“LA HABANA” EN SUS REPRESENTACIONES GRÁFICAS

Written by Libre Online

17 de enero de 2023

Por José Rivero Muñiz (1950)

Data de muy remoto el tiempo en que los humanos comenzaron a valerse de la alegoría para dar forma a sus mitos diversos. Los artistas siempre tuvieron en ella manantial de inspiración para muchas de sus creaciones, y en los museos y otros lugares públicos, así como en numerosas residencias privadas, existe gran número de cuadros y esculturas que dan fe de nuestro aserto. Mencionar unos y otras sería tarea de nunca acabar. Vamos, pues, a concentrarnos en aquellos ejemplares que directamente se relacionan con la ciudad de La Habana.

Tres han sido, que sepamos, las obras de arte en que nuestra capital ha sido representada alegóricamente. Y las tres pertenecen al arte escultórico siendo sus respectivos autores conforme más adelante explicaremos un español, un italiano y un cubano. 

La primera, es decir, la más antigua, aparece en la tercera década del siglo XVII durante los días en que el almirante de galeones y caballeros de Calatrava, Don Juan Bitrián de Viamonte y Navarra gobernaba Cuba (1630-1634), época en que los habaneros se veían obligados a vivir en incesante pie de guerra, amenazados por los filibusteros que en partidas más o menos numerosas solían desembarcar en las playas cercanas, saqueando las viviendas y hatos de ganado que encontraban al paso. Para su defensa, contaba La Habana con tres fortalezas, La Punta, El Morro y La Fuerza, siendo esta última la más antigua, puesto que sus obras se iniciaron en 1558 para ser finalizadas diecinueve años más tarde.

La estructura original de La Fuerza constaba de una sola planta. Bitrián de Viamonte, deseoso de brindar al edificio aspecto más marcial, hizo construir en uno de sus baluartes, el que mira al Oeste, una sencilla torre en cuyo remate ordenó la colocación de una pequeña estatua de bronce que, a modo de Giralda, se destacase sobre la fortaleza. Nadie puede precisar con exactitud por qué, cómo y cuándo la gente comenzó a ver en ese ornamento una representación simbólica de la población que poco a poco iba extendiéndose frente a los muros del castillo. Lo probable es que carentes de otro monumento de mayor importancia, los habaneros personificaron en la hermosa figurilla la imagen del incipiente centro urbano.

Existe, sin embargo, un hecho que revela de cuán antiguo data esa suposición y el tal hecho no es otro, sino un viejo dicho popular, que asegura que muchos han venido a La Habana y no han visto La Habana, refiriéndose a quienes habiendo estado en esta ciudad no han reparado jamás en la figurilla de referencia. 

Representada por una mujer de airoso, portento, perfil griego, el cabello largo trenzado a la usanza de la época y sobre éste, una artística corona, sostiene un haz en la mano derecha y en la izquierda la cruz y la bandera de la orden de Calatrava. Enseña de la que hoy solo restan las dos tiras de metal que la sujetaban al asta. Cubre la parte superior del cuerpo, una especie de corpiño o cota y de cintura abajo, una túnica abierta a un lado que le permite exhibir toda la rodilla y pierna derecha y que termina por el dorso en recogida. Los pies los tiene cubiertos por una a modo de media, y semi sandalias con unos lazos al frente.

El material empleado en la construcción de la giralda fue el bronce, midiendo la misma aproximadamente una altura de metro y medio. Respecto a su autor solo sabemos que fue, porque la propia figura se ha encargado de hacerlo conocer por medio de un medallón que tiene encima del pecho, Jerónimo Martín Pinzón. No tenemos noticias de que el tal Pinzón andaluz, sin duda, a juzgar por el apellido, haya estado en La Habana o de que aquí existieran por dicha época las condiciones indispensables para la fundición de una obra de esa naturaleza.

Hace, pues, más de tres siglos que la estatuilla del Castillo de la Fuerza, desafía con su gallardo porte y arrogante gesto la marcha del tiempo, dando espaldas al mar una vez tan solo los elementos se mostraron poco galantes y nada respetuosos con ella obligándola a descender de su elevada, aunque sencilla plana. El caso ocurrió la noche del 19 de octubre de 1926, cuando un violento ciclón azotó a La Habana ensañándose con la figura que la simboliza, la que vino a tierra, sufriendo entre otros daños, la pérdida del resto de la banderola que aún conservaba. 

Permaneció unos días adosada al muro de la histórica fortaleza, siendo izada de nuevo en su pedestal. Desde entonces La Habana parece interesarse más por lo que alcanza a divisar por encima de las azoteas del Tribunal Supremo y del Ayuntamiento que, por lo que ocurrir pudiera al otro lado del canal que da acceso al puerto. 

La segunda vez en que La Habana se nos presentó, representada en forma tangible fue en 1837, bajo el mando del capitán general Miguel Tacón, gobernante de tristes y aborrecibles recuerdos en lo que a su actuación política y militar atañe, pero que innegablemente se esforzó por sanear y embellecer a nuestra capital dotándola de excelentes paseos y parques útiles, edificios y artísticos monumentos. En esa fecha se dio fin a los trabajos que transformaron el viejo Campo de Marte, entonces especie de inculto potrero, en flamante campo militar, provisto de adecuado pavimento, arbolado, bancos para descanso del público visitante y una hermosa verja de hierro apoyada en sólidas pilastras de cantería coronadas por sendas granadas. Restos de aquella y de estas son los que todavía pueden observarse en la remozada Quinta de los Molinos, cerca del frente que mira al paseo de Carlos III.

Cuatro monumentales puertas daban entrada al Campo Militar, una de ellas, la del Este o de Tacón, que era la principal, tenía delante a poca distancia una, grande y artística fuente o pila, nombrada de la “Noble Habana” pero a la que el pueblo pronto dio en llamar de “La India”. En atención a la atractiva estatua que remataba el bien dispuesto y proporcionado conjunto del que también formaban parte cuatro fantásticos delfines por cuyas abiertas bocas brotaban gracias a un ingenioso mecanismo interior impetuosos chorros de agua. Cosa esta que no sucede ya desde hace largos años. 

La construcción de dicha fuente debió ser a la iniciativa de Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva y promotor de muchas e importantes obras en bien de su ciudad natal. Las diversas piezas integrantes de la pila llegaron a La Habana a fines del siglo XVIII, procediéndose más tarde a su ordenamiento y colocación, dado que era deseo del elemento oficial inaugurar aquella en la misma fecha en que lo iba a hacer el Campo Militar, es decir, el día en que celebraba su onomástico, la máxima autoridad insular. 

Había, no obstante, que posponer la fiesta. Intensos aguaceros impidieron que el acto se efectuase el 29 de septiembre, siendo transferido para el siguiente domingo, octubre, primero de 1837, en que se verificó con inusitada pompa.

Los primitivos planos de este artístico monumento fueron diseñados por el coronel Manuel Pastor, siendo después modificado por el arquitecto Tagliafichi. En esta ocasión, el autor de la estatua que remata la fuente, un escultor italiano, Giuseppe Gaggini sí tuvo el decidido propósito de simbolizar a La Habana, en la figura por él esculpida. En ella, nuestra ciudad está representada por una bella y gallarda joven ataviada a la usanza de los aborígenes cubanos, con un carcaj repleto de flechas a la espalda, pendiente del hombro izquierdo, lleva desnudos el torso y las piernas, mientras que un faldellín de plumas rodea su cintura y una corona de ese mismo material cubre su cabeza.

La India se halla sentada sobre una roca, sosteniendo en la diestra un escudo en que aparecen en relieve las armas de la ciudad de La Habana, tres castillos y una llave, en tanto que con la mano izquierda sujeta la tradicional cornucopia de Amaltes, rebosante, no de manzanas, como es costumbre presentar esta, sino de frutas del suelo cubano coronadas por una piña. Un largo manto cubre en parte la gentil figura, pero sin alcanzar a ocultar de la vista del espectador los redondos senos y las macizas pantorrillas.

Menos afortunada en esto que la otra estatua, o sea la del Castillo de la Fuerza, la de la pila de la Noble Habana, se ha visto precisada a cambiar de sitio de emplazamiento en distintas ocasiones. Cuatro años después de su inauguración, en 1841 se le trasladó al lugar que hoy ocupa al final de lo que era entonces segunda sección del paseo de Isabel II. Luego, en 1863, mediante acuerdo del Ayuntamiento, sus piezas se desmontaron para hacer de nuevo armadas en medio del Parque Central. 

Más tarde, en 1875, fue llevada otra vez al lugar donde desde entonces se encuentra, situándola de modo que su rostro mirase en dirección al reinstalado Campo de Marte. Finalmente, cuando en 1926 Carlos Miguel de Céspedes a la sazón Secretaría de Obras Públicas, transformó ese paraje en la presente Plaza de la Fraternidad Americana, se cambió la posición de la fuente, dejándola como en la actualidad puede verse con la cara de la India vuelta hacia el Capitolio Nacional.

La tercera y más reciente representación alegórica de La Habana, se origina a raíz del fallecimiento del insigne ingeniero Francisco Albear y Lara, autor del proyecto que culminó en la traída de las aguas de Vento a la capital de la isla. Murió Albear el 23 de octubre de 1887 y al día siguiente a moción del concejal Enrique López Villalonga, el Ayuntamiento acordó erigirle un mausoleo en el cementerio de Colón votando para esto un crédito de diez mil pesos. 

En agosto de 1888, el Escultor cubano José Vilalta de Saavedra, residente en Florencia, Italia, remitió al cabildo un dibujo que representaba “el concepto simbólico, La Habana agradecida, honra y enaltece al ilustre Albear”, en el que la estatua de éste sobre un pedestal ornamentado con dibujos alusivos a la profesión que en vida ejerciera era señalada a la contemplación del pueblo por la ciudad de La Habana, simbolizada en una arrogante matrona erguida en el basamento, en el instante en que orgullosa por la gloria de su hijo “acaba de burilar su nombre en las páginas de la historia”.

La idea sugerida por Vilalta agradó a todos y en consecuencia se convino, previo los trámites indispensables -presentación de una maqueta, presupuesto, planos, etcétera-, confiarle la ejecución del monumento por él proyectado, ajustándose el valor de la obra en una suma que hoy pareciera irrisoria: ¡tres mil pesos! fijada por el escultor, ya que “tan corta cantidad demostraba que no el interés sino la gloria, le había movido en su oferta”. Es de advertir que el material utilizado fue legítimo mármol de Carrara y que corrieron por cuenta de Vilalta todos los gastos hasta poner a bordo de una embarcación en el puerto de Génova las cajas contentivas del monumento, señalaremos de paso, que fue este mismo escultor quien años más tarde esculpió la estatua del apóstol Martí, erigida en el Parque Central, siendo también autor de otros monumentos existentes en nuestra capital.

El grupo escultórico de que venimos ocupándonos, fue develado la mañana del domingo 12 de mayo de 1895 por el general Arderius, acompañado de la viuda e hijo del insigne Albear. Arsenio Martínez Campos, capitán general de Cuba, se vio imposibilitado de asistir. Recorría en aquellos momentos en la isla tratando de sofocar el movimiento insurreccional estallado dos meses antes. 

Era entonces alcalde de La Habana el señor Segundo Álvarez tabaquero en sus tiempos mozos y a la sazón acaudalado industrial. El acto resultó muy lucido, asistiendo las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, amén de numerosísimo público y desde ese día, cuánta gente transita por la plazoleta que se levanta al final de las calles de Obispo y O’Reilly puede ver erguido y vistiendo el uniforme de brigadier del Cuerpo de Ingenieros del ejército español, la imponente efigie del único hombre que hasta el presente haya surtido de agua a la hoy sedienta ciudad de San Cristóbal de La Habana. 

Y así mismo puede el visitante, recrearse admirando, la gallarda estatua de una hermosa dama que personifica alegóricamente a la capital de la República y en cuyo peso lucen los tres castillos y las llaves que, de acuerdo con la proposición presentada al cabildo habanero por el Gobernador y capitán general Maestre de campo, Francisco Dávila Orejón, eran las armas que usaba La Habana. Refiriéndose a entrambas estatuas ha dicho Eugenio Sánchez de Fuentes que “el cincel del escultor ha realizado una labor digna de aplauso, pudiéndose afirmar que estas esculturas son, a no dudarlo, las más acabadas que nuestra ciudad posee”.

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