LA NOCHE DE LAS ESTACAS LARGAS

21 de julio de 2021

Al producirse en Cuba la rebelión del 11.7 cuatro generaciones de cubanos hemos vuelto a integrar mentalmente cuan profunda es la raigambre totalitaria consustancial al sistema de gobierno que desde 1959 ha sido impuesto en la isla.

En la práctica había la impresión de que una continuidad «blanda» había sido hilvanada mediante la coicidencia contranatura de la solidaridad entre familias con una aparente tolerancia gubernamental fruto de una  connivencia mafiosa que ha muchos observadores hizo pensar que tal statu quo se prolongaría tal cual y por lo que resta de siglo. Erraron en ese punto, como también se equivocaron aquellos que viendo manifestantes en las calles intuyeron un pronto desenlace que pondría punto final a 62 años de desgobierno. 

Y ha sido precisamente la llegada de lo inesperado, las protestas,  lo que ha permitido a algunos volver a analizar los fundamentos, al qué y al por qué es una dictadura comunisma, el supremo logro en materia de opresión que Fidel Castro adoptó y adaptó, concretizando a partir del leninismo la lógica totalitaria.

Si la patología psíquica de los hermanos Castro no puede a estas alturas ser puesta en tela de juicio, las razones profundas de lo que ha ocurrido para nosotros los cubanos, hay que buscarlas en lógicas internas inherentes al sistema que copiaron y que mejoraron sobre la marcha, gracias a coyunturas propicias que no escaparon al singular instinto político de Fidel. El castrismo tiene  una identidad, una lógica criminal, que ha servido como núcleo seminal  venido a transformarse en factor de coherencia. Es lo que le ha dado hasta ahora,  y le sigue dando como se ha observado en los últimos días, la capacidad de adaptarse y de comunicar hacia las izquierdas, según vayan variando circunstancialmente medios y perspectivas. Un solo objetivo: conservar el poder ad eternaem, cualquiera que sea el precio humano y material que ello conlleve.

Cuando la semana pasada el régimen cubano lanzó garrote en manos las turbas a la calle lo hizo respondiendo a la misma manera de razonar y actuar que en su momento emplearon los bolcheviques en Kronstadt para exterminar a los marinos rebeldes (1921) y los nazis en Alemania (1934) asesinando a mansalva en las noches de cuchillos largos. Ese comportamiento «de libro» debe ser respetado imperativamente por los opresores so pena de autodestrucción. Es cosa sabida y en el caso de los cubanos existe el agravante de que carecen de un espacio hacia el cual pudieran replegarse táctica u objetivamente. Sus acciones tienen en consecuencia, que ser enmarcadas en el contexto del acorralamiento que existe en un país que cada vez más esta confrontado a su insularidad. Y sabemos que cada vez que a lo largo del largo proceso cubano alguna veleidad ha emergido tímidamente entre la casta dirigente queriendo crear espacios de semilibertad, la afilada cuchilla de una guillotina virtual o real las ha cercenado inmisericordemente.

Lo que se materializa en el comportamiento de los mandamases cubanos, se ha vuelto a ver en los últimos días. El discurso postuló algo que queriendo ser ideología de democracia popular auna en la práctica un mesianismo tomado prestado al Siglo de las Luces (por ejemplo a Russeau y su concepto de «voluntad popular en una nación única e indivisble»); la improvisación sanguinaria de los jacobinos; y un remedo de la acción extremista propugnada por Babeuf antes de ser ejecutado por sus pares.

Si regresar en la historia del pensamiento político puede parecer hoy vano no lo es asociar al castrismo un parentezco directo con los orígenes del totalitarismo. Los valientes que salieron a las calles de pueblos y de ciudades, tanto como quienes a cara descubierta se pronunciaron a través de las redes sociales estaban tan condenados como quienes a comienzos de la década 1960 conspiraron valientemente en Cuba contra el comunismo fidelista entonces incipiente. Curioso destino el de un pueblo asentado sobre una isla pletórica de riquezas que como resultado de ese desgobierno esta condenado a una indigencia supina solo aliviada gracias a la ayuda que recibe de la diáspora y las mercancías que hacia Cuba exporta Estados Unidos.

Mientras en comparación con la década 1950 nuestro planeta, no exento de grandes desigualdades y de categorías poblacionales que aún viven en la pobreza, ha experimentado un progreso técnico-económico sin precedentes en la historia de la Humanidad; si en efecto queda mucho camino por recorrer en materia de solidaridad y de justa repartición de las riquezas, en Cuba forzoso es constatar  que la imposición de criterios tan sectarios como dictatoriales ha entronizado una casta dominante desprestigiada pero apuntalada gracias a cuerpos armados corruptos. A esa estructura no es posible enfrentarse a menos que una ruptura institucional se produjera el seno de los cuerpos militares.

Todos debemos inclinarnos y descubrirnos ante la valentía y la sencillez elemental que impulsó a miles de humildes cubanos al protagonizar un heroico pronunciamiento callejero que con sorpresa ha contemplado el mundo entero. La comunidad internacional debería sopesar la obligación moral de ayudarlos a intentar reconstruir los destinos propios y los del país sin las riendas y las ojeras con las que, cual a un rebaño, pretende pastorearlos la abyecta nomenclatura cubana. Sobre todo esa opinión debe expresarse enérgicamente ante la siniestra evocación del presente que están viviendo todos aquellos que dieron valientemente un paso al frente desafiando a sus cancerberos, viles y repugnantes, los del honor corto y las estacas largas.

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