La Navidad y los Derechos del Hombre

Written by Libre Online

15 de diciembre de 2021

Por Jorge Mañach (1951)

En deber de actualidad, gloria y servidumbre a la vez de todos los que para la prensa periódica escribimos, se me ha solicitado dos temas muy diversos: uno, las Navidades, otro los Derechos del Hombre, declaración que fue formulada en París, el 10 de diciembre de 1948. ¿Será posible sin artificio, satisfacer los dos requerimientos con un solo comentario?

LAS NAVIDADES

Vistas por encima de lo que tienen de mera tradición religiosa y mera costumbre, esto es, con un poco de filosofía, también las Navidades son una consagración digna del hombre. Nos dice la religión cristiana que Jesús vino al mundo a redimirnos; que su nacimiento fue la encarnación de lo divino en lo humano, y por ese medio, la restitución a la criatura de lo que había perdido en el Pecado Original, de la superior dignidad con que Dios la había creado.

Podemos o no tomar esa teología al pie de la letra, según nos plazca, pero lo que es indudablemente cierto, desde un punto de vista histórico, y ello es, que gracias al Cristianismo, el Hombre efectivamente recobró, hace veinte siglos más o menos, su dignidad de persona, el reconocimiento a su favor de un cierto valor intrínseco, superior a la pura cosa, o al mero animal, que los tiempos anteriores nunca se mostraron del todo unánimes en otorgarle.

Antes de Cristo, en efecto, el hombre no valía por ser hombre. Valía solo por lo que como hombre pudiera hacer, y según lo que valiese ese hacer suyo. Cierto es que ya los filósofos griegos mayores habían combatido esa valoración pragmática, tratando de establecer las bases filosóficas de una apreciación del hombre como tal, en nombre de la chispa divina que es la inteligencia y que todos los seres humanos les es más o menos común. Pero esas filosofías nunca cuajaron en apreciación social efectiva. Platón, como es sabido, entendió que ciertos hombres, los que no servían más que para hacer material, solo merecían quedar reducidos al peldaño íntimo de la República. La condición de hombres por si sola no les confería mayores derechos, porque el derecho dependía del rendimiento social. Con pensamientos semejantes, Aristóteles encubrió la esclavitud. El hombre era un animal político. Solo la sociedad, ponía en él lo que había de superior a la animalidad, y sólo en la medida de que sirvieras a lo social era más o menos hombre. En suma, para los antiguos, el ser humano no era intrínsecamente sino un animal con ciertas aptitudes, y sus derechos dependían del uso que esas aptitudes hiciera. Dependían del rango de su hacer.

El Cristianismo cambió profundamente esa concepción, Jesús procedía de una raza oprimida, la raza judía, ahogado por el hacer y el poder de Roma. Siempre habían sido los hebreos un pueblo orgulloso de su calidad, de su ser propio. Considerábanse, como es sabido, el pueblo favorito de Jehová. Ese engreímiento colectivo les dio una conciencia profunda de su valor humano intrínseco. Lo que Cristo vino a hacer antes que nada, y esta es la razón de que se rebelara contra el dogma estrecito y exclusivo de su propia raza, fue generalizar aquella estimación, extendiéndola a todos los hombres. No solo a los judíos, sino a todos los hombres que eran hijos de Dios. De ese universalismo redentor derivaría el Cristianismo, y particularmente el Catolicismo, su ímpetu ecuménico, su pretención de ser la única religión verdadera, la única que podía salavar a todos los hombres.

Desde un punto de vista social, Cristo subrayó esa universalidad naciendo en el taller de un carpintero. La humildad quedó así automáticamente exaltada. No sólo era todo hombre, hijo de Dios, sino que también cualquier hombre podía ser parte de la Divinidad en sentido directo o figurado. Los hombres eran todos hermanos en su afiliación divina, hermanos en la común vocación a hacer de este mundo el reino de Dios.

El amor es decir, la “buena voluntad” de los hombres unos para con otros, era la condición de la paz en la que todos debían vivir. De ahí la consigna angélica que anunció el nacimiento: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Desde entonces se dejó dicho que la paz en el mundo era antes que nada, cuestión de que los hombres de amaran y respetaran reconociendo en sí su calidad y su derecho intrínseco de hombres y no de meros animales políticos.

LOS DERECHOS DEL HOMBRE

Por primera vez se pronunciaron desde el Poder los Derechos del hombre. Empapada del pensamiento de Rousseau -que tuvo de místico cristiano mucho más de los que suele pensarse-, aquella memorable Convención de 1789 afirmó ya con cierta intención universal, que “los hombres nacen y viven iguales y libres e iguales en derechos”; que “el fin de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre”; que “el principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación”, es decir, en el conjunto de los hombres de todas clases.

Aquella clarinada sacudió al mundo. Los constituyentes franceses de 1789 dieron las consignas básicas de la libertad y de la democracia para todos los pueblos. Quienes creen que las ideas no gobiernan la historia, que los idealismos son mera utopía destinada a verse sofocada por el hecho bruto, harían bien en recordar que aquellos principios de París modularon la historia de todo un siglo y que, por adoptarlos y hacerlos efectivos, batallaron y se desangraron numerosos pueblos de ambos mundos, incluyendo el nuestro.

¿En qué Constitución democrática no son ya ingrediente obligado aquellos “derechos individuales”?

Desde entonces, la Democracia liberal está en crisis. La más aguda expresión de esas crisis han sido las guerras mundiales que nos han tocado vivir. Como consecuencia de ellas y de la corriente reaccionaria que las preparó, surgieron la fislosofía y los Estados totalitarios, que hacen del hombre otra vez, una cosa, o a lo sumo un mero animal.

Fueron estos trágicos sucesos, los que determinaron, en el momento de triunfo de las democracias después de la última guerra, la constitución de las Naciones Unidas para discurrir medios de preservar la paz y otros valores en el mundo. A este efecto, su Asamblea acordó en París reeditar la Declaración de los Derechos del Hombre, pero añadiendo a los postulados de la Revolución Francesa otros nacidos de la experiencia ulterior de los pueblos. El principio general de la dignidad de la persona y de sus derechos naturales aparece ya más explícito en esta nueva Declaración. Se denuncian en ella y se prohiben en nombre de la civilización, las violencias de carácter político y todas aquellas que alcanzan de un modo más directo la integridad física y moral del ser humano, o las que ahogan los derechos económicos y sociales “indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad”.

Los Derechos del Hombre volvieron a nacer más robustos en 1948. Así como la primera Declaración contribuyó a modular el mundo democrático, esta acaba por dar forma a la conciencia política del futuro. Este es, por lo menos, mi voto de Navidades -de esta época en que todos los años se recuerda el momento en que el Hombre nació de veras a su dignidad de hombre.

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