De la Redacción de LIBRE y Fuentes anexas
LIBRE en esta edición evoca y honra una de las fechas capitales de la historia del mundo: la de la independencia de los Estados Unidos. El 4 de julio significa algo más que la ruptura económica primero y política después entre las trece colonias fundadas por los “peregrinos” en el levante norteamericano y su metrópoli inglesa.
La famosa Declaración de la Independencia suscrita ese día es un documento memorable en que se establecen principios e ideas que transforman los destinos de la humanidad. Toda la doctrina democrática se halla en germen en aquella proclama que dio a la guerra conducida por Washington una justificación ético-jurídica, un contenido social-económico, una proyección universal y una dimensión histórica que tienen todavía, a los 250 años del magno acontecimiento, una positiva vigencia.
La fina intuición de los patriotas grabó en el citado texto un postulado del cual brotó, como de la semilla la planta, el árbol frondoso de las democracias modernas. Ese postulado es bien sencillo y sencillamente se formula en la Declaración inolvidable: “Todos los hombres nacen iguales y todos están dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos el derecho a la vida, a la libertad y a la prosecución de la felicidad”. “Para asegurar tales derechos existen los gobiernos, los cuales derivan todo su poder del consentimiento de los gobernados”. Estas ideas, radicalmente revolucionarias en su tiempo, echaban por tierra las viejas concepciones teocráticas y absolutistas del Estado.
El Nuevo Mundo rompía las cadenas. América se apartaba de la política carcomida que pretendía sobrevivir en Europa y su grito magnífico iba a tener la virtud de revolucionar al viejo continente y cambiar la faz del mundo. El hemisferio descubierto por Colón irrumpía gloriosamente en la historia al cabo de muy cerca de tres siglos de forcejeo incesante por consolidarse en la tierra, por dominar a la naturaleza, por convertir la selva hirsuta en espacio para una nueva civilización.
La independencia de los Estados Unidos no tuvo en su inicio alientos de epopeya. Comenzó, como se sabe, por meras fricciones de tipo económico entre las colonias y el imperio. La primera consigna de rebeldía quedó sintetizada en la frase de “No taxation without representation”.
Los colonos no estaban dispuestos a contribuir a los gastos de la corona inglesa porque no era justo ni razonable pagar impuestos establecidos por un Parlamento en el que ellos no tenían representación. Formulaban de ese modo el principio democrático de que los gastos públicos deben ser acordados por el propio pueblo que los sufraga, a través de representantes libremente elegidos. La negativa a aceptar la ley del papel sellado y la botadura violenta de los cargamentos de té en la bahía de Boston como protestas contra el monopolio que el gobierno inglés se había obstinado en imponer fueron actos simbólicos de la firme decisión de un conglomerado humano en el mantenimiento de su derecho a regirse por sí mismo, sin presiones ni gabelas extrañas.
Lo que comenzó siendo una protesta económica se convirtió en una guerra de liberación, pues los descendientes de los peregrinos del “Mayflower”, que habían salido de Europa por no poder resistir la persecución de que eran víctimas a causa de sus ideas y que habían buscado en América nuevos horizontes para sus ansias de libertad, llevaban la llama ardiente de la rebeldía en sus pechos y muy pronto se haría en todos ellos cosa de conciencia el alcanzar la plena libertad.
La lucha entre los patriotas norteamericanos y los ejércitos de la metrópoli llenó de asombro al mundo. Fue una lucha que alcanzó rápido universalidad, no sólo por su propia causa y naturaleza, sino porque todos los idealistas y revolucionarios de aquella etapa de transición que vivía entonces el mundo, todos los espíritus heroicos animados por el ansia de aventuras libertarias abrazaron la causa de la libertad americana, unos sumándose personalmente a ella y otros contribuyendo con la palabra a la acción política, a su victoriosa decisión. En las legiones comandadas por Washington figuraron militares como Lafayette, Rochambeau y Kosciusko, que luego habrían de comportarse como héroes de la Revolución Francesa y en las luchas por la independencia de Polonia. Y hasta un oficial español del ejército de Cuba, el teniente Miranda, que después habría de ser uno de los iniciadores de la revolución contra España en Venezuela, tomó parte en las acciones por la flota española que, saliendo de La Habana en 1780, atacó a los ingleses en Louisiana y Florida.
Los observadores europeos de aquella guerra nunca consideraron que las tropas improvisadas de las colonias rebeldes pudiesen derrotar a las fuerzas de mar y tierra de una nación clasificada bajo el rubro de las grandes potencias. El heroísmo, la tenacidad, el coraje y la organización de los patriotas pusieron fin a uno de los tantos mitos de invencibilidad que Europa se ha encargado de lanzar al mundo. Aquella desigual contienda puso de relieve la extraordinaria importancia que tienen las energías morales en los movimientos decisivos de la humanidad.
Los Estados Unidos, al vencer a Inglaterra, iniciaron el tránsito de las corrientes hegemónicas de uno a otro hemisferio. En lo sucesivo habría que contar con los pueblos de esta mitad del planeta, que no se resignarían a seguir siendo vasallos de los de la otra mitad. No tardaría en formularse, andando el tiempo, la famosa y tantas veces malinterpretada doctrina de Monroe resumida en la expresión de “América para los americanos”. La vieja política de intrigas de las cancillerías europeas no seguiría atrapando en sus redes a estas sociedades nuevas y pujantes de América, empeñadas en vivir su propia vida y en contribuir por su cuenta a la edificación de la historia.
Los pasos de las colonias emancipadas se caracterizaron por su celebridad y firmeza. La voluntad brava del pioneer se impuso y muy pronto la franja costanera donde se asentaban las trece colonias originarias se convirtió en el vasto espacio, asiento de una civilización poderosa, que ocupan hoy los Estados Unidos.
No siempre esos pasos —forzados, es decirlo— coincidieron con los postulados de libertad y justicia de los fundadores. Más de una vez, sus doctrinas filosóficas, políticas y morales de Paine, de un Franklin, de un Jefferson, de un Madison, de un Hamilton fueron olvidadas por los constructores del reciente poderío norteamericano en el curso de una historia llena de luces y de sombras, de espiritualismo y materialidad, de grandeza y servidumbre. Pero el espíritu inicial, el idealismo de los padres, acordaron la Declaración de Independencia; las reservas morales que hicieron posible la victoria se han salvado siempre en la nación vecina gracias al surgimiento de figuras apostólicas de la estatura de un Lincoln, de un Wilson, de un Roosevelt.
Muchos pueblos hispanoamericanos no están de acuerdo con toda la trayectoria de los Estados Unidos en su afán de erigirse en gran potencia y organizar el mundo nuevo a su imagen y semejanza. Pero los cubanos no podemos olvidar la ayuda que el pueblo y el gobierno de los Estados Unidos nos prestaron para coronar la obra de la independencia, ni la reiterada asistencia que del Norte hemos recibido en circunstancias críticas de nuestra evolución económica.
En los momentos de mayor confusión y oscuridad, cuando pareció eclipsarse aquel espíritu de libertad, tolerancia y justicia que inspiró la obra de los “peregrinos” en otra parte del mundo, han surgido en la patria de Washington hombres de talla excepcional que han levantado la bandera de la democracia y han hecho conocer al mundo la esperanza de que existe una potencia que no centra todo su poderío en la fuerza física, sino que se rige por principios morales de remoto origen y perenne vigencia.
Tal es el caso de Franklin Delano Roosevelt, cuya evocación resulta inevitable en esta fecha del cuatro de julio. Roosevelt fue el heredero directo de los forjadores de la independencia norteamericana, el hombre que, al borde de la segunda mitad del siglo pasado, puso en vigor aquellos postulados de la más pura esencia democrática, sintetizándola en la doctrina escueta y noble de las Cuatro Libertades y movilizando a su pueblo para que luchase por ellas hasta la victoria o la muerte.
Y como en el siglo XVIII, los hechos volvieron a quitar la razón a algunos observadores europeos. Cuando los Estados Unidos desechaban su escuadra en Pearl Harbor y sin preparación militar apenas, entraron en la Segunda Guerra Mundial, fueron no pocos los “expertos”, “los profetas” del viejo mundo que creyeron y aseguraron que su esfuerzo sería inútil. Pero una vez más los patriotas americanos hicieron añicos el mito de la invencibilidad aplicado en esta ocasión a la Alemania nazi. El pueblo estadounidense halló en Roosevelt un encarnador fiel de sus ideales, de sus sentimientos, de su destino histórico.
A despecho de los caídos, de los desvencijados, de los eclipses momentáneos, los Estados Unidos representan la idea viva de la democracia y el baluarte del régimen “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. En contra de lo que han vaticinado “los expertos” y “los profetas”, cada presidente norteamericano despliega su gobierno apoyándose en los principios de libertad y justicia que han hecho grande y próspero a este pueblo.
El 4 de julio dejó de ser hace mucho tiempo una fiesta norteamericana para ser fiesta de la humanidad. En dos ocasiones críticas, la tierra de Jefferson y Lincoln salvó al mundo de la tiranía y la opresión. Los que aspiraron a que la convivencia humana se viabilice por la justicia, por la competencia mutua, por la tolerancia, por la fraternidad entre los hombres, desearon ardientemente que el noble espíritu de los fundadores siga inspirando al pueblo de los Estados Unidos, a fin de que su potencia militar y económica sea a un mismo tiempo potencia espiritual y sirva de garantía permanente de paz y de concordia entre las naciones.
¡Felicidades a los Estados Unidos en su 250 cumpleaños!







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