La muerte de José Martí

Written by Libre Online

12 de mayo de 2026

Por el coronel Rafael Cerviño (1949)

Corrían los últimos días del mes de abril de 1895. Al frente de trescientos cincuenta hombres armados y equipados, el general Bartolomé Masó, jefe máximo de las huestes revolucionarias pronunciadas contra el régimen colonial que España imponía a Cuba, recorría la región que se extiende entre las ciudades de Bayamo, Manzanillo y el histórico pueblo de Yara.

El objeto de este recorrido no era otro que el deseo del general Masó de llevar, a los más apartados rincones de aquella zona, la enseña gloriosa de la patria. Aspiraba con ello a avivar el espíritu patriótico que germinaba en todos los corazones de la juventud cubana. Los campesinos que vivían en aquellos territorios, al ver por vez primera, ondear libremente, la bandera de la estrella solitaria, llevada con orgullo por los abanderados mambises, que marchaban al frente de nuestros bien portados escuadrones de caballería, se llenaban de entusiasmo y acogían, con fervor casi religioso, las prédicas inflamadas de patriotismo del general Masó. Se les veía venir, gozosos y decididos, al campo de la lucha, dispuestos a dar hasta la última gota de su sangre y el último sacrificio por la redención de la patria.

Comandaban por aquellos días, en aquella zona, hombres del calibre del comandante Amador Guerra, del comandante Amador Lienr, de los coroneles Salvador y Juan Hernández Ríos, de los capitanes Joaquín Reytor y Dominador de la Guardia, de los coroneles de las fuerzas bayamesas Esteban y Joaquín Tamayo y Tamayo, muchos de los cuales alcanzaron los más altos grados y no pocos perdieron la vida en tan dura contienda. Todos ellos habíanse distinguido secundando los planes del general Masó, acompañándole en este recorrido, antes mencionado.

El Estado Mayor del general Masó integrábamos los coroneles Dimas Zamora, Celedonio Rodríguez y Rafael Pérez Morales, el comandante Pascual Mendoza, los capitanes Rafael Portuondo Tamayo, Enrique Céspedes, Gaspar Perea, Vicente Pérez Zúñiga, el teniente Carlos Bertot Masó, abanderado del Estado Mayor y los ayudantes de campo teniente Ángel de la Guardia, Manuel Piedra Martel, Rafael y Jaime Santiesteban, Diego Gassó, Urbano Fernández y yo. Completaba el cuadro militar del Estado Mayor del general Masó su escolta personal, integrada por cuarenta soldados de caballería al mando del capitán José Chacón.

Hacia Dos Ríos

En la primera quincena de mayo de 1895 el general Masó encontrábase acampado en Yara Arriba. El lugar era pintoresco y resguardado. Desde las guardias avanzadas podían nuestros vigías divisar fácilmente los caminos y veredas por donde podría acercarse el enemigo. En el mismo nacimiento de las laderas que forman la cordillera de lomas y montañas conocida genéricamente por la Sierra Maestra, que, como atalaya de libertad, dominan el inmenso y rico valle que fertilizan, por el Noroeste, los ríos Cantillo, Contramaestre y Bayamo, que van a desaguar al río Cauto, y por el Sureste los ríos Yara, Buey y Jibacoa, que desembocan en las orillas del Golfo de Guacanayabo, cuyas olas no muy apacibles en ciertos días, bañan las riberas de la ciudad de Manzanillo, hallarán Yara Arriba.

Una mañana fría y neblinosa, la alegre diana despertó a los soldados. Como todos los días, apenas ni el eco de los clarines matutinos disipábase en los vericuetos de las montañas cuando soldados, conversábamos y bromeábamos alegremente, comentando las peripecias del día. Uno de los oficiales exhibió un revólver calibre 38, que tenía oculto el gatillo. Como cosa curiosa examinamos el arma pasándola de mano en mano. Cuando alguien, que no recuerdo, lo puso en las mías se escapó un tiro atravesándome la mano izquierda. La sangre comenzó a brotar profusamente de la herida. Para mí era más mortificante por la circunstancia de que soy zurdo.

Todos los presentes, algo confusos, trataron de contenerme la hemorragia con pañuelos que ataban a la herida. El coronel Celedonio Rodríguez, que por haber sido barbero actuaba como médico fue avisado al instante. Cuando llegó se dispuso a hacerme la primera cura y consistió en lavarme la herida con agua fresca, atándome las manos con una banda de tela , y sin antiséptico alguno, porque no lo tenía en su botiquín. Como excusa y a manera de consuelo, me dijo el coronel Rodríguez que el agua fría era el mejor antiséptico. Así, siguiendo su consejo, y no pudiendo hacer otra cosa, con agua, sol y sereno, me curé.

Reunión con José Martí

Al cerrar la noche del 18 de mayo, con torrencial aguacero, llegamos al campamento de Vuelta Grande. Allí se encontraba acampado José Martí. Le daban escolta tres o cuatro oficiales, una docena de soldados y su asistente, que por cierto se encontraba enfermo y al que al ilustre cubano atendía con cuidado. Como sus ayudantes, recuerdo que en aquel día actuaban Ramón Garriga y Rafael Chacón.

Cuando José Martí y el general Bartolomé Masó se enfrentaron, nuestro jefe, respetuoso y atildado le extendió la mano. Martí, vehemente y cordial, lo abrazó entusiasmado. Las dos almas grandes de la revolución se entendían. En todos los rostros de los presentes se advertía la emoción del instante.

El general Masó, con su espíritu militar, ceremonioso de por sí, fue presentándole a los jefes y oficiales que militábamos bajo su mando. A todos los acogió José Martí con cortesía y cordialidad. Yo le observaba atentamente. Advertí que hablaba un poco nerviosamente, con alguna precipitación. Después he sabido que en alguna ocasión le llamaron “Doctor Torrente”. Comprendo mejor ahora el origen de ese cariñoso apelativo, porque él hablaba así, un tanto torrencialmente.

Cuando llegó mi turno José Martí observó mi mano lesionada. Me hizo varias preguntas. Inquirió de dónde era, y qué edad tenía y qué me había ocurrido. Le respondí todas sus preguntas y agradecí la sonrisa que me dedicó cuando separándose de mi lado fue a saludar a otro oficial que general Masó le presentaba.

Después vinieron los asistentes del general Masó con café caliente.  Lo repartieron. Los jefes y oficiales se fueron despidiendo y retirándose. Cada uno se dirigió a sus respectivas fuerzas para acomodarlas lo mejor posible en aquel nuevo campamento y estar atento a los distintos servicios que era necesario organizar.

El general Masó, con su Estado Mayor y sus ayudantes se alojó en la misma casa donde ya se encontraba residiendo José Martí. A esa circunstancia debo en mi condición de ayudante del general Masó, el haber permanecido junto a José Martí la última noche de su vida. Porque en realidad nadie aquí presagiaba la tragedia. Todos estábamos regocijados por el feliz encuentro, pese a que la lluvia seguía cayendo con persistencia, lo que era, siempre que acontecía,  un motivo de sacrificio más,  toda vez que no había ni capas de agua, ni muchos lugares donde resguardarse,  ya ni la misma permitía a la tropa descansar, comer, dormir.

Nuestro jefe era el que mayores pruebas de alegría expresaba. Tal vez porque comprendía todo lo que José Martí representaba como creador e impulsor de la revolución.

Los asistentes del general Masó procedieron a colgar su hamaca muy próxima a la de José Martí. Los del Estado Mayor se acomodaron como pudieron, en otros extremos de la casa. Los ayudantes nos dispusimos a montar la guardia de costumbre, cerca de los dos grandes jefes revolucionarios, relevándonos cada dos horas.

Unas veces sentados y otras acostados en sus respectivas hamacas. Masó y Martí hablaban sin cesar. Recuerdo que hubo un instante en que Martí se excusó pidiendo permiso para levantarse. Lo vi dirigirse al fogón en la cocina y sacar del fuego una lata pequeña que contenía una especie de tizana que había preparado para ofrecérsela a su asistente. Después lo volví a ver, junto al enfermo, con celo de magnífico enfermero, darle la medicina y arroparlo para regresar junto al general Masó reanudando la charla. Me figuro que los albores de la mañana hubieron de sorprenderlos cambiando sus impresiones sobre la buena marcha de la guerra y trazando planes para desarrollar en plazo breve.

La llegada del general máximo Gómez

Cuando llegamos al campamento de Vuelta Grande no estaba allí el general Máximo Gómez. Según explicó José Martí el general Masó, el día anterior (el 17), con una escolta de 40 jinetes había partido para salirle al encuentro a una columna enemiga, que según le habían informado, operaba entre las Ventas de Casanova y Remanganaguas.  Sin embargo, un tanto inesperadamente regresó en las primeras horas de la mañana del primero de mayo. Grande fue su contento,  al encontrarse, como esperaba al general Masó. El abrazo que los dos caudillos se dieron fue apretado y efusivo. El general Máximo Gómez le expresó, en presencia de José Martí, lo que habría que agradecerle por su gesto de mantenerse firme e inquebrantable en su decisión de lucha, cuando todos los demás jefes de la revolución aún no se habían pronunciado o estaban en el extranjero y su entereza de carácter desoyendo la promesa de prominentes líderes autonomistas, entre lo que se encontraba Juan B. Spotorno, expresidente de la República, en el periodo de 1875 a 1876.

Los tres patriotas se retiraron a conferenciar. Una hora después el general Masó ordenaba a sus tropas que se prepararan para ser revistadas por José Martí y Máximo Gómez. Los clarines de los distintos escuadrones de caballería llamaron a ensillar y formación. Jefes, oficiales, clases y soldados corrieron a cumplir la orden. Todo fue actividad, movimiento, disciplina. El general Masó, con su Estado Mayor, se colocó al frente de la fuerza ya formadas y avanzó para situarse, dando frente al lugar donde se encontraban el general Máximo Gómez acompañado de José Martí y los jefes y oficiales que le acompañaban, entre los que recuerdo al general Francisco Borrero, al coronel Cefi –que cayera después heroicamente en Mal Tiempo–, al teniente coronel Bellito y otros.

La revista

A las voces de mando del general Masó los distintos escuadrones de caballería iniciaron el desfile. Al cruzar delante del general Máximo Gómez y de José Martí, con ejemplar disciplina, los jefes y oficiales presentaban sus armas. La tropa que estaba armada casi toda lo hacía también. Un sol maravilloso inundaba aquellos campos empapados por el agua caída en la noche del día anterior y aún en la madrugada de ese mismo día.

El general Máximo Gómez y José Martí actuaron como jefes revistadores a solicitud del general Masó. Se les adivinaba en la expresión el buen concepto que se habían formado de nuestras fuerzas al verlas desfilar.

Terminada la revista el general Masó ordenó a sus fuerzas que echaran pie a tierra y se mantuvieran en actitud de descanso, sin moverse de sus puestos. El general montado en un brioso corcel, seguido de su Estado Mayor, avanzó hacia el lugar donde se encontraban él general Gómez y José Martí. Después de saludarles militarmente, con sencillas y patrióticas frases, declaró hasta ese instante se había considerado jefe máximo de todas las fuerzas revolucionarias levantadas en armas contra España, en la zona que se le había asignado, en la provincia de Oriente. Finalmente dijo que reconociendo la jefatura del general Máximo Gómez le entregaba, en aquel momento, el mando de las fuerzas que hasta entonces habían operado a sus órdenes, rogándole le aceptase formar en las mismas como simple soldado. Al mismo tiempo hizo extensiva su obediencia al delegado José Martí, a quien reconoció, sin reservas de ninguna clase como jefe supremo de la revolución.

El general Gómez, gratamente impresionado por el acto de acatamiento a su jefatura realizado por el general Masó, le contestó inmediatamente.  Dio primero las gracias por su adhesión, hizo el elogio de su actitud disciplinada y lo felicitó por su labor patriótica desde que se levantó en armas. Después ambos generales sin desmontarse se abrazaron nuevamente. Para nosotros no había dudas de ninguna clase sobre el espíritu de invencibilidad del movimiento revolucionario. Martí, Gómez, Maceo de quien también teníamos noticias que había desembarcado y no se encontraba muy lejos, y Masó, comenzaban a ver los frutos de una labor paciente y tenaz. La revolución arrancaba con un espíritu de disciplina que indudablemente se afianzaba más, cuando se recordaba que fue la disciplina de algunos jefes la que provocó, de manera muy directa, el pacto del Zanjón.

Después el General, en presencia de las tropas aún formadas, procedió a confirmar en su grado de mayor general a nuestro jefe el general Masó. Anunció también que desde que había pisado territorio cubano al desembarcar en Playitas había asumido el mando supremo del Ejército Libertador. Y por último agregó, que aprovechaba aquella oportunidad para informar que había conferido también el grado de mayor general al delegado del Partido Revolucionario Cubano José Martí. Además, al general Masó se le confiaba la Jefatura del Segundo Cuerpo del Ejército.

En general Masó volvió a hacer uso de la palabra expresando, con viva emoción que aceptaba el honor que se le confería y ofrecía a su vez tanto al general Gómez como al general Martí su más leal cooperación. No procedió igualmente José Martí, quien dirigiéndose al general Máximo Gómez le expuso que no podía aceptar el cargo, porque todavía no había hecho méritos frente al enemigo. Y cuando exponía que él solo aspiraba a considerarse un modesto soldado de la Revolución, le interrumpió el general Gómez para decirle que no admitía aquellas excusas por estimarlas producto de su natural modestia y apelando a la disciplina de que acababa de dar patentes pruebas el general Masó, reiteró, con aquella autoridad que era en el peculiar, su nombramiento de mayor general a favor de Martí. Al fin el gran cubano cedió en su intransigencia y acató, como si fuera una orden el honor que se le confería. La revista finalizaba con un discurso de José Martí que esta vez se erigía a las tropas allí formadas. Era la primera vez que yo escuchaba su elocuencia singular. Más que un discurso, sus palabras me produjeron la sensación de una serie de párrafos ahítos de conceptos elevados, o mezclados con imágenes brillantísimas, en los que el dolor de la patria esclavizada y la grandeza de la lucha que estábamos iniciando, nos eran presentados en todo su color. Yo escuchaba, desde mi puesto de ayudante de campo del general Masó aquella elocuencia deslumbrante. ¡Qué lejos estaba de pensar, en aquel instante, que sería la última vez que los cubanos escucharíamos su palabra maravillosa!

Tiros en la avanzada

La tropa interrumpía los finales de aquellos párrafos con aplausos delirantes, sin que faltaran los numerosos signos de apertura ¡Viva Cuba libre!, o consigna con la que todo ratificábamos nuestra decisión de luchar hasta vencer o morir. Cuando el justificado entusiasmo de los allí congregados era más intenso y José Martí se disponía a finalizar su magnífica arenga, que en verdad otra cosa no era aquel discurso, sino eso: una arenga,  unos tiros seguidos de unas cuantas descargas cerradas fueron escuchados por todos. Por suerte no fue cosa difícil disponernos para el combate.  El general Masó dio orden de montar y al instante toda la tropa estaba lista para enfrentarse con el enemigo.

A lo lejos se seguía escuchando un fuego graneado, que en vez de alejarse se acercaba más y más. Aquello nos dio a entender que él mismo estaba siendo sostenido por nuestros exploradores que se batían con una columna que marchaba en la dirección del campamento.

José Martí no se inmutó por los disparos que se escuchaban. Concluyó su discurso impertérrito, sereno, sin una muestra de impaciencia. Parecía como que estaba habituado al ruido de la fusilería, al estampido de los cañones, al fragor de los combates.

Unos momentos después llegaba al campamento un pelotón de jinetes al mando de un sargento. Este, saludando militarmente al general Gómez, le informó que venía de batirse con una columna española de unos ochocientos a mil hombres de infantería, con alguna caballería, que se dirigía hacia aquel campamento, aunque muy bien podía ocurrir que cambiarse de rumbo. A preguntas del general Gómez el sargento informó que la distancia del lugar donde se había enfrentado con las fuerzas enemigas era poco más o menos de una legua.

En busca del enemigo

El general Gómez no quiso esperar por más detalles. Comprendió que el enemigo se dirigía al campamento, decidió salir a batirlo.  Dirigiéndose a su corneta le ordenó que tocara atención y formación. Después, colocándose al frente de las tropas, partió al galope por el camino que le había indicado la patrulla exploradora que traían los soldados españoles. Antes de partir se dirigió al Mayor General José Martí, que estaba a su lado y le dijo que se quedara en el campamento. Martí, sin titubeo alguno, protestó de aquella orden. Consideraba que era su deber de soldado y de revolucionario, marchar adelante con sus compañeros de armas, para compartir con ellos, los peligros que corrieran. Y uniendo la acción a la palabra se dispuso a seguirlo.

Ya iban avanzando los generales Gómez y Masó, con las banderas de los escuadrones de desplegadas al viento. En los oídos de los soldados resonaba todavía el eco de las palabras del discurso de José Martí. Inspirábalos más aún la presencia del general Gómez, a quien estaban ansiosos de demostrar todo lo que ellos valían, y pese a la improvisación, como soldados de la nueva Cuba.

Pocos minutos después llegábamos al río Contramaestre. Lo encontramos algo crecido, como consecuencia de las lluvias de los últimos días. Algunos caballos se detenían a beber, a pesar de los tirones de los jinetes. Seguimos adelante y no habíamos caminado mucho, cuando ya nos encontramos con las guardias avanzadas del enemigo, que según parece, habían hecho alto, para almorzar o descansar, y cuya guardia logramos arrollar cargándola al machete. La aniquilamos. De los veinticinco infantes que la componían, solo dos escaparon al filo de nuestros machetes y según contaron ellos se debió al hecho de que al ver a nuestros jinetes echárseles encima, se escondieron debajo de unas yaguas, permaneciendo allí agazapados, hasta que terminó la refriega, saliendo entonces de su escondite para presentarse a nuestras fuerzas. 

Los clarines mambises tocaron a degüello. Aquellas notas tenían la virtud de enardecernos. Nada nos enfocaba más sobre los enemigos que los claros timbres de nuestras cornetas llamándonos a destrozar, con el filo de nuestros machetes, la formación de los españoles. Más entusiasmados aún por el fácil triunfo con la guardia avanzada del enemigo, cuyos cadáveres habían quedado allí como mudos testigos de nuestro coraje.

La columna española se había parapetado detrás de una cerca de alambre de púas, y reforzada por matas de piñón y maya, más popularmente conocidas en el campo por piña de ratón. Rompieron incontinente un fuego a discreción que no logró contener el empuje de la caballería mambisa, que, a pecho descubierto, avanzaba sin detenerse. Llegamos hasta el otro lado de la cerca y por encima de la misma, olvidándonos de sus disparos asestábamos sendos golpes con nuestros machetes, dirigidos a sus cabezas sin poderlos alcanzar, más que nada por el ancho de la cerca que era de más de un metro.

La muerte de José Martí

Mientras nosotros seguíamos empeñados en desalojar de su posición a la columna española que estaba aprovechando la posición ventajosa que le daba la cerca donde se habían parapetado, José Martí, un tanto separado de los generales Gómez y Masó, seguido de uno de los jóvenes cubanos más valientes que había producido la revolución –el teniente Ángel de la Guardia–, se aproximó a la cerca, en la que se mantenía agazapado, disparando a discreción, el enemigo. Sin preocuparse del peligro, Martí dirigiéndose a Ángel de la Guardia, lo invitó a que avanzara con él. Y el teniente De la Guardia, que a nada temía lo secundó. Fue en ese instante, según nos contara después el propio De la Guardia, que balas disparadas casi a boca de jarro, lo derribaron de su cabalgadura mortalmente herido o tal vez ya muerto.

Ángel De la Guardia, al verlo caer, se desmontó y corrió en su auxilio. Lo halló en el suelo sin conocimiento, ensangrentado. Trató de levantarlo para subirlo a su caballo y sacarlo de la línea de fuego, pero como sus esfuerzos no respondían a sus heroicas intenciones, decidió buscar la ayuda necesaria. Montando de nuevo su caballo, se dirigió al galope hacia la retaguardia hasta que se encontró con el General Masó, a quien dio cuenta del triste suceso, sin poder precisar si Martí estaba muerto o mal herido.

La noticia en las filas 

mambisas

El general Masó, que solo contaba, en aquel momento, con una media docena de hombres a su lado, hizo alto y mandó a su corneta de órdenes que tocara a llamada de jefes y oficiales. Parecía tener el propósito de cargar de nuevo al enemigo que desde su baluarte no cesaba de hacer fuego sobre los patriotas ya en retirada. En el instante mismo en que la corneta se disponía a cumplir la orden, un balazo en la cabeza lo derribó del caballo. Dos de sus compañeros, creyéndolo muerto, lo recogieron, procediendo a retirarlo hacia la retaguardia, y quedando por este motivo, el general Masó imposibilitado de tomar una determinación en cuanto a su propósito de ir sobre el enemigo y rescatar el cuerpo de Martí,  ya estuviese muerto o herido.

Dirigiéndose al teniente De la Guardia, que aguardaba por sus órdenes, le indicó que buscara al general Máximo Gómez y le diera cuenta de lo ocurrido. Nuevamente partió al galope el teniente De la Guardia. Movido más que nada por un instinto de curiosidad, me separé de General Masó y corrí junto a mi compañero, llegando casi al mismo tiempo ambos a donde estaba el general Gómez. El teniente De la Guardia le informó lo que acababa de suceder. El viejo guerrero hizo alto. Advertí que le desagradaba la noticia. Inquirió sobre su certeza con el teniente De la Guardia.  Después, dirigiéndose a su corneta, le ordenó que tocara alto y llamada de jefes y oficiales.

Cuando éstos fueron acercándose, les dijo que José Martí había quedado muerto o herido, muy cerca de la línea de fuego de los enemigos. Estos, que ya parece que habían logrado apoderarse del cadáver de Martí, dejaban escuchar, a lo lejos estentóreos ¡Viva España!  Y es muy probable que dándose cuenta de que los cubanos,  al conocer la noticia,  intentáramos el rescate,  como ya lo había hecho Ignacio Agramonte con el general Sanguily en la pasada guerra de los Diez Años,  emprendieron una retirada a marchas forzadas, pero cuidándose de que su extrema retaguardia respondiera con nutrido fuego de clamorosos ¡Viva España! a la hostilidad que le hacían los tiradores del escuadrón de Guá,  que mandados por su valiente jefe,  el comandante Amador Guerra había inspeccionado el campo de batalla,  sin encontrar el cuerpo de Martí y lo seguían con heroica persistencia. 

Caía la tarde cuando volvimos al campamento Vuelta Grande, donde habíamos pernoctado la noche anterior,  en Unión de José Martí. A lejana distancia se escuchaba el fuego graneado que nuestros indignados soldados le hacían a la columna enemiga que se retiraba en la dirección a Remanganaguas,  llevándose el cuerpo glorioso de nuestro insigne apóstol.

El general Gómez intenta la persecución

Después del combate los jefes y oficiales pudimos enterarnos de que el general Máximo Gómez se había dirigido a alguno de los jefes que habían tomado parte en la desafortunada acción de “Dos Ríos”, para comunicarles que tenía la intención de seguir el rastro de la columna enemiga para batirla y arrebatarle el cuerpo de José Martí. Pero se nos dijo también que estos jefes opinaron que lo mejor sería no interrumpir la marcha de la columna española en franca retirada,  para no poner en mayor peligro la situación de Martí si es que vivía todavía. El general Gómez aceptó el consejo, como dictado por la prudencia y fue así como la columna del coronel Sandoval pudo seguir su marcha, entrando primero en Remanganaguas y después en Santiago de Cuba donde dieron sepultura definitiva al heroico patriota, que en su decidido fin de servir y ser útil a la tierra en que naciera, ofrendó su vida, a cambio de las libertades, que venimos disfrutando desde el glorioso 20 de mayo de 1902, en que se estableció la República.

Bien podríamos repetir las palabras del ilustre Goicuría, cuando por luchar por la independencia de Cuba, los esbirros de España le hicieron subir al cadalso. “Muere un hombre, pero nace un pueblo”. Porque con la muerte de José Martí nació nuestro pueblo a la vida de la libertad y de la democracia, de la justicia y el respeto internacional.

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