La Nochebuena Cubana

Written by Libre Online

19 de diciembre de 2022

Por Eladio secades (1950)

El calendario tiene innumerables e infinitas maneras de darle a la felicidad humana un ritmo monótono. Las grandes tradiciones son grandes monotonías glorificadas por el hombre. 

Ahora acaba de entrar el almanaque en su parte más negra para el empleado que tiene que rendir tributo a la Navidad, al Año Nuevo y al Día de Reyes. 

Por eso en esta época se llenan las tiendas y se vacían los cinematógrafos. Y la criada le dice al cobrador que tiene que volver, porque la señora no está. 

La felicidad de la Nochebuena en el hogar es una extensa fórmula que debe cumplirse estrictamente. Desde el arroz con frijoles que los glotones comen con cierta reserva tendiente a dejarles espacio al lechón, y el membrillo que nadie prueba. El membrillo es un dulce que se hace en Murcia y en la tapa de cuya caja trae casi siempre un paisaje de Venecia. 

Cuando se prepara el menú de Nochebuena, ya se sabe que no será consumido todo.  Pero siempre queremos saciar la vanidad que es poder decirle a los amigos que no faltó nada. Si falta algo,  la omisión nos pondrá sentimentales y nos colocaremos nosotros mismos en una situación de inferioridad con respecto del vecino. 

Abundan las personas que se llenan la boca de oxígeno para decirnos que al entierro del pariente fueron muchos automóviles. Y que de la cena de Nochebuena sobró tanta comida, que no tuvieron que cocinar al día siguiente.  

Al día siguiente de la cena tradicional siempre habrá un alma cándida que nos repita esa tontería de que el lechón sabe mejor que la noche anterior. Descubriendo la parte de vulgar que todos tenemos.  Y que todos creemos que solo tienen los demás.

Los amigos cariñosos que nos invitan a pasar la Nochebuena con su familia no creen que estamos satisfechos y que nos estamos divirtiendo de verdad, hasta que de tanto comer empezamos a asfixiarnos y tenemos que pedir un poco de bicarbonato. Los fabricantes de bicarbonato viven explotando el miedo de los que se arrepienten de haber comido demasiado. 

Tenemos que reírnos fingido cuando esas personas hospitalarias que no sientan a su mesa nos dicen que comamos sinvergüenza como si estuviésemos en nuestra casa. 

Y qué minuto más largo el que vivimos cuando el amigo nos trae el último pedazo de turrón  ¡Que rechazamos jurándole por Dios que ya no nos cabe más!. El turrón de Alicante es el postre de mampostería. Más que de un repostero parece el descubrimiento de un maestro de obras. Como todo lo español, el turrón en motivo de frecuentes discusiones y de rivalidad frecuente. Yo sé de familias que se han desintegrado para siempre porque unos eran partidarios del turrón de Jijona y otros del Alicante. Hay quienes por haber combatido a uno, crean una claudicación comer el otro. 

En toda cena hay un comensal ridículo que para presumir de buena dentadura, saca un ruido grosero triturando el turrón de Alicante. Y otro comensal que cree maravillar a los demás partiendo las nueces de un puñetazo. 

La sidra es uno de los complementos inevitables de la buena cena. Al instante de descorcharla cómo se interrumpe la charla y todos ponemos esa cara que precede al estornudo. Por el estampido aparatoso, es la bebida ideal de los que tienen interés en que los otros se enteren que se están divirtiendo. Por eso la sidra es asturiana, es también el pretexto que utilizan los que quieren sentar cátedra de humildad y nos dicen que prefieren la sidra al champán para lo cual es requisito indispensable no haber tomado nunca champán. La sidra se diferencia de casi todas las otras bebidas en que no se toma siempre. Sino con el apoyo de alguna razón cronológica. Es el beber asociado a las grandes alegrías españolas.

En la cena de Nochebuena se comprueba el delicioso espíritu de cooperación de la familia cubana. La mayoría de esos festines se logran poniendo. Luis el lechón y Pedro los guineos y trayendo José el guanajo que le envió un amigo del campo. Los amigos del campo pagan los favores que les hacemos mandándonos un guanajo que la víspera duerme en los bañadera. 

Siempre hay un pariente que está cesante y que no quiere venir porque ese año no ha podido poner nada. Pero que al cabo lo convencen y viene con la pobre señora muriéndose de pena. 

Estas cenas terminan con las fiestecitas de familia.  En la que por única vez el radio sirve para bailar. Y donde las señoritas de la casa bailan con los invitados,  pisando cáscaras de avellanas. 

En Cuba la Nochebuena, lejos de ser un acto alegre es un acontecimiento refinadamente triste.  Porque la mesa se procede al recuento de la familia y nos acordamos de los seres que han desaparecido.  Y alguien nos humedece los ojos significando lo felices que serían si en ese momento pudieran estar con nosotros. La abuela cruza el cubierto sobre la pechuga de pollo y se pone dramática por sospechar que esa sea la última Navidad que pase con los suyos. Aún que después resulte que pase muchas más. 

Las bodegas son engalanadas con guirnaldas de papel crepé. Igual que la sala cuando hay piñata porque el niño cumplía año.Y el bodeguero, sin ser domingo se viste de domingo, y le da aguinaldo a los buenos clientes. El más justificado de los aguinaldos es el que damos al cartero, que tiene que soportar el peso de tanta frase hecha que llena su bolsa de felicitaciones de los amigos. Lo único que cambia en la postal de Navidad, es la fecha. Y la saliva del sello. La figura de Santa Claus sigue siendo el mismo absurdo de un religioso nacido en Asia menor, canonizado en Italia, adorado en Holanda, nacionalizado en Estados Unidos y que usa la clásica barretina de los catalanes.

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