LA LUNA DE VALENCIA

Written by Rev. Martin Añorga

31 de enero de 2023

Valencia es una preciosa ciudad y un influyente puerto mediterráneo. Es la tercera ciudad de España en importancia territorial, después de Madrid y Barcelona. Entre otras muchas cosas impresionantes de las que goza tenemos su producción de arroz y su “famosa luna”, además de edificios y bellos paisajes señalados por la UNESCO como patrimonio de la humanidad.

Valencia fue fundada como una colonia romana probablemente en el año 138 antes de Cristo, y cuenta la tradición que el nombre es una exaltación del valor que los romanos reconocían en sus soldados en las confrontaciones contra las ibéricos. 

En cuanto al arroz, históricamente se trata de un cereal que empezó a sembrarse en China  e India hace alrededor de siete mil años. Siglos más tarde, desde Persia, los griegos trajeron el arroz a las zonas mediterráneas, iniciando su cultivo en Grecia. Posteriormente los romanos difundieron por todo su imperio el cultivo de esta gramínea, aunque sin concederle  preferencia determinada. Su cultivo en España fue introducido en el siglo VIII por los árabes que aprendieron a cultivarlo y cocinarlo en Persia, aunque hay indicios de que quizás fueron los fenicios los primeros en sembrar arroz en la península ibérica, dedicando grandes espacios agrícolas a este menester. La extensión de tierra fértil y húmeda de Valencia fue propicia para el cultivo de diferentes clases de arroces, todos de calidad superior y de fama mundial. 

Sobre “la luna de Valencia” mucho se ha escrito y mucho se ha comentado, aunque el tema no se haya explotado de forma específicamente romántica. En cualquier sitio del mundo cuando la luna riela sobre las aguas del mar, los enamorados sienten que el corazón les palpita de apasionamiento, y Valencia no es la excepción. Nos contaba alguien que a varias millas de la costa de Valencia se vislumbran de noche unos mágicos destellos que hablan el idioma universal de la belleza. La luna se hace cómplice de ese cuadro maravilloso de luces que desde la distancia guiña sus ojos con secretos de amor. 

La luna es símbolo de la fidelidad. Siempre nos da la misma cara. Y es, además, un ejemplo de la propia vida: nace, crece, logra su esplendor, decrece y finalmente se pierde en las brumas de la ausencia; pero a pesar de todos estos pensamientos, la llamada “luna de Valencia” tiene una explicación más pragmática que idealista.

El dicho “estar en la luna de Valencia” que se aplica a quienes por estar despistados olvidan otros quehaceres, tiene su origen en la Valencia amurallada. Se quedaban a “la luna de Valencia” los que por razones singulares llegaban a la ciudad después de que se habían cerrado los portones  que la protegían de ataques enemigos. En circunstancias como éstas no les quedaba otra opción que la de permanecer a la intemperie … contemplando la luna.

Otra explicación, un poco más sugestiva, afirma que los que quedaban fuera de los límites de la ciudad no tenían necesariamente que permanecer a la intemperie, porque existía una techumbre en forma de media luna bajo la cual podían guarecerse. De todas formas, sea real o simbólica no les quedaba otro consuelo que observar la luna, y eso cuando la misma se dejaba ver, porque como algunas damas veleidosas, también a la luna le encanta aparecer y desaparecer.  

Hemos buscado algún que otro verso dedicado a “la luna de Valencia”, y pocos hemos encontrado. Existe, sin embargo, un poeta y cancionero llamado Mario Fraugoulis que se deleita cantándole a la “luna de Valencia”. Esta estrofa me impresionó: “A la luna de Valencia fui a pedirle compasión. Con pasión me dijo que me tiene y que así me va a tener hasta que me macere. Luna, ¿qué es lo que he hecho yo pa’que estés tan de su parte? “Nada has hecho”, contestó, “nada más que enamorarte”. ¡Ay, luna de Valencia, me robaste el corazón!”.

Hace algunos años conocimos a una simpática pareja valenciana. Llenos los dos de buen humor, hablando con un acento acogedor y orgullosos de su tierra natal. Recuerdo que les pregunté si no se sentían enfadados por la fama mundial de “la luna de Valencia”. Entre risas me preguntaron: “¿conoce usted a alguien que no se haya perdido las cosas lindas del mundo mirando para la “luna de Valencia”?.

No quiero terminar este sencillo trabajo sin dejarles mi opinión personal de lo que considero “la luna de Valencia”. Mirar “la luna de Valencia” es volar en alas de la fantasía. Es soñar sin cerrar los ojos y darle al corazón un recado de quietud, es dejar atrás ruidos y rumores, conflictos e inquietudes, es como subirse al pico de una montaña y llenarse los pulmones de aire fresco, los ojos de espacio sin límites y el alma de confidencias llenas de ternura.

“La luna de Valencia” es un permiso de Dios para que nos vayamos del mundo con visa de regreso, es como besar el rostro del ser humano que se nos hizo ángel y revoletea por los cielos. Dejarse refrescar la frente con una tierna caricia de reflejos  de luna, estirar las manos y tocar las estrellas, convertir en música de adentro el silencio de las altitudes es descubrirle secretos a la “luna de Valencia”.

De vez en cuando debemos huir de nosotros mismos, palpar un mundo sin nuestra presencia y disfrutar de la paz sin  sombras ni preguntas.

La “luna de Valencia” es una noble manera de orar, cuando separados de todo y de todos nos sentimos en íntima comunión con Dios. Es gritar en la elocuencia del silencio esta señera confesión: “Oh, Dios, como si no hubiera ningún otro en los cielos, sino Tú, y ningún otro en la tierra, sino yo. Tú y yo somos amigos”.

A disfrutar, pues, de “la luna de Valencia”. Bien vale la experiencia. El Día del Amor se nos acerca y recostar el corazón sobre una almohada de flores es la manera más romántica de hacernos dueños de nuestra “Luna de Valencia”.

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