LA MUERTE DE RAMÓN WILTZ, BALONCESTISTA EMÉRITO

29 de noviembre de 2022

El pasado 25 de julio murió en Miami Ramón Wiltz Bucelo, Wilito o El Negro para sus amigos. Acababa de cumplir 97 años. Resulta paradójico que la desaparición de una de las figuras cimeras de nuestro deporte durante el siglo pasado deba ser informada aquí y desde París, a la que por la composición de su población es la segunda ciudad cubana en el mundo. Y es aún más inexplicable que después de haber estado indagando durante tres meses para saber por qué él no respondía al teléfono, fuera una amiga de él que vive en Buenos Aires quien me comunicara el triste desenlace. Naturalmente en Cuba nada se ha publicado al respecto. Ya cuando en enero de 2017 falleció Mario «Risita» Quintero en Guanabo, lo calificaron como «el único sobreviviente del equipo de baloncesto cubano que compitió en los Juegos de Londres 1948». ¿Ignorancia o mala fe? Ahí dejo la interrogante.

En abril del año 1960, y recién abiertas las instalaciones del Stadium Universitario, corrí a inscribirme como atleta a pesar de que cursaba aún los últimos meses del bachillerato, es decir que no era alumno de la Universidad de la Habana. Pero viviendo a dos cuadras y conociendo a los empleados de la Comisión Atlética todo se viabilizó sin dificultad. Las puertas del tabloncillo Ramiro Valdés Daussá se abrieron para mí y vi aparecer por allí a muchos atletas que durante tres años habían cesado de jugar por la situación existente en el país a partir de marzo de 1957. Cuando me atribuyeron en los vestidores la taquilla número 239, la de Wilito quedaba al lado. Teníamos 17 y 34 años respectivamente, fue así como nos conocimos.

Ramón, que había hecho sus cositas en las luchas contra el batistato, trabajaba en un ministerio pero venía todas las tardes a practicar, «a quemar» como solíamos decir. Nuestro coach era Livio Morales, vaca sagrada del baloncesto cubano. El empeño en el yo estaba involucrado era «coger camiseta», hacer el equipo, para el próximo campeonato. Todavía existía la Unión Atlética y las tres categorías para el básquetbol: juvenil, junior y senior. Por allí por el stadium pasaban en aquel período muchas figuras importantes del gobierno y del ejército, a empezar por Fidel Castro que tenía una amante española «de los años» en un edificio aledaño por la calle San José, a pocos metros de la verja que abría hacia el Parque Aguirre. Delante del consultorio del médico Willy Barrientos, junto a «la fuente de los pescaditos», se hacía tertulia.  Lo cierto es que a partir de entonces mantuve con Wiltz una relación tangencial, que se reforzó en julio del año siguiente cuando lo nombraron instructor para nuestro equipo, los Caribes. Bajo su conducción competimos en los Primeros Juegos Nacionales Universitarios que se celebraron en Santa Clara en agosto y en un campeonato nacional en noviembre. Fuimos segundos en ambas oportunidades y terminó así, muy mal, su experiencia como coach. Fue en esas semanas que el Canciller Raúl Roa, que había sido su profesor en la Facultad de Derecho y Derecho Diplomático, le propuso el cargo de embajador en Roma, oferta que declinó después de haber incluso comenzado a estudiar aceleradamente el italiano. Todo evolucionaba muy rápidamente en la isla y no tardó en marcharse de Cuba, llegando a Miami con su esposa y sus dos hijos Ramón Santiago y Alejandro el 10 de junio de 1962. Ulises vendría al mundo años después en Miami.

En verdad no recuerdo como volví a establecer contacto con él con posterioridad a mi expatriación en 1982. ¡Qué veinte años nada son! Pero a partir de 1984 coincidíamos durante mis visitas a Miami, en París y hasta en Madrid. Aquí yo lo alojaba en el hotel donde trabajé 30 años y en la capital española era cliente del Hotel Mayorazgo donde empleados y propietarios lo trataban como a un familiar. Doquiera que estuviera Wiltz vestía como un dandy. En ese aspecto era algo impresionante. Amigo de sus amigos me consta que ayudó económicamente a varios antiguos compañeros de los equipos universitarios que permanecieron en Cuba.  Diego Barcaz y «Risita» Quintero, por ejemplo. También a Livio Morales a quien invitó a visitar Miami con todos los gastos pagos. Cuando el hijo de este último falleció en la emigración estando en la prángana, costeó discretamente funeral y sepelio.

En lo absoluto el historial de Wilito como jugador de baloncesto es impresionante. Era admirable hasta hace pocos meses su memoria acerca de hechos, de nombres y de vivencias. Nacido en 1926 en la capital cubana empezó en el deporte a los 11 años mataperreando en los terrenos del Almendares Park: jugó pelota y balompié de la mano de Santiaguito, su hermano mayor. A continuación, la familia se mudó a la barriada de la Víbora y fue matriculado en el Instituto donde el profesor de Educación Física y coach de baloncesto era por entonces «Felo» Viva. Así dio los primeros pasos en un deporte del cual no saldría jamás. Se hizo socio del Club Juvenil Atlético Viboreño jugando con ellos en los campeonatos de la Liga Social, siendo sus instructores sucesivos Carlos Díaz y Emilio Arrechaederra.  

Vino a continuación su etapa como jugador juvenil en el Cubaneleco, de cuyo conjunto fue center. Al término de las justas en que participó dos años consecutivos, fue votado como integrante del equipo Todos Estrellas. Por una lesión temporal que sufrió en el brazo derecho empezó a ejercitarse tirando al aro obsesivamente con el otro convirtiéndose en ambidextro, otro dolor de cabeza para sus adversarios. Me contó haber desarrollado al mismo tiempo su propia técnica defensiva y una habilidad propia atacando el tablero de espaldas al aro. Su estatura no era excepcional, pero saltaba mucho. Eran otros tiempos. En 1944 vistió por primera vez la camiseta de Cuba para participar en un torneo celebrado en Santo Domingo a principios de ese año, en el marco de las festividades nacionales por el centenario de la República Dominicana. Meses después, en septiembre, jugó y muy bien en una serie que sirvió para inaugurar el Palacio de Covenciones y Deportes de La Habana erigido en Paseo y Mar, Vedado. 

Fue en esos momentos que Ramón empezó a jugar con los Caribes de la Universidad de la Habana, equipo que con su protagonismo y conducido por Livio y por Joaquín Cristófol se coronó campeón senior tres años consecutivos. Respondiendo a la invitación de varias universidades americanas ese mismo team efectuó en 1945 la primera de varias giras por el centro y el este de los Estados Unidos. Además de los eventos antes citados que pueden considerarse como de exhibición participó, siempre vistiendo la camiseta N° 15 de Cuba en dos Juegos Centroamericanos (Barranquilla 1946 y Guatemala 1950); en dos Juegos Olímpicos (Londres 1948 y Helsinski 1952); y en dos Juegos Panamericanos (Buenos Aires 1951 y Ciudad México 1955).

Cubano hasta el tuétano encaró su exilio como una hecatombe personal, una desgracia irreversible; y la persona de Fidel Castro, a quien había conocido en las aulas universitarias cual encarnación del Mal absoluto. Rechazaba el mito, ya imposible de extirpar de la Historia, que ha hecho del tirano un buen jugador de baloncesto y de béisbol.

¡Qué en paz descanse nuestro inolvidable Wilito!

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