LA IRREVERENTE PERSISTENCIA DEL RACISMO

17 de enero de 2023

La polvareda mediática del comienzo de año en Francia surgió de una frase del actor negro francés Omar Sy dicha al final de una entrevista dada el lunes 2 en el marco de la promoción de la película Tirailleurs, cuya explotación comercial iba a comenzar dos días después. Debo explicar que Sy, francés por nacimiento, puede mirar en su retrovisor personal, con gran satisfacción, una carrera de humorista, guionista y realizador exitoso.  Desde la altura de sus 44 años de edad ha completado ya un haber sanamente envidiable.  Su competencia le ha permitido protagonizar no menos de una docena de películas a partir del año 2005.  Y además sus incursiones en el cine americano lo catapultaron a la fama al desempeñar entre otros papeles el Arsène Lupin de una serie trasmitida por Netflix. Antes, en una película estrenada a principios de 2016 había encarnado a Rafael Padilla, un negro liberto cubano que con el nombre de Chocolat se hizo célebre en los circos y teatros del París del primer cuarto del siglo pasado, cosa que con el color de su piel no era evidente por entonces. 

En esta última película recién estrenada Omar es un soldado senegalés enviado conjuntamente con su hijo a pelear con uniforme francés a Verdún en 1917, batalla que como se sabe fue una de las mayores carnicerías de la Primera Guerra Mundial. En realidad, al hijo lo enrolaron a la cañona y a continuación el padre entra como voluntario para seguirlo e intentar protegerlo. Es una saga, trágica, pero saga al fin. Se trata, y los lectores lo habrán intuido, de un homenaje a hombres africanos que desde mediados del Siglo XIX fueron incorporados a los ejércitos de Francia, cosa que constituye una parte de la historia más o menos escamoteada en este país durante generaciones.

Hace pocas semanas, mientras se celebraba en Qatar la Copa del Mundo, las leí o las escuché de todos los colores (verdes y maduras) en la cuestión tocante a la presencia en el equipo francés de tantos o cuantos jugadores negros y magrebíes. Este tipo de presentación de la realidad en un mundo que se encuentra en plena mutación hace pensar en racismo o en ignorancia. Es por eso que abocado uno a situaciones como lo ocurrido con Omar Sy en la entrevista de marras, hay que tratar de dar profundidad histórica a temáticas que no son solo actuales, sino que van a continuar rigiendo la vida no ya de lo poco que queda de mi generación, sino la de las que me sucederán.

Respondiendo pues a preguntas de los periodistas Sy le dio una vuelta a una, aparentemente banal, y expresó que negros y no-negros tienen en Francia «la misma historia, pero no necesariamente la misma memoria». Francamente eso se puede aplicar a medio mundo y si no que quienes pueden vayan mentalmente hacia los conflictos raciales que se produjeron en Cuba al proclamarse la República en 1902. Y que conste que pienso que de aquel momento a nuestros días no creo que el racismo haya desaparecido de los comportamientos sociales entre los cubanos.  Y fue así que enseguida y tomando un atajo para evacuar otra pregunta que tenía que ver con el actual conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, el actor se apeó con una glosa que desencadenó ira e ironía al calificar esa guerra como banal porque él, como descendiente de inmigrantes venidos de Senegal y de Mauritania tiene como referencias la realidad de familias deshechas por los conflictos que se han sucedido en África a partir del final de la Segunda Guerra Mundial: las guerras – tribales, si no entre naciones que se hicieron independientes a partir de 1955 – no han cesado y ahora mismo continúan, están en curso,  sin que según él nos preocupemos. Traducción: cuando se están matando entre ellos los blancos hay eco, si afecta a los negros no. Y ardió troya en los platós de radio y de televisión con el consiguiente relevo por parte de las redes sociales. 

A la hora de los mameyes, y aquí tomo prestada la expresión al gracejo cubano, los militares de todos los países le han echado mano a lo que se presentaba para engrosar su tropa con números destinados a convertirse en carne de cañón. De acuerdo con lo que creo saber, en mi propia familia hay un ejemplo en la persona de mi bisabuelo materno: llegado a Nueva Orleans en 1862 como polizón en un barco de carga procedente de Cárdenas, Cuba, rápidamente fue enrolado por los sudistas pese a ser menor de edad. Combatió hasta el final de la Guerra de Secesión en 1865. Casi en el mismo momento, pero en Senegal, Napoleón III dio el visto bueno para que fueran incorporados a las tropas coloniales «fusileros» locales de la misma manera que ya antes lo habían hecho con los argelinos junto al Mar Mediterráneo. El objetivo era reforzar los contingentes que combatían a los moros, los cuales obstaculizaban los intereses franceses perturbando las rutas comerciales que permitían sacar hasta las costas mercancías de gran valor como lo eran el oro, la goma arábiga y el maní. Una generación más tarde el sistema de incorporación, voluntaria o forzosa, se había extendido a todo lo que por entonces se llamaba África Occidental Francesa, nombre que englobaba a territorios de gran extensión que hoy son constitutivos de casi 10 países independientes.

Al llegar la Primera Guerra Mundial, y aquí entramos directamente la trama de la película Tirailleurs, la miseria endémica existente, las calamidades climáticas y los conflictos étnicos propios al Continente Negro habían hecho que los negros se sumaran a las tropas regulares francesas. Los movían otros intereses que podían ir de lo puramente material a la promoción social que aportaba el uniforme, o si no creyendo que iban a obtener la naturalización que a veces prometían los colonizadores franceses como carnada. Miles de aquellos soldados pelearon heroicamente y muchísimos perecieron o fueron hechos prisioneros por los alemanes. Llevándolo a cifras, en términos porcentuales, las bajas fueron del mismo nivel que las de los blancos llamados a filas. Todo aquello dejó huellas y existen testimonios dejados por novelistas, periodistas, políticos e historiadores. Por eso y porque el racismo esta cada día más presente el argumento del film dista de ser inapropiado.

En este caso la sangre no llegó al río y, después de que algunos exaltados atacaron a Sy para recordarle cuan paternalista y benéfica había sido según ellos Francia para con África, el aporte de esta película a la memoria colectiva está pasando sin penas ni glorias en los cines. No viene mal porque asuntos así evocan cada día menos elementos de estudio y de análisis entre los jóvenes de hoy. Las carnicerías de la Gran Guerra en 1917 y la debacle francesa ante los nazis a partir del 10 de mayo de 1940 con el resultado que sabemos, demuestran que el estado de ignorancia y de desinformación que puede suscitar planteamientos como los expresados por Omar Sy y el guionista del film, responde sobre todo a las carencias de un sistema educacional que en el campo de las ciencias humanas deja mucho que desear. Mejorarlo sería, entre otras, una manera de combatir el racismo para tratar de encarar mejor un futuro que, lo queramos o no, será multirracial y multicultural.

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