LA FILOSOFÍA DE VARONA

Written by Libre Online

11 de abril de 2023

(Conferencia en la Universidad)

Por Jorge Mañach (1949)

En esta serie de conferencias que la Facultad de Filosofía y Letras ha organizado para honrar el nacimiento de Don Enrique José Varona para obvias razones académicas, me toca hablar de su filosofía y éste es precisamente el lado de la obra varoniana sobre el cual se han venido proyectando desde hace algún tiempo las dudas de estimación. ¿Hay acaso una filosofía en Varona? Se ha llegado a preguntar.

Todavía hace un cuarto de siglo esta pregunta hubiera sorprendido, y hasta irritado, bastante. Se hallaban aún vivos los hombres que asistieron a las famosas conferencias filosóficas ofrecidas por el maestro del año 80 al 82 y que habían experimentado, como el deslumbramiento de una revelación ante aquella sapiencia, aquel método, aquella frialdad severa para exponer doctrinas del último momento en que la sociedad tradicional y pacata que aún éramos descubría un sabor científicamente hereje. Que no fueran a decirles a aquellos hombres, positivistas o no que Varona no era un filósofo. Por más de cincuenta años nos hicieron vivir en esa certidumbre.

Pero los tiempos mudaron, Cuba fue perdiendo aquella ingenua provincianidad, fácil al deslumbramiento. Otros vientos de doctrina odiaban ya nuestra curiosidad con el renacer de la metafísica. Quedó atrás el positivismo al cual nos habíamos acostumbrado a suponer a Varona ceñidamente adscrito. Habían surgido otras generaciones con nuevas inquietudes derivadas del ambiente del mundo y se decía que la ciencia había hecho quiebra en sus más altas esperanzas y se había mostrado incapaz de suministrar al hombre una dirección espiritual. Hoy día a ciento setenta y cuatro años de nacido el gran camagüeyano, a nueve décadas de su muerte melancólica, ya nos parece menos escandaloso a la pregunta de si hubo o no una filosofía en Varona.

No debe irritarnos esa duda. Debe ser, pues una oportunidad de revisión tanto como de devoción. En ese espíritu quisiera desenvolver mi tema ante ustedes.

Antes de contestarnos aquella pregunta, tenemos que ponernos de acuerdo, en la medida de lo posible, sobre qué cosa es filosofía y recordar, siquiera sea, muy sumariamente, la obra a que el propio Varona creyó justo darle ese nombre. Les pido excusas si estas tareas resultan obvias la una y un poco árida la otra.

La pregunta ¿qué es filosofía? entraña, como se sabe, un problema filosófico ella misma. De todas las ciencias, si cabe llamarla así, la filosofía es la única que nos da la impresión de que siempre está comenzando, al punto de preguntarse, incansablemente, lo que ella misma es o pretende ser. Nos recuerda a ciertos héroes del 

folletín romántico que tenían una enorme personalidad, pero no sabían cuál era su origen ni su destino. Ante una dubitación semejante del propio interesado, ¿es factible que los demás nos pongamos de acuerdo?

Hace algunos años incluí en uno de mis cuestionarios de examen una pregunta sobre la doctrina aristotélica de las Causas. Recuerdo que un sacerdote que se disponía a tomar el examen vino a preguntarme si yo deseaba que le contestara la pregunta, según la cátedra o según Santo Tomás. Le respondí que me contentaría con que la contestase, según Aristóteles. Así, para aclararnos qué cosa sea filosofía, parece que lo mejor que pudiéramos hacer sería consultar a quienes la bautizaron.

Sabido es que fueron los griegos juntando al efecto dos palabras que significan “amor a la sabiduría”. Amor, es decir, persecución ávida a cambio de la entrega total de sí mismo y sabiduría, esto es, no un mero saber parcial, sino un saber total, o por lo menos un conocer lo que preside a todos los demás saberes. Pero conviene también recordar que ya Pitágoras, aquí en una tradición dubitante, más no por eso menos sugestiva, le atribuye a la paternidad del vocablo “filosofía” advirtió, según parece, que la sabiduría propiamente dicha era patrimonio exclusivo de Dios. Por saber total debe entenderse, pues, el máximo accesible al hombre.

Véase como esa definición antiquísima llevaba ya en su seno el problema moderno del conocimiento. ¿Qué cantidad de saber, seguro es dable a los humanos? Por más vueltas que le damos, esta es en último análisis la cuestión fundamental que ha dividido las escuelas de filosofía. Dogmáticos y escépticos, absolutistas y relativistas, racionalistas y empíricos, son los unos o los otros, según que tengan o no una confianza absoluta en los poderes humanos de conocer. Pero lo menos está incluido en lo más. Al amparo, pues de esa tradición milenaria me parece razonable concluir que filosofía es toda entrega amorosa y sincera a la tarea de alcanzar lo más que se pueda saber, sea mucho o sea poco.

¿Hubo esto en Varona? Cuentan que en cierta ocasión cuando André Gide se disponía a hacer un viaje al Congo francés, le preguntaron: ¿A qué va usted al Congo? Y contestó: “Ya veré cuando llegue allá”. Así, nosotros emprenderemos una rápida excursión al pensamiento que Varona, llamó filosófico y ya veremos si se trata de filosofía o no.

El conocimiento y la filosofía

Dentro de la brevedad a que debo ceñirme, no me parece indispensable que nos detengamos ni en las manifestaciones más tempranas de ese pensamiento, ni en sus expresiones marginales o fragmentarias. Lo más provechoso sería tomarlo, si pudiéramos, por su raíz. Las ideas fundamentales de Varona se nos presentan ya maduras y metódicamente expuestas en sus tres grandes series de “Conferencias Filosóficas”, integradas, como se sabe, por las lecciones de Lógica y de Psicología, y por las tituladas “El fundamento de la moral”. A esos textos hemos de referirnos principal y sumariamente.

 Todo lo demás no es sino preparación estudiosa, aplicación circunstancial o mero eco de lo que en esas obras teóricas se expuso.

Lo primero que Varona se pregunta es por qué busca el hombre la verdad. Platón, como ustedes recordarán, había dicho que la investigación nace del asombro humano ante la extrañeza de las cosas lo que suponía declararlas poco menos que ininteligibles en sí mismas e invitarnos a buscar la verdad por detrás de las apariencias. 

Aristóteles declaró sencillamente que el hombre, por naturaleza desea conocer, lo cual no era explicar gran cosa. Otros pensadores ofrecerán distintas explicaciones, según su apreciación del interés y de las posibilidades del hombre ante el mundo. Así, Francisco Bacon, siguiendo la tendencia práctica del Renacimiento, afirmó que si investigamos es para aprovecharnos de la naturaleza y que eso “el orden natural de las cosas”, es todo lo que el hombre le es dable conocer: “ni sabe ni puede más”.

Bajo ese signo –inglés utilitario, naturalista y sin pretensiones absolutas– inicia Varona la exposición de su pensamiento. Pero con un matiz distinto, más directamente referido a la naturaleza del hombre mismo. “El hombre busca la verdad, dice Varona– porque le es necesario ajustar a ella sus acciones”. Nótese antes que nada esa idea de ajuste, de relación. Es la idea que preside todo el pensamiento varoniano. Nótese otros dos conceptos en la frase: el de necesidad, el de actividad. Esas ideas no están reducidas a la ligera ni dogmáticamente, esto es sin pruebas. 

Estamos en presencia de un pensador que se considera obligado a demostrar todo lo que afirma y a ligarlo todo sistemáticamente. Los fundamentos de sus ideas, su alcance profundo se aprecia cuando nos internamos en la teoría del conocimiento de Varona, en su psicología, en su sociología. Se nos mostrará entonces que el hombre es esencialmente una actividad, que esta actividad consiste en relacionar sus contenidos de conciencia, que es el pensamiento o en relacionarse con su medio exterior que es la conducta.

Para Varona, la concepción teocrática de la filosofía según la cual esta aspira a una total satisfacción de la curiosidad se funda en una ilusión respecto a la naturaleza y las posibilidades del conocimiento. La filosofía especulativa atribuye a la inteligencia el poder de actuar como un “speculum” o espejo del ser, esto es de la realidad intrínseca de las cosas. Se apoya así, en un método apriorístico anterior a la experiencia; cree que es posible alcanzar por la sola razón o por una superior intuición el conocimiento del ser absoluto, la profunda unidad de todo lo que es. En una palabra, cree en la metafísica.

A juicio de Varona la posibilidad de esa pretensión había sido ya irrevocablemente denunciada por Kant al mostrar que no nos es dado conocer la realidad en sí, sino solo nuestras ideas y que éstas se hallan condicionadas por las fuerzas que el entendimiento mismo pone. Son respetuosos pero medidos los atributos con que Varona alude al gran pensador alemán. Esa cautela en el beneplácito se debe a que Kant no se mostró del todo consecuente con su prescripción del absolutismo. 

Según él, si el espíritu es quien determina el conocimiento con sus formas, es él quien, de hecho, lo crea, de donde resulta posible y válido con anterioridad a toda experiencia relacional, a toda comunicación del sujeto con la que está fuera de esa manera, la metafísica es, en el sentido de superación del puro empirismo relativista quedaba salvado. 

Nuestro pensador no admite esa posibilidad. El conocimiento es obra, sí, de la conciencia, pero la conciencia no opera por sí sola. Es siempre una alusión a algo que le es ajeno; una relación entre un sujeto y un objeto entre el yo y el no, yo. Lo primordial en el espíritu, afirma repetidamente Varona, es la intuición de esa dualidad, de ese contraste, de esa distinción. 

El “algo” a que está siempre referida la actividad del espíritu es lo que constituye la realidad. ¿Cómo se explica esa especie de alusión a la que, por las trazas, no es espíritu? He aquí el problema que no podemos resolver. Para explicarle tendríamos que remontarnos sobre esa relacionalidad a que está sujeto nuestro conocimiento, lo que sería como tratar de salir del pozo tirando de nuestras propias botas. La filosofía de Varona está condicionada, toda ella por esa resignación, pero se niega a ahogarse en el pozo.

De todo esto se desprenden insistentes reprobaciones de la metafísica.  Por las soberbias de la ilusión humana, ésta ha venido dominando la filosofía. Pero la filosofía –dice Varona–, “no es justificable de los extravíos de los filósofos. En vano es que se le conmine a abandonar el campo. 

No puede desaparecer porque responde a una necesidad constitutiva de nuestro yo: la de poseer una síntesis general que explique más o menos completamente los dos mundos de la realidad, penetrando lo más posible en el enigma de la conjunción. Los conocimientos analíticos son, por su naturaleza provisionales para dar frutos han de agruparse, en síntesis. Por más que éstas muchas veces sean también transitorias; ahora bien, el papel de la filosofía es suministrar esa síntesis, es preparar las vías para llegar, si puede, a la organización completa de los conocimientos”.

Estas vías son, antes que nada, las del método lógico. La unidad accesible en filosofía –dice Varona– no es la unidad ontológica: la del ser uno y absoluto que se esconde tras la pluralidad de los fenómenos, es la unidad lógica del método que se logra combinando adecuadamente los poderes de distinción y asimilación que hallamos en la mente humana, efectuando cuidadosamente, rigurosamente el tránsito de las representaciones individuales a las generales. 

Así pues, al estudio de la inducción, de la deducción, de la hipótesis dedica Varona las páginas más sagaces de su “Lógica” en las cuales apura la información ya caudalosa de los empiristas ingleses y franceses, pero enriqueciéndola con sus propios juicios y esclarecimientos.

Una vez afinado ese instrumento, se le utilizará ya para buscar la autorización de él en la psicología y se le irá aplicando después a otras zonas de la experiencia hasta lograr de ellas el máximo rendimiento de generalización. Entonces habrá llegado el momento de realizar la gran experiencia filosófica que Wundt había formulado ante el auge de las ciencias especiales y cuyo logro creía columbrar Varona a través de la teoría de la evolución, “esa grande y fulgurosa síntesis –dice– que veo alborear en el Oriente”.

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