carne. Apartados de los demás, en sillas plásticas, nos sentábamos bajo la sombra de un almácigo que crecía dentro del perímetro alambrado del patio-prisión.

— ¡Estudiante, estudiante, mira pa’ca…!

La voz venía del comedor, donde se concentraba la cantidad mayor de reclusos y visitantes. Me incorporé. Candito, de pie, agitaba una mano.

—Arrímate pa’ca y trae a tu mujer que quiero presentarte a la mía…

Gabriela hizo un gesto de fastidio y dijo:

—Saludamos y volvemos aquí. No quiero que la visita se nos vaya hablando con todo el mundo.

 —Saludamos y me lo quito de arriba. Si no vendrá a jeringar.

El comedor sostenido por horcones, carente de paredes y techo de zinc, acomodaba mesas largas de tablas y bancos rústicos, a todo lo largo. Aquel día, rehuyendo el sol de la mañana y posibles lluvias se convertía, para la ocasión, en el sitio idóneo. Voces y risas se mezclaban.

 Sonriendo me tendió la diestra. Se la estreché sin mirar a nadie en particular. Eludía el entrecruce de voces y risas.

— ¡Al fin conozco a tu esposa…! —exclamó y estrechó la mano de Gabriela—. Les presento a la mía —dijo y apuntó para una mujer, sentada cerca de otras personas, en la cual yo no había reparado.

REAPARECE    “LA CHINA”

Puse cara de sonrisa y perseguí el ademán de Candito. La mujer, de rostro achinado, me miraba fijamente. El estómago saltó y perlas de sudor se enquistaron en mi labio superior. ¡Era La China…!

—Caridad Wong Pichardo —se presentó y saludó con un movimiento de manos.

—China, para mí y los amigos —intervino Candito—. ¿No Trajo a la niña…?

—El tiempo está muy malo. Llueve todas las tardes —Gabriela respondió—. ¿Ustedes tienen hijos…?

La China guardaba silencio. Evadíamos conocernos. 

—Dos jimaguas que están preciosas —Candito, fiel a su costumbre, para mi tranquilidad,  acaparaba la conversación.

La China irguió el rostro y aclaró.

—Tengo un hijo de un matrimonio anterior del que enviudé. Se llama Sebastián. En diciembre de este año cumple once años de edad.

— Me reconoce como su padre y lo quiero tanto como a las jimaguas —Candito se ufanó.

—No tengo quejas. Cándido es un gran padre —dijo y me miró en un instante que chispeó de preguntas e impuso, o así lo imaginé, la presencia de Gualberto Aquilino.

Y en el tiempo que compartimos con ellos, no más de cinco minutos, Candito hablaba y hablaba.

SEIS AÑOS TRÁGICOS

 Seis años habían pasado desde las delaciones del Mongo Medina. Fueron seis años que se cargaron de sucesos dolorosos; a veces trágicos. Seis años que dan para toda una vida. Seis años que para mí, en lo que atañe a la China, quedaron suspendidos en el Parque de los Mártires, el pequeño Sebastián y su hilera de hormigas. Seis años que topa con dos de sus protagonistas. Seis años que se cruzan, fugazmente, con el silencio y la discreción que el clandestinaje impone.

Al despedirnos.  La China y Gabriela rozaron sus mejillas. Me tendió la mano. Se la estreché. Nos miramos de frente e intercambiamos un montón de preguntas  silentes. La interrogante de Gualberto Aquilino copó sus pupilas y mis ojos, acallando el parloteo circundante, gritaron: ¡China lo mataron… Gualberto Aquilino murió en 1964, ‘fajao’ a los tiros, en Caibarién…!

Candito a dos días de aquella visita, inesperadamente,  fue trasladado de prisión o puesto en libertad. Entre los presos se rumoró, por decir algo, que había sido un infiltrado. Otros, los más benévolos  dijeron que su constante cacareado arrepentimiento y adhesión al gobierno obró a su favor.

Nunca más, hasta el presente de exilio y lejanía, he vuelto a saber de la China.

FIN

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