La Guagua Cubana

Written by Libre Online

4 de abril de 2023

Por ELADIO SECADES (1952)

La guagua es una calamidad necesaria. Es el medio de transporte que más se ajusta al concepto criollo del progreso. Ya no volverán para nosotros aquellos tiempos en que viajar era un placer sin atropellamientos y sin atropellados. Los pocos tranvías que quedan en la ciudad no pertenecen al tránsito urbano, sino a la arqueología. Las dos cosas más sucias que existen en el mundo son el tranvía cubano y el uniforme del cátcher. El tranvía no fue diseñado para una generación que tiene tanta prisa y tan poco escrúpulo. Los que siguen rodando suenan como si llevaran un dolor en cada tornillo. 

Y como si amenazaran salirse de las paralelas para entregar su armazón de hoja de lata al pedestal de cualquier museo. Con los asientos de mimbre. La campana que en otra época asustaba a los niños que salían del colegio. La plataforma que era el marco ideal para que se asomara el español de visera de carey y mostachón retorcidos. La velocidad del tranvía podía ser temeraria y los pasajeros miraban con profundo respeto el rótulo de «prohibido hablar con el motorista». 

Las primeras guaguas que circularon en nuestra capital parecían diligencias de esas que salen en las películas del Oeste. Después llegaron las otras guaguas y las siguientes, hasta que se ha logrado el prodigio de los últimos autobuses. Blancos, monstruosos, irreverentes. Cuando cierran la puerta y arrancan, son una versión del rugby bajo techo. Cuando frenan, resoplan como un elefante con disnea. 

Cuando van a doblar una esquina en La Habana Vieja, parece que se abisagran por la mitad. A medida que aumentan los ómnibus, progresa la ortopedia. También hemos adelantado gran cosa en materia de destrucción. Antes la posibilidad de atropellamiento sólo existía en la vía pública. Ahora con los autobuses modernos que se meten en el jardín, o en el portal o en la sala, usted puede ser arrollado sin necesidad de salir a la calle. Porque se ha inventado el accidente de tránsito a domicilio.

Montar en guagua es una escuela nacional de sobresaltos. No se sabe si viene. Si viene, no se sabe si para. Si para, no se sabe si cabe. Si cabe, uno no sabe si podrá llegar. Así hemos creado una generación de supervivientes. Acostumbrados lo mismo a jugarnos la vida, que a quedarnos rabiando porque la guagua siguió de largo y nos dejó con el brazo en alto. Al tiempo que respondía a nuestra maldición con un estampido de humo negro, espeso y venenoso. 

El tránsito es el sistema arterial de la ciudad. Y las guaguas la razón patológica de la hipertensión. Si efectivamente llega la guagua puede ser un medio de transporte. Si el peatón se descuida nada más que un instante, entonces la guagua es una calamidad colectiva. Cuando salimos a la calle, ya sabemos que tendremos que movernos, no con la prisa que llevamos nosotros, sino con la prisa que tenga el guagüero.

 Dictador de gorra que gana y pierde batallas en la esfera de un reloj. Y que en nombre del reloj tiene el mismo concepto indiferente del hueso, que del guardafango del prójimo. Entre la multa que le ponga el agente del tránsito y nadie pague y la que le pongan por llegar con retraso al paradero y tenga que pagar él, prefiere la primera. Que además de ser más barata, tiene de filantropía la certeza de que les aumenta la clientela al osteólogo y al chapistero. Igual que las funerarias les deben el motivo de su prosperidad a los médicos, los chapisteros les deben a los choferes de guaguas lo que son y lo que ganan. 

El chapistero es el filósofo que con un martillo soluciona los accidentes del tránsito, mejor que el Juez Correccional con el código y el secretario. El código es lo que estudia el abogado cuando aparece el cliente. El estudio del código es privilegio de los que han delinquido mucho, o de los que mucho han ayudado a delinquir. La misma sociedad que desprecia la moral de los violadores de la Ley, admira el talento del letrado que les evita la condena- El gran orgullo de los abogados cubanos consiste en echar gente pá la calle.

En la prosperidad del negocio de las guaguas radica la prueba de que es el vehículo que merecemos tener. Si el guagüero va apurado, cruza el armatoste siniestro junto a nosotros, como la aproximación de la muerte. Y de un salto nos hace caer en la acera y nos arranca de los labios una evocación. Pero cuando al guagüero le sobra tiempo, le sale toda la dulzura criolla. Entonces se echa la gorra sobre la nuca, chupa y saborea un tabaco y obliga a pasear a los pasajeros que tengan prisa. 

Y el conductor se relame los labios y saca medio cuerpo por la puerta, para decirle a la señora que pasa que está entera. Y que le dedique una sonrisita. Y que él es Yeyo en La Habana, Cuba. La guagua cubana es un sainete con ruedas. Hay conductores que de repente se ponen galantes y creen que tienen derecho a coger del brazo a una mujer y acompañarla hasta el asiento, como si fuera una novia. 

Y los hay también que tienen arranque de sentimentalismo picúo y casi con abrazo ayudan a subir a la pasajera vieja. Siempre cuando vemos una viejecita, podemos acordarnos con ternura de nuestra propia madre. Pero esto resulta un poco sarcástico, cuando a lo peor en la esquina siguiente se le va a romper la crisma a un hijo.

La organización del tránsito es el fomento de la lucha entre el peatón y la guagua. Los medios de transporte resultan incapaces para una población que se dilata por día. Las poblaciones excesivas constituyen la más grande y la más grave dificultad del mundo. El exceso de habitantes los gobernantes intentan solucionarlo con las guerras.

 Para evitar que el mundo se siga poblando, más práctico y más humano que la guerra, sería quitarles a las criadas la salida los domingos. Cuando sube a una guagua el cubano pierde la voluntad que no tiene. La guagua puede dejarnos dos cuadras más allá del sitio a donde vamos. Ni aun para sentarnos, dependemos íntegramente de nuestra voluntad. Para sentarnos en la guagua, el pasajero solo pone la intención. 

El resto lo pone el chofer, arrancando de un tirón. El frenazo en seco es el propósito fallido de decirle un secreto al pasajero de adelante. Cuando se frena en seco, a la señora se le escapa el hijo y al mensajero el paquete que lleva. Y la pobre dama que va de pie para no caer, se agarra al hombro de un caballero y en seguida le dice que perdone. Y el caballero, si es criollo, le responde que no hay problema. 

El último asiento de la guagua nos hace temblar y nos convierte en versión de cotelera automática. La señora un poco descuidada que ocupe el primer asiento de la derecha sobre los escalones de la guagua vieja es como si a todo el que sube le entrega una de esas tarjetas donde se lee: “Usted ha sido retratado”.

Parece que hacen ejercicio de paralelas en un gimnasio ambulante, los que viajan parados, sujetándose a las varas del techo. Y que pagan una extraña penitencia los que van acurrucados y con las rodillas pegadas a la frente en esos asientos de tortura sobre las ruedas. Hay tipos que no caben de pie en las guaguas y tienen que arquearse y olerle la cabeza al ciudadano que tienen enfrente y molestar con un golpe de rabadilla al que tienen detrás. Y obedecer al conductor que cada vez que ordena “un pasito adelante”. Todo por seis centavos. Cuando en vez de seis centavos el cobrador recibe un pase de cortesía, lo grita y todo el mundo se entera que el recién llegado viaja gratis. Pero de esa especie de vejación se venga el botellero, sentándose y permitiendo que vayan de pie los que pagan.

Si no fuera por las mujeres, los guagüeros hubiesen descubierto el movimiento continuo. A un hombre por viejo que sea, le suponen habilidad para abandonar el vehículo andando. Si no la tiene, para eso están las Casas de Socorro. Un timbrazo en la guagua quiere decir que va a apearse un hombre. Tres timbrazos que va a apearse una mujer. En esta época de gran confusión y de grandes libertades sociales, la definición del sexo constituye una difícil cuestión a la que han renunciado los sabios y creen haber resuelto los guagüeros.

En la guagua no viaja la gente que cabe, sino la que quiera meter el guagüero. Cuando tiene que recobrar los minutos perdidos, deja en la esquina al cliente y prosigue la carrera. Y da cortes vertiginosos. Y se mete por donde parece que no puede pasar una bicicleta, haciéndonos subir a la garganta el nudo de la emoción. 

La estampa de la Caridad del Cobre, que algunos choferes colocan junto al espejo, completa la sensación de que dependemos de un milagro. La estampa de la Caridad del Cobre es la perpetuación del miedo insuperable que le infundió la tormenta al negrito del bote. El hábito de ver en todo un obstáculo para llegar a tiempo ha hecho del chofer de ómnibus un tipo esencial de hombre a quien se le ha olvidado sonreír. 

La sonrisa es la alegría trasladada a la epidermis. Hay personas a las que nada puede hacerles gracia, porque tienen los dientes picados y no se atreven a sonreír. Los que acuden al gabinete dental son los que mejor entienden la obra del humorista. 

El guagüero es la obsesión curiosa de un horario que nos ha hecho olvidar la admiración que en un tiempo despertaban los nueve puntos del tranvía eléctrico. Los nueve puntos eran la expresión máxima de la velocidad que podía lograrse en zonas urbanas. Y un motorista era una figura de temeridad y de audacia. Aquel español que no se atrevía a amar si no estaba al corriente en el recibo de la Quinta.

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